Priva, piratas y aborto

De la serie: Los jueves, paella

Era de temer. No tengo pruebas de ello, claro, porque en aquel entonces las bitácoras no existían, pero en mi círculo personal, todo aquel que tenga memoria sabe que esto lo veía yo venir desde hace muchos años: parece ser -y no me extraña- que nuestros hábitos alcohólicos -los de los españoles- han cambiado y han pasado de una [relativa] moderación mediterránea al exceso típicamente anglosajón.

Hace unos años, el puritanismo exacerbado de esto de ahora -la sociogilipollez y la políticogilipollez no son fenómenos propiamente recientes- se empeñó en una suerte de ley seca dirigida especialmente a los jóvenes. No es que la ley seca sea, a mi modo de ver, intrínsecamente perversa, cuando se aplica en algunos ámbitos concretos que la piden a gritos: en la conducción, desde luego (la tolerancia debiera de ser 0 y no lo es), en el trabajo en general, pero muy especialmente en aquellos desempeños que implican riesgo para el trabajador o para terceros, en el ámbito escolar y académico, por supuestisimo y así un etcétera… que no debería ser infinito y sí racionalmente restringido.

En el caso de los jóvenes, el alcohol 0 debiera ir dirigido especialmente a los menores que estuvieran en etapas infantiles o adolescentes. Y se empezó muy bien: se prohibió el alcohol de más de 20 grados a los menores de 18 años, pero se dejó un margen de tolerancia a partir de los 16 para bebidas alcohólicas por debajo de esa graduación, lo que comprendía cervezas, vinos -incluso generosos- y esos licores de baja graduación a los que se denominó -impropiamente- con la expresión alemana schnapps (no sé si la escribo bien) que propiamente se refiere a cualquier tipo de aguardiente, lo cual no casa mucho con lo de los 20 grados. Eso estaba bien: no produce ninguna angustia ver a un chaval de 17 años alto como un torreón tomarse pacíficamente un tercio de cerveza de 5 grados; incluso la bromatología -o un importante sector de la bromatología: hay otro que protesta- considera que la cerveza y el vino, consumidos con moderación, pueden considerarse incluso productos alimenticios.

Pero, más tarde, el alcohol se restringió -en la mayoría de las comunidades autónomas, quizá todas, actualmente- a los 18 años, cualquiera que fuera su graduación. Y empezó el botellón. Primero fueron unas mosqueantes misas celebradas en un corrillo de chavales adolescentes en cualquier esquina alrededor de una litrona. Nada angustioso, en esencia: que unos tiarrones así de grandes se repartan un litro de cerveza (igual no llegaban ni a los 20 cl por incipiente barba) no es ningún drama, no se hunde el mundo; quizá lo preocupante fuera más la misa, el ceremonial, la sacralización de la ingesta alcohólica que la ingesta en sí misma.

Lo demás -no hacía falta ser profeta- cayó por su propio peso: en una cultura del ocio como la mediterránea en la que la socialización cuelga del bar, cerrar los bares a gente joven era pedir a gritos el botellón.

Hay otros factores añadidos. La presencia de un turismo rastrero -normalmente anglosajón- atraído por el alcohol barato -en España resulta casi regalado, en relación a otros países- que viene a nuestras costas con tarifa plana en el bar (literal, materialmente) sin otro objeto que el de beber a saco. O la sanferminización de nuestras fiestas, otro fenómeno reciente. Todos sabemos (yo, personalmente, lo he visto, no me lo ha contado nadie) que, desde siempre, San Fermín ha sido para muchos navarros (y no pocos forasteros) una ocasión de pillar la gran cogorza el primer día y no soltarla hasta dos días después del aypobredemí. El problema es que muchas fiestas patronales y tradicionales, otrora familiares y castizas, se han pasado a este patrón. Conozco un conjunto de pueblos aragoneses que han organizado la cosa para que las fiestas patronales empalmen una con otra hasta completar, entre todos, el mes de agosto: allí, el sanfermín no dura una semana, dura un mes. Y no veas cómo van las carreteras por la noche ¿sabes?

Y al final, aterrizamos en lo de siempre. Y lo de siempre es, en primer lugar, unos políticos que trabajan a corto plazo (el fenómeno del cortoplacismo es hoy extremo, pero no propiamente nuevo) y se lanzan a tomar medidas sin califrar sus efectos en el tiempo; resuelven -aparentemente- el problema en el aquí y ahora y punto. A eso cabe añadir su rara habilidad para fabricar e imponer la medida de lo políticamente correcto. Pero, por supuesto, la culpa no es siempre de los políticos, al menos no enteramente. Sufrimos también, en segundo lugar, una sociedad de muy baja formación intelectual, en conjunto, poco o nada analítica ni reflexiva, que traga carros y carretas con las estupideces que le echan. Los medios de comunicación son, a estos efectos, devastadores y cuando aparecen entrevistas callejeras, el más analfabeto habla como un locutor del telediario (aunque últimamente no se diferencian tanto uno de otro: el otro día llegué a oir a uno que, refiriéndose al agresor de una mujer, lo llamaba violento doméstico). El alcohol, junto al tabaco, ha sido uno de los usos sociales generalizados que ha sido más violentamente combatido desde ese punto de vista, desde esa imbecilidad que, por un lado, califica de drogas al alcohol y al tabaco (lo cual puede no ser inexacto, pero sólo si está debidamente contextualizado) mientras que, por otro, barrunta la legalización de la marihuana.

No debe sorprendernos que de esos polvos nos vengan estos lodos y que nuestra juventud haya pasado de la cervecita y las patatas fritas entre risas y rasgueos de guitarra al chupito bronco de cien megatones alcohólicos, a la coctelería cutre servida bajo mano desde el bar de la esquina, o al cubata litrón de garrafa con denominación de origen latero.

Imbéciles. Estúpidos. Gilipollas.

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Desde que he cambiado mi horario al intensivo, me lleva mi mujer en coche al trabajo (en un sólo viaje y con una o dos paradas para recoger y dejar, transporta a seis personas: a las niñas, a mí, a dos compañeras y, obviamente, a ella misma) y hoy he observado una cosa de la que ya había leído noticias en prensa: un taxi que exhibía en su parabrisas trasero un cartel protestando por la piratería en el sector. Parece ser que hay taxistas que montan paradas pirata, y cobran precios especiales -no sé si por abusivos o por reventadores de tarifas- por llevar a la gente al aeropuerto; creo que más o menos funciona así. En otras ocasiones -recurrentemente, en verano- habíamos oído hablar de piratería del taxi camuflada en vehículos de establecimientos hoteleros que recogen a sus presuntos clientes en fraude del transporte público o taxis pirata así, por las buenas, sin disimulo, tu me pagas tanto, yo te llevo y aire.

Llevamos una larga temporada oyendo hablar de piratería (aparte de la de verdad, de la de los mares): ya tradicionalmente, al gremio apropiacionista (pero ése ya forma parte de la cotidianidad), y últimamente, además del ya citado del taxi, también están las emisoras comerciales de radio como motos por las antenas clandestinas (a Losantos lo han tratado poco a menos que como a terrorista, por un asunto así).

Y se me ocurre que la piratería sólo aparece donde hay un monopolio o se fabrica artificialmente una escasez que, a su vez, sirven para imponer unos precios abusivos que esquilman al ciudadano, el cual, en defensa prácticamente legítima, se convierte enseguida en cliente del pirata. No falla.

Hablábamos del alcohol en la entradilla de arriba y el fenómeno también puede leerse a la luz de esa escasez artificial: me has cerrado los bares, yo me hago cliente del latero, del supermercado del paqui que me vende alcohol barato sin mirar mi DNI, del pirata en definitiva.

Algunas restricciones tienen alguna razón de fondo: el espectro radioeléctrico, por ejemplo, es limitado y de ahí que esté sometido a licencia (otra cosa y otro discurso es si las concesiones que se otorgan se hacen con criterios de justicia o de clientelismo); pero en otros ámbitos la restricción no responde a la estricta necesidad sino a intereses grupales que constituyen la causa o el efecto -según los casos- de la escasez provocada.

El caso de los taxis es paradigmático, ya he habado de ello alguna vez. Los taxis, en Barcelona -como en toda España-, funcionan bajo concesión municipal, no hay un mercado libre ni competencia abierta. ¿Qué ocurre? En un momento dado, el achuntamén limita el número de taxis atendiendo -teóricamente- a la óptima conjunción entre la demanda ciudadana y un volumen de trabajo -también puesto en relación con las tarifas- que garantice unos ingresos dignos a los taxistas. Bien. Vamos incluso a suponer que ese equilibrio se ha guardado inicialmente bien. Lo que ocurre es que el sistema se acaba corrompiendo. Se corrompe porque, al estar el mercado férreamente cerrado, las licencias, en principio únicamente sometidas a la tasa municipal correspondiente, pasan a tener un valor creciente; como sólo puede uno hacerse con un taxi comprándole la licencia a quien abandone la actividad, la cotización de la licencia alcanza niveles verdaderamente enormes. En los años ochenta valía el doble que un piso medio; no sé lo que valdrá hoy en relación al piso, pero no le andará lejos. Sucede, pues, que la obtención de una licencia de taxi supone una inversión gigantesca y el taxista incipiente tiene que entramparse hasta las pestañas. Una vez pagada la licencia, ésta pasa a convertirse, por un lado, en el retorno de la inversión y, por otro, en un plan de pensiones privado. Como consecuencia última, el número de licencias queda bloqueado mucho más allá de la voluntad municipal, que pierde su soberanía política de regulación del transporte público (cosa que, no olvidemos, no deja de ser el taxi): si reduce el número de taxis, debe indemnizar -comprando licencias, claro- a sus titulares; si lo incrementa -y, sobre todo, si lo incrementa sensiblemente- el valor de las licencias puede reducirse incluso hasta el desplome, con lo que pondrá en pie de guerra -y de guerra muy caliente y muy cruenta- a todo el sector.

Ya tenemos, pues, un monopolio que, afortunada y circunstancialmente, no depende de una sola voluntad o de un grupo reducido de voluntades (en Barcelona, los diversos sindicatos, patronales y asociaciones sectoriales van a la greña; el día que haya una entidad homogénea y hegemónica, los ciudadanos y el achuntamén ya podemos preparar el culo bien preparado), pero que no deja de ser un monopolio que a veces actúa como los monopolios comunes. Sobre todo cuando se habla de tarifas: ahí se unen todos -con poquísimas excepciones- como un solo hombre.

Las tarifas del taxi barcelonés son muy altas. Y, en algunos casos, redondamente abusivas, son un atraco a mano armada. Lo son, especialmente, allí donde -vaya por Dios, qué casualidad- son más sangrantes: el aeropuerto. Hace pocas semanas, con ocasión de un viaje a Asturias, tuve que desplazarme al aeropuerto a las seis de la mañana: fuimos como una bala, sin atascos ni nada. 35 euros. Casi seis mil de las viejas. Brutal. Brutal, especialmente teniendo en cuenta que nuestra flamante T-Sur (que ahora llaman T-1, a ver qué día paran de joder con los cambios de denominación) no dispone de más transporte que el taxi, el automóvil privado o el «Aerobús» que, aunque funciona razonablemente bien, no parece lo más cómodo ni lo más eficiente a esas horas de la mañana, cuando el transporte público (hay que ir a tomarlo en el centro) va como el culo aún en mayor medida que en horas más corrientes.

Y surge la piratería y ésta obtiene clientes inmediatamente. Como los obtuvo el top manta y los tiene la piratería del software bajo Güindou$. Como los tuvo el tabaco de contrabando en las bocas de metro antes de que los negretes nigerianos se dedicaran a vender a verdaderas calderadas discos de Ramoncín 😉

Y es que no aprenden…

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Un minuto de silencio, damas, caballeros y militares sin graduación, que habla la Iglesia católica por boca (bueno) de su Conferencia Episcopal Española: los políticos que voten a favor del aborto no podrán comulgar. O sea, quedarán, nunca mejor dicho, excomulgados.

Si no recuerdo mal la doctrina de la gente esta, en realidad no pueden acceder a ningún sacramento, puesto que ninguno es válido si no se recibe en gracia de Dios, que le dicen. Por tanto, no sólo no podrían comulgar sino que no podrían ordenarse sacerdotes, ni casarse, ni confirmarse, ni nada de nada. La única manera de salirse del marrón es ser absuelto; lo que ocurre es que no sé si en un caso de herejía -como sería este- basta con la mera y contrita confesión y no se necesita además una bula o dispensa papal; ya no controlo tanto el reglamento vigente al respecto.

A ver: no es que la cosa no sea coherente. En verdad, si uno es católico y sabe, como debe saber, que para la doctrina católica lo del aborto es un crimen, no debe votar a favor del aborto, así de claro. Lo que tiene que hacer el partidario del aborto es dejar de considerarse católico ipso facto y pasar de sacramentos no por condena canónica sino como una obvia consecuencia de ese cambio ideológico-doctrinal. Y en esa tranquilidad criminólogo-teológica, votar a favor del aborto con dos cojones (si lo considera procedente a la vista de otras razones que también conviene considerar y en las que no voy a entrar). Y lo que debe hacer el católico a machamartillo al que su partido exige votar a favor del aborto es, sencillamente, largarse del partido, meterse en el Grupo Mixto y votar contra el aborto. Es que no hay más.

Lo que me cabrea de la nacionalconferencia no es su muy razonable exigencia de coherencia (oiga: si usted se dice católico y va a misa, actúe en consecuencia o deje de dar por el culo y de ocupar bancos que necesita la gente que hay de pie, que ni en la misa de ocho de la mañana se cabe de tanta aglomeración) sino su tono amenazador y chulesco, tan propio en los últimos tiempos. Porque, claro, cuando se emplean ciertos tonos, lo que en condiciones normales podría verse como una legítima exigencia de coherencia pasa a poderse ver -si es que hay otra forma posible de verlo- como una coacción intolerable, como un chantaje contra un -varios, presumiblemente, en este caso- representate público. Y eso ya no. Eso ya es pasarse claramente de la raya, algo a lo que un importante -yo diría mayoritario- sector de la clerigalla parece haberle cogdo gusto en los últimos años.

Yo me pregunto si a cualquier otra religión menos lobby se le toleraría algo así. Yo me pregunto qué pasaría si saliera a la palestra un lider protestante o musulmán amenazando a los diputados con que si votan en determinado sentido tal cosa o tal otra, les caerán encima, como diría Wolfe, veinte mil voltios de cólera de Dios. Sería algo inaudito. Sin embargo, la Iglesia católica se mantiene, prepotente y arrogante, como si tuviera mando en plaza (y cabe sospechar que, cuando menos en algún aspecto de la plaza, sí que sigue teniendo mando).

Pero, nada, así seguimos…

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Pues hasta aquí hemos llegado. La próxima paella se servirá -si Rouco no me incinera crudo en la plaza Mayor- el próximo jueves 19, tercero y penúltimo del mes de noviembre. Empiezan a olerse en el ambiente las fiestas de la VISA y pronto habrá que arremangarse los pantalones para no ponerse perdido del ácido úrico que bajará, torrencial, por las calles. Es el fenómeno meteorológico conocido como la gota guarra.

Pero aún no hemos llegado, así que disfrutemos de los últimos días de tortillitas a la francesa, de verdurita y de pescadito hervido, que ya llegará diciembre y la correspondiente y reglamentaria grande bouffe que, oficina mediante, empezará más pronto que tarde.

Y que no sea nada.

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Comentarios

  • Germán Socías  On 12/11/2009 at .

    Yo nunca he entendido esto que las licencias de taxi se puedan traspasar. Es como si yo fuera médico y pudiera traspasar la licencia para ejercer. Entiendo que un taxi puede rotar con varios conductores, pero aún así yo sólo permitiría una licencia por conductor y, al jubilarse, esta licencia caduca y santas pascuas…

  • Chus  On 13/11/2009 at .

    Hola Javier ,soy taxista de Barcelona,te puedo asegurar que son muchos los tópicos sobre el taxi,esto es como lo del butanero los miras y piensas “joder ,este es el que se cepilla a todas las señoras de la finca ,pero si no hay por donde cogerlo” tópicos .

    Yo si trabajo 8 horas efectivas no llego ni por asomo a ser mileurista,solo me queda el trabajar de 10 a 16 horas diarias ,depende las necesidades y prioridades de cada uno.

    Cuando quieras cualquier tipo de información sobre este peculiar mundo profesional ,me lo dices ,no tendré problema en facilitarte cualquier tipo de información que tenga o facilitarte enlaces profesionales muy interesantes.

    Un saludo

  • Chus  On 13/11/2009 at .

    Por cierto Javier ,los precios de los servicios del taxi de Barcelona ,según el último estudio de FACUA ,no son precisamente de los más caros ,más bien se mueven en la horquilla media y como anécdota ,te diré que a mi un mecánico me cobra la hora a 50 € ,yo la cobro a 18 €

  • Javier Cuchí  On 13/11/2009 at .

    Hola, Chus.

    Un par de cuestiones previas, antes que nada. No he hablado de taxistas sino de la situación político-administrativa del taxi en Barcelona. En lo que se refiere a ésta estrictamente, me parece que la situación que describo es difícilmente opinable porque son hechos, hechos que están ahí y hechos que están en las ordenanzas y boletines oficiales correspondientes. Me refiero al régimen jurídico de las licencias de taxi en Barcelona y al mercado de licencias de taxi que ese régimen jurídico ha generado.

    Puede objetarse, ahí sí, lo que es puramente opinión, como el hecho de que los precios son altísimos. Pero así y todo, sigo sin hablar del taxista propiamente.

    Me dices que el mecánico te cobra la hora a 50 € y tú la cobras a 18 €, pero incurres entonces en la misma imprecisión que implícitamente criticas: el mecánico te cuesta 50 €, pero eso no quiere decir que él cobre 50 €; los 50 € los cobrará, imagino, el taller y esos 50 € tampoco serán de beneficio limpio una vez descontado el sueldo propiamente dicho del mecánico. Por la misma razón, pero sensu contrario, yo no estoy pagando a 18 € la hora de taxi (¡qué más quisiera!).

    Con lo de las tarifas, obviamente, entramos en el mundo polémico de todos los ámbitos: el que cobra dice que cobra poco y el que paga se queja de que paga demasiado. Esto pasa con el taxi y, por pasar, pasa hasta con Teddy Bautista, fíjate (sin ánimo de comparación y guardando todas las distancias que haya que guardar, que el mundo del taxi merece un respeto, pese a todos los pesares).

    Admito -lo dices tú y no tengo por qué dudarlo- que las tarifas del taxi barcelonés andan por la media española. De acuerdo. Pero, en la media o no en la media, lo del aeropuerto perdona, pero es un abuso, es algo desproporcionado. Un abuso del taxista, un abuso del achuntamén, un abuso del sector -si puede hablarse propiamente de sector, ya que, como digo, hay ahí tropecientas asociaciones y todas van a la greña-, un abuso de quien sea, no me atrevo a señalar concretamente, pero un abuso en todo caso. 35 euros por un viaje que fue como un tiro, me parece una barbaridad se mire por donde se mire.

    Este verano, la Asociación de Internautas celebró su asamblea general en un hotel de Castelldefels, casi al lado mismo del aeropuerto; otro compañero de la Junta y yo, ambos de Barcelona, nos ocupamos de la organización. A los que venían en avión, les pedimos que tomaran un taxi, que no nos hicieran ir a recogerlos al aeropuerto, que es un palo, porque, lógicamente, no llegan todos de golpe; les dijimos que no se preocuparan porque como el hotel estaba cerca, el taxímetro sería liviano, aunque probablemente hubiera algún suplemento aeroportuario (como lo hay en las estaciones de tren, por ejemplo). ¡Ja! En el aeropuerto se percibe un mínimo de 20 €. Se dirá que el tiempo de espera del taxi -la disponibilidad- debe compensarse de alguna manera, pero no estoy seguro de que esta compensación deba ser a cargo del usuario, toda vez que conviene no olvidar que el taxi es un servicio público (con el agravante de que la dichosa T-1 tiene muy pocas alternativas y todas son malas y engorrosas).

    Y esa sí que es la crítica que yo le dirijo al taxista (al taxista dueño de licencia, no al asalariado, que es otra cosa): cuando le conviene, es un pequeño empresario que exige el régimen de libertad empresarial general; cuando le conviene, pasa a ser, entonces, un servicio público que deben gozar de las prerrogativas inherentes al mismo. Y muchos ciudadanos pensamos que o todos moros o todos cristianos, que o se es una cosa en perjuicio de la otra o se es la otra en perjuicio de la una, pero, en todo caso, todos sabríamos a qué atenernos.

    En fin, podríamos estar hablando de esto hasta el día del juicio final, pero, más o menos, ahí están mis ideas al respecto.

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