El secuestro de la Historia

De la serie: Correo ordinario

Volvemos a andar a vueltas con los fotógrafos y con sus familias, con la única particularidad, en este caso, de que el fotógrafo no se ha muerto aún, aunque nadie lo diría, viendo cómo la familia hace y deshace sobre su obra. Pero, por lo demás, otro tanto de lo mismo: pasta, propiedad intelectual, restricción del conocimiento… apropiacionismo, en suma.

Saltaba por estos días -no sé si ayer o anteayer- la noticia de que los causahabientes fácticos -porque herederos aún no lo son- de Oriol Maspons, un prestigioso fotógrafo catalán, estaba intentando llegar a un acuerdo con el Ministerio de Cultura parecido al suscrito por la familia de Agustí Centelles, y obviamente han saltado todas las alarmas en el campo nacionalista. En el campo nacionalista y en el artístico, porque el MACBA (Museu d’Art Contemporani de Barcelona) anda detrás de esa colección, colección que, por cierto, parece que está mal clasificada y acumulada -más que almacenada- en no muy buenas condiciones para su óptima conservación. Y no es el único. También aspiran a esos fondos, o a partes de ellos, el MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya), el Centre Excursionista de Catalunya, la Biblioteca de Catalunya, el Institut Amatller, el Arxiu Nacional de Catalunya, el Arxiu Fotográfic de Barcelona… Suma y sigue. El problema con el que han topado todos ellos son las pretensiones económicas de la familia, que parecer que son de todo menos modestas, y de ahí que, cierto o falso, se haya propagado fácilmente el rumor de que el Ministerio de Cultura, motorizado por el ubérrimo talonario con que la Sinde dispone de nuestra pasta (que, por boca de una ilustre antecesora suya, sabemos que no es de nadie), que no conoce crisis económicas, podría haberse hecho o estar a punto de hacerse con el santo y con la limosna.

Ayer, además, leía por ahí el siniestro proyecto de la familia de obtener trescientas únicas copias de una determinada serie o selección de negativos y venderlas a buen precio, lo cual es ya el colmo y el morro de la especulación intelectual. Desde luego, es lo que confirma el hecho, tantas veces enunciado, de que la explotación de la propiedad intelectual se basa en la escasez artificial -premeditada y alevosa- del conocimiento a fin de lograr hacer pagar las copias -potencialmente infinitas- que soportan esa manifestación del conocimiento. Ahí tenemos, expuesto de forma palpable y susceptible de poca discusión, el más negro apropiacionismo. Pura y simple especulación, en nada distinta de la del ladrillo, y déjate de tonterías de creación ni de mandangas, que no constituyen sino simples pretextos.

Porque, además, la dudosa legitimidad de la propiedad intelectual es más patente aún en el ámbito de la fotografía. No voy a discutir, desde luego -pobre aficionadillo del tres al cuarto-, lo que de creativo, lo que de aportación intelectual tiene una fotografía. Si no fuera así, no estaríamos ahora hablando de este tema, como no hablamos del agua de la fuente. Sí sucede, sin embargo, que la aportación intelectual de una fotografía está basada en distintos parámetros: puede ser un revelado creativo, puede ser la toma lo propiamente creativo, a veces, la técnica utilizada en uno, en otro o en ambos… Muchas cosas, desde luego. Pero el caso de Oriol Maspons, como el de Agustí Centelles, no está basado tanto en la creatividad sobre los efectos de la propia imagen sino en la realidad histórica que transmite ésta. Si hablando de obras literarias o musicales hemos dicho tantas veces que lo que tienen de creación es deudor de creación y de conocimiento anterior, lo que debiera ser causa obstativa de la apropiación total que actualmente se hace de ella… ¡qué decir de la fotografía! Y más, de la fotografía periodística o histórica, que debe su máximo -cuando no único- valor, por más alto que éste sea, al objeto que retrata y no a la técnica o al arte empleado, por más que éstos puedan ser correctos, perfectos o incluso con aportación adicional de creación.

Nadie puede apropiarse así de la Historia. Una cosa es que el trabajo se remunere -como debe ser- y otra muy distinta -e intolerable- es que se utilice la propiedad intelectual para secuestrar la memoria colectiva, la memoria histórica de verdad (no la que arguyen los cagapalanganas de todos bien conocidos).

Porque esto conecta con otra cuestión: el inaudito derecho a la herencia de la obra, que no se da en ninguna otra actividad humana. Uno hereda el producto del trabajo de sus padres, es decir, los bienes materiales que éstos han adquirido con toda una vida de trabajo, no el resultado mismo del trabajo. ¿Por qué los herederos de los autores se ven beneficiados, además de con la herencia común, con el propio resultado del trabajo? ¿Por qué esta excepción, esta discriminación positiva (positiva, para ellos, claro), a todas luces injustificada e incluso inmoral? Sí, inmoral, porque con esta apropiación injusta e injustificada se priva al común de la sociedad del acceso al conocimiento que le pertenece, porque vuelvo a insistir que el conocimiento producido es deudor del conocimiento anterior e incluso del hecho social mismo, sin los cuales la obra hubiera sido imposible.

Esto es lo que ocurre cuando se cae en la trampa -tendida también, a su vez, de formapremeditada y alevosa- de dar valor real a palabras simbólicas. La propiedad intelectual no existe, es una ficción jurídica destinada a facilitar un tráfico comercial que se realiza bajo un modelo determinado de monetización de un trabajo; cuando ese modelo cambia o, redondamente, se cae, dar valor a la palabra por la palabra, pretender que la obra intelectual es cosificable como un piso sólo porque los dos pueden ser objeto de «propiedad», es una falacia. Es como pretender que una empresa -a la que una ficción jurídica considera como «persona»- cumpla el servicio militar (supuesto que lo hubiera) o tuviera que acudir como presidente o vocal de mesa a una convocatoria electoral. Por eso, tantas veces utilizamos la más correcta -incluso formalmente más correcta- expresión derechos de autor, que sí implican derechos sobre las obras, incluso económicos, pero que ya no se sujetan a un modelo concreto -pueden ser perfectamente evolutivos- y que, desde luego, no pueden ser objeto de especulación ni de apropiación; ni, desde luego de apropiaciónilegítima. Ni de herencia, claro está. Si un autor millonario fallece, los millones deben ir a sus herederos, desde luego, pero sus obras no, sus obras deben pasar al dominio público, porque a él pertenecen en última instancia.

Por eso cuido mucho de poner la palabra «propiedad» bajo una salvedad tipográfica cuando inmediatamente detrás escribo lo de «intelectual»: para que nadie piense que hablo en serio, que hago mía la expresión o que me solidarizo en absoluto con ella. Es importante no caer en la trampa de cosificar los significados de las palabras cuando éstos nacieron simbólicos. Cuando llamamos a alguien «hijo de puta», casi nunca pretendemos en serio aseverar que la madre del imbécil así aludido sea una mujer que se dedicó o se dedica a la prostitución. Con la expresión «propiedad intelectual», cabe decir lo mismo.

Por eso me parto de risa cuando vienen algunos a rasgarse las vestiduras pretendiendo convencernos, nada menos, de que negar la propiedad intelectual equivale a impugnar por la base el entero y mismísimo sistema socioeconómico. Puede que algunos también lo hagan (con todo su derecho: no por ello llevan cuernos y rabo): efectivamente, impugnar el sistema económico de propiedad privada lleva impllícito impugnar la propiedad intelectual; pero el principio no funciona igual, en absoluto, a la inversa, y la prueba es que ámbitos ferozmente defensores de lo privado -empezando muy principalmente por la propiedad misma- ponen en tela de juicio la propiedad intelectual. Que nadie caiga en la trampa estúpida y malvada de los que pretenden hacer creer que los que objetamos hoy la propiedad intelectual somos los que mañana, con un pañuelo rojo al cuello, objetaremos la propiedad del pisito adquirida esforzadamente a tremendos vencimientos hipotecarios mensuales pagados con el sudor de un trabajo durísimo y no siempre garantizado. Nada de eso.

Al contrario: si hemos de ver cosas truculentas, si hemos de ver expolios, si hemos de ver corrupción económica de la buena, miremos patrimonios, contabilidades y, sobre todo, los orígenes de los mismos, de muchos que propugnan la propiedad intelectual como un valor más sagrado que lo religioso mismo.

Y no estoy hablando propiamente de los autores.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Alex Maspons  On 08/02/2010 at .

    Me he reído mucho leyendo tu artículo.

    Saludos,

    Alex Maspons

  • Javier Cuchí  On 08/02/2010 at .

    No lo dudo. No lo dudo, en absoluto.

A %d blogueros les gusta esto: