Monthly Archives: diciembre 2009

LAECSP… ¡Juas!

De la serie: Me parto el culo

Esto ya lo sabía yo, que, no es por nada, conozco el paño. Cuando en el verano de hace dos años vi publicada la Ley 11/2007, de acceso electrónico de los ciudadanos a los servicios públicos (LAECSP), después, por cierto, de una lucha a muerte que se ganó sólo a medias (muy a medias) para evitar que para interactuar con las administraciones públicas los ciudadanos tuviésemos que utilizar Micro$oft sí o sí, casi me atraganté de risa. Me atraganté cuando vi que disponía que todo el tinglado iba a ponerse en marcha el 31 de diciembre de 2009, es decir, hoy.

Era una pretensión faraónica. Lo avisé yo, en esta bitácora, personalmente; lo avisó la Asociación de Internautas. Y lo avisaron muy pocos más, porque entre ignorantes y desinteresados, nos vamos a la casi totalidad de la ciudadanía. Pero cuando uno ve y palpa cada día, cada hora, cada minuto, que el 90 por 100 (y no bajo ni uno) de los funcionarios públicos no saben lo que es un formato de archivo, que utilizan el ordenador como una simple máquina de escribir que hace más cosas y más guay y que incluso hay no pocos que están cerca de hacer bueno el chiste aquel del tipp-ex en la pantalla (todo ello, en la inmensa mayoría de los casos, porque no se les ha formado adecuadamente y porque esa misma inmensa mayoría ha pasado olímpicamente de autoformarse), que desconfían del trabajo digital porque nadie les ha enseñado cómo funciona, por qué es posible y por qué es más eficiente y seguro que el papel de toda la vida, cuando uno ve todo eso, digo, y lo ve cada día y cada hora, pues eso: se cae de culo de risa cuando ve que el ministro de Industria fija el plazo del asunto a dos añitos y medio, con una Administración central monstruosa, diecisiete administraciones autonómicas de distinto pelaje y suerte que a las ocho mil administraciones municipales del país les da cuartelillo a reserva del presupuesto (cuartelillo también extensible a las comunidades autónomas, lo que pasa en que hay pocas de éstas que tengan excusa presupuestaria creíble).

La UE se planteó el horizonte 2015 para culminar el objetivo que la pirotecnia Zapatero-Sebastián fijó para hoy, y la mayoría de los países de la zona euro (y algunos que no están en la zona euro) andan muy por delante de nosotros en materia digital. Ahora sabemos por qué en la Unión Europea hay más cerebro, más prudencia y menos ganas de salir en la foto de portada que en la hispánica Moncloa.

En fin, que este nuevo año 2010 -que aprovecho para felicitaros- se presenta tan analógico como siempre, al menos en lo que respecta a las administraciones públicas, a los políticos y a las mentalidades. Oh, y a los jueces, por supuesto.

Y a mí, que ya me importa todo eso tres cojones…

Anuncios

Otro que se cae

De la serie: Anuncios y varios

Cortell también se larga con viento fresco.

Ya cayó el segundo.

Y mucho me huelo que el tercero no va a tardar.

😦

¿Cómo ha podido pasar esto?

De la serie: Rugidos

«Ahora, por no sé qué artes y negocios, el fondo Centelles pasará a manos del Archivo de Salamanca».

La respuesta, señor Molla (autor del artículo que enlazo y cuya cita extraigo) es muy fácil: el arte y el negocio del asunto es la propiedad intelectual.

Ahora, vaya y búsquese la vida. A mí no me mire.

El porqué de cada qué

De la serie: Pequeños bocaditos

La Segunda Guerra Mundial costó más de 73 millones de muertos (la mayoría, por cierto, civiles, más del doble que militares). De ellos, 61 millones -entre civiles y combatientes- cayeron en el bando aliado. Cayeron en un guerra que libraban o se libraba, según les dijeron, por la causa de la libertad y de la democracia. Bueno, a unos cuantos de ellos quizá no les dijeron que la democracia que les iba a tocar tenía un plan muy parecido al oprobio al que acababan de vencer: represión política, campos de exterminio, sometimiento a la tiranía y todo el largo etcétera soviético (que no sólo estalinista) del que ya sabemos aunque, afortunadamente, a distancia y por los periódicos y los libros de Historia.

En el lado europeo occidental proliferaron las constituciones liberales que establecieron la democracia parlamentaria, el libre mercado con un cierto nivel de supervisión gubernamental y la primacía de las libertades y los derechos individuales, basados especialmente en las libertades de expresión, asociación, manifestación, información, inviolabilidad del domicilio y de las comunicaciones y derecho penal garantista. Este constitucionalismo liberal tuvo su mayor motivo en la necesidad de fijar en el sistema capitalista a las poblaciones europeas, suministrando una ideología y un nivel de bienestar económico que aventajara la promesa del paraíso marxista, la falacia del cual no era tan evidente entonces. El despegue y desarrollo económico que supuso la necesidad de reconstrucción de una Europa devastada, abundantísimamente financiada por el grueso chorro de dinero del Plan Marshall (que sería también útil para encadenar Europa a los intereses norteamericanos cuando los Estados Unidos no pudieran sostener una ocupación militar propiamente dicha), hicieron el resto.

Pero he aquí que el imperio soviético se desmoronó. No fácil ni rápidamente: hubo que esperar a los albores de la década de los 90; ni tampoco casualmente: su economía, mal planteada e incompetentemente dirigida, no pudo soportar una carrera armamentística brutal que, encima, supuso un absolutamente inafrontable desarrollo tecnológico del mundo occidental. Además, el fiasco de Afganistán -del que debiera haberse aprendido  hoy día y no se ha hecho y ahí nos las van a dar hasta en la foto del carnet de identidad-, desmoronó el temor que pudiera haber existido ante el Ejército Rojo, que se mostró como un verdadero tigre de papel sin otra cualidad impresionante más allá de su enorme volumen (el 70 por 100 del cual estaba compuesto por tropa étnicamente no confiables).

Con el desmoronamiento soviético, quedaba silenciado el canto de sirena de la patria proletaria y, para el liberalismo recidivo, el sistema democrático occidental se convertía, de pronto, en un estorbo. Ese estado del bienestar, que retuvo a masas enteras de emigrar al otro lado del telón o, peor aún, de intentar implantar en Occidente la patria del trabajo asegurado, se convirtió de pronto en una insufrible muestra del intervencionismo estatal. Y las libertades individuales, en un serio inconveniente para el establecimiento de las dictaduras mercantiles que, más que pretender imponer, están imponiendo ya de hecho.

Las dos sentencias escandalosas de la semana pasada son una muestra, pero no sólo se cuecen habas en España. También estos últimos días, con motivo de celebrarse la cumbre sobre el clima en Copenhague, hemos visto cómo los derechos individuales y colectivos se caen cuando su ejercicio no interesa al poder. Y precisamente en un país nórdico, de esos oficialmente tan liberales y tan buen rollito, en un país de esos que se permiten el lujo de llamarnos PIGS a los del sur, su policía se comportó con una brutalidad acojonante contra ciudadanos que no hacían más que manifestarse pacíficamente. No había habido, en ningún caso, violencia previa ni tensión alguna, nada más allá del transtorno que, obviamewnte, genera cualquier manifestación. Y, sin embargo, cargas brutales, detenidos -arbitrariamente- por centenares, etcétera.

En estos momentos, está en prisión hasta el 7 de enero -o ya veremos hasta cuándo- Juantxo López de Uralde, director de Greenpeace España. ¿Su delito? Haber irrumpido -sin causar ningún daño, es más, impecablemente vestido de etiqueta- en la cena de gala de la conferencia dichosa, para exhibir una pancarta pidiendo a los líderes lo que, según parece, no se les puede pedir: liderazgo. Diréis que soy un exagerado, pero a mí me parece que, aunque con fecha de caducidad penitenciaria, Juantxo es un preso de conciencia, un preso político, y que su encarcelamiento sólo se diferencia de un gulag comunista en lo cuantitativo y hasta en lo cualitativo (condena breve y limitada, lo alimentan bien, tiene razonables posibilidades de comunicarse con el exterior, asistencia letrada -al menos nominalmente-… vaya, supongo) pero no en lo esencial: se le ha encarcelado por manifestarse. A menos, claro, que se considere que lo esencial es lo cuantitativo y que baste con darle de comer todos los días o con permitirle jugar al parchís con su abogado para que un quebrantamiento claro y flagrante de los más elementales derechos humanos -el de la libre expresión- constituya una fruslería. Solamente por eso. ¡Oh, por supuesto! Habrá algún artículo de la normativa danesa que prohíbe entrar en cenas de gala o, bueno, los jueces daneses habrán retorcido la normativa todo lo que haya hecho falta hasta exprimir una condena en todo soviética, como otros que yo me sé.

Cuando cayó el imperio rojo alguien dijo que no habían sido los obreros europeos los que había perdido una referencia, sino que la habían perdido los capitalistas. Siempre me tomé muy en serio esta admonición, y ahora veo que los dos teníamos razón: el que lo dijo, al decirlo, y yo al tomármelo en serio.

Muy negros nubarrones amenazan a Europa. Y si creéis que lo digo a lo asno, solamente escocido por 36.000 euros de indemnización, esperad un poco y veréis. Alguna ventaja he de tener. Cuando a todos nos revienten las almorranas, los ciegos se preguntarán por qué les hacen esto.

A algunos, nos quedará el consuelo -triste, pero consuelo- de saberlo.

Ideas que van surgiendo

De la serie: Crónicas de una crisis

Van pasando los días, y vamos constatando cosas.

La más llamativa es la actitud de algunos gurús de la red: con escasísimas excepciones, han ignorado de forma total y absoluta la circunstancia que vive la Asociación de Internautas. Ya no unirse como repetidores al llamamiento de ayuda a la Asociación -que sería muy necesario y, obviamente, muy de agradecer- sino que ni un comentario, ni siquiera en plan de noticia aséptica. Mientras que todos ellos se han rasgado las vestiduras -muy lógicamente, por otra parte- ante la alucinante sentencia de los directivos de la SER, no parece que hayan aplicado la misma lógica a la sentencia del Supremo que casca a la AI, que sobre suponerle un palo enorme a la sociedad de la información (a ver quién es el guapo que aloja ahora bitácoras) es una sentencia del Supremo. Otra igual y la jurisprudencia quedaría sentada de manera indeleble pero, mientras tanto, todos los juzgados y todas las audiencias provinciales se atendrán a esta. La sentencia que condena a la Asociación de Internautas por unas injurias que cometió el autor de unos contenidos alojados en nuestros servidores va a hacer mucho más daño a muchísima más gente. Pero se ve que esto no tiene importancia.

En algunos no nos sorprende. Su desmedido afán de protagonismo no siempre bien disimulado, ha visto a la Asociación de Internautas como una sombra que ocultaba permanente e injustamente su merecidísimo brillo. Si la AI desaparece, desaparecería esa pantalla, para ellos ominosa, que les niega la justicia del brillo mediático al que se creen acreedores. Mucho más pequeñajos y miserables de lo que ellos llegan a imaginar, frustrados ante la escasez de su mérito, no esperan sino a que llueva, aún a costa de que se moje todo el mundo, con tal de que la nube que les oculta se disuelva.

En otros sí, en otros nos ha dejado un tanto estupefactos. Pensamos, sobre todo, en gente que no sólo tiene realmente notoriedad -o, al menos, una cierta notoriedad- sino que, además, en todos los actos de la Asociación y en todos nuestros escritos, referencias y citas les hemos guardado una altísima consideración de la que ellos, en la mayoría de los casos, han acusado recibo (o han aparentado hacerlo). Personalmente, quiero pensar que es debido a una cuestión de fechas, aunque, en la mayoría de esos casos, con dos días de tiempo antes de fiestas -sí tuvieron tiempo para comentar la sentencia de la SER- cuesta creer que tuvieran asuntos más importantes que tratar.

El tiempo pero, sobre todo, las circunstancias, van poniendo a cada cual en su sitio. Y si la Asociación sobrevive, este será uno de los puntos que tomaremos en consideración a la hora de establecer futuras líneas de actuación.

Otra cosa de la que nos vamos dando cuenta es que las instituciones, así en general, son poco o nada confiables. Ser discriminados, ninguneados y puteados desde ámbitos gubernamentales, cuando se conoce la penetración que tiene el enemigo en estas instancias y cuando, como consecuencia de ello, se declara poco menos que abiertamente una guerra contra el titular de un ministerio (el de Cultura) y, en los últimos tiempos, cuando se es origen y causa de imprtantes molestias al partido en el poder y más concretamente a otro ministerio (el de Interior), es comprensible en esta triste España actual en la que lo sectario es el pan de cada día. Pero lo que ha ocurrido con el «caso putaSGAE» es tremendo: que en tres instancias, tres, desde el nivel de Juzgado hasta llegar al mismísimo Tribunal Supremo, pasando por una Audiencia provincial, se haya hecho encaje de bolillos para adaptar la norma al caso (dos normas: la directiva europea y la Ley española que la traspone) y atizarnos un palo que parece predeterminado desde el primer momento, es gravísimo. Significa que ya no podemos confiar en la justicia. Pero no sólo nosotros: tampoco nadie que actúe contra los designios de todo el entorno una parte del cual demandó al a Asociación por algo que ésta no había hecho. Con evidente intención de cargársela, claro. Desde el día 22 de diciembre, nadie puede estar jurídicamente seguro en el ámbito digital. Basta que lo que haga -o lo que haga un tercero con sus recursos- no guste a la industria y al entorno de la farándula, para que se busque la ruina, y esto es más que un decir.

Yo no sé, a la larga, qué memoria quedará de este asunto o qué consecuencias tendrá. Sólo sé que con una ciudadanía como la de hace treinta años, esto hubiera constituido un escándalo mayúsculo. Que lo ha constituido, por otra parte (el ritmo de las donaciones para salvar a la AI da fe de ello), pero sólo en el ámbito -o en ciertos ámbitos- de la red. Habrá que ver a qué lleva con el tiempo. Se me antoja que, en el más moderado de los casos, esto debiera conducir a una reflexión que llevara a asegurar mucho mejor y más claramente las libertades cívicas y, sobre todo, a afianzar una seguridad jurídica que se ha demostrado inexistente (y no me cansaré de decir que eso es gravísimo). Pero, no sé por qué, me huelo que no va a haber tal; no sé por qué, me temo que una ciudadanía abotargada -salvando la gallardía de unos cuantos miles de jabatos- va a tragar carros y carretas. Lo que le echen.

La depresión sigue ahí. Y lo que es peor: sus motivos, cada día más claros.

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