La canción del «todo gratis»

De la serie: Correo ordinario

De vez en cuando me entra el ramalazo masoquista y como a mi santa no le va nada el rollo de arrear latigazos al personal, me voy simplemente a la página web de la ACAM, el tinglado este del Teodomiro Cardalda y del Caco Senante. Es una forma rápida y gratuita de castigarse bien castigado, porque manda narices lo que puede leerse allí. Pero ya suele decirse que con el pecado se trae la penitencia, o sea que eso.

Ello no obsta para que, de vez en cuando (muy de vez en cuando), pueda encontrarse algo parecido a una cierta y remota racionalidad. Parece que a veces relajan la vigilancia y se les cuela algo un poco inteligente. Muy mal, muy mal: hay que estar más por la faena, que ya decía nuestro eximio emérito, Jordi Pujol, que el trabajo bien hecho no tiene fronteras y la chapuza no tiene futuro, y así le luce el pelo a vuestro gremio.

El caso es que sí, que ayer me topé con esta saeta firmada por un tal Salvador Domínguez, que es no sé cuántas cosas y que ha escrito enciclopedias (aunque solamente publicadas por Ediciones Autor, notoriamente de la Fundación Autor, de la $GAE, of course). Es una empanada doliente en la que se mezclan, así, a saco, lamentos por lo mal que los promotores y discográficas tratan a los autores, botafumeiros de loa a la SGAE (y la escribo sin $ porque Domínguez hace exclusiva referencia a sus más honorables orígenes) y, no faltaba más, el reglamentario rasgarse de vestiduras y mesarse las barbas por la cultura del todo gratis, aunque desde la racional delicadeza de no decir tonterías sobre la piratería. Ya digo que es un escrito inteligente y me temo que el vigilante del tarro de las esencias de la web de la ACAM va a llevarse un buen chorreo por haberse dejado colar una cosa tan presentable.

De todo lo que dice se traslucen dos preocupaciones que acongojan a los autores, que son del todo dignas de consideración y que debieran preocuparnos a los ciudadanos como nos preocupa -o debiera preocuparnos, que esa es otra- cualquier sector en crisis: una es la relación con las empresas comecializadoras de contenidos -discográficas, cinematográficas, promotores de eventos, etc.- dedicadas a explotar dichos contenidos y, de paso, también a sus autores; otra es el tradicional ¿cómo vamos a vivir si todo es gratis y ¿quién pone coto en Internet?. Pero vayamos por partes, como siempre.

La relación de explotación que sufren los autores por parte de sus habituales patronos, las empresas, que los someten a un régimen verdaderamente esclavista, donde no existe puesto de trabajo seguro -si es que puede hablrase en ese ámbito de puestos de trabajo– es algo que, de alguna manera, sufrimos todos, cada cual en su propio entorno, salvo en el asunto del trabajo estable, problema que muchos (no sólo los funcionarios) no tenemos habitualmente. Hay mucha gente que lleva muchísimos años en su empresa y que, bueno, salvo albures casi cósmicos y, llegado el caso, fatales e inevitables, se va a jubilar en ella. Ya es una diferencia importante: todo un ámbito profesional condenado al ejercicio liberal quieras o no quieras. Eso no sería necesariamente malo (muchas profesiones son liberales por definición, aunque ocasionalmente o parte de su colectivo integrante puedan estar vinculados de manera permanente a una empresa o institución) si no fuera porque, en realidad, su profesión tampoco es liberal: las empresas -las discográficas tienen una negra fama en este aspecto- suelen atarlos y amordazarlos con unos contratos para los que la calificación de leoninos es benévola.

Quien tendría que proteger a los autores de estas trapazadas es, precisamente, la SGAE, pero la SGAE no es SGAE sino $GAE y parece que se dedica a otras cosas, como, por ejemplo, rendir pleitesía a los editores -o sea, a los malos- o a proteger a los que no necesitan demasiada protección: la élite millonaria y apalancada de cuatro autores, no pocos de los cuales son, además (y en algún caso, principalmente) editores. O sea, de los malos.

De todo eso los ciudadanos no tenemos ninguna culpa. Es más: en la medida en que los ciudadanos estamos reaccionando contra la $GAE y dando protección -ahora mínima, pero con el tiempo se irá incrementando- a todos aquellos que, presos de la $GAE y de su censitarismo, quieren regresar a la SGAE que nunca debió dejar de ser (ni para los autores ni para los ciudadanos), estamos todos del mismo bando.

Vamos ahora a lo del todo gratis. Esto del todo gratis ya se ha hecho un sonsonete: no puede ser que la cultura sea gratuita, y si lo es, que lo sea también la vivienda y el coche y no sé qué más… el viejo y ya manido argumento demagógico consistente en equiparar la propiedad intelectual a la propiedad común, sea hecha esta equiparación implícita o explícitamente. Para empezar: muchas cosas son… gratis. De aquella manera, gratis, porque de un modo u otro las pagamos, pero su uso sí que da esa impresión de gratuidad: aquí tenemos la sanidad, la educación, las carreteras. Precisamente el rollo del todo gratis no puede ser lo entonaron los médicos hace muchísimos años: si la sanidad es gratis… ¿de qué vamos a vivir? Y, sin embargo, vemos que -en general y salvo ciertas lacras que no vienen ahora al caso- la clase médica vive, en general, con mucha dignidad, cuando no estupendamente: unos, integrados en la sanidad pública y otros fuera de ella dando un valor añadido por el que la gente está dispuesta a pagar (integración en una mutualidad, fama o prestigio, tratamientos no cubiertos por la sanidad pública, etc.); la inmensa estructura de la educación pública no impide la existencia de un potente y muy rentable sector privado sin que, por más que la educación sea gratuita, los profesores -igual que los médicos de la salud pública- dejen de cobrar por su trabajo. ¿Qué todo esto se paga con impuestos y/u otras cotizaciones? Claro. ¿Y qué pagamos, entonces, con el canon? Porque un consumidor medio paga fácilmente más por el canon que por la afiliación a la Seguridad Social; en no pocos casos -vivimos en la época del mileurismo– más incluso que de retención por IRPF. Y eso por no hablar de promociones, subvenciones y sinecuras diversas pagadas con nuestros impuestos.

Cuando hablamos de modelos de negocio (eso que desespera y exaspera tanto a los apropiacionistas) estamos hablando de cosas parecidas a esta. La pretensión de muchos ciudadanos de los años 70-80 de que los conciertos de rock fueran gratuitos se vio satisfecha -y se sigue viendo- en muchísimas ocasiones, porque muchísima música -sobre todo en directo, pero también en lata- es pagada -y muchas veces opíparamente- con fondos públicos con la correspondiente gratuidad para los ciudadanos. Estamos hartos de decir que nadie pretende que el autor o el artista trabajen gratis, que puede lograrse que todo el mundo pueda acceder gratuitamente a la cultura y que los autores -y los ejecutantes y demás trabajadores del asunto- perciban su remuneración. Lo que ocurre es que cuando hablamos de nuevos modelos de negocio los que se han hecho multimillonarios con el viejo o los que no ven más allá de sus narices por déficit tecnológico, cultural o simplemente intelectual, se ponen como locos.

Porque, además, el modelo de negocio que, retribuyendo a los creadores, suministre contenidos gratis en volúmenes industriales (y no sé si nunca mejor dicho) no hace más que crecer predeciblemente: la TDT, Internet (esa por ellos tan denostada red, que ya nos reiremos dentro de no muchos años recordándoles cómo la ponían a parir), el incremento de la cultura social del ocio (independientemente de que pueda ser muy criticable), la aparición constante de nuevos soportes y de nuevas plataformas de consumo y de reproducción, no pueden sino ampliar la oportunidad de ese negocio por el que tanto sufren… con la única condición, claro está, de que se adapten a las circunstancias, a los actuales usos sociales y a los nuevos modelos (sí: a los nuevos modelos, aunque no les guste) del negocio.

Y por otro lado… ¿qué tienen que agradecer la mayoría de los creadores al modelo, llamémosle, tradicional, al que ahora agoniza? ¿Viven de sus libros la inmensa mayoría de los escritores o sus derechos económicos de autor representan -cuando mucho y en pocos casos- un pequeño sobresueldo que apenas es un complemento apreciable de lo que ganan con otras actividades? ¿Cuántos autores pueden vivir de su música sin tener que ir a buscar su sustento real o bien en la música de otros -profesores de música, por ejemplo-, en casos aún relativamente afortunados, o, más generalizadamente, en actividades profesionales o laborales sin relación alguna con su arte? ¿Cuántos de los 90.000 socios de la $GAE viven de lo que generan sus derechos (según la $GAE)? ¿Cuántos, incluso, perciben cantidades que -supuestos ingresos normales por otro lado- les permitan acceder a algún extra o pequeño lujo (un fin de semana fuera de casa, quince centímetros de coche más largo, algo así…)? Y, además, y casi más terriblemente: ¿cuántos autores, cuántos buenos escritores, cuántos buenos músicos permanecen ignorados porque no han encontrado -por diversas causas que también mandan huevos- encaje en el sistema? ¿Qué clase de sistema secuestrador de espíritus es este tan férreamente defendido precisamente por sus víctimas?

El todo gratis (en el ámbito cultural) es posible. Es más: es necesario, es imprescindible. ¿De qué sirven todas estas tecnologías si el acceso a la cultura (que debiera ser universal) mantiene más alta que nunca la barrera económica? Alta, alambrada y protegida con nideos de ametralladora. Y no sólo es posible el todo gratis (como lo es en la sanidad, en la educación o en la vialidad), sino que un sistema completamente renovado podría ser -y yo creo francamente que será- mucho más equitativo con los autores: habrá, seguramente, muchos menos muchimillonarios y caerán -o se dedicarán a otra cosa- muchas majors discográficas; a cambio de tan poco tristes pérdidas, es probable -si saben integrarse bien en los nuevos tiempos y las nuevas exigencias de su clientela… que la tienen- que muchos más puedan vivir exclusivamente de su creación y que puedan hacerlo con dignidad suficiente; y también es probable que muchas pequeñas empresas que ahora llamaríamos discográficas, encuentren un hueco de encaje del que ahora carecen.

Yo creo sinceramente que vienen tiempos mejores para todos. Lo que tarden en llegar va a ser lo que tarde en llegar una alianza que existió en otros tiempos, que ahora está rota y que, en mi opinión, urge que se recomponga: la de los artistas con sus seguidores, con lo que, en definitiva, son nada menos que sus pueblos. Pero esa alianza sólo es posible si tanto unos como otros nos quitamos de encima a los que nos están oprimiendo, a los que nos están tratando como a siervos. Los ciudadanos ya hemos empezado a hacerlo, en la medida de nuestras posibilidades. Les toca ahora a los autores.

Porque por el camino de la confrontación, todos saldremos perdiendo, pero unos mucho más que otros.

Creo que Domínguez sabe perfectamente quiénes.

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Comentarios

  • Monsignore  On 26/02/2010 at .

    Pero si es muy fácil, y se ha hablado en varias ocasiones.

    Que nuestros juglares se definan. O tirios, o troyanos. O viven de sus composiciones – cosa que me parece muy bien, y que la SGAE los defienda – o viven del erario público.

    Pero no ambas cosas.

    Toda obra que reciba una subvención – sea directa, sea en forma de conciertos municipales o de contratos oficiales – debe pasar directamente a ser del dominio público. Y se acabaron las tonterías.

    No vale jugar a la empresa privada y, al mismo tiempo, exigir que nos den de comer porque somos un “bien común”.

    Si eres legal, eres legal. Tú también, jodío.

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