Patear la calle

De la serie: Correo ordinario

El viernes 4 asistí al paseo de protesta contra la ley de la patada en el router que se celebró, entre otras ciudades, en Barcelona, en la plaza de Sant Jaume. No se puede decir «manifestación» porque, como tal, hubiera sido ilegal; parece que después de 31 años de Constitución, democracia y demás cagarela, todavía puede ser ilegal esto de manifestarse, manda narices…

En Barcelona fuimos, así a ojo de buen cubero, unos 150 o 200. Al menos, simultáneamente. Pon 300, si añadimos el personal circulante. Muy poca gente, evidentemente, y sobre todo para protestar por un asunto tan grave y más aún si lo comparamos con el movimiento masivo que hubo en la red. Las cifras de Madrid son, parece ser, similares, y cabe imaginar lo mismo respecto de otras ciudades.

Cuando en el mes de mayo la Asociación de Internautas convocó a una manifestación frente al ministerio de Cultura, llenó la plaza como un huevo, pero: a) era una plaza pequeña y b) previamente, durante algunas semanas (aunque no muchas, tampoco) la AI estuvo divulgando y promoviendo la convocatoria. En el caso de ahora, la convocatoria fue horizontal -no hubo entidad convocante propiamente dicha-, se efectuó con 24 horas -o menos- de anticipación y sólo se divulgó por el boca-a-oreja digital de Facebook, primero (creo que nació allí), y después por otros medios de la red.

La verdad, yo no tenía muchas ganas de asistir, pero recordé que, desde hace ya tiempo, me he impuesto a mí mismo el compromiso personal de acudir a todas las convocatorias de mi ciudad (en este ámbito, por supuesto), quienquiera que sea el convocante (siempre que no sea sospechoso, claro), y por cantado que esté el fracaso de asistencia. Si por uno de aquellos arcanos la cosa funciona, disfrutaré del éxito y, si no funciona, compartiré el ridículo; pero nunca dejaré sola a la gente que se moja y que se mueve, por mal que lo haga (si es que lo hace mal) ni por contraproducente que puedan ser -que a veces lo son- este tipo de convocatorias.

¿Por qué fracasan tanto las convocatorias presenciales siendo así que el movimiento de resistencia en la red ha crecido tanto que roza -no alcanza, pero roza- la unanimidad?

Tengo varias ideas al respecto.

En primer lugar -y lo dije hace no muchos días- que una misma persona guarda comportamientos distintos en la vida presencial y en la vida digital. Incluso ante hechos esencialmente iguales; ponía por simple ejemplo el del ciudadano que compra cada día su periódico en el kiosko para ir a desayunar y, sin embargo, jamás pagará un céntimo por un periódico digital, tanto si tiene como si no hermano gemelo en papel. No sé si es una cuestión de psicología o más bien de sociología, pero el fenómeno es, en todo caso, perfectamente constatable. Pues bien, en esa misma psicología o sociología, la protesta y la movilización también pueden ser objeto de ese mismo tipo de aparentemente contradictorios comportamientos diferentes; parecería que el internauta -o, ya más bien, el ciudadano en red- teme que bajar a la calle un tema de la propia red equivalga a ensuciarlo o algo parecido.

También me di cuenta, ese primer viernes del presente mes de diciembre, de otra cosa: la mayoría -no abrumadora, pero sí mayoría aritmética- de los que estábamos en la plaza de Sant Jaume éramos gente de mediana edad, digamos que de 35 años para arriba, es verdad que había jóvenes y que su número, en el conjunto, era algo más que testimonial, pero eran los menos; además, me dio la impresión de que muchos de ellos eran activistas del Partido Pirata, de modo que su presencia allí -si mi impresión es correcta- no fue propiamente espontánea sino inducida desde el propio partido: hay que aprovechar para ir allí, hacer presencia notoria y ver qué se pesca. Lo cual me parece legítimo, desde luego -no estoy quejándome de nada sucio ni negativo, sino constatando un comportamiento, en definitiva, de partido-, pero que engordó de un modo que podríamos llamar «artificial» la proporción joven de la concurrencia.

Con eso quiero llegar a que uno de los pocos pero grandes hándicaps de la internáutica es que está nutrida mayoritariamente por jóvenes pero que éstos carecen de cultura de la reivindicación y de la protesta presencial. Una de las más tristes victorias de esto de ahora es haber desactivado la rebeldía juvenil para evitar que las importantes carencias de la transición -y de lo que vino después de la transición- provocaran movidas estudiantiles que podían resultar tremendamente desestabilizadoras; de hecho, muchos dirigentes protodemocráticos eran conversos del franquismo y probablemente aleccionaron muy eficazmente a los inexpertos izquierdistas sobre ese peligro. El gobierno socialista de Felipe González fue devastador a estos efectos, y nunca hasta entonces se había visto -y se sigue viendo-, por ejemplo, una Universidad más domada y más bovina. Bueno, en definitiva, el mileurismo masivo de la juventud incluso en casos de formación muy relamida, es una muestra de que este sector social lo ha aprendido todo menos lo principal: hacer valer sus derechos con fuertes puñetazos sobre la mesa. Tampoco ha aprendido que, sin perjuicio de que Internet es muy potente -como la otra semana quedó demostrado con el acojonamiento general del Gobierno- lo que verdaderamente derrumba el ánimo de los políticos es una calle llena, bien llena, de gente vociferante. Esto, a muchos jóvenes -y ya no tan jóvenes- les cuesta creerlo y, sin embargo, nunca como ahora, con este gobierno tan titubeante, tan poco programático, tan pendiente de portadas y de encuestas, fue tan cierto.

Yo tengo la impresión de que Internet no tiene aún -o no ha aprendido hacerlo- la capacidad de rematar. Es como un torero que, después de realizar una faena brillantísima y de tener a la plaza puesta en pie, a la llamada hora de la verdad, en vez de coger el estoque y liquidar al morlaco, simplemente se da la vuelta y se va, aunque, eso sí, saludando triunfante a los tendidos mientras el toro se recupera pensando por dónde le va a endiñar la cornada.

Por tanto, tenemos que estudiar más y tenemos que ver qué inventamos para hallar una técnica de remate. La movida de la primera semana de diciembre da lustre al ego, pero, salvo una espantá, no tuvo mayores consecuencias. En estos momentos, el Gobierno está barruntando por qué otro lado meternos de birofa la patada en el router en la que está empeñado por cuenta y en interés de la industria del ocio, y no de ahora, sino desde hace ya tiempo (con mucha razón se ha recordado esa semana lo del 17 bis de la LISI). La maniobra es en todo igual a la táctica tramposa con la que intentaron colarnos varias veces las patentes de software en la Unión Europea, así que tenemos que estar más atentos que nunca: la patada en el router podría volver en la Ley de Presupuestos o podría incluso -y ojalá sea sólo una exageración- venir escondida en un decreto de reparcelación agraria.

Mientras tanto, los jóvenes internautas van a tener que tomarse el trabajo de empezar a dejar de lado su escepticismo sobre las movilizaciones presenciales -un tanto necio, con perdón, y desde luego inexperto- y, mientras no encontremos esta manera de redondear de forma definitiva los logros en red, en tanto no averigüemos cómo matar al bicho sin salir de Internet, van a tener que plantearse salir a la calle. El día que toque, da igual que sea martes o sábado: también es una lección útil para la vida en general averiguar que el ocio no es lo primero pese a lo que nos vendan politicastros y mercachifles. Que por no haber sabido hacerlo en su momento, no sufran la amarga experiencia de tener que hacerlo cuando el daño ya esté hecho.

A toro pasado, nunca mejor dicho.

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