Pepitistas y políticos

De la serie: Los jueves, paella

Trae cola el asunto del imán de Cunit y de un cierto sector de la comunidad musulmana de aquellos pagos. Trae cola por dos razones: primero, por la clara y patente escenificación de la intolerancia islámica, que no respeta culturas, ni países de acogidas, ni normas de ningún tipo que no sean las suyas; y segundo, por la estupidez del puto buenrrollito que llega a hacer encaje de bolillos dando saltos mortales para parecer progreguay y topemegatolerante, aunque para ello haya de atropellar derechos elementales de las personas, actitud encarnada en esta ocasión por la propia alcaldesa de la población de autos.

Por partes, como siempre.

Tenemos un problema con el islamismo. Y no estoy pensando en el terrorismo, para nada, sino en el choque cultural cierto y constatable, no como otras gilipolleces más o menos alucinógenas como la chorrada de la alianza de civilizaciones que se sacó del colodrillo nuestro triste presidente del Gobierno. Y, como digo siempre, ahora me saldrán seis cátedras de la Universidad de El Cairo a decirme que eso que yo digo no es islamismo, que el islamismo es otra cosa, cosa tolerante, ecuménica, fraternal, justa y benéfica. Vale. Como digo siempre, lo admito, venga. Y, como digo siempre, para que las sensibilidades de los auténticos no se ofendan, a la cosa esa que percibimos -erróneamente, ya digo- como Islam y con la que nos arrean indeseables como el imán de Cunit, vamos a llamarla, a los corrientes efectos, Pepito. Vuelvo, pues, a empezar.

Tenemos un problema con el Pepito. Y no estoy pensando para nada en el terrorismo, sino en el choque cultural cierto y constatable, no como otras glipolleces más o menos alucinógenas como la chorrada de la alianza de civilizaciones que se sacó del colodrillo nuestro triste presidente del Gobierno.

Estamos ante personajes que no se integran para nada en nuestro orden social, que montan ghettos en los cuales organizan autoridades paralelas y que dictan leyes que van no solamente contra el ordenamiento jurídico sino contra los principios esenciales de nuestra sociedad y contra la moral que la sustenta. Estamos ante gente bronca en la reclamación de derechos (unos legítimos y otros muchos no tanto) que a su vez ella no está en absoluto dispuesta a otorgar a los demás ni aún en el caso de que los demás tengan protegidos esos derechos por el ordenamiento vigente.

Estamos ante una peña con planteamientos políticos y culturales agresivos que pretende imponer no solamente en sus ghettos (y esto ya sería malo) sino a toda la sociedad, incluyéndonos a nosotros, a los aborígenes. Que no impongan a nuestras mujeres el trapo en el tarro es simplemente un problema de imposibilidad material, pero ya sabemos a qué atenernos como esta imposibilidad desaparezca o se atenúe. Y hablo del trapo en el tarro solamente como símbolo -que lo es, por otra parte- de todo un sistema social intolerante, violento, opresivo y tiránico, un sistema social que obligan férreamente a obedecer a su gente y que no renunciarán jamás a imponernos a los demás, aunque ahora no puedan materialmente hacerlo.

Es necesario, y empieza a ser urgente, meter en cintura al Pepito. Y nótese que no estoy hablando de la inmigración; nótese que no hablo de nigerianos, ni de peruanos, ni de moldavos: hablo exclusivamente de pepitistas en tanto que más que evidentes sediciosos contra nuestro orden constitucional y contra nuestro sistema cultural. Es necesario, y muy urgente, que un escarmiento indique a estos tíos que el permiso de residencia no constituye un derecho irrevocable y habrá que empezar a meter a unos cuantos en barcos que los devuelvan a la cábila de la que nunca debieron haber salido, a ver si eso sirve como ejemplo y escarmiento.

Proteger a la ciudadana marroquí agredida por estos cafres no es solamente una cuestión de protección de derechos individuales y fundamentales de esa persona -con todo y ser ello importantísimo- es enviar un mensaje a la intolerancia de que no vamos a pasar por el tubo y de que no vamos a renunciar a nuestro acendro cultural conquistado a base de cuatromil años de cultura y de civilización.

Para el que no le guste, la puerta de salida es ancha, que aquí no se trajo a nadie a la fuerza.

El otro lado de la cuestión es la señora alcaldesa. Del gremio de la señora alcaldesa hablaré con más amplitud en la siguiente entradilla, pero es necesario constatar aquí que la dama se ha cubierto de mierda hasta el corvejón: o sea, que una ciudadana es víctima de amenazas y coacciones, de injurias, de calumnias, de maquinaciones para causarle un perjuicio ilegítimo y todo ello por ser mujer, lo que configura un cuadro de libro de lo que a esos botarates les gusta llamar violencia de género y todo lo que se le ocurre a la señora alcaldesa es pedirle a la agredida -y como la propia alcaldesa ha utilizado la palabra discusión me imagino el tono de la petición– que coja la puerta y se largue a otra parte. Eso es, no se vayan a enfadar los del Pepito, que enfadar a los del Pepito es propio de intolerantes y fachas, no jodamos, que Cunit no es Vic, no faltaría más.

Muchas veces me pregunto si el verdadero problema está en los del Pepito y no más bien en una recua de botarates que de manera acrítica y descerebrada celebran como tan transversales y tan guay las pepiteces que socavan los cimientos mismos de nuestra cultura. Mi único consuelo -parco, pero no tendré otro- es que el día que los del Pepito se salgan con la suya, me podré dar el gustazo de ver a la alcaldesa de Cunit con la azotea bien cubierta y caminando tres pasos detrás mío.

Que es lo progre y lo chupiguay.

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Uno de los materiales con que me obsequiaron en el transcurso del Fòrum Social de Catalunya, en alguna de cuyas sesiones participé, fue un librito escrito por un colectivo -creo que es un colectivo- que responde al improbable nombre autoral de Layka Soyuz i Penya-roja, libro titulado COMéspossible?. Trata de la peripecia de una asamblea formada por más de 200 movimientos sociales en su intento de participar directamente en los contenidos de los medios públicos de difusión, de acuerdo con los preceptos constitucionales que así lo establecen (aunque casualmente no han sido desarrollados). Y aprovechando que la Diputación de Barcelona es titular de COMRàdio, emisora que ocupa una frecuencia reservada para la radio municipal de Barcelona, lo intentaron con ella.

Todavía no he acabado de leer el libro, aunque el final ya lo conozco de ciencia propia. Está escrito en un lenguaje ágil, sarcástico a más no poder, ácido a tope y socarrón por demás y resulta muy grato de leer.

Dejando aparte el objetivo concreto de la cuestión, el libro va mostrando pormenorizadamente en qué parámetros trabajan nuestros políticos, cuánto tienen (mucho) de falsarios, de tramposos, qué poco les interesan los ciudadanos a los que dicen representar, cuán encadenados están a las maquinarias de partido, cómo son de fulleros y de mentirosos y, en fin, la clase de chusma que tenemos ahí metida al servicios de unos intereses que pueden ser cualesquiera menos los nuestros, menos los de los ciudadanos.

Coinciden plenamente las experiencias de este colectivo con las que he tenido yo con ese gremio (he aquí un minúsculo botón de muestra), así que otorgo a lo que cuenta, ejem, Layka, una veracidad prácticamente total (aparte de las pruebas palmarias de la documentación que transcribe a lo largo de toda la obra.

Ya lo he dicho muchas veces: vivimos tiempos de enanos y los políticos responden perfectamente a la estatura de los tiempos. No es cierto que el oficio más antiguo del mundo sea la prostitución sino la corrupción política, hasta tal punto que estoy convencido de que el primero que le propuso a una mujer sexo a cambio de algo material o crematístico fue la versión de temporibus illis de lo que hoy es un político (gremio cuyo nada pequeño sector corrupto se caracteriza, precisamente, por el intensivo uso de los servicios de estas profesionales, avalando así una larguísima tradición más que histórica: prehistórica).

Hablando de problemas, tenemos un buen problema también con la clase política: esto se ha convertido en el imperio de los mediocres, cuando no, además, corruptos. Corruptos casi todos, porque corrupción no es únicamente aceptar sobornos sino también -y probablemente mucho más extendida- el fraude ideológico y electoral al ciudadano a cambio de la permanencia en el lugar bajo el chollo. Cuando un político se presenta a unas elecciones lo hace con un programa y lo hace por un partido que sustenta una ideología debidamente documentada: traicionar ese programa y traicionar los principios fundamentales de esa ideología es, simple, pura y llanamente, corrupción. Ahora tómense los principios del PSOE (y sucursales regionales) y del PP (y los de CiU, y los de IU o IC, y los de ERC y etcéeeeetera) y a ver quién se salva.

Obviamente, el problema es el sistema, un sistema que aleja a los ciudadanos -y mucho- de los centros en los que verdaderamente se corta el bacalao. Depositamos un voto -el que lo deposite, que yo cada vez menos- cada cuatro años en el que elegimos a una larga serie de señores que del sexto para abajo ni sabemos quiénes son -y eso los que estamos más o menos informados- ni quién los ha puesto ahí ni a razón de qué méritos están. Y ahí se acaba toda democracia. Una vez han ocupado su lugar, nadie les fiscaliza, nadie les controla, nadie les pasa cuentas: pueden hacer lo que les dé la gana y, de hecho, lo hacen descarada y despreocupadamente, sin moderación alguna. Lo que opinen los ciudadanos no importa una mierda… hasta tres meses antes de la próxima comedia electoral.

Luego se quejan de desafección.

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Pero sigamos, sigamos hablando de los políticos y de sus acrobacias, no vayamos a dejar este hilo que está resultando jugoso y nos va a hacer un sofrito excelente… Llevamos una larga temporada en que esto parece un tango. Especialmente, claro, en España, donde un anodino presidente carente de personalidad, hasta el punto de que muchos nos preguntamos dónde está el Richelieu de este lamentable Luis XIII (y no lo encontramos, porque anda que la peña que le rodea…), siembra la confusión a cada medida que adopta pero que no adopta sino que adoptó, pero sólo para adoptar una propuesta que ahora deja de adoptar.

En el resto del mundo, las cosas funcionan más seriamente, pero en materia de poca vergüenza, la cosa no le va a la zaga a lo de aquí. El espectáculo de una crisis causada por la especulación financiera, que se resuelve sacando del pozo (y alojando en un hotel de diez estrellas) a los especuladores y, encima, obligando a los sectores productivos del respectivo país a que paguen la factura mediante fiscalidades brutales y/o ajustes laborales de orden verdaderamente cafre, es como para poner los pelos de punta al más templado.

Y ayer, vía Menéame llegaba a este post interesantísimo de la bitácora de Rosa María Artal en el que se pregunta por qué con tanta tropelía y tan descarada nadie se cuestiona lo que verdaderamente es cuestionable, más allá de los desastres de los mindundis metidos a políticos: el sistema, este sistema escalofriantemente denominado democrático en el que los ciudadanos pintamos menos que un cagallón.

Y es que, claro, las estaciones de esquí se llenan cada fin de semana -aunque la gente coma de bocadillo traído de casa y no de cafetería-, colas en los cines, bares de ambiente abarrotados… ¿Por qué iba a preocuparse nadie? Seguimos haciendo la misma vida que cuando éramos oficialmente ricos, aunque, eso sí, con un poquito menos de nivel: vamos de viaje más cerquita, nos alojamos en hoteles con una estrella menos… Pero nuestra vida sigue igual. Simplemente, nuestros mileuristas cogen trabajos que antes despreciaban. El pato, claro, lo están pagando los inmigrantes, pero eso no se dice; hay pocos parados entre españoles autóctonos, pero mucha gente que vino aquí a buscar una vida mejor (y trabajó muy duro para ello) está ahora con el culo al aire. Y en esta mierda de sistema que vivimos en el que aquello de lo que no se habla no existe -y escondiendo así la cabeza como un avestruz creemos que está todo solucionado- vivimos tan contentos en la estúpida ignorancia de que se está cociendo un conflicto social que, más tarde o más temprano, acabará estallando. Y ya veremos en qué consiste y a dónde llega este estallido, pero yo no veo ninguna razón para estar tranquilo.

Deberíamos estallar como ciudadanos, decir ¡basta! de un aputa vez y limpiar el patio bien limpio, rehacerlo todo, hacernos verdaderamente dueños y protagonistas de la política. Sólo así podríamos afrontar las realidades: no permaneciendo ciegos ante ellas. Ciegos por nuestro propio menfoutisme rayano en lo criminal y ciegos por el engaño y la estafa permanente en que nos mantienen nuestros políticos.

Si no se endereza, si no enderezamos todos, el rumbo que llevamos, esto va a acabar muy mal. No sé exactamente cómo, pero mal de verdad. Podemos estar acercándonos a un trauma de dimensiones quizá históricas.

Y bien merecido lo tendremos, ojo.

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Pues la paella, queridos, está servida y en su punto. Espero que os apreveche.

La próxima será el jueves día 11, jueves lardero, o sea, el principio de los carnavales. De esto de los carnavales creo que no he llegado a hablar nunca, aunque algunas veces he anunciado que lo haría. Igual me lanzo la semana que viene, depende de lo que nos depare la actualidad y esa gentuza que tenemos subida ahí arriba.

A ver qué pasa y hasta entonces.

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Comentarios

  • luis.tic616  On 04/02/2010 at .

    Jod** Javier, si es que no das puntada sin hilo. Gran paella sí señor.

    La situación es como la describes y sorprende sí, como se aguanta. La explicación que me doy es que “la gente”, como tal, no es un colectivo homogéneo y difícilmente puede responder como tal. La gente al final nos movemos por lo que nos afecta directamente Y a corto plazo. Nos hemos acostumbrado a ir sobrellevando ese goteo y mientras no nos moje el colodrillo directamente pues vamos tirando… y mientras el nivel del agua va subiendo.

    Por muchas vueltas que le doy no consigo ver qué acción concreta y efectiva puedo hacer yo mismo, un individuo cualquiera… ¿no votar?, ¿manifestarme?, ¿enviar un correo electrónico al ministro?, … ¿qué proponéis co-lectores del incordio?

  • Jordi  On 04/02/2010 at .

    Los puntos sobre las íes, sí señor. En relación al pollo de Cunit, ví el otro día en TV3 las declaraciones del representante de una asociación laica de marroquíes en el que manifestaba su hartazgo del hecho de que mulás y demás sacerdotes musulmanes se erigen por la patilla en representantes de la comunidad magrebí y subsahariana y, lo peor, esta supuesta representatividad es aceptada por las administraciones.

    En definitiva, esta clase política tan guay, tan laica y tan anticlerical acepta con una sonrisa multicultural que esta comunidad de inmigrantes sea representada por trogloditas que viven en la edad de piedra. ¿Alguien cree que el párroco del barrio tiene algún derecho para presentarse en el Ayuntamiento aduciendo que representa a toda la comunidad? Suena ridículo, ¿verdad? Pues esto es lo q

  • Jordi  On 04/02/2010 at .

    Pues esto es lo que está sucediendo con la comunidad musulmana. Esta trabajadora municipal de Cunit (ha vivido veinte de sus treinta años en Catalunya) es mujer, tiene estudios superiores y, sobretodo, estorbaba al Bin Laden de turno. Punto pelota.

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