Ideas que van surgiendo

De la serie: Crónicas de una crisis

Van pasando los días, y vamos constatando cosas.

La más llamativa es la actitud de algunos gurús de la red: con escasísimas excepciones, han ignorado de forma total y absoluta la circunstancia que vive la Asociación de Internautas. Ya no unirse como repetidores al llamamiento de ayuda a la Asociación -que sería muy necesario y, obviamente, muy de agradecer- sino que ni un comentario, ni siquiera en plan de noticia aséptica. Mientras que todos ellos se han rasgado las vestiduras -muy lógicamente, por otra parte- ante la alucinante sentencia de los directivos de la SER, no parece que hayan aplicado la misma lógica a la sentencia del Supremo que casca a la AI, que sobre suponerle un palo enorme a la sociedad de la información (a ver quién es el guapo que aloja ahora bitácoras) es una sentencia del Supremo. Otra igual y la jurisprudencia quedaría sentada de manera indeleble pero, mientras tanto, todos los juzgados y todas las audiencias provinciales se atendrán a esta. La sentencia que condena a la Asociación de Internautas por unas injurias que cometió el autor de unos contenidos alojados en nuestros servidores va a hacer mucho más daño a muchísima más gente. Pero se ve que esto no tiene importancia.

En algunos no nos sorprende. Su desmedido afán de protagonismo no siempre bien disimulado, ha visto a la Asociación de Internautas como una sombra que ocultaba permanente e injustamente su merecidísimo brillo. Si la AI desaparece, desaparecería esa pantalla, para ellos ominosa, que les niega la justicia del brillo mediático al que se creen acreedores. Mucho más pequeñajos y miserables de lo que ellos llegan a imaginar, frustrados ante la escasez de su mérito, no esperan sino a que llueva, aún a costa de que se moje todo el mundo, con tal de que la nube que les oculta se disuelva.

En otros sí, en otros nos ha dejado un tanto estupefactos. Pensamos, sobre todo, en gente que no sólo tiene realmente notoriedad -o, al menos, una cierta notoriedad- sino que, además, en todos los actos de la Asociación y en todos nuestros escritos, referencias y citas les hemos guardado una altísima consideración de la que ellos, en la mayoría de los casos, han acusado recibo (o han aparentado hacerlo). Personalmente, quiero pensar que es debido a una cuestión de fechas, aunque, en la mayoría de esos casos, con dos días de tiempo antes de fiestas -sí tuvieron tiempo para comentar la sentencia de la SER- cuesta creer que tuvieran asuntos más importantes que tratar.

El tiempo pero, sobre todo, las circunstancias, van poniendo a cada cual en su sitio. Y si la Asociación sobrevive, este será uno de los puntos que tomaremos en consideración a la hora de establecer futuras líneas de actuación.

Otra cosa de la que nos vamos dando cuenta es que las instituciones, así en general, son poco o nada confiables. Ser discriminados, ninguneados y puteados desde ámbitos gubernamentales, cuando se conoce la penetración que tiene el enemigo en estas instancias y cuando, como consecuencia de ello, se declara poco menos que abiertamente una guerra contra el titular de un ministerio (el de Cultura) y, en los últimos tiempos, cuando se es origen y causa de imprtantes molestias al partido en el poder y más concretamente a otro ministerio (el de Interior), es comprensible en esta triste España actual en la que lo sectario es el pan de cada día. Pero lo que ha ocurrido con el «caso putaSGAE» es tremendo: que en tres instancias, tres, desde el nivel de Juzgado hasta llegar al mismísimo Tribunal Supremo, pasando por una Audiencia provincial, se haya hecho encaje de bolillos para adaptar la norma al caso (dos normas: la directiva europea y la Ley española que la traspone) y atizarnos un palo que parece predeterminado desde el primer momento, es gravísimo. Significa que ya no podemos confiar en la justicia. Pero no sólo nosotros: tampoco nadie que actúe contra los designios de todo el entorno una parte del cual demandó al a Asociación por algo que ésta no había hecho. Con evidente intención de cargársela, claro. Desde el día 22 de diciembre, nadie puede estar jurídicamente seguro en el ámbito digital. Basta que lo que haga -o lo que haga un tercero con sus recursos- no guste a la industria y al entorno de la farándula, para que se busque la ruina, y esto es más que un decir.

Yo no sé, a la larga, qué memoria quedará de este asunto o qué consecuencias tendrá. Sólo sé que con una ciudadanía como la de hace treinta años, esto hubiera constituido un escándalo mayúsculo. Que lo ha constituido, por otra parte (el ritmo de las donaciones para salvar a la AI da fe de ello), pero sólo en el ámbito -o en ciertos ámbitos- de la red. Habrá que ver a qué lleva con el tiempo. Se me antoja que, en el más moderado de los casos, esto debiera conducir a una reflexión que llevara a asegurar mucho mejor y más claramente las libertades cívicas y, sobre todo, a afianzar una seguridad jurídica que se ha demostrado inexistente (y no me cansaré de decir que eso es gravísimo). Pero, no sé por qué, me huelo que no va a haber tal; no sé por qué, me temo que una ciudadanía abotargada -salvando la gallardía de unos cuantos miles de jabatos- va a tragar carros y carretas. Lo que le echen.

La depresión sigue ahí. Y lo que es peor: sus motivos, cada día más claros.

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