Insultos

De la serie: Correo ordinario

Hoy aparece en «El Periódico» la original rebelión del gremio de peluqueros barcelonés contra la $GAE. No la describo, me ciño a la noticia que el lector puede consultar. Por su [otra] parte, el llamado Ramoncín -cuyos abogados dicen haber registrado el diminutivo como marca, cosa que yo creo que no debería ser posible, dado que se trata de un nombre propio que pueden ostentar muchísimas personas, pero ya estamos acostumbrados a las pajaradas de las oficinas de registros de marcas y patentes- ha emprendido una campaña para que se retiren de no sé cuántas páginas web todos los comentarios [presuntamente] injuriosos que se vierten contra él. Lo cierto es que, injuriosos o no, invocar ramoncin en Google es obtener una lista prácticamente interminable de improperios, quizá no tanto en los contenidos centrales pero sí en los comentarios de blogs y de artículos en red. Lo mismo podría decirse de Teddy Bautista, de Pedro Farré (del que, por cierto, dicen que se va, no sé si será verdad…) y, en fin, de la propia $GAE. En un nivel inferior de intensidad, se llevan también lo suyo Víctor Manuel, los factotum de ACAM (Caco Senante y Teodomiro Cardalda) y asimismo ha recibido unos buenos vapuleos, a cuenta de su muerte por inanición, Rosario Flores, aunque esta es la adquisición broncas más reciente (por propio mérito de la abroncada, está claro).

Se me ocurren varias reflexiones. La primera, es que casi ninguno de estos está en activo (salvo la Flores). La segunda, que la inmensa mayoría de los autores en activo no entran en este tema ni borrachos. La tercera es el porqué de esa inquina tan tremenda que ha llegado a preocupar muchísimo a la propia $GAE, otrora -y todavía ahora- tan inmensamente prepotente.

La primera tiene una respuesta fácil: la mayoría de ellos o son productores, o están en los órganos de la $GAE o ambas cosas a la vez, condiciones ambas que, al presente, predominan claramente sobre la de autores o intérpretes, que quedan ya en el pasado -en el caso de no pocos de ellos, bastante olvidado- y constituyen, por tanto, incluso o sobre todo en sus peculios personales, parte beneficiaria (muy beneficiaria) del actual sistema.

La segunda, tiene un respuesta complicada, porque se bifurca: o callan por miedo a la represalia de la $GAE si toman partido por el conocimiento libre y, por tanto, contra los abusos de la sociedad de gestión o, por el contrario, callan por temor a las represalias del público si se alinean públicamente con la jerarquía gremial. Con muy pocas excepciones en ambas tendencias, lo cierto es que la mayoría opta por la boca cerrada para que no entren moscas, cosa que en su día cabreó mucho al llamado Ramoncín, en la única ocasión en que le di la razón: si me dieran la oportunidad de optar por darle un garrotazo a un solo elemento yo creo que preferiría dejar correr al enemigo que dio la cara y atizarle el palo al cagón que nada y guarda la ropa insolidario con todos, al que se pone al pairo pasando de toda justicia y se limita a poner la mano mientras vayan cayendo.

La tercera es tan obvia como histórica: empezó con el canon y la propia prepotencia de la $GAE, su ignorancia sobre la red (aunque por aquel entonces la red era bastante menuda) y la agresividad de sus dirigentes los colocaron en el punto de mira de los internautas, primero, y del común de la ciudadanía después.

Esta es una clave para comprender el ambiente actual: la agresividad de los dirigentes de la $GAE, principalmente de Teddy Bautista y del patentando Ramoncín, llegó en muchas ocasiones al insulto; un insulto hábil, sin posible vindicación jurídica -esa que tanto les gusta a ellos- al dirigirse a un colectivo inconcretable, al que calificaron de «ladrón», de «pendejo electrónico» y de varias cosas más. Porque lo cierto es que la senda del insulto la emprendieron ellos antes que nadie y fueron ellos los primeros en aplicar con largueza el término «ladrones», ese término que tanto les cabrea cuando se les aplica a ellos. A partir de lo del canon, y con el encono de la controversia -que ya pudo empezar a llamarse propiamente guerra– los internautas y los medios pasamos a tener a la $GAE enfocada constantemente y de ahí empezamos a descubrir sus prácticas, de ahí empezamos a saber lo nada democrático de una sociedad que se regula mediante un férreo y muy restrictivo sufragio censitario, de ahí empezamos a descubir la enormidad y la desproporción de sus prebendas y canonjías y de ahí empezamos a descubrir, no sin asombro, el poder inmenso que ese entorno era capaz de desplegar, poder que no se correspondía en absoluto con su implantación social (hablamos de un colectivo profesional de apenas cien mil miembros). Empezamos a saber muchas cosas de esa entidad que hasta entonces nos había pasado completamente desapercibida, a lo sumo, y para algún curioso observador, no era más que la letra pequeña -ínfima, en lo que a tamaño se refiere- que podía encontrarse buscando mucho en algún rincón marginal de una cassette o de un disco y de sus fundas o estuches, y que prácticamente nadie, salvo los que estaban en el ajo, sabía qué significaba (eran las épocas en que se denominaba «Sociedad General de Autores de España» y el cambio nacional por el editorial fue la disimulada visualización de un cambio estructural mucho más profundo y muy negativo. Está muy extendida la opinión de que integrar en una misma entidad a los autores -trabajadores, según no se cansan en proclamar y probablemente sea cierto… en la mayoría de los casos, pero no en todos- y a los editores -claramente, los empresarios- es una clara emulación del sindicato vertical del régimen franquista, cuya Organización Sindical se caracterizaba, precisamente, por eso: por agrupar a empresarios y a obreros en un mismo organismo (propiamente, un conjunto de ellos). De donde en ambos casos ya adivinamos quién corta verdaderamente el bacalao.

A medida que la opinión anti-$GAE se ha ido extendiendo por la ciudadanía hasta hacerse prácticamente unánime, diversos colectivos sociales, desde entidades de la sociedad civil hasta asociaciones gremiales o sectores económics enteros, han empezado a rebotarse contra la omnipresente -y al parecer omnipotente- dictadura de la entidad. Así, supimos primero de festivales benéficos que habían sido objeto de reclamaciones de la $GAE que pretendía -y normalmente consiguió y consigue- que pese al nulo ánimo de lucro de los espectáculos y su probada finalidad benéfica, hubiera que entregarle el diezmo, la décima parte de la taquilla para posterior liquidación de la que, de todos modos, la sociedad autoral se queda con un tanto en concepto de gastos de gestión; simultáneamente, varias comisiones de fiestas sufrieron reclamaciones de la $GAE -frecuentemente con efectos retroactivos y por importes altísimos, sobre todo para los prácticamente inexistentes fondos de ese tipo de asociaciones- y la indignación alcanzó también al propio sector productivo. Supimos de dos afectados principales: la hostelería -obligada a pagar manu judiciarii hasta por los televisores de las habitaciones hotleras- y el transporte privado, también sujeto al pago por el simple hecho de tener aparatos reproductores en los vehículos (que en casi todos los casos, hoy día, vienen equipados de serie con dichos aparatos). Estos segundos se están defendiendo a base de exigir la supresión de los equipos, principalmente en aquellas unidades destinadas a prestar servicios urbanos, en los que el elemento audiovisua prácticamente no se usa (lo cual no obta para el devengo parafiscal). La hostelería, por su parte, y pese a haber firmado acuerdos bastante gravosos con la $GAE también experimenta ramalazos de rebeldía, como la asociación empresarial hostelera de la localidad extremeña de Montijo que anunció recientemente que no utilizaría contenidos de autores asociados en la entidad de gestión y que usaría el derecho de no admisión en sus locales sobre los inspectores de ésta.

Tanto ha crecido y se ha extendido el encono social contra la $GAE, que ya en su propio seno ha surgido alguna que otra voz pidiendo renovación, renovación de caras y renovación de actitudes. Entiendo que será ésta una tendencia potente porque en la Sociedad las gastan muy severas contra cualquier atisbo de discrepancia y hay que estar muy bien sujeto para endilgarle un órdago así a la superioridad. Pero algo hay, porque la propia dirección ha encargado su imagen a un gabinete especializado, aparte de que ya hace mucho tiempo que venimos oyendo la queja de sus directivos sobre la presunta injusticia de esa mala imagen y de su extensión -constatándola con ello-.

Lo cierto es que la $GAE necesita ese cambio de imagen de manera perentoria. Lo que me pregunto es si aún está a tiempo para este cambio y si su problema es solamente de imagen. Es verdad que ésta se ha gestionado muy mal desde el principio. Primero, por no calibrar bien a los destinatarios de los ataques. En un principio fuimos los internautas, que éramos una parte muy reducida de la ciudadanía, pero después, esa ciudadanía ha ido entrando en red hasta ser indisociables la condición de internauta y la de ciudadano; pese a ello, el discurso («ladrones», «cultura del todo gratis», «títeres de las telecos» y el hermoso etcétera ad usum) ha seguido prodigándose en el mismo tono iracundo y faltón. Segundo, por la prepotencia insufrible de sus portavoces: desde los intentos de justificar éticas a base del tenor estricto de la letra de la ley («lo dice la ley y ya está», como si la ley fuera un oráculo moral), hasta el odioso verbo pagar conjugado en todos los tiempos, modos, personas y oraciones posibles. Tercero, la inevitable transparencia de la concomitancia con el poder y la clara constatación por parte de la ciudadanía de que las leyes se promulgan a medida, sin oposición ni alternativa posible y, lo que es peor, sin disimulo alguno (hasta no hace mucho, la foto con Bautista era apetecida por prácticamente toda la clase política).

Queda por fijar la medida del insulto. Evidentemente -lo hemos visto en la Asociación de Internautas- cuando está de por medio el «honor» de la $GAE, es absolutamente inútil razonar con los jueces: funcionan a piñón fijo y no les detiene ni la clara e insoslayable (aunque soslayada) exención de responsabilidad de una ley vigente que se promulgó, precisamente, contemplando este tipo de supuestos por orden de una directiva europea (ahí sí que ni siquiera cabe alegar discordancia entre el tenor de la ley y la voluntad del legislador). Hace tiempo, en una entrada de esta misma bitácora que no logro encontrar (la indexación es mi otra asignatura pendiente en «El Incordio», además del spam) decía que cuando el insulto se dirige a un cargo por razón del mismo o a una persona exclusivamente por su papel social, dicho insulto no debiera ser considerado tal ni a efectos civiles ni penales, por la razón de que dicho insulto no es realmente a la persona sino al cargo o a la función. Difícilmente pueden tener motivos personales contra el patentando Ramoncín quienes no lo conocen de nada; y lo mismo cabe decir con Teddy Bautista y con cualquier otro. El insulto refleja una ira -que el insulto desahoga y de ahí lo peligroso de acerrojarlo- que han provocado, extendida sobre el común de la sociedad hasta casi lo unánime, las actitudes y las expresiones de estos personajes. La persecución judicial por estas causas es un absurdo colocado sobre lo que ya es de por sí una situación absurda.

El insulto, si se sigue persiguiendo de esta manera, pasará a ser conceptual (ergo impune) y no expreso, pero seguirá ahí larvado, mientras no cambien comportamientos, actitudes y leyes. Leyes, sí, porque la ley debe rebajar -y debe hacerlo urgentemente- ese poder omnímodo e incontestable regalado a unas entidades pirvadas cuya nominal falta de ánimo de lucro ha sido puesta en tela de juicio por unos entramados societarios que manejan cantidades importantes y que sí conllevan afán de lucro en su propia esencia.

Una agencia especializada en imagen no va a bastar, no hace falta ser un gran especialista en ello para verlo. Hace falta un cambio de hábitos que afecte al fondo de la cuestión y que yo resumiría en un principio que he enunciado varias veces en medios de comunicación: cuando circula dinero, el autor debe recibir su parte; cuando no hay dinero de por medio, no debe haberlo para nadie. Cuando se den cuenta de esto y actúen en consecuencia, habrán empezado a poner remedio de verdad a su problema de imagen, un problema, de todos modos, que nada de lo que puedan hacer va a solucionar a corto plazo.

Que les quede claro.

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Comentarios

  • starblank  On 19/01/2010 at .

    ¿Cambio de imagen? ¿Para qué? ¡Si no les hace falta! El problema es que esa entidad no funciona como una asociación, sino como una empresa, y desde el punto de vista de la empresa (y más aquí en España, que se lleva la cultura del pelotazo o ‘coge el dinero y corre’) han ganado. Ahí ya hay mucha gente que ya se ha llenado los bolsillos, y si pueden llenárselos un poco más antes de hundirse, así lo harán. Supongo que a estas alturas les trae al fresco su imagen o si se hunden como entidad.

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