Catalán remachado

De la serie: Pequeños bocaditos

La pretensión solapada que albergan algunos fanboys del nacionalismo irredento respecto a que detrás del cierre patronal de salas de cine de ayer -que sobrepasó el 70 por 100 de las salas catalanas- se esconde una campaña anticatalana es una soberana estupidez. Los exhibidores son empresarios y lo que quieren es ganar dinero: si el cine en catalán se lo da, miel sobre hojuelas, programarán en catalán a todo pasto.

El problema es que no lo da; el problema es que la equivalencia «doblaje en catalán = sala vacía» es constatable para cualquiera que tenga ojos sin el glaucoma nacionalista encima. Y por eso los exhibidores se sublevan no contra el catalán, como pretende la muchachada estelada sino contra una obligación que supone un lastre clarísimo para su negocio.

Lo he dicho ya varias veces: las lenguas se miman, se cuidan y se protegen, pero no se imponen. Imponerlas es siempre -además de una salvajada- completamente contraproducente y los catalanes, precisamente, tenemos experiencia en eso, de los tiempos en los que había que hablar por cojones el idioma del Imperio. Pese a ello, en nuestro ámbito personal usábamos el catalán y, además, con cierta ira añadida en el sentimiento de que burlábamos una suerte de prohibición. Pues bien, eso es justamente lo que está pasando entre catalanes castellanohablantes: hablan, escuchan o leen en catalán cuando es obligatorio y no hay más tu tía y luego, cuando el Gran Germà no mira, se van al castellano de cabeza. Hay que recordarlo incesantemente: la imposición llevó el catalán al aula, pero lo perdió en el patio. Es todo un símbolo.

Mejor harían revisando el talibanismo lingüístico que nos aqueja y que lleva a que los doblajes al catalán sean espantosos y haya que llenarlos de tacos -extemporáneos, gratuitos, fuera de lugar y ajenos al guión original- sólo para que un diálogo de John Wayne con el malo de la película en el saloon no parezca -que lo parece igual- un plenario de la Secció Filològica del Institut d’Estudis Catalans. Han acartonado tanto la lengua, la han limpiado de vulgarismos de forma tan maníaca, han desterrado barbarismos e incorrecciones de una manera tan obsesiva, que no hay forma de crear lenguaje cinematográfico en catalán más allá -y no siempre, tampoco- del entorno catalán original (que, obviamente, no hace películas del Oeste). Y esto no lo dice nadie porque es políticamente incorrectísimo y te pueden llover encima diez mil toneladas de ira del «Avui», pero es así y cualquiera -cualquiera que no tenga en los ojos el glaucoma nacionalista, repito- puede verlo.

El castellano funciona más seguro de sí mismo, con muchos menos complejos y aunque la polvorienta proteste, como es su obligación -si bien con la boquita pequeña-, nadie se rasga las vestiduras porque en una película se utilice un lenguaje cheli capaz de dejar vacantes por incineración neuronal la mitad de los sillones académicos.

No es así como salvaremos el catalán, que lo tengan claro.

Si es que, realmente, lo que les importa es el catalán y no el comedero.

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Comentarios

  • Jordi  On 02/02/2010 at .

    No suelo ir a ver cine doblado y más cuando las salas comerciales se han convertido en un gallinero palomitero. Afortunadamente, Barcelona ofrece diversas salas de proyección en VOS y con una oferta de calidad. Lamentablemente, si en el doblaje la presencia del catalán es testimonial (apenas un 3%), en las salas de VOS directamente no existe, salvo alguna sesión que pueda programar la filmoteca (y teniendo en cuenta que esta sala depende de la Generalitat).

    No estoy seguro que la imposición de cuotas sea la mejor solución. Tampoco tengo claro cuánto tiempo de vida le quedan a las salas de cine. Pero es indignante sentirte extranjero en tu propia casa simplemente por el hecho de ser bilingüe perfecto en ambas lenguas: “como sabéis castellano, pues no váis a ver cine en catalán ni a punta pìstola”

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