El director de orquesta

De la serie: Correo ordinario

Otra de las razones por las que yo no entiendo el encabronamiento contra las descargas de redes P2P por parte de autores y de industria del ocio, salvo en clave de terceros intereses ocultos tras ellos, es por el hecho de que las descargas de redes P2P les benefician.

Sí, les benefician claramente. Últimamente están dándose a conocer cifras que indican que el negocio del cine y de la música sigue siendo opíparo e in crescendo en todo el mundo. Quizá con excepción de la venta de discos, que se hunde estrepitosamente. Pero, claro, la venta de discos no es -ya, ni mucho menos- todo el negocio de la música. iTunes, Spotify, como los modelos de éxito más característicos -que no únicos- muestran cómo, con descargas y todo, cada vez se hace más dinero. ¿Salvo en España? Hace pocos días, Promusicae berreaba por el desplome de ventas. De ventas de discos. Y, lógicamente, la culpa a la piratería, a las descargas en red. Sin embargo, si en España tenemos el empresariado más cutre y salchichero de Europa, no iba a serlo menos el del ámbito audiovisual: se desploma la venta de música porque se desploma la venta de discos, y aquí es lo único que saben vender. En otros países, simplemente han pasado de vender discos a vender archivos MP3 y tan ricamente (porque la gente los compra): Claro, te dicen que el informe de la IFPI asegura que las descargas de redes P2P en España doblan en volumen la media europea. Mentira. El informe de la IFPI se hace con datos que vienen de aquí, de cifras e informes propios de la industria local y de las sociedades de gestión. Trampa, pues: interesa hinchar las cifras como sea, para arrimar el ascua a la propia sardina.

De todos modos, me importan poco las cifras y la industria local. Al menos, ahora mismo. Yo iba por otro lado.

Las descargas, por más que supongan la obtención gratuita de contenidos, mantienen a los usuarios -principalmente jóvenes- dentro del sistema. Es decir, los usuarios -jóvenes, recalco- siguen consumiendo todo aquello que la industria les indica que deben consumir y, por tanto, con las redes P2P, la industria del ocio sigue controlando -quizá incluso podría decirse asegurando– el canal cultural, lo que también puede exprsarse de otra manera: sigue controlando la circulación de ideas y de tendencias. La vía de penetración de cualquier línea ideológica es la cultura; los telediarios, la prensa convencional, se limitan a suministrar palabras para que la gente exprese y estructure en modo políticamente correcto las ideas pre-conculcadas mediante el mensaje cinematográfico y musical. Obsérvese que en las interviús televisivas realizadas a pie de calle, la gente, incluso su sector más analfabeto, se expresa como el presentador del telediario, de modo que usa las expresiones de éste para expresar a su vez… ¿ideas propias? No: ¿cómo podrían expresarse ideas propias con palabras que posiblemente procedieran de planteamientos ideológicos distintos? Utiliza las palabras el presentador porque éstas ilustran a la perfección las ideas que toda esa gente tiene y que cree originalmente suyas.

Pongamos otro ejemplo. Los Estados Unidos perdieron la guerra de Vietnam, esto está claro; pero… ¿la ganaron los vietnamitas? No parece: no consiguieron ganar, en términos militares, una sola batalla. Los Estados Unidos perdieron la guerra de Vietnam en una batalla interior. Y en esa batalla interior… ¿no tuvieron importancia -entre muchos otros- gente como Joan Báez o Bob Dylan? ¿Una importancia acaso capital? Pues bien, una Joan Báez o un Bob Dylan sólo son posibles si el establishment de la industria cultural los promueve; ni siquiera eso: sólo son posibles si ese establishment los autoriza, los permite. De alguna manera, pues, la industria cultural regula el flujo ideológico.

Si comparamos la juventud española del tardofranquismo (coetánea, por cierto, a la juventud norteamericana anti guerra de Vietnam) con la actual, observaremos muy fácilmente una fuerte ideologización de aquélla y una enorme descafeinización de ésta, cuyas únicas creencias -y en su caso- se reducen a cuatro tópicos básicos de la democracia formal en los que, además, creen sin conocer muy bien. Hay sus excepciones, claro, como también había pijos y gilipollas en el tardo franquismo, pero me refiero a una impresión general. Pues bien: no hay más que fijarse en los autores y los contenidos del producto de ocio de cada época. No hay más que repasar las películas y las canciones de éxito, argumentos y letras, para darse cuenta del poder de transmisión ideológica que tiene la industria del ocio.

Las redes P2P pueden -y no está, en absoluto, tan claro- disminuir el volumen de negocio, pero son perfectamente útiles para mantener abierto y perfectamente engrasado ese canal de expansión del pensamiento único.

¿Qué ocurriría si se cerraran las descargas P2P? Pues que habría una fuerte tendencia al consumo de productos bajo licencias libres, tendencia que podría verse incrementada o disminuida según la oferta de producto industrial en red, su disponibilidad y su asequibilidad económica; pero, por más ventajosa que fuera ésta, la falta de hábito adquisitivo de producto cultural enlatado llevaría, efectivamente, a una expansión, quizá importante, del producto libre. Y eso llevaría, a su vez, a una obturación, en grado proporcional, del canal emisor de pensamiento único con la consiguiente -y para ellos peligrosísima- apertura del canal del pensamiento crítico.

Vistas así las cosas, se diría que al enemigo no debiera interesarle en absoluto la erradicación de las prácticas de intercambio en redes de pares y que sus protestas no habrían de ir más allá de un paripé para mantener las apariencias, y, hombre, dentro de lo posible, algunas ventas. Vemos, en cambio, que no es así, que, contra toda lógica, maniobran de forma tan despiadada como descarada, presionan, compran y amenazan voluntades gubernamentales para que la ley se ajuste a unos deseos que, repito, en esta visión de las cosas, parecerían contraproducentes.

Esto es lo que a mí -y a muchos- nos reafirma en la idea de que, en realidad, importan un carajo las descargas e incluso la propiedad intelectual (que, como industria, no va a desaparecer, simplemente se va a reconvertir). Fijémonos en otra cuestión. La última tendencia de estos tíos consiste en jurar por su muertos que no va contra las descargas sino contra las páginas de enlaces. ¡Ah! Pues fíjate que eso ya parece mucho más coherente. Y lo parece por una doble vía.

Por un lado, las páginas de enlaces se convierten, de algún modo, en distribuidores. Es decir, las páginas de enlaces constituyen un canal cultural independiente, pasan a ser ellas las que dictan el deber ser ideológico mediante el mismo mecanismo que tradicionalmente ha utilizado la industria: la selección, el esto sí, esto no. En la medida en que los jóvenes abandonan la mula y van a buscar páginas de enlaces, éstas se convierten en directores espirituales de una entera generación. Por supuesto, los autores de las páginas de enlaces son totalmente ajenos a tal intención, entre otras cosas porque son pocos y esa escasez hace imposible una influencia tan grande. Pero… ¿qué ocurriría si las páginas de enlaces experimentaran una expansión tan enorme que, no sólo suplieran el dirigismo cultural de la industria sino que, encima, sus autores llegaran a adquirir consciencia de ello? Pues un desastre, claramente. Por eso, la postura de los jueces protegiendo generalizadamente estas páginas no es que haya sido la gota que haya colmado el vaso, es que esa única gota, por si sola, ha bastado para llenarlo.

Por otro lado, de esa necesidad se ha heco virtud. No se necesita, efectivamente, desconectar a la gente. Deja que se bajen música gratis: mientras sea la nuestra, seguirán insertos en el circuito ideológico reglamentario. Hay que ir a por las páginas de enlaces. Por lo dicho en el párrafo anterior pero, sobre todo, y sin menospreciar la importancia de ello, porque el mismo mecanismo que permite cerrar páginas de enlaces permite cerrar cualquier otro tipo de página sin que su autor pueda disponer de una defensa eficaz, de una tutela judicial efectiva (que ya ahora mismo está muy mermada, como bien sabemos en la Asociación de Internautas). La censura.

¿Exagerado? No sé si puede hablarse de exageración en una extraña democracia que ha cerrado un medio de comunicación y que ha promulgado una ley a medida para cepillarse a un partido político e impedir que le salieran clones, cerrando así la vía parlamentaria y política –ergo legal, antes del producto represivo- a los indeseables. Que lo son, en cuanto a mis propias ideas se refiere, pero, señores, si esto es una democracia, o jugamos todos o rompemos la baraja. Persígase a los terroristas manu militari, pero quien sólo utiliza la palabra y la acción política, aunque sea políticamente coincidente con los terroristas, debe gozar de democrática inmunidad. La Ley de Partidos Políticos y el cierre de «Egin» y, sobre todo, el aplauso ciudadano ante ambas medidas -repito, en puridad democrática, totalmente arbitrarias- constituyeron un gravísimo precedente, los polvos que ahora hacen que el sistema se atreva a intentar estos lodos.

Internet está poniendo en severo riesgo el pensamiento único. La prensa no controla, el discurso político es rechazado entre improperios, el prestigio personal y profesional de los políticos no es que esté bajo mínimos, es que es ya inexistente. Es necesario acallar la discrepancia generalizada, mantener las cosas dentro de un orden, permitir un número limitado de moscas cojoneras de escaso predicamento para mantener las apariencias, pero sofocar lo que se adivina como una verdadera rebelión cívica que, de seguir así, va a acabar afectando a las raíces mismas del sistema, más tarde o más temprano. La propiedad intelectual es el pretexto perfecto.

Y esto es lo que hay. Ni más, ni menos.

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Comentarios

  • jemarba  On 22/01/2010 at .

    Muy bien escrito. Perfectamente comprensible para todos aquellos que el “pensamiento único” y el “políticamente correcto” les importan un bledo mayúsculo. Y no soy joven ya, tengo ya edad de “abuelo”

  • no consumo musica  On 25/01/2010 at .

    Yo no compro musica, pero tampoco es que me la baje. Mas de lo mismo con peliculas… cada cual con sus gustos.

    De todos modos… alguien se ha planteado compartir los enlaces Torrent por emule. Luego usas el torrent y te bajas lo que sea.

    ASi ni directorios ni leches. XD

  • starblank  On 26/01/2010 at .

    De la LO de partidos políticos:

    Artículo 10. Disolución o suspensión judicial-
    […]procederá la disolución de un partido político o, en su caso, su suspensión, por decisión de la autoridad judicial competente[…] c ) Cuando de forma reiterada y grave su actividad vulnere los principios democráticos o persiga deteriorar o destruir el régimen de libertades o imposibilitar o eliminar el sistema democrático,[…]

    La verdad es que, siguiendo al pie de la letra la Ley de Partidos, nos podríamos cargar al 90% de los partidos políticos que hay actualmente en España… xDD

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