Asesinos y asesinatos

De la serie: Rugidos

Toda guerra es, simultáneamente, origen y consecuencia de injusticias, entre otras muchísimas cosas luctuosas. Por tanto, es bien cierto que la categoría de vencedor y de vencido en cada una de ellas es una cuestión fáctica y prácticamente nunca una categoría moral. Junto a las horcas de los criminales de guerra nazis debió haber otras tantas -por lo menos- de criminales de guerra del otro lado, que los hubo. Para mí, Buchenwald y Dresde, Dachau y Hamburgo, Auswitz y Berlín, son razones y proporciones del todo similares; más allá de las cifras (a partir de un solo muerto, hay demasiados muertos), el encarnizamiento contra los inocentes sin otra razón que la brutalidad pura y simple disfrazada de necesidad política o de imperativo estratégico, es odioso como cloro en los ojos. Nunca entenderé qué razón moral pudo mandar a la horca a Alfred Jodl y llenar de honores a Curtis LeMay.

Los escritores de la historia nos obligan a tragar con la hipocresía, qué le vamos a hacer; pero lo que ya me jode, como en el chiste de la adúltera, es el cachondeo, la mofa y la befa ya no sobre la moral sino sobre la lógica misma, sobre la equidad más evidente.

Hace un tiempo, en enero pasado, en Dubai, agentes israelíes pasaron factura con vencimiento a la vista a un par de jefazos de Hamas. O sea que los asesinaron. Asesinato, como término técnico: cepillarse al enemigo, asegurándose de su muerte (que es el fin pretendido: su desaparición material), mediante una operación -o conjunto de ellas- cuidadosamente planeada al efecto. ¿Y como término moral? Bueno, pues esto parece que ya depende: para los israelitas, para el lobby sionista y para una serie de afectos o bien al sionismo o bien al judaísmo o bien a Israel como Estado con derecho a existir, asesinato constituye, en este específico caso, un término técnico destinado al objeto de una cosa denominada disuasión y justificado por la legítima defensa. Al decir de ellos, claro. Esos señores eran unos asesinos de ciudadanos israelíes, yo me los cargo y muerto el perro se acabó la rabia. Y, de paso, hacemos un escarmiento: todo el mundo -sobre todo en las filas enemigas- sabrá que matar israelíes es algo que se paga con el propio pellejo. Lo supieron a su costa los terroristas que asesinaron a seis atletas israelíes en la asonada de los juegos olímpicos de Munich en 1976, que fueron perseguidos por todos los confines del mundo hasta acabar con el último de ellos. Y lo saben ahora, aunque integrados en el ciclo del nitrógeno, los tíos estos de Hamas. Para los poco amigos de los israelíes -circunstancia pseudo ideológica que ahora es mucha moda entre los atontados del buen rollito- pues, bueno, es un asesinato moralmente deleznable cometido sobre un par de incentes pajaritos que piaban pacíficamente en su nido.

Que el Estado de Dubai, escenario del asunto, se haya cabreado, es comprensible. Uno no puede tolerar que la gente se comporte en su casa como si ésta fuera el coño de la Bernarda, aunque su casa sea, ciertamente, el coño de la Bernarda. Que el Estado de Dubai pretenda que el director -o como se llame el jefazo gordo- del Mossad sea detenido, enjuiciado y encarcelado es algo que, bueno, en fin, yo por Navidad también juego a la lotería, a ver si toca.

Que el Reino Unido, Irlanda, Francia y Alemania se hayan cabreado porque el Mossad utilizara pasaportes clonados o, de un modo u otro, falsos, de ciudadanos de esos países, me descojona de risa, que ventila más que hervir de indignación. O sea, los británicos, que, en su día, lanzaron a cascoporro operaciones similares a la del Mossad contra terroristas del IRA; los franceses, cuyo SDECE también es una malva, siendo una de sus hazañas más conocidas -que seguro que no la más truculenta- la voladura del buque de Greenpeace (que se llevó por delante a a un fotógrafo de prensa que, casi materialmente, pasaba por allí) y no te digo nada de los alemanes; que todos estos -más Irlanda, la pobre- hagan ver que se cabrean por esa fruslería, me resulta en todo igual que tirarse un pedo en un velatorio y echarle la culpa al muerto, o sea, el colmo de la caradura, de la desfachatez y de la desvergüenza.

Como me parece el colmo de la caradura, de la desfachatez y de la desvergüenza que sólo los israelíes sean censurados cuando asesinan pero, en cambio, los que les asesinan a ellos (que, además, no se ocultan al proclamar a los cuatro vientos que no pararán hasta el exterminio de los judíos) sean unos buenos chavales puteados e incomprendidos.

Hay algunos que ese lirio de virginidad intelectual de la que fardan debieran llevarlo prendido del ojete mismo del culo.

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Comentarios

  • Jordi  On 22/02/2010 at .

    Totalmente de acuerdo, Javier. En esto del cinismo y la hipocresía, a los británicos no los gana ni Cristo.

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