Trabajadores y trabajados

De la serie: Los jueves, paella

Ayer tuve operarios en casa, lo que me obligó a tomarme un moscoso para controlar la cosa. En el ínterin, estuve viendo por televisión el debate sobre la situación económica con el que se divirtieron los tíos estos de la élite diputadil y así, mascullando maldiciones, estuve viendo y reflexionando sobre unas cuantas cosas parte de las cuales van a ser objeto de la paella de hoy.

Las demás no, por aquello del juzgado de guardia.

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Dice la sabiduría popular «Reunión de pastores, oveja muerta». Y esto es exactamente lo que me sugirió el debate parlamentario de ayer. Allí estaban esos tíos, uno tras otro, maquinando como metérnosla doblada -enésimamente- a beneficio de los especuladores financieros y de los especuladores inmobiliarios, precisamente todos ellos culpables -delincuentes, no pocos, aunque impunes- de la que nos está cayendo y que, encima, van a ser premiados. Los que supusieron -supusimos- que con este trancazo alguien iba a ajustar las tuercas a los grandes cabrones de la pasta, aunque sólo fuera un poquito, hemos resultado dignos habitantes del limbo de la santa inocencia.

Aquí nos van a ajustar a los de siempre. Los de siempre, ya es sabido, somos los de la nómina, los de la tienda, los del taller y los de la furgoneta. Los pobres -los oficialmente pobres, porque luego están los que ganan más que yo, pero en negro- no paran de recibir subvenciones, ayudas y sinecuras, algunas muy justas, otras quizá no tanto pero, bueno, es lo que hay; y los ricos, con sus sociedades de gestión de patrimonios fuera del alcance de los inspectores tributarios, escaqueando pasta alegremente y riéndose de las islas Caimán porque, total, el paraíso fiscal ya lo tienen en casa. Se lo montó el PSOE de Zap.

Por supuesto, no lo decían explícitamente, no fuera a ser que se les escapara la risa en una retransmisión en directo. Todo eran rodeos, circunloquios y grandes declaraciones, con una palabra reina repetidísima: sacrificio. Una palabra muy adecuada para referirse a un matadero, que es lo que nos espera. Lo que nos espera, insisto, a los de siempre. No a otros.

Para empezar, mayor presión fiscal pero, ojo, no con el impuesto de sociedades sino con el IRPF y con el IVA, que por ahí es por donde nos pillan bien pillados a los currantes, con poca o ninguna escapatoria. Después, regulación del mercado de trabajo (otro gracioso eufemismo) y redimensionamiento de la Administración pública. Pero de ambas cosas hablaré después específicamente.

En lo político, lamentable, como siempre.

Un Zap anodino, como siempre, mintiendo, como siempre, no diciendo nada, como siempre, diciéndolo mal, como siempre, y difiriendo unas soluciones que, por otra parte, no tiene, como siempre. Ayer pretendió (y logró) escaparse con una comisión encabezada por la vice económica, secundada por Pepiño y por el de Industria, otro que bien baila, que se encargarán, en dos meses, de diseñar el exterminio económico de los ciudadanos y de las PYMEs. Imagínate la que pueden estar preparando que ya delimitan las cabezas que van a recibir todos los palos, liberando con ello a la principal de todo peligro.

Pero si ha de ser Rajoy el que se cargue a Zap, lo tenemos claro. Hasta El Prorrogao se permitió el lujo del desplante torero y de la manga riega que aquí no llega: anda, chato, si tienes lo que hay que tener, móntame una moción de censura. Y el otro desgraciado, abatido, jodido y descalzo, allanándose en la confesión de que no puede, que le faltan votos, ni siquiera fue sutil: pidió directamente la deserción al enemigo. Venid a nuestra filas, que aquí tenemos comida, alcohol, tabaco y sexo. Y como dijo un combatiente de la División Azul al que la propaganda soviética le vino con esas: claro, hombre, claro, me vas a dar a mí, al enemigo, vodka y gachises mientras los tuyos cascan a puñados entre rociada de artillería y machetazos de infantería, pasando más hambre que un maestro de escuela (así se decía y así consta en el refranero, para vergüenza y oprobio de la raza) y con el pajarito medio congelado en la jaula.

Los demás, cada cual en su papel pasando el rato como mejor pudieron; la derecha nacionalista catalana y vasca poniéndose en plan alto estadista, la izquierda independentista catalana que pasaba por allí sin saber a dónde iba, la izquierda buenrollítica de don Gaspar ridículamente apocalíptica, que nada que recortar derechos de los trabajadores, sobre su cadáver, como si su cadáver fuera -en términos políticos, claro- tan difícil de cobrar y tan complicado de soslayar, y el grupo mixto que salieron dos o tres a decirle cosas a la tapicería, porque la mayoría de las señoras y señores diputados (y diputadas y diputades) habían levantado el vuelo en pos de su bien ganado carajillo.

Réplicas, dúplicas y, en fin, luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, fuese…

…Y no hubo nada.

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Los empresarios, este sector tan cutre encabezado por este otro señor cuya especialidad es arruinar empresas y salir él pitando montado en Jaguar, Rolls y otras marcas símbolo de proletarización, sostienen desde hace muchos años un curioso contrasentido: pretenden que el despido se abarate para generar empleo. Uno que fuera extremadamente inocente preguntaría que a qué viene tanto interés en que se abarate una cosa que si se abaratara no utilizarían. Es como si a mí me dicen que a partir de hoy los discos de Bisbal bajan a mitad de precio: pues, hombre, igual duplico -o triplico o cuadruplico- mis compras de discos de BIsbal, teniendo en cuenta que cualquier cifra multiplicada por cero (cero es la cifra indicativa d elos discos que vengo yo comprando del Bisbal este) resulta ser, precisamente, cero.

Todos sabemos lo que pretenden en realidad estos pájaros: que el despido se abarate para precarizar aún más las plantillas, para poder despedir casi impunemente a gente con años de antigüedad en la empresa para contratar en su lugar a chavales que matarían por un contrato de tres meses a 600 euros mensuales aunque les den de baja de la Seguridad Social los sábados y los domingos. Como, por otra parte, al consumidor, al cliente, se le trata a patadas, como si fuera -que no acaba siendo otra cosa- un simple contribuyente obligado al gasto, gracias a la eficaz acción de los oligopolios, el empleado no necesita tener una gran cualificación (y si la tiene, que se la meta por donde le quepa).

Soy, por supuesto, enemigo a muerte del trabajo precario y soy de los que creen que si un día -que no llegará, pero con alguna ilusión hay que restañar la hemorragia del alma- a esta tortilla se le diera una vuelta en serio, lo del trabajo precario debería llevar a la cárcel a mucha gente y por temporadas más bien tirando a largas. O restaurar, a tal efecto, los trabajos forzados (con la cantidad de bosque que hay que limpiar en España…). Pero también tengo claro -porque la realidad lo demuestra cada día palpablemente- que cuando las cosas se tuercen, los contratos indefinidos no sirven para nada. No les sirvieron a los miles de trabajadores de SEAT despedidos a finales de los años 70 y no les han servido de nada ahora a los trabajadores de las muchas industrias textiles que han chapado.

Cuando una empresa va mal y no hay dinero, los contratos laborales, por más indefinidos, más encadenantes y más paramatrimoniales que sea, pasan a convertirse en papel mojado. Pero ese no es el problema central. El problema central es el de un buen montón de sinvergüenzas cuyas empresas funcionan a toda máquina, arrojando resultados opíparos y levantando pingües beneficios, parte de cuya largueza deriva directamente de la más asquerosa especulación con la mano de obra.

¿Y cómo llegar a contratos estables de modo realista?

Pues yo creo que una vía muy plausible sería la de obligar a los empresarios a invertir en formación. Pero obligando en tantos por ciento de facturación y con inspección tributaria y control sindical (¡ay!) sobre el asunto. Se hace mucho más difícil poner en la calle a un trabajador que se lleva puestos un buen montón de euros en una capacitación que, posiblemente, irá a beneficiar a la empresa de enfrente y, al contrario, a un trabajador eficiente y exquisitamente formado, cuya capacitación ha costado un dineral, se hace muy difícil ponerlo en la calle. En definitiva, se trataría de que el trabajador y su formación fueran inversiones, no costes. Difícil, muy difícil con la mentalidad empresarial cutre y salchichera de aquí: se quejan de que la cualificación de los trabajadores es muy baja, pero ellos no quieren invertir un céntimo en ella, eso que lo haga la formación profesional pública con dinero ídem. Hay que ver lo que les gusta a algunos acróbatas de la educación privada, que algunos aspectos de la misma sean públicos.

También cabría exigir unos sindicatos operativos (pero ahí si qu emi santa inocencia no llega a tanto). La fórmula, en este caso, es mucho más simple y de resultados garantizados: supresión de toda subvención pública a los sindicatos y establecimiento de cuota sindical obligatoria que cada trabajador atribuiría anualmente a la entidad que eligiera. Y así se solucionaría no en semanas, sino en días, el problema de la inoperancia y la golfería sindical. Quien paga, manda y el problema no está en eso sino precisamente en quién paga ahora.

El establecimiento de la cuota sindical obligatoria levantaría grandes protestas entre los trabajadores (por pequeña que fuera que, desde luego, no haría falta que fuera mucho, dos o tres euros mensuales, o cosa así) que creerían ver un impuesto más para financiar golfos, como así sería si fuera el Estado el que distribuyera esa recaudación y no cada trabajador individualmente, pero si se quiere que los sindicatos funcionen (otra cosa es que no se quiera) la fórmula es bien sencilla y es, precisamente esta.

Todo ilusorio. Lo bonito, para los sinvergüenzas de toda laya, organización y procedencia, es que todo siga exactamente igual.

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Otra de las cosas que aparció en el debate es el ajuste de los funcionarios. Bueno, en realidad, no se pronunció mucho la palabra funcionarios porque somos muchos y votamos, pero para eso se inventó el circunloquio, el subterfugio y, en todo caso, el eufemismo, así que lo que se pidió es que las Administraciones públicas se dimensionaran adecuadamente.

Que sobran funcionarios, vamos.

Hay que reconocer que cuando uno coge un presupuesto de gastos de cualquier administración pública y mira el capítulo 1 -que es el de las remuneraciones del personal-, se cae de culo. Se cae de culo, además y sobre todo, si lo compara con otras partidas. Claro, que también hay àmbitos y ámbitos de la administración: no es lo mismo una unidad que presta servicios -con lo que, normalmente, invertirá poco en obras y equipamientos o en subvenciones, ayudas y demás- y tendrá capítulo 1 que fácilmente llegará al 70 por 100 del gasto total, que otro que se limita a ejecutar obras licitadas a terceros, con lo que resultará que invierte muchísimo y gasta relativamente poco en personal.

Suele decirse que hay un exceso de funcionarios. Pero, por otra parte, también son todo quejas cuando no hay bastantes profesores en los colegios, cuando faltan médicos y enfermeras en los hospitales y en los ambulatorios, o cualdo hay demasiados atracos porque faltan policías.

Tampoco se dice que de los funcionarios no se acordaba nadie cuando la burbuja llevaba a este país con viento en popa -hacia la catástrofe, sí, pero a toda hostia- y cualquier imbécil sin oficio ni beneficio metía 3.000 euros mensuales poniendo ladrillos sin ni siquiera saber hacerlo, pero hubo un momento en que se valoró la mano de obra a simple amontonamiento de julios, sin más. Ahora que hay que saber poner los ladrillos como no lo harían ni los propios ángeles y conformarse con mil euros brutos en un contrato trimestral, ahora resulta que hay demasiados funcionarios (cuando la tasa española de funcionarios por mil habitantes es de las más bajas de Europa).

Pero es verdad que la función pública necesita una reconversión, que esa reconversión era para ayer y que no se ha hecho -ni parece que vaya a hacerse a corto plazo- y la culpa es, desde luego, de las propias administraciones (o sea, de los políticos, que son quienes las dirigen, la mayoría de las veces ineficaz y estúpidamente) pero también de los propios funcionarios.

En junio de 2007 se promulgó una ley, la LAECSP de la que tanto he hablado aquí mismo (aunque no en jueves), que, de haberse llevado a efecto el 1 de enero de este año, tal como la propia ley preveía, en vez de haberse quedado en agua de borrajas, tal como preveía yo, hubiera supuesto un giro copernicano en la relación entre administraciones públicas y ciudadanos.

Un giro copernicano que, para qué decir una cosa por otra, los funcionarios no estamos en condiciones de asumir por falta de preparación. La administración ha continuado en su atávica y estúpida costumbre de continuar con cursos de guor, y alguna que otra jornadita de chichimonis dedicando un día de pérdida de tiempo a explicar lo maravillosa que va a ser la cosa y lo guapos que son haciéndola así.

Mientras tanto, el ochenta por ciento (y me quedo corto) de los funcionarios de todas las categorías, no tienen, por ejemplo, ni puta idea de lo que es un formato estándar y, además, les importa tres cojones saberlo. Porque si bien es verdad que los dirigentes de las administraciones han pasado olímpicamente -y ya desde hace muchísimos años- de formar tecnológicamente al personal, más allá de los cursos -por otra parte malísimos- de aplicaciones concretas, también es cierto que los propios funcionarios, en un alarde de falta de profesionalidad y de perfecto encaje con todas las caricaturas que nos dibujan como un hatajo de vagos y de golfos, hemos pasado olímpicamente de formarnos por nuestra cuenta. Si la empresa no se preocupa, nosotros, menos.

Y esta es la verdadera tara -enorme como un tumor- que aqueja a las administraciones públicas: no es que haya demasiados funcionarios, es que la mayoría de ellos son absolutamente incapaces de responder a las exigencias de una administración ultratecnificada como nuestra sociedad está exigiendo a gritos. Y este es un problema grave.

Otroa asunto es que pretendan resolverlo a la antigua usanza (a mí me da una úlcera cuando veo estas cosas): un carnet de nivel tecnológico. O sea, unas pruebas que indicarán el nivel tecnológico de cada funcionario, y este nivel se asociará a la plaza que ocupa. Por supuesto, ya están contratadas las empresas –privadas, por supuesto- que se ocuparán de las pruebas y del baremo. O sea, más burocracia de la estúpida para nada. Al final estas pruebas serán una vulgar rutina que no indicará una mierda. Es como los certificados C de catalán que tenemos casi todos los funcionarios de Catalunya y que no impiden que la inmensa mayoría hable y escriba en catalán como un verdadero cagarro.

Pero eso sí: la cualificación de papel, ya la tenemos.

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Pues ahí queda eso, queridos, queridas y querides todos.

Me ha salido una paella muy economicista, pero es lo que pasa por ver espectáculos parlamentarios por la tele, que le entra a uno una mala sangre que no se la quita ni emborrachándose con legía.

En todo caso, el deber paellero ha sido cumplido puntualmente y quedáis, pues, convocados para la próxima, que será, si no pasa nada, el próximo jueves 25, último de febrero ya.

«El Incordio», mientras tanto, seguirá ahí erre que erre.

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Comentarios

  • Piccard  On 19/02/2010 at .

    Hola Javier.

    Te sigo hace bastante tiempo y he leído hoy tu comentario sobre el funcionariado y su cualificación técnica y he de decirte que en la administración publica para la que trabajo, en su edificio principal, somos mas personas “externas” subcontratadas que funcionarios trabajando para el estado.
    No se puede decir que sobran funcionarios cuando la mayoría de los puestos de trabajo en la administración están subcontratados, no ocupados por personal laboral fijo, que no indefinido.

    Además, también recalco que su capacitación deja mucho que desear, puesto que si de repente nosotros desapareciéramos, los funcionarios no sabrían desarrollar el trabajo que se realiza diariamente en eñ organismo publico para el que trabajo.
    En general, lamentablemente, no tienen ni puta idea, y en mi caso concreto, dependemos de una persona de casi 70 años y nos estamos haciendo cruces por saber quien nos va a explicar de que va el negocio el día que se jubile.

    ¿No debería el Estado convocar muchas mas plazas para los que estamos en esta situación y hacer algo con todos los funcionarios que no quieren aprender y realizar su trabajo correctamente?

    Soy ingeniero informático y alucino con el mal nivel de conocimientos que tiene el personal publico, incluso con el mismo curriculum de estudios que el mio, en todo lo referente a nuevas tecnologías.

    ¿Pero que cursos les imparten?
    ¿En que pierden el tiempo?

    Un saludo.

  • PROTESTAVECINO  On 19/02/2010 at .

    Señor ingeniero informático: Los funcionarios, no somos los causantes de los males de la administración, las contratas y “soportes técnicos”, son el chocolate del loro de los gastos que se embolsan dos empresas participadas por los “políticos”.
    El Benitoventanas, cortemangas y indos, los ejemplos de la adquisiciones tecnología en la administración. Pensar que en los inicios éramos expertos en unix-linux, pero fuimos adsorbidos por los encantos de Benitoventanas.
    Los funcionarios cualificados, fueron deslegitimados por sucesivos acuerdos “sindicales”.
    Cuchi, maestro: como siempre, as dado en el clavo, pena de no poder “espallarme” a gusto por miedo a lo políticamente correcto o mejor, por aquello del juzgado de guardia.

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