Castigos e impunidades

De la serie: Los jueves, paella

Las últimas trapazadas de jovencitos, sobre todo de jovencitos que, en su momento, y tras ser pillados en una gorda de verdad (fruslerías como el asesinato, por ejemplo) han sido liberados tras cortas y livianas sanciones por haber cometido la bestialidad siendo penalmente menores de edad. La canción que sigue es conocida: algunos -pocos hoy, mañana ya veremos- piden una constitucionalmente imposible pena de muerte; otros, más realistas o más amigos del buen rollito, piden la constitucionalmente discutible cadena perpetua revisable cada X (sic). El revisable cada X es lo que constituye una volátil y fláccida posibilidad constitucional, ya que la cadena perpetua inflexible también es inconstitucional.

Tras todo eso (las trapazadas y sus posibles remedios a hostia limpia), se agazapa un nuevo intento de meterle más madera al Código Penal. Se dice por ahí -y es verdad sólo a medias- que el Código Penal español y su procedimiento, son los más duros de Europa y que no sé donde -en un país de esos de pichafrías nórdicos- la cadena perpetua es una pena de 15 años. En todo caso, la que se pide aquí es la perpetua-perpetua, la de entrar en presidio y salir de él sólo con los pies por delante.

Lo que sí es verdad, como dice Escolar, es que España ostenta el récord europeo de población reclusa, por encima incluso de Gran Bretaña, donde no les tiembla el pulso a la hora de encerrar a la gente. La población reclusa se ha duplicado en los últimos 15 años, lo que implica que el crecimiento empezó en las postrimerías del régimen felipista, continuó en el de Aznar, y no se ha detenido con Zap. Y, encima, según cómo se lean las cifras, nuestra tasa de criminalidad es de las más bajas de Europa (lo que ya sorprende porque aquí estamos a un tris de que sea delictivo incluso cantar en la ducha).

Si esto lo lee Fernando Díaz-Plaja, uno de los grandes estudiosos modernos de la idiosincrasia española, dará cabezadas no de aprobación sino de constatación. El español, en su iracundia de perpetua frustración -para la que tiene buenas razones, entre culpas propias y ajenas-, es cruel y desproporcionado. Una de las cosas que más abochornan de algo ya de por sí tan bochornoso como la pasada guerra civil, es ver las fruslerías que llevaron a muchos españoles (¡a miles de españoles!) al paredón o al paseo: pequeñas deudas, rencillas vecinales por un quítame de allá la pintura de la escalera, levantamientos de novia (o de novio), un suspenso escolar, un mayor sueldo, una buena fama en esto o en aquello, un simple comentario -inocente o maligno- pero de poca importancia y así un etcétera que podría llevarnos muchas horas si pretendiera -aunque no conseguiría- ser exhaustivo.

Si, por contra, el motivo que dispara la sed de venganza es realmente grave, objetivamente importante, la sed de vindicación alcanza un paroxismo que yo creo que sólo puede verse aquí.

Este espíritu de Linch, no es reflexivo, claro. Si lo fuera, meditaría una serie de detalles. Primero la falta de proporcinalidad que podría llevar al desastre al sistema penal. Pena de muerte al secuestrador, pena de muerte al ladrón, pena de muerte al violador, pena de muerte al asesino: lo que lleva a que, por el mismo precio y por el mismo riesgo, el delincuente cometa las cuatro tropelías, valorando la ventaja de que, todas juntas, no dejan testigos. En materia de penas, los endurecimientos o los reblandecimientos deben ser iguales para todo el código y así, por lo menos, no se rompe la regla no escrita de la proporcionalidad de la pena; pero eso tiene un problema: la pena de muerte es un máximo y si se amplía su imposición (supuesta su reinstauración), el acordeón de la proporcionalidad se estrecha, haciendo que la diferencia de precio entre un delito determinado y otro más grave, se estreche a su vez.

El segundo detalle es la culpa social. Ya, ya sé que este es el argumento tradicionalmente más socorrido en los informes de letrados defensores malos. Pero, debidamente mesurado, no deja de ser cierto.

Sobreprotegemos a nuestros hijos rescatándoles del castigo ante la falta; conclusión: faltar a las normas es poco importante y, sobre todo, barato. No les inculcamos valores cívicos y, por tanto, son presa fácil a los estímulos del todo vale (y más si tienen en nosotros un buen ejemplo de ello). Cuando se habla del juego electrónico, por ejemplo, se le echacan muchas culpas que aparentemente tiene, pero realmente no. Yo creo, sinceramente, que «Carmaggedon» ha causado muertos en carretera; no sé cuántos, pero algunos. ¿Es culpable de ello «Carmaggedon»? No. El culpable es un padre y un sistema de enseñanza que en todo el curriculo educativo -en la familia y en la escuela- no han enseñado a esa bestia del volante a disociar lo que es un juego de lo que es la realidad. Privado el muchacho de valores y privado de conciencia de retribución, la fiera del «Carmagedon» se convierte en el hijo de puta del Astra, del León o del Focus. Esto de la retribución por la falta, es uno de los pocos valores educativos que inculcaba la mili. Exagerándolos, por supuesto, pero así el mensaje llegaba bien claro.

En esto, como en tantas otras cosas, hay que dejar el código penal en paz. O, mejor dicho, dejar en paz las penas privativas de libertad y establecer sistemas retributivos no penitenciarios, pero que pueden ser eficaces. Uno de ellos, es contrarrestar el vicio imbuyendo -a la trágala- su virtud: contra el delito económico pena económica; pero no hablo de multas: hablo, por ejemplo, de pillar a un banquero estafador o a un político corrupto y obligarlo a vivir X años -según la enjundia de su cagada- con el salario mínimo (y vigilar estrechamente sus signos externos para que se cumpla efectivamente); contra la pijería que lleva al homicidio (en la carretera, en la cama…), disciplina: un régimen especial en la Legión (que, en parte, se inventó para estas cosas) y tras un breve pero intensísimo adiestramiento, hala, a Afganistán, pero no a repartir agüita mineral a los niños, no: al monte a buscar pastunes (o a desactivar chatarra-bomba en Kabul, que me han dicho que están los cruces llenos). Sin olvidar, en su caso, una propinita sancionadora -de similar naturaleza y proporción- para los padres y educadores negligentes.

Y dejarse ya de cárceles.

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La que nos han pegado con la coña marinera aquella de la gripe A, ha sido de antología. Y que conste y obre que yo, desde esta humildísima bitácora, fui de los adelantados en el escepticismo. Se veía venir: organizaciones internacionales corruptas, gobiernos corruptos y, subsiguiente y consecuentemente, multinacionales -farmacéuticas, en este caso, que no es el único- que se forran.

Vivimos -a todos los niveles: municipal, autonómico, estatal, europeo y mundial- en un estado de corrupción permanente tan enorme que es difícil incluso de cuantificar.

Después se sorprenden de que haya escepticismo sobre el cambio climático, pero es que vistos todos esos antecedentes… Yo recuerdo cuando desde posiciones occidentalistas -y desde el ecopacifismo- se hablaba de un invierno nuclear como consecuencia apocalíptica más importante y más destructiva de un lanzamiento generalizado de artefactos nucleares en una región, en un país o, en fin, en el mundo. La ciencia soviética siempre negó la existencia de ese invierno y, bueno, cuando acabó la guerra fría, la ciencia occidental convino en que el asunto ese se había exagerado… algo… y que, bueno, pues igual la ciencia soviética -ya desaparecida como tal soviética- podría haber tenido razón. Total, ya os la hemos pegado, ya os hemos engañado, ya os hemos acojonado para que os pleguéis a nuestros designios, ahora no nos importa reconocer que os la hemos metido doblada y que ajo y agua. Y así han ido saliendo cosas como la gripe aviar, la enfermedad de las vacas locas, el síndrome del aceite de colza (cuyos hechos presuntamente probados en la sentencia yo no me creo ni cocido de Pedro Ximénez) y todo ello por no hablar de otras cositas que también huelen a cuerno quemado como el tan silenciado asalto al Banco Central, el 23-F (ahora, casi treinta y cinco años después, parece que se van diciendo algunas cosas divertidas de cuando en cuando), la catástrofe aeronáutica del monte Oiz y algunos otros misterios nacionales. Y eso por no hablar del asunto de la propiedad intelectual, que en este orden de cosas ofrece jugosísimas… iba a decir anécdotas, pero no: por desgracia son muchisimo más que anécdotas.

Hemos llegado a un punto en que hay cosas cuya versión oficial constituye dogma de fe y no pueden discutirse si no quiere el discrepante verse expuesto a un apartheid civil muy severo (no siempre civil: hay algún caso en que puede llegar a ser penal, pero dejémoslo) a causa del cual pude perder su prestigio, su trabajo y vete a saber qué más cosas.

La gripe A era un cuento chino. Y, sorprendentemente, la población lo ha visto así porque, ya harta de epidemias ha perdido la capacidad de pánico y ahora espera a verle las orejas al lobo en vez de echarse a correr al primer grito de «¡que viene..!». Como consecuancia, millones de dosis vacunales irán a la basura y se habrán echado, con ellas, millones y millones de euros y de dólares que tenían destinos mucho mejores, sobre todo con la que está cayendo.

Los laboratorios, sin embargo, no han sufrido ni la menor contrariedad en bolsa. Ellos ya han hecho su agosto y quienes a sueldo de ellos han conformado la voluntad de gobiernos y organismos internacionales disfrutan también de una generosa retribución. Como siempre, los que salimos a trompadas somos los ciudadanos.

Ahora estamos con lo del cambio climático. Indicios, contraindicios y, como no, suciedad. Se ha pillado a unos haciendo trampas con los datos, a otros, mintiendo sobre la fusión de los hielos, a los de más allá… Pero ni siquiera la evidencia de que este tema se está manipulando es suficiente para que un montón de tontos útiles se paren a pensar y arruguen el entrecejo, siquiera, como a la espera de poder ver más claro.

Nos venden misiones de paz que bombardean poblaciones civiles, nos venden ayuda humanitaria a un país en grave estado de desastre cuando lo que se está haciendo es ocuparlo militarmente (¡ah, esos admirables marines americanos que reparten agüita ante el aplauso de Zap..!), nos venden horrores aquí, allá y acullá, cuando los horrores los prodigan y los dispersan un puñado de multinacionales, empresas privadas que tienen a sueldo a gobiernos enteros.

Y a parlamentos. Ayer mismo viví una escenita personalmente (no me la contó nadie) que, en fin… Un día os cuento.

Los ciudadanos, sobre nuestro burgués conformismo -mientras haya comedero…- estamos realmente poco y mal informados. La verdad se nos oculta o se nos distorsiona: medios de comunicación vendidos al tinglado, censura solapada (o no tan solapada: ahí tenemos la LES). Cada telediario es una concatenación de mentiras, tonterías, falacias y estupideces que nos tragamos sin más, sin la menor crítica. El discrepante es un pringado, un iluminado, uno de esos de las rastas. Y los que ven claro, van a la greña y no acaban de saber establecer un rotocolo de operatividad verdaderamente eficiente.

El sábado asisto a una sesión del Fòrum Social de Catalunya (una rama territorial del Foro Social Mundial) y seguro que asistiré a la escenificación de unos cuantos análisis -muy certeros muchos de ellos- a una propuesta de soluciones divergentes, desde la racional al puro disparate.

Ya os contaré, también.

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Aquí dejo la paella. Diédrica, solamente, pero son dos entradas muy largas y, de hecho tampoco la cosa da para más. La próxima será ya en febrero, el jueves 4, a una semanita del carnaval. Del carnaval popular, quiero decir.

El otro, dura todo el año.

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Comentarios

  • protestavecino  On 28/01/2010 at .

    El Corona de Aragon..
    Lo del Banco Central, fue de traca.
    Los paratos del Prat, via Suiza.
    Los motines de la Modelo….
    Que tiempos aquellos y que bonita era Barcelona.

  • Jorge Delgado  On 29/01/2010 at .

    Respecto a lo de las penas capitales y equiparación de penas…

    Desde 1932 hasta 1968 en EEUU estuvo vigente la llamada “ley Lindbergh”, surgida a raíz del secuestro del hijo de este señor (y de la indignación social que provocó) y que estabecía exactamente la misma pena para el secuestro que para el asesinato (pena de muerte, en este caso). Esto provocó el efecto perverso de que a los secuestradores les diera lo mismo matar o no a sus secuestrados, puesto que la pena era la misma. Fue por esto, porque la mayoría de los secuestros acababan en muerte, por lo que fue finalmente derogada, aunque parece que las razones aducidas fueron otras.

    Este es un ejemplo que ilustra muy bien lo que dice, Sr. Cuchí, que hay que tener mucho cuidado con cómo y porqué se endurecen los castigos penales, ya que pueden tener “efectos colaterales” indeseados.

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