Monthly Archives: enero 2010

El periódico feroz

De la serie: Me parto el culo

Y llegó uno y dijo: venga, se acabaron las mariconadas y el todo gratis. Voy a montar un periódico que sólo van a leer los que paguen, qué cojones, y vais a ver cómo el modelo de siempre -versión digital, eso sí- funciona como una moto.

Y «Factual» funciona como un churro comatoso y Arcadi Espada, la espada flamígera que se iba a comer cruda a la piratería intelectual, parece ser que ahora anda lejos. Ya lo dice la popular sevillana (que no sé si tiene propiedad intelectual o no):

Me casé con un enano
pa jartarme de reir
le puse la cama en alto
y no se podía subir

Y es que con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones.

No sé si me explico.

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Golpe [in]constitucional

De la serie: Correo ordinario

La contemplación de los dichos y hechos de nuestra infecta clase política llevan a sostener pocas esperanzas respecto a la barbaridad que el Gobierno está empeñado en cometer con la aquiescencia de los grandes partidos de la oposición (sobre todo PP y CiU), y estamos a la espera de ver qué hacen los demás.

No caben muchas esperanzas cuando, además, las sesiones parlamentarias de la subcomisión del Congreso que estudiará la disposición adicional conflictiva del anteproyecto de Ley de economía sostenible ya nacen amañadas y mientras el enemigo intervendrá reiteradamente, porque acuden a las sesiones no solamente todas las entidades de gestión de derechos de autor, sino incluso asociaciones que agrupan a varias de ellas, de modo que éstas intervendrán por partida doble: una con voz propia y otra representadas; lo mismo cabe decir de la industria del ocio e ídem de la industria electrónica. Horas y horas de declaraciones ante los diputados mientras que la ciudadanía pura y simple tendrá tres valedores: Enrique Dans, eXgae y CECU. Las ausencias -en cantidad y en calidad- son clamorosas y aún menos mal que eXgae, integrada en la plataforma Red SOStenible, dará algo de voz a ésta, aunque eXgae ha sido llamada no tanto por internauta sino por agrupar a autores no alineados en las sociedades de gestión y tendrá, lógicamente, que utilizar buena parte de su tiempo en llevar la voz de sus propios y concretos representados. CECU es una asociación de consumidores muy respetable, pero no ha destacado espectacularmente por su defensa de los derechos en red (mucho más apropiada hubiera sido, por ejemplo, FACUA, que se ha mojado muchísimo más y con muchísima mayor frecuencia en favor de los derechos cívicos en el ámbito digital). Enrique Dans, por su parte -y, personalmente, confío en él plenamente- representa un amplio espectro de sensibilidades -hablo de sensibilidades, no de personas: hay que tener cuidado cuando se habla de representatividades en la red- pero tampoco a todas las sensibilidades, como es lógico, porque las hay contrapuestas y no puede defenderse simultáneamente una misma opción y su contraria. Por tanto, la representación cívica queda clara y premeditada y alevosa y desproporcionadamente coja. Así las gastan nuestras señoras y señores diputados. Vaya tropa.

Y eso que la disposición adicional primera del anteproyecto de LES es un golpe inaudito al sistema constitucional, el más grave después del 23-F (y esperemos, aunque no confiamos, que acabe como éste). Se lo decía a Joan Herrera en la reunión que tuvimos anteayer al mediodía diversos miembros de Red SOStenible con el citado diputado y con varios miembros de ICV: hablar de propiedad intelectual en el contexto de la disposición adicional primera de la LES no es más que un enmascaramiento, es una pura y dura cortina de humo. Lo cierto es que esta dispisición supone una ruptura del ordenamiento constitucional que constituye una ruptura -inédita hasta hoy- de la norma básica, de la norma en que se fundamenta toda la estructura jurídica, política, económica y social del país, una verdadera subversión del orden establecido hace treinta años. Estamos hablando de que se rompe la baraja, precisamente en el momento en que la desafección ciudadana hacia el sistema es más que notoria y en el momento en que amplios sectores de la ciudadanía (ya no sólo desde la izquierda extraparlamentaria), en que en el seno de millones de familias corrientes y molientes se está planteando -con respuesta frecuentemente negativa- si la morfología democrática que hay hoy en España está funcionando, si es verdaderamente representativa y si está repsondiendo a los anhelos, necesidades y exigencias del común de los ciudadanos, de su mayoría tan aplastante que se aproxima a la unanimidad.

Este es el contexto correcto y no si Rosario Flores pasa hambre.

La mofa y befa que se hace, además, del poder judicial, no tiene otro calificativo que el de escalofriante: obligar a un juez a que estampe acríticamente su firma en un acto de clara y patente censura, sin que se le permita entrar en el fondo de la cuestión. Mofa y befa del concepto de los derechos fundamentales, añadiendo a los restrictivos cuatro supuestos que establece la LSSI como únicos motivos que permiten cerrar una página web un quinto sacado de la manga: la protección de los derechos de propiedad intelectual.

Hay un pequeño, casi microscópico resquicio de esperanza: el artículo publicado anteayer en EcoDiario por Francisco José Navarro, magistrado de la Audiencia Nacional, supone una voz de protesta (muy dura y bastante airada) sobre este intento. Si esa voz es mínimamente representativa de lo que piensa el conjunto de jueces de la AN, podríamos estar -más o menos- salvados.

Pese a la circunspección formal que envuelve el artículo del juez Navarro, hay expresiones que, precisamente por estar incardinadas en esa circunspección, resultan adicionalmente duras, toda vez que intrínsecamente son tremendas. Veamos algunas (las negritas pertenecen al artículo original):

«[…] Se atribuye a la Comisión una competencia exorbitante que permite sacrificar un derecho fundamental -uno de los consagrados en el artículo 20 de la Constitución, como la libertad de expresión o de información- para que prevalezca otro derecho de menor rango que éstos, el de propiedad intelectual».

«[…] Están ausentes elementales garantías jurídicas. Basta citar dos, entre las clamorosas: la tipicidad, tanto de las conductas infractoras como de las sanciones que les corresponden; y, sobre todo, la presunción de inocencia, con la que el proyecto arrambla abruptamente, vista la facilidad de ejecución de la medida, antes de que pueda articularse seriamente la más mínima defensa jurídica contra ella».

«[…] Se puede ejecutar sin miramientos una sanción antes de que un Tribunal de Justicia tenga oportunidad de examinar si proceden medidas cautelares frente a ella, tal como el Tribunal Constitucional preceptúa, sin que tal garantía pueda ser reemplazada por esa especie de interdicto que no parece diseñado para que el juez pueda impedir la efectividad inmediata de la medida ante la sospecha de su ilegalidad […]».

«[…] Se priva al juez civil de una competencia natural suya, concebida en garantía de los ciudadanos, por una pseudogarantía que sólo de forma tardía, limitada y pro forma desemboca en el control judicial, que parece pensado como coartada para acallar las voces críticas que denunciaron el asombroso parecido de los cierres de páginas web con el secuestro de publicaciones, que sólo el juez, por mandato constitucional, podía acordar (art. 20.5 CE)».

«[…] Es inexplicable que se instaure un procedimiento exprés de cuatro días, lo que no sucede ni siquiera en materia de derechos fundamentales, para amparar un derecho que no es fundamental, pese a algún lapsus linguae de quien, por su cargo, no debería incurrir en ellos».

Tal cual.

La evidente inconstitucionalidad de esta disposición adicional primera debería pronosticar su inaplicación absoluta desde el primer momento de su promulgación, pero todo parece indicar que no va a ser así. Ningún partido parlamentario va a impugnarla (lo que llevaría a su efecto suspensivo). La impugnación quedará a cargo de la sociedad civil y de los afectados por actos administrativos ejecutados de acuerdo con lo dispuesto por dicha norma, con lo que hasta que se obtenga una sentencia del Constitucional (y si, mientras tanto, no adolece el Constitucional un estreñimiento resolutorio, como parece que le pasa con el Estatut catalán, que haga la cuestión eterna), la libertad de expresión puede quedar exangüe. Y eso, en fin, suponiendo que el Tribunal Constitucional sea, para entonces, digno de cierta confianza, cosa que hoy mismo no puede decirse.

Se va a hacer largo todo el trámite de ese engendro legal liberticida, sobre todo porque, en el ínterin, se va a ir lacerando el trasero del ciudadano con otras brutalidades, como esta de hoy, de retrasar dos años la edad de la jubilación; no hay dinero para pensiones, pero sí para sacar a los bancos del pozo en que se/nos metieron ellos solitos. Y la patronal de la especulación inmobiliaria pidiendo descaradamente la intervención del ICO para evitar su hundimiento (lo que hace prever que, al final, intervendrá el ICO). Y esto con un gobierno… bueno… ejem… socialista. Manda huevos.

Pese a todo, pese a las menguadas posibilidades de éxito, con un Gobierno entrgado sin reservas e indisimuladamente a intereses particulares, minoritarios y espúreos, no vamos a dejar de luchar. La disposición adicional primera saldrá adelante o no, esto está por ver, pero en todo caso los ciudadanos estamos más dispuestos que nunca a que la factura que tengan que pagar por ese desafuero -nunca mejor dicho- sea elevada. Porque es nuestra única esperanza para el futuro (en la red y fuera de ella): que perciban con severas laceraciones el cabreo monumental que llevamos todos encima. Porque si no es así, seremos, encima, acreedores a todo lo que nos pase.

Sustituir lo que queremos por lo que toleremos no es más que el camino al desastre.

Del enemigo, el consejo

De la serie: Pequeños bocaditos

Doña Agnela Domínguez (está bien escrito: es Agnela, no «Ángela», qué cosas…), directora de Comunicación y Actividades de la $GAE en Catalunya dijo lo siguiente en el reportaje «El Peaje de la SGAE» que TVE emitió el pasado lunes -ya martes, en puridad- por la noche:

«Si tú no puedes vivir de la música, te dedicarás a otra cosa»

Pues eso es, exactamente, lo que hay que hacer: dedicarse a otra cosa. Y si lo hacen unos cuantos que yo me sé, lo a gusto que nos íbamos a quedar.

Ya saben.

Castigos e impunidades

De la serie: Los jueves, paella

Las últimas trapazadas de jovencitos, sobre todo de jovencitos que, en su momento, y tras ser pillados en una gorda de verdad (fruslerías como el asesinato, por ejemplo) han sido liberados tras cortas y livianas sanciones por haber cometido la bestialidad siendo penalmente menores de edad. La canción que sigue es conocida: algunos -pocos hoy, mañana ya veremos- piden una constitucionalmente imposible pena de muerte; otros, más realistas o más amigos del buen rollito, piden la constitucionalmente discutible cadena perpetua revisable cada X (sic). El revisable cada X es lo que constituye una volátil y fláccida posibilidad constitucional, ya que la cadena perpetua inflexible también es inconstitucional.

Tras todo eso (las trapazadas y sus posibles remedios a hostia limpia), se agazapa un nuevo intento de meterle más madera al Código Penal. Se dice por ahí -y es verdad sólo a medias- que el Código Penal español y su procedimiento, son los más duros de Europa y que no sé donde -en un país de esos de pichafrías nórdicos- la cadena perpetua es una pena de 15 años. En todo caso, la que se pide aquí es la perpetua-perpetua, la de entrar en presidio y salir de él sólo con los pies por delante.

Lo que sí es verdad, como dice Escolar, es que España ostenta el récord europeo de población reclusa, por encima incluso de Gran Bretaña, donde no les tiembla el pulso a la hora de encerrar a la gente. La población reclusa se ha duplicado en los últimos 15 años, lo que implica que el crecimiento empezó en las postrimerías del régimen felipista, continuó en el de Aznar, y no se ha detenido con Zap. Y, encima, según cómo se lean las cifras, nuestra tasa de criminalidad es de las más bajas de Europa (lo que ya sorprende porque aquí estamos a un tris de que sea delictivo incluso cantar en la ducha).

Si esto lo lee Fernando Díaz-Plaja, uno de los grandes estudiosos modernos de la idiosincrasia española, dará cabezadas no de aprobación sino de constatación. El español, en su iracundia de perpetua frustración -para la que tiene buenas razones, entre culpas propias y ajenas-, es cruel y desproporcionado. Una de las cosas que más abochornan de algo ya de por sí tan bochornoso como la pasada guerra civil, es ver las fruslerías que llevaron a muchos españoles (¡a miles de españoles!) al paredón o al paseo: pequeñas deudas, rencillas vecinales por un quítame de allá la pintura de la escalera, levantamientos de novia (o de novio), un suspenso escolar, un mayor sueldo, una buena fama en esto o en aquello, un simple comentario -inocente o maligno- pero de poca importancia y así un etcétera que podría llevarnos muchas horas si pretendiera -aunque no conseguiría- ser exhaustivo.

Si, por contra, el motivo que dispara la sed de venganza es realmente grave, objetivamente importante, la sed de vindicación alcanza un paroxismo que yo creo que sólo puede verse aquí.

Este espíritu de Linch, no es reflexivo, claro. Si lo fuera, meditaría una serie de detalles. Primero la falta de proporcinalidad que podría llevar al desastre al sistema penal. Pena de muerte al secuestrador, pena de muerte al ladrón, pena de muerte al violador, pena de muerte al asesino: lo que lleva a que, por el mismo precio y por el mismo riesgo, el delincuente cometa las cuatro tropelías, valorando la ventaja de que, todas juntas, no dejan testigos. En materia de penas, los endurecimientos o los reblandecimientos deben ser iguales para todo el código y así, por lo menos, no se rompe la regla no escrita de la proporcionalidad de la pena; pero eso tiene un problema: la pena de muerte es un máximo y si se amplía su imposición (supuesta su reinstauración), el acordeón de la proporcionalidad se estrecha, haciendo que la diferencia de precio entre un delito determinado y otro más grave, se estreche a su vez.

El segundo detalle es la culpa social. Ya, ya sé que este es el argumento tradicionalmente más socorrido en los informes de letrados defensores malos. Pero, debidamente mesurado, no deja de ser cierto.

Sobreprotegemos a nuestros hijos rescatándoles del castigo ante la falta; conclusión: faltar a las normas es poco importante y, sobre todo, barato. No les inculcamos valores cívicos y, por tanto, son presa fácil a los estímulos del todo vale (y más si tienen en nosotros un buen ejemplo de ello). Cuando se habla del juego electrónico, por ejemplo, se le echacan muchas culpas que aparentemente tiene, pero realmente no. Yo creo, sinceramente, que «Carmaggedon» ha causado muertos en carretera; no sé cuántos, pero algunos. ¿Es culpable de ello «Carmaggedon»? No. El culpable es un padre y un sistema de enseñanza que en todo el curriculo educativo -en la familia y en la escuela- no han enseñado a esa bestia del volante a disociar lo que es un juego de lo que es la realidad. Privado el muchacho de valores y privado de conciencia de retribución, la fiera del «Carmagedon» se convierte en el hijo de puta del Astra, del León o del Focus. Esto de la retribución por la falta, es uno de los pocos valores educativos que inculcaba la mili. Exagerándolos, por supuesto, pero así el mensaje llegaba bien claro.

En esto, como en tantas otras cosas, hay que dejar el código penal en paz. O, mejor dicho, dejar en paz las penas privativas de libertad y establecer sistemas retributivos no penitenciarios, pero que pueden ser eficaces. Uno de ellos, es contrarrestar el vicio imbuyendo -a la trágala- su virtud: contra el delito económico pena económica; pero no hablo de multas: hablo, por ejemplo, de pillar a un banquero estafador o a un político corrupto y obligarlo a vivir X años -según la enjundia de su cagada- con el salario mínimo (y vigilar estrechamente sus signos externos para que se cumpla efectivamente); contra la pijería que lleva al homicidio (en la carretera, en la cama…), disciplina: un régimen especial en la Legión (que, en parte, se inventó para estas cosas) y tras un breve pero intensísimo adiestramiento, hala, a Afganistán, pero no a repartir agüita mineral a los niños, no: al monte a buscar pastunes (o a desactivar chatarra-bomba en Kabul, que me han dicho que están los cruces llenos). Sin olvidar, en su caso, una propinita sancionadora -de similar naturaleza y proporción- para los padres y educadores negligentes.

Y dejarse ya de cárceles.

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La que nos han pegado con la coña marinera aquella de la gripe A, ha sido de antología. Y que conste y obre que yo, desde esta humildísima bitácora, fui de los adelantados en el escepticismo. Se veía venir: organizaciones internacionales corruptas, gobiernos corruptos y, subsiguiente y consecuentemente, multinacionales -farmacéuticas, en este caso, que no es el único- que se forran.

Vivimos -a todos los niveles: municipal, autonómico, estatal, europeo y mundial- en un estado de corrupción permanente tan enorme que es difícil incluso de cuantificar.

Después se sorprenden de que haya escepticismo sobre el cambio climático, pero es que vistos todos esos antecedentes… Yo recuerdo cuando desde posiciones occidentalistas -y desde el ecopacifismo- se hablaba de un invierno nuclear como consecuencia apocalíptica más importante y más destructiva de un lanzamiento generalizado de artefactos nucleares en una región, en un país o, en fin, en el mundo. La ciencia soviética siempre negó la existencia de ese invierno y, bueno, cuando acabó la guerra fría, la ciencia occidental convino en que el asunto ese se había exagerado… algo… y que, bueno, pues igual la ciencia soviética -ya desaparecida como tal soviética- podría haber tenido razón. Total, ya os la hemos pegado, ya os hemos engañado, ya os hemos acojonado para que os pleguéis a nuestros designios, ahora no nos importa reconocer que os la hemos metido doblada y que ajo y agua. Y así han ido saliendo cosas como la gripe aviar, la enfermedad de las vacas locas, el síndrome del aceite de colza (cuyos hechos presuntamente probados en la sentencia yo no me creo ni cocido de Pedro Ximénez) y todo ello por no hablar de otras cositas que también huelen a cuerno quemado como el tan silenciado asalto al Banco Central, el 23-F (ahora, casi treinta y cinco años después, parece que se van diciendo algunas cosas divertidas de cuando en cuando), la catástrofe aeronáutica del monte Oiz y algunos otros misterios nacionales. Y eso por no hablar del asunto de la propiedad intelectual, que en este orden de cosas ofrece jugosísimas… iba a decir anécdotas, pero no: por desgracia son muchisimo más que anécdotas.

Hemos llegado a un punto en que hay cosas cuya versión oficial constituye dogma de fe y no pueden discutirse si no quiere el discrepante verse expuesto a un apartheid civil muy severo (no siempre civil: hay algún caso en que puede llegar a ser penal, pero dejémoslo) a causa del cual pude perder su prestigio, su trabajo y vete a saber qué más cosas.

La gripe A era un cuento chino. Y, sorprendentemente, la población lo ha visto así porque, ya harta de epidemias ha perdido la capacidad de pánico y ahora espera a verle las orejas al lobo en vez de echarse a correr al primer grito de «¡que viene..!». Como consecuancia, millones de dosis vacunales irán a la basura y se habrán echado, con ellas, millones y millones de euros y de dólares que tenían destinos mucho mejores, sobre todo con la que está cayendo.

Los laboratorios, sin embargo, no han sufrido ni la menor contrariedad en bolsa. Ellos ya han hecho su agosto y quienes a sueldo de ellos han conformado la voluntad de gobiernos y organismos internacionales disfrutan también de una generosa retribución. Como siempre, los que salimos a trompadas somos los ciudadanos.

Ahora estamos con lo del cambio climático. Indicios, contraindicios y, como no, suciedad. Se ha pillado a unos haciendo trampas con los datos, a otros, mintiendo sobre la fusión de los hielos, a los de más allá… Pero ni siquiera la evidencia de que este tema se está manipulando es suficiente para que un montón de tontos útiles se paren a pensar y arruguen el entrecejo, siquiera, como a la espera de poder ver más claro.

Nos venden misiones de paz que bombardean poblaciones civiles, nos venden ayuda humanitaria a un país en grave estado de desastre cuando lo que se está haciendo es ocuparlo militarmente (¡ah, esos admirables marines americanos que reparten agüita ante el aplauso de Zap..!), nos venden horrores aquí, allá y acullá, cuando los horrores los prodigan y los dispersan un puñado de multinacionales, empresas privadas que tienen a sueldo a gobiernos enteros.

Y a parlamentos. Ayer mismo viví una escenita personalmente (no me la contó nadie) que, en fin… Un día os cuento.

Los ciudadanos, sobre nuestro burgués conformismo -mientras haya comedero…- estamos realmente poco y mal informados. La verdad se nos oculta o se nos distorsiona: medios de comunicación vendidos al tinglado, censura solapada (o no tan solapada: ahí tenemos la LES). Cada telediario es una concatenación de mentiras, tonterías, falacias y estupideces que nos tragamos sin más, sin la menor crítica. El discrepante es un pringado, un iluminado, uno de esos de las rastas. Y los que ven claro, van a la greña y no acaban de saber establecer un rotocolo de operatividad verdaderamente eficiente.

El sábado asisto a una sesión del Fòrum Social de Catalunya (una rama territorial del Foro Social Mundial) y seguro que asistiré a la escenificación de unos cuantos análisis -muy certeros muchos de ellos- a una propuesta de soluciones divergentes, desde la racional al puro disparate.

Ya os contaré, también.

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Aquí dejo la paella. Diédrica, solamente, pero son dos entradas muy largas y, de hecho tampoco la cosa da para más. La próxima será ya en febrero, el jueves 4, a una semanita del carnaval. Del carnaval popular, quiero decir.

El otro, dura todo el año.

Momentos cruciales

De la serie: Correo ordinario

Que el ataque a Google haya pasado a convertirse plenamente en un episodio de la nueva versión de la guerra fría, librada ahora entre los Estados Unidos (cómo no) y China es la escenificación pública de una realidad que no es, en absoluto, tan nueva, tan reciente, como cree la mayoría de los ciudadanos. Las llamadas nuevas tecnologías tienen ya treinta años y el ritmo que estas mismas tecnologías han impuesto al curso de la Historia (justamente cuando acababa de llegar un cretino que la decretó terminada) hace que llamarlas nuevas sea un sarcasmo o una muestra de ignorancia; no de ignorancia tecnológica: de ignorancia a secas. Por poner un ejemplo patente, indiscutible y de grueso calibre, podríamos decir que la globalización sería un intento imposible sin ellas, por no decir que incluso podrían haberla provocado. Y seguramente no costaría mucho encontrar a alguien -alguien serio, quiero decir- que sostuviese a las TIC como un hecho, si no determinante, sí característico a la hora de explicar el derrumbamiento del imperio soviético.

Y este es, precisamente, uno de los problemas. Una ciudadanía que aún no ha entendido lo que verdaderamente ha significado en su vida la televisión -más allá de la proyección doméstica del asunto- está más incapacitada aún para comprender no a dónde van a llevarnos las TIC -eso desbordará, probablemente, la imaginación más calenturienta- sino a dónde y por dónde nos han llevado ya. Del mismo modo que el televisor es un enorme iceberg que sólo muestra su infensiva condición de máquina de ver películas y concursos, el ordenador (y no sólo el ordenador como receptor por excelencia), Internet, son muchísimo más que algo con lo que y mediante lo que se conecta uno a Facebook, chatea con el colega, se pone ciego de pornografía o se descarga música por un tubo.

No comprender la potencia de la televisión le costó a Nixon una elección presidencial que se llevó John Kennedy, cuyos asesores sí tenían el medio por la mano y la diferencia quedó escenificada en un Kennedy rasurado hasta casi la depilación misma frente a un Nixon que con una simple pasada de maquinilla acabó dando la imagen un bandolero serrano. Eso como escenificación, que ya nos vale, porque otras apariencias -un Kennedy modulando perfectamente su más encantadora sonrisa con su seria mirada de grave responsabilidad mientras Nixon aparecía como un enterrador sombrío y avinagrado- y los propios contenidos siguieron esa misma tónica. Sin que las apariencias sean tan claras, también se sostiene que una de las claves de la victoria de Obama es la fulgurante popularidad que obtuvo de un sapientísimo uso de Internet.

¿Será Internet, a la luz de esto, la tumba de Zapatero?

Bien podría serlo. No tanto por la morfología, como en el caso Kennedy-Nixon, porque Rajoy y sus peperos son igual de cutres y de pringados en el uso de la red, sino porque Zapatero ha conseguido labrarse ante la ciudadanía una bien merecida fama de enemigo de las TIC al entregarse, atado de pies y manos -por sí mismo, que ya es grande- al bando enemigo de la ciudadanía en una de las batallas clave de las tecnologías del futuro. Tanto es así, que incluso había logrado borrar de la memoria de los internautas la nefasta modificación de la Ley de Propiedad Intelectual que debemos agradecerle a Aznar y al PP, ley que Zapatero se ha limitado a empeorar -brutalmente, eso sí- en algunos aspectos y en el desarrollo reglamentario de los mismos. Pero Rajoy, en una estupidez política de primer orden, desperdició su crédito en la materia (aún con ciertas desconfianzas, había llegado a dar la impresión a mucha gente -no a mí, como saben mis seguidores más antiguos- de ser una alternativa favorable a las libertades en red) al alinearse con el PSOE en la nueva redacción de la jodida disposición adicional de la Ley de Economía Sostenible, o al no castigar fulminantemente a quien, en representación del partido, lo hizo muy contenta (literalmente). Ya me parecía a mí que haber escondido a la Salmones sin hundirla en la miseria traía gato encerrado.

Esa cagada de Rajoy es lo que podría salvarle el culo a Zapatero porque, apretados como van en las encuestas, el voto internauta podría ser decisivo. El voto internauta -para mi propia sorpresa- existe. Según manifestó un cargo de una de las entidades de gestión de derechos peseteros de autor -o del empresariado del ocio, no recuerdo-, quejoso por la supuesta tibieza (?) del Gobierno ante la piratería en la propia Moncloa se evalúa en tres millones de votos el impacto negativo de las medidas contra la red. Muchos votos me parecen a mí, según está el paisanaje de gilipollas y de pasota, pero ya se dice que del enemigo, el consejo; y no creo que fueran a ser precisamente ellos -que, por degracia, no son idiotas- los que vayan a obsequiarnos con el oxígeno de cifras abultadas. O sea que, contra todo mi escepticismo, igual la cifra es aún mayor, vete a saber…

Las TIC han modificado ya muchas cosas de nuestra cotidianidad. Generalmente, para bien, aunque en otras ocasiones quizá sin tanta ventaja, o al menos nos parece a algunos que lo perdido es más que lo ganado. Pero hay que pechar con todo, porque ya forman parte de nuestra vida y de nuestros esquemas mentales, individuales y sociales. En muchísimos (pero que muchísimos) domicilios, el teléfono fijo o, mejor, su línea, ya sólo sirve para la conexión a Internet, porque en España hay más terminales de telefonía móvil que habitantes; no es raro tener móvil particular y móvil de la empresa y el español que no tiene móvil es porque es muy niño (muchos: de doce años para arriba, son poquísimos los que no lo tienen) o anciano muy provecto (y pocos de estos ultimos). Millones de ciudadanos han cambiado sus hábitos de información y el periódico en formato papel es solamente un adminículo habitual en el desayuno, como la servilleta o el salero, pero se lee por la red, y se leen los comentarios de los lectores y se leen artículos y opiniones en foros y medios propios de la red. Los videojuegos han obligado a una fuerte reconversión -que me parece aún insuficiente- de la industria del juguete y es posible que la industria del ocio adulto (maquetismo, por ejemplo, tenga también poco que agradecerle al desarrollo tecnológico); cualquiera que desconfíe de la señora de la limpieza puede instalar una cámara wifi que transmite imágenes vía IP que uno puede contemplar desde el trabajo y si su problema es que alguien le mangonea o le roba la correspondencia, puede ponerse una cámara realmente minúscula en el buzón del portal. Tenemos tarifa plana en la red telefónica conmutada -la común, la del fijo– precisamente porque la comunicación se establece modernamente por IP (Telefónica se ha convertido en un gigantesco Skype) y su coste es ridículo. Cada vez es más frecuente en reuniones y en jornadas de trabajo que el ordenador mini sustituya al bloc de notas; casi todos llevamos un GPS en el coche y muchos también cuando van a pie, como una aplicación incrustada en su teléfono móvil; un teléfono móvil, por cierto, en que a cada día que pasa lo menos importante es el propio teléfono y constituye una verdadera base de comunicación digital (la oficina en su mano, como sin pizca de exageración publicitaba no hace mucho no sé si una marca de terminales o una operadora de telefonía móvil). Muchos servicios ven reducido su precio en proporciones inimaginables hace poco, si se tramitan a través de la red.

También, como es lógico, tenemos problemas que antes no teníamos. La privacidad, hasta hace muy pocos años, se protegía cerrando la puerta de casa y corriendo las cortinas, seguros de que nadie abría nuestro correo ni pinchaba nuestro teléfono (no, al menos, por las buenas y sin escrupulosa vigilancia judicial caso por caso y en asuntos estricta y exclusivamente criminales o de seguridad nacional en su sentido casi militar); hoy, en cambio, el fisgoneo ya no sólo oficial sino incluso el privado (con o sin anuencia gubernamental) tiene mil rendijas por las que colarse en casa. Antes, escuchar música, copiar una cinta o montar un bailongo en el terrado era tan fácil como hacerlo; hoy, puede venir un tío siniestro y darnos un disgusto porque escuchamos el parte (aún le llama así mucha gente) en la mercería de abuelita. Nuestro curriculum decía lo que nosotros escribíamos en él y no tenía más contraste posible que las referencias que pudieran dar las empresas en las que habíamos trabajado anteriormente; hoy, las opiniones que escribimos en nuestra bitácora, las fotografías que subimos a Picassa o a Flickr, los comentarios que escribimos en Twitter o los amigos que tenemos en Facebook pueden constituir pruebas -favorables o desfavorables- en el juicio que sobre nosotros formule el consultor contratado por una empresa necesitada de personal. Las fotografías disparadas subrepticiamente con un teléfono móvil en lugar, actitud o atuendo (o falta del mismo) inconveniente, pueden darnos un disgusto si acaban por circular en la red. Hasta las putas sudan tinta china -no es broma- aterrorizadas ante la posibilidad de que un comentario a mala sangre sobre su trabajo en foros muy populares sobre la cuestión las lleve a la ruina por falta de clientes (rigurosamente auténtico, insisto) y los agregadores de noticias convierten en portada de seguimiento multitudinario hechos e ideas que el redactor jefe dispuso, riguroso, que estuvieran en página par y medio disimuladas entre anuncios.

Y sólo menciono lo más aparente. Podría hablar del problema que tienen los militares en misiones de combate con toda la tropa armada con móviles diciendo sabe Dios qué a sabe Dios quién; a monitores de campamento temblando ante la posibilidad de que los chavales tengan un accidente mientras escapan del recinto en busca de la cobertura que les permita hablar con los papás; a memorias USB que pinchan ordenadores como quien no quiere la cosa, visto y no visto, y se escapan con importantísima información de la empresa… o del Gobierno. Y más. Y lo que ni siquiera llego a imaginarme.

Estamos librando batallas trascendentales en medio de la indiferencia del común de los ciudadanos que, habiendo cotidianizado estas tecnologías como si ta cosa y sin más análisis, no comprende o no quiere comprender lo espantoso que va a ser todo como las perdamos, porque las TIC -que ya están en malas manos- pueden ser terribles si no se nos permite usarlas precisamente para defendernos de esas malas manos. Los ciudadanos debemos, todos, sensibilizarnos hasta la exageración ante toda esta problemática, porque ahora podemos pararles los pies a los liberticidas.

Mañana, será tarde.

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