Honras y barcos

De la serie: Los jueves, paella

«Las pensiones privadas solo son el gran negocio de la banca». Lo dice Miren Etxezarreta, catedrática emérita de Economía Aplicada de la UAB. Muchísimas gracias, doña Miren: siempre es refrescante que una economista de fuste refrende lo que muchos hemos pensado siempre: que las pensiones privadas son el timo de la estampita y un negociazo para todo el mundo menos para el pensionista, claro.

A mí me han engañado con ese cuento dos veces: una, voluntariamente y, otra, a la fuerza, que es como ahorcan. En la primera, llegué a invertir 400 euros antes de darme cuenta de que aquello era una filfa; ahora, más de diez años después, con un interés acumulado de menos del 1,5%, he decidido dedicar ese dinero, cuando cumpla los sesenta y cinco y lo reclame de inmediato, perentoriamente, a puta tocateja y probablemente de malos modos, a darme una cena con mi santa, con toda la excelencia que permita el asunto, que tengo muy claro que no va a ser mucha, pero bueno… La segunda es otra cosa: es el fondo a que me obligaron los sindicatos CCOO y UGT (a mí y a todos mis compañeros, claro), que se financian a tutiplén con mi pasta mediante el truco de tomar parte de mis emolumentos y hacérmelos invertir obligatoriamente en una cosa de estas gestionada por ellos y por la Caixa, con su buen porqué de comisiones y honorarios, claro. De este no puedo huir -o puedo huir perdiendo de todos modos el dinero porque, si no quieres el fondo, el dinero no te pasa a nómina- y ahí está, creciendo cada año, pero no por mor de los intereses de sabias inversiones -si no hemos llegado a tener rendimientos negativos nos ha faltado el canto de un duro- sino porque parte de nuestro sueldo va ahí. Y, evidentemente, como pensión, una mierda mangada en un palo. Con lo que nos den de este, nos tiraremos un fin de semana por algún sitio bonito (a más no creo que vaya a llegar).

En realidad, los bancos hace mucho tiempo que andan detrás de apropiarse del «estado del bienestar». De apropiarse de sus beneficios financieros, claro, y del bienestar que nos iban a robar a nosotros. Las pensiones y la sanidad mueven muchísima pasta y esa pasta la apetecen como posesos. De ahí que, periódica y recurrentemente, oigamos que el sistema público no se sostiene: la cuestión es ir sembrando la idea por aquello de la mentira mil veces repetida, y cuando ya sea axiomática, caer sobre el asunto.

En primer lugar, como muy bien dice Etxezarreta, si el sistema de pensiones no se sostiene por sí mismo, se tira de los presupuestos y listos. Hay muchos países que lo hacen y, a estas alturas, esto no es nada nuevo. Pero, de todos modos, está por ver si realmente el sistema se va a poder sostener por sí mismo o no, porque eso de que no se sostiene hace ya muchísimos años que lo oigo y nunca deja de acabar de sostenerse. Las excusas para el fallo de las previsiones catastrofistas son diversas: primero fueron los inmigrantes, que se pusieron a cotizar como locos; ahora que los inmigrantes han ingresado masivamente en las filas del paro, los que sostienen el sistema son los hijos de la generación del desarrollo. Y dentro de unos años más, ya veremos. El caso es que, para contrariedad del sector bancario, pasan los años y el sistema se sigue sosteniendo. Incluso con superávit, que todavía lo hay pese a que la crisis lo ha hecho descender: la hucha virtual de las pensiones sigue engordando, aunque menos que hace dos, tres o cuatro años. A pesar de todo ello, no hay estudio económico -promovido por bancos y cajas, ni que decir tiene- en el que no aparezca un fulano u otro pronosticando el hundimiento del sistema de pensiones. Recurrente y cansino. Y aunque llegaran a acertar, ahí están, ya digo yo (y no yo: Etxezarreta y muchísimos otros economistas) los Presupuestos.

La segunda cosa es la sanidad. Amigo, hay muchísimo dinero a ganar con la privatización de la sanidad. Imaginarse a todo el mundo pagando seguros privados, pero no como ahora, que por culpa de la competencia de la sanidad pública tienen que mantener unos mínimos de calidad bastante altos (para hacer colas y sufrir listas de espera no paga uno un dineral al mes), sino sin alternativa posible, es decir, cobrando fortunas por una mierda de servicio -como los propios servicios bancarios o las compañías de telecomunicaciones, ejemplos es lo que sobra- y rescindiendo pólizas o poniendo sus primas por las nubes a medida que la edad del asegurado o sus patologías incrementan el riesgo. Para llegar a ello, nada mejor que deteriorar la sanidad pública por el acreditado método de, o bien privatizar su gestión, o bien gestionarla desde organismos públicos pero con criterios de empresa privada, lo que, en plata, quiere decir reducir el personal a mínimos o incluso por debajo de mínimos. Conozco muy de cerca el modelito.

No creo que haya un peligro inminente. La cultura de las prestaciones públicas está muy consolidada en la población mayor de 40 años. El problema aparecerá con los jovencitos actuales en los que, siento decirlo, no tengo la menor confianza: han sido educados en el individualismo, en la insolidaridad, en la ciega competitividad y en el servilismo; todo eso sin decir esta boca es mía y, encima, con nóminas low cost. A estos, en palabras de Escolar, les dieron un buen timo de la estampita cuando les cambiaron el trabajo estable por una playesteichon. No los veo defensores del estado del bienestar y sí, en cambio, tragadores de todas las privatizaciones que les echen.

Afortunadamente, yo ya estaré criando malvas, pero me sabe mal por mis hijas, que heredarán un sistema social con un plus de mierda en relación al mío. Quizá tengan la suerte de empalmar con los hijos de mileuristas y estos lo tengan más claro que los pasmados de sus padres.

Ojalá.

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Bueno, pues ya se acabó lo del «Alakrana». Hasta la próxima vez.

El final, es conocido: alguien (más probablemente el Gobierno -o sea, nosotros- que el armador) ha pagado una cifra que se anda por los dos millones y medio de euros para salvar la vida de treinta y tantas personas, mitad marineros españoles, mitad semi-esclavos contratados por el camino para realizar tareas durísimas por cuatro perras.

La verdad es que, por poco que nos guste andar financiándoles a unos piratas de mierda su particular fiesta mayor, no quedaba otra salida. Una operación militar de asalto a un buque así es completamente imposible, a menos que se asuma una cantidad de bajas tremenda entre marineros, esclavos, piratas y soldados. Realmente, imposible.

Antes de entrar en el capítulo cagamentos, sí que hay un dato que interesa resaltar: cuando el «Alakrana» fue abordado por los piratas, estaba alejado en nada menos que 400 millas de la zona de seguridad establecida por la flota combinada europea. Desde este punto de vista, no hubo, pues, negligencia de esa flota y sí la hubo, en cambio -o, más probablemente, falta de escrúpulos-, por parte del armador que, perfectamente consciente del enorme riesgo que corría su tripulación, ordenó faenar en aguas tan inseguras.

Otro día hablaremos -porque habrá que hablarlo- de las consecuencias económicas y mediambientales de cierta pesca en ciertas zonas y quizá podríamos -así, ahora, en principio, digamos solamente quizá– establecer que piratas no lo son sólo los negros armados de AK-47 que se suben a los barcos sin permiso.

En lo que hace referencia, pues, al Gobierno, no hay culpa alguna en el hecho intrínseco del apresamiento; tampoco la hay -a mi modo de ver- en la resolución del caso, frustrante, pero que no tenía alternativa aceptable, según hemos visto inicialmente. Donde sí hay culpa, y mucha, es en el lamentable espectáculo que Zap I El Prorrogao y sus muchachos nos han dado a todos los españoles.

En primer lugar, 47 días, prácticamente siete semanas para resolver una situación que, cualquiera que fuera la opción elegida, tenía que haberse liquidado, a lo sumo, en dos. Parece que todos los informes militares hablaban del alto coste -es decir, imposibilidad política y humana- del asalto armado, y que todos esos informes fueron librados dentro de los primeros días de secuestro. No se entiende.

Además, lo que ha sucedido en estas siete semanas es verdaderamente rocambolesco. Por una parte, la ministra de Defensa a la greña con el ministro de Asuntos Exteriores; por la otra, un ridículo magistral -habitual, por otro desgraciado demás- del CNI, que fue burlado reiteradamente por unos analfabetos que nunca comieron caliente antes del pago del rescate; aquí, una cadena de mando que no se moja porque no está en absoluto integrada con la estructura política (de la que, además, desconfía cervalmente, acostumbrada a ser, como suele, su cabeza de turco); allá, unos comandantes en la zona de operaciones que, faltos de órdenes claras, se ven obligados a improvisar y se producen errores garrafales como la detención de los dos pencos que pillaron sueltos (en el bien entendido de que la detención no es, en sí misma un error, sino el haberla practicado sin saber ni por qué ni para qué); y acullá -y ya lo último- el numerito ridículo de ayer del helicóptero persiguiendo a una falúa piojosa tripulada por cinco mangantes harapientos que se burlaron impunemente de la aeronave, al no acertar ésta con sus disparon ni a detener ni a destruir la barquita. Y de Zapatero y de la señora esta, la Fernández de la Vega, mejor no hablar, mejor no hablar porque no tengo ganas de ir a dar explicaciones al juzgado de guardia, porque no es para menos, de verdad…

Es evidente que todos esos despropósitos requieren una severa purga política. En el consejo de ministros, en los estados mayores, en el CNI… En las próximas, pongamos, dos o tres semanas, mucha gente debería despedirse de la suculenta nómina del cargo. Digo mucha y no lo digo como modo de hablar: las meteduras de pata implican a enteros equipos de trabajo a muchos niveles. Pero esa carnicería política debe realizarse a través de un sereno análisis parlamentario, y el problema es que aquí -admitiendo que lo que hay en la Carrera de San Jerónimo sea un parlamento y no otra cosa que me callo por lo del juzgado- no hay ni análisis, ni serenidad, ni nada. Lo que hay es algo parecido a una perrera a la que un montón de canes enloquecidos acuden a poner bajo sus fauces la yugular del adversario, sin que importe una mierda el país, la ciudadanía, ni nada.

El espectáculo de ayer, con los populacheros berreando tonterías y la vicepresidenta acusándoles de cómplices de los piratas sólo tiene parangón con el numerito barriobajero que Rubalcaba montó amenazando a un diputado como si aquello fuera el Bronx o Sicilia: me ha quedado con tu cara, muchacho.

Vaya tropa, vaya tropa, vaya tropa…

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Hoy he leído una historia triste. Una familia a la que desahucian de la casa en la que residía a cambio de una renta ridícula por expropiación basada en razones de interés público -que no discuto ahora- y a la que, como compensación, se le otorga una vivienda nueva a muy bajo precio en régimen de propiedad. Para pagarla, suscriben, como todo españolito, la correspondiente hipoteca, una hipoteca que, comparada con las que se llevan ahora, seguramente es una risa, pero que pesa mucho más que el exiguo alquiler que pagaban antes. El resto de la historia cabe imaginarlo: los dos hombres de la familia pierden el trabajo, se acaba el subsidio, se acaba pagar la hipoteca, les rematan la casa y se enteran por la orden de desahucio. Cuando acuden a la administración el busca de ayuda, el mal ya está hecho y ahora sólo se le pueden poner paños calientes.

A ver: es verdad que las deudas hay que pagarlas. También es verdad que cuando uno no puede afrontarlas debe ir al acreedor a negociar una solución. Es cierto que lo único que no puede uno hacer es quedarse con los brazos cruzados a vérselas venir, porque la ley de la gravedad es inexorable y la caída es irreversible: o sea, o te apartas o te aplasta el piano, pero ten por seguro que lo único que no va a suceder es que el piano frene e invierta el sentido de la marcha cayendo hacia arriba.

Pero también es cierto que hay gente intelectualmente muy indefensa, y hasta los hay -yo he conocido a alguno- que se creen eso de que la justicia brilla siempre y no se preocupan de darle fuerte con el trapo y el netol, que es la única forma de que brille… y aún así, la eficacia no está garantizada. Ni mucho menos.

Hace algunos años leí que a una pareja de ancianos le habían embargado y subastado el piso por una pequeña deuda (una única letra impagada de un televisor)… veinte años después de haberla contraído. Como habían cambiado de domicilio, las notificaciones y citaciones se practicaron en el anterior, ellos no se enteraron, fueron declarados en rebeldía y el procedimiento -seguramente muy viciado y casi impracticable, pero sin nadie que lo impugnara en tiempo y forma- siguió adelante muy lenta, pero no menos, inexorablemente hasta llegar al drama. Y, sí, un sapientísimo magistrado ilustró a la concurrencia de que los deudores tienen la obligación implícita -la carga, mas exactamente- de mantener a los acreedores perfecta y puntualmente informados de su domicilio actual y verdadero porque, de lo contrario, pasan estas cosas. Dura lex, sed lex. No sé cómo acabaría lo de los ancianitos, pero seguro que bien del todo, no.

Y realmente, por más que las normas sean y estén así, que pasen estas cosas no es tolerable. Por encima de todo esto, por encima de la tremenda, agobiante -y frecuentemente innecesaria- complejidad de las leyes, hay seres humanos a los que no se puede expoliar así, por más deudas que tengan contraídas y por mal que -sin mala fe, eso sí que hay que tenerlo en cuenta- hayan gestionado su generalmente inevitable morosidad.

Estado del bienestar también es que los ciudadanos podamos gobernarnos sin que extrañas y berroqueñas circunstancias del desempeño legal -unas veces casuales, pero otras veces instadas con malicia por el demandante- nos partan inopinadamente por la mitad una vida, simplemente porque ignoramos lo brutal que puede llegar a ser un procedimiento legal que la mayoría desconoce aún en sus trazos más gruesos.

Hace poco, una persona que ha vivido muchísimos años en la Sicilia más entrampada con la mafia, al preguntarle yo cómo se podía vivir con esa gente allí me sorprendió contestándome: «Según se mire, tan bien como en otras partes y, según cómo, hasta mejor».

¿Cómo?

Pues sí. Allí, los capos locales ejercen una justicia no escrita, pero muy consuetudinaria, muy sencilla, perfectamente inteligible y muy rigurosa. También muy cruel, claro. No hay penas de cárcel, ni embargos, ni nada: hay incendios de coches, de casa, palizas y, en definitiva, asesinatos. Pero si uno suscribe un contrato ante un capo, puede tener la seguridad de que este contrato se cumplirá sin necesidad de abogados, notarios, ni demás. Todo es habituarse a una justicia que, pese a ser brutal y poco o nada flexible, es frecuentemente más equitativa que la común. Poca snormas, muy claras y al alcance de todos. Allí todo el mundo conoce la ley sin saber nada de derecho. ¡Ah! Y contra lo que suele creerse, este estado de cosas es de general aceptación. Muchos sicilianos o calabreses se rien a mandíbula batiente de la litigiosidad contractual de los romanos o los milaneses.

También recuerdo cómo Xavier Cugat contaba su personal contrariedad de esta forma (cito de memoria): «Me llaman los de la mafia para preguntarme si puedo actuar tal día y a tal hora en un casino de Las Vegas, que me pagarían tanto; les digo que me conviene, quedamos de acuerdo, voy tal día a tal hora al casino, actúo y cuando termino hay un señor allí que me paga en un cheque que cobro sin la menor complicación. Me llaman para el negocio del Casino de Mallorca: cuarenta abogados, doce notarios… ¿Tú has visto un duro? Yo no. ¿Dónde está la mafia y quién es el mafioso?»

Estoy seguro que a esa familia de las antiguas casas baratas o a los ancianos del televisor, les hubiera ido mucho mejor con la mafia.

Los jueces y los legisladores procesalistas deberían meditar mucho sobre esto.

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Pues hala, aquí tenéis el arroz. El próximo será el jueves 26, último del mes, y lo serviré -si puedo, que creo que podré, con un poco de suerte- desde Tenerife, mientras participo en las jornadas Eurolaw Consulting en La Laguna. Ya os hablaré de ellas dentro de unos pocos días.

Quedad en paz, pues.

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Comentarios

  • Jordi  On 19/11/2009 at .

    “Poner a guardias jurados armados con armamento militar a bordo de los atuneros es una decisión aparentemente centrada, pero posiblemente la peor. Entre embarcar a los infantes de marina y permanecer en la situación actual (barcos sin armas), los guardias jurados suponen una vía intermedia que por un lado no garantiza una adecuada protección de los barcos ante los ataques de los salteadores, y por otro lado provocará una escalada de violencia que transformará los actuales secuestros en baños de sangre.”

    Dios Santo, seguratas de medio pelo con Cetme.

  • Rogelio Carballo  On 20/11/2009 at .

    En realidad 4 seguratas contra 60 y pico asaltantes….. es que son de monda, nuestros políticos.

    En lo de las leyes, consecuencia de la “sociedad hiperlegislada” que padecemos…. donde el principio de seguridad jurídica es pervertido por la imposibilidad de conocer el cuerpo legislativo…. Es más fácil todo lo que tenga que ver con la mecánica cuántica. Al menos en el marco temporal de una única vida.

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