Momentos cruciales

De la serie: Correo ordinario

Que el ataque a Google haya pasado a convertirse plenamente en un episodio de la nueva versión de la guerra fría, librada ahora entre los Estados Unidos (cómo no) y China es la escenificación pública de una realidad que no es, en absoluto, tan nueva, tan reciente, como cree la mayoría de los ciudadanos. Las llamadas nuevas tecnologías tienen ya treinta años y el ritmo que estas mismas tecnologías han impuesto al curso de la Historia (justamente cuando acababa de llegar un cretino que la decretó terminada) hace que llamarlas nuevas sea un sarcasmo o una muestra de ignorancia; no de ignorancia tecnológica: de ignorancia a secas. Por poner un ejemplo patente, indiscutible y de grueso calibre, podríamos decir que la globalización sería un intento imposible sin ellas, por no decir que incluso podrían haberla provocado. Y seguramente no costaría mucho encontrar a alguien -alguien serio, quiero decir- que sostuviese a las TIC como un hecho, si no determinante, sí característico a la hora de explicar el derrumbamiento del imperio soviético.

Y este es, precisamente, uno de los problemas. Una ciudadanía que aún no ha entendido lo que verdaderamente ha significado en su vida la televisión -más allá de la proyección doméstica del asunto- está más incapacitada aún para comprender no a dónde van a llevarnos las TIC -eso desbordará, probablemente, la imaginación más calenturienta- sino a dónde y por dónde nos han llevado ya. Del mismo modo que el televisor es un enorme iceberg que sólo muestra su infensiva condición de máquina de ver películas y concursos, el ordenador (y no sólo el ordenador como receptor por excelencia), Internet, son muchísimo más que algo con lo que y mediante lo que se conecta uno a Facebook, chatea con el colega, se pone ciego de pornografía o se descarga música por un tubo.

No comprender la potencia de la televisión le costó a Nixon una elección presidencial que se llevó John Kennedy, cuyos asesores sí tenían el medio por la mano y la diferencia quedó escenificada en un Kennedy rasurado hasta casi la depilación misma frente a un Nixon que con una simple pasada de maquinilla acabó dando la imagen un bandolero serrano. Eso como escenificación, que ya nos vale, porque otras apariencias -un Kennedy modulando perfectamente su más encantadora sonrisa con su seria mirada de grave responsabilidad mientras Nixon aparecía como un enterrador sombrío y avinagrado- y los propios contenidos siguieron esa misma tónica. Sin que las apariencias sean tan claras, también se sostiene que una de las claves de la victoria de Obama es la fulgurante popularidad que obtuvo de un sapientísimo uso de Internet.

¿Será Internet, a la luz de esto, la tumba de Zapatero?

Bien podría serlo. No tanto por la morfología, como en el caso Kennedy-Nixon, porque Rajoy y sus peperos son igual de cutres y de pringados en el uso de la red, sino porque Zapatero ha conseguido labrarse ante la ciudadanía una bien merecida fama de enemigo de las TIC al entregarse, atado de pies y manos -por sí mismo, que ya es grande- al bando enemigo de la ciudadanía en una de las batallas clave de las tecnologías del futuro. Tanto es así, que incluso había logrado borrar de la memoria de los internautas la nefasta modificación de la Ley de Propiedad Intelectual que debemos agradecerle a Aznar y al PP, ley que Zapatero se ha limitado a empeorar -brutalmente, eso sí- en algunos aspectos y en el desarrollo reglamentario de los mismos. Pero Rajoy, en una estupidez política de primer orden, desperdició su crédito en la materia (aún con ciertas desconfianzas, había llegado a dar la impresión a mucha gente -no a mí, como saben mis seguidores más antiguos- de ser una alternativa favorable a las libertades en red) al alinearse con el PSOE en la nueva redacción de la jodida disposición adicional de la Ley de Economía Sostenible, o al no castigar fulminantemente a quien, en representación del partido, lo hizo muy contenta (literalmente). Ya me parecía a mí que haber escondido a la Salmones sin hundirla en la miseria traía gato encerrado.

Esa cagada de Rajoy es lo que podría salvarle el culo a Zapatero porque, apretados como van en las encuestas, el voto internauta podría ser decisivo. El voto internauta -para mi propia sorpresa- existe. Según manifestó un cargo de una de las entidades de gestión de derechos peseteros de autor -o del empresariado del ocio, no recuerdo-, quejoso por la supuesta tibieza (?) del Gobierno ante la piratería en la propia Moncloa se evalúa en tres millones de votos el impacto negativo de las medidas contra la red. Muchos votos me parecen a mí, según está el paisanaje de gilipollas y de pasota, pero ya se dice que del enemigo, el consejo; y no creo que fueran a ser precisamente ellos -que, por degracia, no son idiotas- los que vayan a obsequiarnos con el oxígeno de cifras abultadas. O sea que, contra todo mi escepticismo, igual la cifra es aún mayor, vete a saber…

Las TIC han modificado ya muchas cosas de nuestra cotidianidad. Generalmente, para bien, aunque en otras ocasiones quizá sin tanta ventaja, o al menos nos parece a algunos que lo perdido es más que lo ganado. Pero hay que pechar con todo, porque ya forman parte de nuestra vida y de nuestros esquemas mentales, individuales y sociales. En muchísimos (pero que muchísimos) domicilios, el teléfono fijo o, mejor, su línea, ya sólo sirve para la conexión a Internet, porque en España hay más terminales de telefonía móvil que habitantes; no es raro tener móvil particular y móvil de la empresa y el español que no tiene móvil es porque es muy niño (muchos: de doce años para arriba, son poquísimos los que no lo tienen) o anciano muy provecto (y pocos de estos ultimos). Millones de ciudadanos han cambiado sus hábitos de información y el periódico en formato papel es solamente un adminículo habitual en el desayuno, como la servilleta o el salero, pero se lee por la red, y se leen los comentarios de los lectores y se leen artículos y opiniones en foros y medios propios de la red. Los videojuegos han obligado a una fuerte reconversión -que me parece aún insuficiente- de la industria del juguete y es posible que la industria del ocio adulto (maquetismo, por ejemplo, tenga también poco que agradecerle al desarrollo tecnológico); cualquiera que desconfíe de la señora de la limpieza puede instalar una cámara wifi que transmite imágenes vía IP que uno puede contemplar desde el trabajo y si su problema es que alguien le mangonea o le roba la correspondencia, puede ponerse una cámara realmente minúscula en el buzón del portal. Tenemos tarifa plana en la red telefónica conmutada -la común, la del fijo– precisamente porque la comunicación se establece modernamente por IP (Telefónica se ha convertido en un gigantesco Skype) y su coste es ridículo. Cada vez es más frecuente en reuniones y en jornadas de trabajo que el ordenador mini sustituya al bloc de notas; casi todos llevamos un GPS en el coche y muchos también cuando van a pie, como una aplicación incrustada en su teléfono móvil; un teléfono móvil, por cierto, en que a cada día que pasa lo menos importante es el propio teléfono y constituye una verdadera base de comunicación digital (la oficina en su mano, como sin pizca de exageración publicitaba no hace mucho no sé si una marca de terminales o una operadora de telefonía móvil). Muchos servicios ven reducido su precio en proporciones inimaginables hace poco, si se tramitan a través de la red.

También, como es lógico, tenemos problemas que antes no teníamos. La privacidad, hasta hace muy pocos años, se protegía cerrando la puerta de casa y corriendo las cortinas, seguros de que nadie abría nuestro correo ni pinchaba nuestro teléfono (no, al menos, por las buenas y sin escrupulosa vigilancia judicial caso por caso y en asuntos estricta y exclusivamente criminales o de seguridad nacional en su sentido casi militar); hoy, en cambio, el fisgoneo ya no sólo oficial sino incluso el privado (con o sin anuencia gubernamental) tiene mil rendijas por las que colarse en casa. Antes, escuchar música, copiar una cinta o montar un bailongo en el terrado era tan fácil como hacerlo; hoy, puede venir un tío siniestro y darnos un disgusto porque escuchamos el parte (aún le llama así mucha gente) en la mercería de abuelita. Nuestro curriculum decía lo que nosotros escribíamos en él y no tenía más contraste posible que las referencias que pudieran dar las empresas en las que habíamos trabajado anteriormente; hoy, las opiniones que escribimos en nuestra bitácora, las fotografías que subimos a Picassa o a Flickr, los comentarios que escribimos en Twitter o los amigos que tenemos en Facebook pueden constituir pruebas -favorables o desfavorables- en el juicio que sobre nosotros formule el consultor contratado por una empresa necesitada de personal. Las fotografías disparadas subrepticiamente con un teléfono móvil en lugar, actitud o atuendo (o falta del mismo) inconveniente, pueden darnos un disgusto si acaban por circular en la red. Hasta las putas sudan tinta china -no es broma- aterrorizadas ante la posibilidad de que un comentario a mala sangre sobre su trabajo en foros muy populares sobre la cuestión las lleve a la ruina por falta de clientes (rigurosamente auténtico, insisto) y los agregadores de noticias convierten en portada de seguimiento multitudinario hechos e ideas que el redactor jefe dispuso, riguroso, que estuvieran en página par y medio disimuladas entre anuncios.

Y sólo menciono lo más aparente. Podría hablar del problema que tienen los militares en misiones de combate con toda la tropa armada con móviles diciendo sabe Dios qué a sabe Dios quién; a monitores de campamento temblando ante la posibilidad de que los chavales tengan un accidente mientras escapan del recinto en busca de la cobertura que les permita hablar con los papás; a memorias USB que pinchan ordenadores como quien no quiere la cosa, visto y no visto, y se escapan con importantísima información de la empresa… o del Gobierno. Y más. Y lo que ni siquiera llego a imaginarme.

Estamos librando batallas trascendentales en medio de la indiferencia del común de los ciudadanos que, habiendo cotidianizado estas tecnologías como si ta cosa y sin más análisis, no comprende o no quiere comprender lo espantoso que va a ser todo como las perdamos, porque las TIC -que ya están en malas manos- pueden ser terribles si no se nos permite usarlas precisamente para defendernos de esas malas manos. Los ciudadanos debemos, todos, sensibilizarnos hasta la exageración ante toda esta problemática, porque ahora podemos pararles los pies a los liberticidas.

Mañana, será tarde.

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Comentarios

  • Jordi  On 25/01/2010 at .

    Más claro, un par de bofetadas.

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