Monthly Archives: febrero 2010

Ingenierías

De la serie: Pequeños bocaditos

«Antes, los médicos curábamos muy poco. Hoy se ha avanzado mucho y la medicina cura mucho, muchísimo. Sin embargo, hoy, los médicos curan mucho, pero consuelan poco»

Moisès Broggi (102 años) en el discurso inaugural del hospital del Baix Llobregat que lleva su nombre (citado de memoria)

Y es que yo no sé si será el sistema universitario, el sistema sanitario o, simple y desgraciadamente, el signo de los tiempos, pero cada vez tengo más la sensación de que -salvadas maravillosas excepciones, dos o tres de las cuales tengo el inmenso placer de conocer- no tenemos médicos sino ingenieros de sanidad.

Que no es, en absoluto, lo mismo.

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Ases

De la serie: Me parto el culo

Para un tío como yo, al que el deporte-espectáculo, el deporte profesional, le produce náuseas, leer ciertas cosas es una noticia excelente: el póker será considerado un deporte por el COI.

Ni el póker había soñado jamás en llegar tan alto, ni el deporte habría nunca caído tan bajo.

Censura… ¿militar?

De la serie: Rugidos

Anoche, en no sé qué cadena, pasaron la pelicula (española ¡glubs!) «Alas rotas». El aviso me llegó tarde y me la perdí… afortunadamente. Tal como bajan los foros aéreos, llego a la conclusión de que, si me llego a poner a mirarla, hubiera tenido que ingresar de urgencias de un derrame cerebral a causa del shock hipertensivo a que me hubiera llevado el ataque de cólera que hubiera pillado con toda seguridad. Merecido, desde luego, por hacer el imbécil poniéndome a mirar una película española por más gratis que sea. El problema -me conozco- es que si la cosa va de aviones soy capaz de romper reglas muy rígidas que me he impuesto y de vulnerar la más firme autodisciplina.

Esto dicho -que no es, por otra parte, ninguna novedad: la novedad sería una película española soportable- leo en uno de los foros la única disculpa que alguien se ha dignado oponer para contener a las masas aerotranstornadas en su deseo de pasar por el garrote vil a director, guionista y, en fin, todo el cuadro… ejem… artístico del bodriazo: resulta ser que para que el Ejército del Aire otorgara su autorización para rodar buena parte de la película (instalaciones, aviones en vuelo, y un largo etcétera) la emprendió con el guión hasta que quedó a su completo y total gusto.

Voy a evitar describir lo que para los de las relaciones públicas del Ejército del Aire seguramente es un guión a su completo y total gusto y, por lo demás, la disculpa es válida sólo parcialmente: aunque los burócratas que mean con el trasto envuelto en papel de fumar le hayan dejado el guión hecho una mierda, un buen director consigue pese a todo sacarle algún provecho a la cosa y parece ser que no, que la película no hay quien la trague incluso por un porrón de conceptos de los que no es culpable el Ejército del Aire ni sus puritanos tijereteros.

Lo que me revienta, si lo del retoque es cierto, es eso del Ejército del Aire metiéndole mano al guión. ¿Pero esto qué coño es? ¿Quiénes se han creído que son los mandamases del Ejército del Aire?

Las instalaciones militares son instalaciones públicas exactamente igual que cualesquiera otras, no tienen más diferencia sobre una delegación de la Agencia Tributaria, pongamos por caso, que unas determinadas -y lógicas- especificaciones de seguridad y éstas deben constituir el único obstáculo para autorizar o no que se ruede en ellas una película o se realice un reportaje periodístico o cualquier otra cosa análoga. Esto y, también lógicamente, el normal funcionamiento de la instalación y de los servicios en ella ubicados. Por lo demás, ahí se acabaron las limitaciones. ¿Quién cojones se cree que es un general, un coronel o un cabo primero para ponerle peros a un guión, que es una manifestación intelectual, una proyección de la libertad de opinión y de creación artística? ¿Quién le ha dicho a ese tío, sea quien sea, que es el amo de la instalación y que puede hacer y deshacer en ella a gusto y ganas en función, exclusivamente de que lo que se va a hacer en ellas -salvado, ya digo, el asunto de la seguridad y del buen orden operativo- le guste o no a su arco del triunfo?

Hace años, cuando se reordenaba todo el aparato militar español -tantos años que incluso creo que era aún Serra el ministro de Defensa- los militares pillaron un rebote por la denominación de la ley marco: Ley de la Función Militar. ¿Qué era eso de función? Nosotros -decían- no somos funcionarios. Siempre me hizo gracia ese desprecio implícito hacia los funcionarios -entre los cuales, recordemos, hay catedráticos, profesores unversitarios, científicos y un largo etcétera similar- y ese creerse una especie de estamento -superior, of curse– aparte. Alguien les tendría que explicar con toda claridad que, con independencia de lo que diga el título de la ley, y tanto si les gusta como si no, son funcionarios como cualesquiera otros; y si me salen con lo de poner en juego sus vidas -lo que, por otra parte, es innegable, pero ni siempre ni todos- habrá que acudir entonces a los policías, que también se la juegan (ahora mismo, tenemos a dos mossos d’esquadra en el hospital con sendos tiros en el tórax) y a veces la pierden, y no tienen ningún problema en reconocerse, plena y orgullosamente, funcionarios.

Lo que hizo el mando -o el menda- que le pegó el tijeretazo al guión para autorizar el rodaje fue, simlemente, una extralimitación, un abuso. Quizá algo más: impidió el libre ejercicio de un derecho constitucional valiéndose de un poder que no le confería competencia para ello. ¿Cómo se llama a esto?

Ese tipo de usos de las instalaciones públicas debiera regularse de modo que su denegación debiera ser razonada y permitiera un recurso administrativo y posterior vía judicial (aparte del inherente derecho a divulgar por todos los medios la resolución denegatoria y sus razones). Las instalaciones militares -como todas las demás instalaciones públicas, militares o no- son para lo que son y están para lo que están; la autorización de otros usos debe ser todo lo abierta y amplia que permitan las circunstancias -que, frecuentemente, no lo permiten mucho- pero jamás debe ser puesta en función de las apetencias gonádicas de un señor cuyo gremio no quiere ser funcionario pero que se aplica a tareas de censura como el más entusiasta de aquel ministerio de Información y Turismo.

Si alguien osó censurar el guión de «Alas rotas» como condición para permitir el rodaje en instalaciones militares, alguien debió ser cesado fulminantemente y destinado a algún oscuro puesto burocrático, puesto que pareció haber demostrado tantísimo interés funcional en ello.

Hasta su jubilación con exactamente el mismo grado.

Pifia de nuevo

De la serie: Excusas y pretextos

Como es notorio, ayer no hubo paella. El miércoles no tuve tiempo de proyectarla y ayer hubiera tenido tiempo para escribirla si hubiera tenido guión; no siendo así, me faltaron minutos para hacer algo decente partiendo de cero.

Ya decidí hace tiempo que la paella o sería en jueves o no habría paella ni en viernes, ni en sábado; así que, nada, no hay arroz esta semana.

Cuestión distinta es que piense en alguna cosa a modo de compensación. Id viniendo por aquí, que igual encontráis algo durante este fin de semana.

Traxtore en Luxemburgo

De la serie: Correo ordinario

Dentro de poco más de una semana, el próximo 4 de marzo, se celebrará en Luxemburgo la vista oral del recurso que Ana María Méndez ha interpuesto ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea contra las sentencias españolas que la condenaron en el pleito con que las dichosas entidades de gestión de derechos peseteros de autor la persiguieron y la machacaron.

El próximo 4 de marzo, gane o pierda, será el triunfo de Ana María porque, de un pleito inicial con la $GAE, ha logrado que vayan a Luxemburgo, cagados de miedo, nueve abogados enemigos: 4 de $GAE, 2 de EGEDA, 1 de AIE, 1 de AGEDI y 1 de CEDRO. Casi nada. Todos a defender el canon como un sólo hombre.

Cada vez que pienso en la guerra que ha sostenido hasta el final Ana María contra la $GAE, me parto de risa imaginando la cantidad de capones que, aún después de todos estos años, debe estar recibiendo el que tuvo la malhadada idea de tocarle las narices. Porque, gane o pierda, el daño que ha hecho Ana María a la $GAE (y a sus congéneres) es inmenso. Quizá ahora, con la $GAE objeto de maldiciones por parte de toda la sociedad española (situación a la que se ha llegado, por cierto, con la nada desdeñable contribución de la propia Ana María) el caso «SGAE contra Traxtore» quede ya en un segundo término, oculta su tremenda truculencia por una $GAE ciega de avaricia, desquiciada, con el norte completamente perdido, arrasando con festivales escolares, representaciones populares de clásicos, establecimientos de peluquería, establecimientos de hostelería, fiestas mayores, carnavales… y haciéndose odiosa incluso a los más distanciados padres de familia de este país.

Pero aún recuerdo aquel día en que la conocí en los estudios de una emisora barcelonesa de radio, empezando su cruzada particular, incansable, prodigándose en declaraciones en los medios, en conferencias, vertebrando organizaciones de perjudicados a nivel nacional (yo constaté personalmente, por simple ejemplo, la veneración que le tributaban los comerciantes de electrónica de León, recientemente apaleados en masa por el enemigo), aquel día en que yo me lancé a la piscina -menudo puntapié en el trasero me hubiera podido dar Víctor Domingo- prometiéndole, sin ser nadie más que un socio de a pie, toda la ayuda de la Asociación de Internautas, y aún me veo, más que me recuerdo, llamando a Víctor y encareciéndole para que conociera a esa chica y se interesara por su guerra, porque estaba muy incardinada en la nuestra.

Dentro de una semana, Ana María quemará su último cartucho y vencerá o no. Pero si ganan los otros, será una victoria pírrica, una pobre y mísera victoria en la que habrán salvado transitoriamente los muebles, pero habrán perdido todo lo demás.

Pase lo que pase dentro de algo más de una semana, en la $GAE saben perfectamente que todo el daño que le hayan podido causar a Ana María -que ha sido mucho- no es nada comparado con el que ella les ha devuelto.

Con el sopapo en la boca que les ha atizado una sencilla, apocada y menuda madre de familia detrás de cuya humilde apariencia se agazapa una voluntad de hierro, una capacidad de trabajo enorme y un pertinaz sentido de misión inasequible a toda drôle de guerre.

El próximo día 4, Ana María, todos, de alguna manera, estaremos contigo en Luxemburgo.

¡Sus y a ellos!

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