El arte como pretexto

De la serie: Correo ordinario

Me llega el enlace a este artículo de «El Mundo» del que se deducen unas cifras nada dramáticas en el negocio musical británico, unas cifras según las cuales, efectivamente, lo único que desciende son los ingresos de las compañías discográficas pero suben espectacularmente -o, cuando menos, se mantienen estables- otros factores, sobre todo el de los ingresos de los artistas. Si estas cifras pueden extrapolarse más allá del Reino Unido, podemos llegar a la fácil y acertada conclusión de que, tal como sospechábamos, la música, la creación musical, ni se muere, ni está enferma, ni siquiera tiene una pequeña jaqueca; el único problema que hay es una industria en crisis, que se suma a la del automóvil, la textil, la turística, la metalúrgica y varias más. Los de las discográficas sólo se diferencian de las demás en que son muy hábiles a la hora de dramatizar en colorines y tienen acceso a mucho papel, pero nada más. Y tantos puestos de trabajo que dicen que están en peligro, pues ya serán menos lobos porque no veo a ninguna central sindical especialmente angustiada por el sector este, mientras que sí dejan traslucir, en cambio, una gran preocupación por todos los demás. Estamos viviendo, en definitiva (y ya hace años que lo sospechábamos) en medio de una gran comedia.

Los padres tenemos, además, lo que podríamos llamar una constatación precoz en este tema viendo el comportamiento de nuestros hijos. De las descargas a saco han pasado a los contenidos en stream: Spotify es el éxito del momento, más allá de toda duda, y parece que Jamendo -menos rotundamente: su plantilla no dispone de la marabunta publicitaria de los otros- también va avanzando.

Como tantas veces hemos dicho, los hábitos han cambiado y a ese cambio hay que añadir hábitos que se han perdido o que ya no han llegado a implantarse nunca en la muchachada de hoy. Recuerdo mis épocas adolescentes, cuando nos copiábamos las cassettes unos a otros como locos y cómo nos construíamos nuestros cables de conexión para grabación directa, de magnetófono a magnetófono, hasta que alguien, por fin, vio dinero en ese negocio (incomprensiblemente, tardó algún tiempo) y pudo comprarse en los establecimientos del ramo y ya no necesitamos hacer marranadas con el soldador. Mi hija mayor, en cambio, sólo en una ocasión me pidió que le pasara a MP3 una colección de tres CD de no sé quién, que le prestaron unos amigos nuestros. Tampoco me pide CD para almacenar su música. Y hace mucho tiempo, además, que tampoco descarga (aunque no sé si preferirlo, porque el ancho de banda que se come Spotify déjalo correr, pero bueno, no voy a estar con la bronca todo el día; tampoco Spotify tiene versión para Linux y mi hija ha tenido que instalarlo mediante Wine, cosa que no me gusta, pero otra vez lo mismo: no voy a sofocarla a golpes de talibanismo).

Si con Spotify los autores y las empresas ganan dinero (el otro día leí que la $GAE meaba colonia con el invento), pues me alegro mucho: a ver si así aprenden que, cuando hay eficiencia y visión empresarial de verdad, se genera dinero sin necesidad de ir con un trabuco a por el bolsillo del usuario (Spotify puede usarse gratuitamente, aguantando un poco de publicidad, o bien sin publicidad, pagando una pequeña cantidad mensual que da lugar, además, a otros derechos, como el de la descarga que funcionará mientras dure la suscripción). El objetivo de tanta lucha nunca ha sido (y mira que lo habremos repetido miles d eveces) que los autores no ganen dinero, sino que lo hagan mediante modelos actuales y adecuados que no consistan en esquilmar pura y simplemente al consumidor.

Con este ambiente, no sorprenden otros datos que se van recibiendo, como el descenso del volumen de descargas que, dependiendo de las fuentes, podría apuntar a un orden de entre un 15 y un 30 por 100. Es decir, la adaptación del negocio a la realidad tecnológica, el aprovechamiento de los recursos de la red, en vez de combatirla, están consiguiendo -y esto también era previsible- romper la tendencia de volumen creciente de descargas a través de redes P2P. Y, como siempre, tenemos que acabar concluyendo que el ámbito del negocio clásico, o está compuesto por verdaderos idiotas -cosa que es dudosa- o nos están timando descarada e inmisericordemente. Este panorama -vuelvo a insistir ahora en que mi hija no me pide nunca CD para almacenar contenidos- hace absolutamente deleznable el canon digital, toda vez que, a medida que avanza el tiempo, está claro que esos soportes no se usan para almacenar contenidos protegidos por derechos peseteros de autor, al menos masivamente, y que en su mayor parte son utilizados para albergar contenidos producidos por el propio usuario (particulares, empresas y, lo que es canónicamente más doloroso, administraciones públicas).

También parecería que llegan tarde todas estas campañas, recurrentemente unánimes en términos internacionales, destinadas a promover medidas contra las descargas de contenidos a través de redes P2P, precisamente cuando -a la vista está- la curva de tendencia de las descargas se ha invertido, el descenso en el volumen de las mismas podría ser importante, según algunas estimaciones, y, a la velocidad a la que evolucionan las cosas en la red, podrían constituir un problema -para quien sean un problema- muy residual en muy poco tiempo.

No se ha muerto, pues, la música -a lo sumo se ha muerto el disco, como soporte material y único de la misma-, los artistas incrementan ingresos gracias a nuevas fórmulas, las descargas desde redes P2P decaen en favor de otros métodos de obtención o disfrute de contenidos que, además, gozan de la bendición de las sociedades de gestión de derechos peseteros de autor… ¿Por qué, entonces, sigue en vigor el canon y por qué esa urgente y perentoria insistencia en regular las descargas?

Yo cada vez lo veo más claro: porque los pretextos que se aducen para ello son falsos y ambas cosas responden a otras finalidades. Lo del canon es diáfano: son unos ingresos muy cuantiosos para las sociedades de gestión, susceptibles de muchísima elasticidad contable y con criterios de reparto, cuando menos, nebulosos. Digamos que son unos ingresos-comodín muy interesantes, que dan lugar a mucho juego y a mucha autonomía de gasto para los dirigentes de esas sociedades (otros ingresos son más rígidos y mucho más concretamente atribuibles, tanto en su obtención como en su reparto), y por ello no van a soltar fácilmente este rico pero absolutamente injustificado -desde cualquier punto de vista- ingreso de tanta navegabilidad presupuestaria.

Siendo esto del canon un impuesto absolutamente abusivo, no es, sin embargo, el peor handicap que sufrimos los internautas: está lo del control de las redes P2P, un verdadero clamor entre las clases gobernantes a las que les importan un comino los intereses de los ciudadanos. ¿A qué tanto afán de cargarse las redes P2P si vemos que están en clara decadencia, con el coste político que ello puede tener? Yo sólo encuentro una explicación (y cuadra perfectamente con lo que parece casi seguro que hay): la propiedad intelectual les importa un pepino (cuando menos, esa modalidad de propiedad intelectual y esa tipología de amenaza para la misma) y el verdadero objetivo es poder intervenir las comunicaciones sin intervención judicial previa. Ya he explicado en muchas ocasiones (y en muchas más volveré a hacerlo) el ansia mal disimulada que tienen de meterle mano a la red y controlarla como sea.

También lo he dicho muchas veces: Teddy Bautista, la $GAE y demás iconos, no son propiamente la bicha; son personas y entes indeseables (estos últimos, tal como están montados: hay modelos alternativos más que aceptables) que ceden su efigie -de grado o por fuerza de las circunstancias- para materializar a la bicha, pero no lo son en sí mismos. La bicha es muchísimo más peligrosa y muchísimo más poliforme, más difusa, y constituye todo un tinglado gravemente atentatorio contra derechos fundamentales d elos ciudadanos, derechos cnsagrados enla Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la práctica totalidad de las constituciones de naciones civilizadas.

Este es el verdadero problema y el verdadero peligro.

El año 2010, con Zapatero instituido en la UE como director de orquesta de los tontos útiles que van a dar la cara en el intento de apiolamiento cívico, va a ser peligrosísimo y crucial. Si la batalla ha de resolverse, en cualquier sentido, en un solo momento (cosa que dudo), ese momento va a estar en 2010 y, probablemente, en su primer semestre. Lo supimos y lo avisamos cuando comenzaba este 2009 ya en vías de extinción, y todos estos casi once meses que llevamos de año han servido para reafirmarnos en esta idea: el armagedón de los derechos civiles de los ciudadanos europeos se librará, probablemente, el 2010. Nos va a tocar vivir un año tenso, a poco conscientes que seamos de lo que nos jugamos como ciudadanos.

A velar y a trabajar. A trabajar mucho.

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Comentarios

  • josempelaez  On 18/11/2009 at .

    Javier, me parece muy bien que dejes respirar a tu hija. Yo lo tengo instalado igual que ella 😉

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