Archivo mensual: febrero 2010

El incendio de los fatuos

De la serie: Rugidos

Tom Wolfe, en su inestimable obra -varias veces citada en esta bitácora- «Lo que hay que tener» describía con mucho ingenio, seguramente reflejo fiel de los protagonistas de este libro que no es sino un auténtico reportaje periodístico, esa especie de respeto reverencial rayano en lo idólatra que sentimos los ciudadanos hacia quienes se juegan el pellejo, quizá no tanto por nosotros, pobres burgueses de mierda, como por una especie de autoconsagración en un altar de los ungidos, de los ungidos por algo tan indefinible pero tan enteramente comprensible por descriptivo como, precisamente, lo que hay que tener.

Por lo tanto, cuando aparece alguien de la Cofradía de Lo Que Hay Que Tener (casi copio ahora a Wolfe) y les canta las verdades del barquero a los políticos, que constituyen el valor justamente opuesto, a los que incluso nosotros, los pobres burgueses de mierda, consideramos -plenamente legitimados para ello por la realidad más agobiante- como el último escalón del estrato más bajo, turbio y pestilente de la charca social, y cuando los políticos intentan defenderse balbuceando la protesta de una ofendida y presunta dignidad desharrapada, sucia y maloliente… ¿a quién vamos a creer?

Que sepa pues, Ricard Expósito, coordinador de las unidades de élite GRAF de los bomberos en Horta de San Joan, que su invectiva hacia esta gente (los que entendáis catalán no os perdáis el vídeo) la hemos escuchado los ciudadanos, cada cual en su casa, puestos en pie -cuando menos simbólicamente- y en respetuoso y admirado silencio, para, a su término, prorrumpir en fuertes aplausos de entusiasmo y también de calor, de solidaridad y de ánimo.

Lo Que Hay Que Tener, en un desplante no sólo frente al fuego sino ante la chusma.

En honor, memoria y homenaje a los compañeros caídos.

La canción del «todo gratis»

De la serie: Correo ordinario

De vez en cuando me entra el ramalazo masoquista y como a mi santa no le va nada el rollo de arrear latigazos al personal, me voy simplemente a la página web de la ACAM, el tinglado este del Teodomiro Cardalda y del Caco Senante. Es una forma rápida y gratuita de castigarse bien castigado, porque manda narices lo que puede leerse allí. Pero ya suele decirse que con el pecado se trae la penitencia, o sea que eso.

Ello no obsta para que, de vez en cuando (muy de vez en cuando), pueda encontrarse algo parecido a una cierta y remota racionalidad. Parece que a veces relajan la vigilancia y se les cuela algo un poco inteligente. Muy mal, muy mal: hay que estar más por la faena, que ya decía nuestro eximio emérito, Jordi Pujol, que el trabajo bien hecho no tiene fronteras y la chapuza no tiene futuro, y así le luce el pelo a vuestro gremio.

El caso es que sí, que ayer me topé con esta saeta firmada por un tal Salvador Domínguez, que es no sé cuántas cosas y que ha escrito enciclopedias (aunque solamente publicadas por Ediciones Autor, notoriamente de la Fundación Autor, de la $GAE, of course). Es una empanada doliente en la que se mezclan, así, a saco, lamentos por lo mal que los promotores y discográficas tratan a los autores, botafumeiros de loa a la SGAE (y la escribo sin $ porque Domínguez hace exclusiva referencia a sus más honorables orígenes) y, no faltaba más, el reglamentario rasgarse de vestiduras y mesarse las barbas por la cultura del todo gratis, aunque desde la racional delicadeza de no decir tonterías sobre la piratería. Ya digo que es un escrito inteligente y me temo que el vigilante del tarro de las esencias de la web de la ACAM va a llevarse un buen chorreo por haberse dejado colar una cosa tan presentable.

De todo lo que dice se traslucen dos preocupaciones que acongojan a los autores, que son del todo dignas de consideración y que debieran preocuparnos a los ciudadanos como nos preocupa -o debiera preocuparnos, que esa es otra- cualquier sector en crisis: una es la relación con las empresas comecializadoras de contenidos -discográficas, cinematográficas, promotores de eventos, etc.- dedicadas a explotar dichos contenidos y, de paso, también a sus autores; otra es el tradicional ¿cómo vamos a vivir si todo es gratis y ¿quién pone coto en Internet?. Pero vayamos por partes, como siempre.

La relación de explotación que sufren los autores por parte de sus habituales patronos, las empresas, que los someten a un régimen verdaderamente esclavista, donde no existe puesto de trabajo seguro -si es que puede hablrase en ese ámbito de puestos de trabajo– es algo que, de alguna manera, sufrimos todos, cada cual en su propio entorno, salvo en el asunto del trabajo estable, problema que muchos (no sólo los funcionarios) no tenemos habitualmente. Hay mucha gente que lleva muchísimos años en su empresa y que, bueno, salvo albures casi cósmicos y, llegado el caso, fatales e inevitables, se va a jubilar en ella. Ya es una diferencia importante: todo un ámbito profesional condenado al ejercicio liberal quieras o no quieras. Eso no sería necesariamente malo (muchas profesiones son liberales por definición, aunque ocasionalmente o parte de su colectivo integrante puedan estar vinculados de manera permanente a una empresa o institución) si no fuera porque, en realidad, su profesión tampoco es liberal: las empresas -las discográficas tienen una negra fama en este aspecto- suelen atarlos y amordazarlos con unos contratos para los que la calificación de leoninos es benévola.

Quien tendría que proteger a los autores de estas trapazadas es, precisamente, la SGAE, pero la SGAE no es SGAE sino $GAE y parece que se dedica a otras cosas, como, por ejemplo, rendir pleitesía a los editores -o sea, a los malos- o a proteger a los que no necesitan demasiada protección: la élite millonaria y apalancada de cuatro autores, no pocos de los cuales son, además (y en algún caso, principalmente) editores. O sea, de los malos.

De todo eso los ciudadanos no tenemos ninguna culpa. Es más: en la medida en que los ciudadanos estamos reaccionando contra la $GAE y dando protección -ahora mínima, pero con el tiempo se irá incrementando- a todos aquellos que, presos de la $GAE y de su censitarismo, quieren regresar a la SGAE que nunca debió dejar de ser (ni para los autores ni para los ciudadanos), estamos todos del mismo bando.

Vamos ahora a lo del todo gratis. Esto del todo gratis ya se ha hecho un sonsonete: no puede ser que la cultura sea gratuita, y si lo es, que lo sea también la vivienda y el coche y no sé qué más… el viejo y ya manido argumento demagógico consistente en equiparar la propiedad intelectual a la propiedad común, sea hecha esta equiparación implícita o explícitamente. Para empezar: muchas cosas son… gratis. De aquella manera, gratis, porque de un modo u otro las pagamos, pero su uso sí que da esa impresión de gratuidad: aquí tenemos la sanidad, la educación, las carreteras. Precisamente el rollo del todo gratis no puede ser lo entonaron los médicos hace muchísimos años: si la sanidad es gratis… ¿de qué vamos a vivir? Y, sin embargo, vemos que -en general y salvo ciertas lacras que no vienen ahora al caso- la clase médica vive, en general, con mucha dignidad, cuando no estupendamente: unos, integrados en la sanidad pública y otros fuera de ella dando un valor añadido por el que la gente está dispuesta a pagar (integración en una mutualidad, fama o prestigio, tratamientos no cubiertos por la sanidad pública, etc.); la inmensa estructura de la educación pública no impide la existencia de un potente y muy rentable sector privado sin que, por más que la educación sea gratuita, los profesores -igual que los médicos de la salud pública- dejen de cobrar por su trabajo. ¿Qué todo esto se paga con impuestos y/u otras cotizaciones? Claro. ¿Y qué pagamos, entonces, con el canon? Porque un consumidor medio paga fácilmente más por el canon que por la afiliación a la Seguridad Social; en no pocos casos -vivimos en la época del mileurismo– más incluso que de retención por IRPF. Y eso por no hablar de promociones, subvenciones y sinecuras diversas pagadas con nuestros impuestos.

Cuando hablamos de modelos de negocio (eso que desespera y exaspera tanto a los apropiacionistas) estamos hablando de cosas parecidas a esta. La pretensión de muchos ciudadanos de los años 70-80 de que los conciertos de rock fueran gratuitos se vio satisfecha -y se sigue viendo- en muchísimas ocasiones, porque muchísima música -sobre todo en directo, pero también en lata- es pagada -y muchas veces opíparamente- con fondos públicos con la correspondiente gratuidad para los ciudadanos. Estamos hartos de decir que nadie pretende que el autor o el artista trabajen gratis, que puede lograrse que todo el mundo pueda acceder gratuitamente a la cultura y que los autores -y los ejecutantes y demás trabajadores del asunto- perciban su remuneración. Lo que ocurre es que cuando hablamos de nuevos modelos de negocio los que se han hecho multimillonarios con el viejo o los que no ven más allá de sus narices por déficit tecnológico, cultural o simplemente intelectual, se ponen como locos.

Porque, además, el modelo de negocio que, retribuyendo a los creadores, suministre contenidos gratis en volúmenes industriales (y no sé si nunca mejor dicho) no hace más que crecer predeciblemente: la TDT, Internet (esa por ellos tan denostada red, que ya nos reiremos dentro de no muchos años recordándoles cómo la ponían a parir), el incremento de la cultura social del ocio (independientemente de que pueda ser muy criticable), la aparición constante de nuevos soportes y de nuevas plataformas de consumo y de reproducción, no pueden sino ampliar la oportunidad de ese negocio por el que tanto sufren… con la única condición, claro está, de que se adapten a las circunstancias, a los actuales usos sociales y a los nuevos modelos (sí: a los nuevos modelos, aunque no les guste) del negocio.

Y por otro lado… ¿qué tienen que agradecer la mayoría de los creadores al modelo, llamémosle, tradicional, al que ahora agoniza? ¿Viven de sus libros la inmensa mayoría de los escritores o sus derechos económicos de autor representan -cuando mucho y en pocos casos- un pequeño sobresueldo que apenas es un complemento apreciable de lo que ganan con otras actividades? ¿Cuántos autores pueden vivir de su música sin tener que ir a buscar su sustento real o bien en la música de otros -profesores de música, por ejemplo-, en casos aún relativamente afortunados, o, más generalizadamente, en actividades profesionales o laborales sin relación alguna con su arte? ¿Cuántos de los 90.000 socios de la $GAE viven de lo que generan sus derechos (según la $GAE)? ¿Cuántos, incluso, perciben cantidades que -supuestos ingresos normales por otro lado- les permitan acceder a algún extra o pequeño lujo (un fin de semana fuera de casa, quince centímetros de coche más largo, algo así…)? Y, además, y casi más terriblemente: ¿cuántos autores, cuántos buenos escritores, cuántos buenos músicos permanecen ignorados porque no han encontrado -por diversas causas que también mandan huevos- encaje en el sistema? ¿Qué clase de sistema secuestrador de espíritus es este tan férreamente defendido precisamente por sus víctimas?

El todo gratis (en el ámbito cultural) es posible. Es más: es necesario, es imprescindible. ¿De qué sirven todas estas tecnologías si el acceso a la cultura (que debiera ser universal) mantiene más alta que nunca la barrera económica? Alta, alambrada y protegida con nideos de ametralladora. Y no sólo es posible el todo gratis (como lo es en la sanidad, en la educación o en la vialidad), sino que un sistema completamente renovado podría ser -y yo creo francamente que será- mucho más equitativo con los autores: habrá, seguramente, muchos menos muchimillonarios y caerán -o se dedicarán a otra cosa- muchas majors discográficas; a cambio de tan poco tristes pérdidas, es probable -si saben integrarse bien en los nuevos tiempos y las nuevas exigencias de su clientela… que la tienen- que muchos más puedan vivir exclusivamente de su creación y que puedan hacerlo con dignidad suficiente; y también es probable que muchas pequeñas empresas que ahora llamaríamos discográficas, encuentren un hueco de encaje del que ahora carecen.

Yo creo sinceramente que vienen tiempos mejores para todos. Lo que tarden en llegar va a ser lo que tarde en llegar una alianza que existió en otros tiempos, que ahora está rota y que, en mi opinión, urge que se recomponga: la de los artistas con sus seguidores, con lo que, en definitiva, son nada menos que sus pueblos. Pero esa alianza sólo es posible si tanto unos como otros nos quitamos de encima a los que nos están oprimiendo, a los que nos están tratando como a siervos. Los ciudadanos ya hemos empezado a hacerlo, en la medida de nuestras posibilidades. Les toca ahora a los autores.

Porque por el camino de la confrontación, todos saldremos perdiendo, pero unos mucho más que otros.

Creo que Domínguez sabe perfectamente quiénes.

Asesinos y asesinatos

De la serie: Rugidos

Toda guerra es, simultáneamente, origen y consecuencia de injusticias, entre otras muchísimas cosas luctuosas. Por tanto, es bien cierto que la categoría de vencedor y de vencido en cada una de ellas es una cuestión fáctica y prácticamente nunca una categoría moral. Junto a las horcas de los criminales de guerra nazis debió haber otras tantas -por lo menos- de criminales de guerra del otro lado, que los hubo. Para mí, Buchenwald y Dresde, Dachau y Hamburgo, Auswitz y Berlín, son razones y proporciones del todo similares; más allá de las cifras (a partir de un solo muerto, hay demasiados muertos), el encarnizamiento contra los inocentes sin otra razón que la brutalidad pura y simple disfrazada de necesidad política o de imperativo estratégico, es odioso como cloro en los ojos. Nunca entenderé qué razón moral pudo mandar a la horca a Alfred Jodl y llenar de honores a Curtis LeMay.

Los escritores de la historia nos obligan a tragar con la hipocresía, qué le vamos a hacer; pero lo que ya me jode, como en el chiste de la adúltera, es el cachondeo, la mofa y la befa ya no sobre la moral sino sobre la lógica misma, sobre la equidad más evidente.

Hace un tiempo, en enero pasado, en Dubai, agentes israelíes pasaron factura con vencimiento a la vista a un par de jefazos de Hamas. O sea que los asesinaron. Asesinato, como término técnico: cepillarse al enemigo, asegurándose de su muerte (que es el fin pretendido: su desaparición material), mediante una operación -o conjunto de ellas- cuidadosamente planeada al efecto. ¿Y como término moral? Bueno, pues esto parece que ya depende: para los israelitas, para el lobby sionista y para una serie de afectos o bien al sionismo o bien al judaísmo o bien a Israel como Estado con derecho a existir, asesinato constituye, en este específico caso, un término técnico destinado al objeto de una cosa denominada disuasión y justificado por la legítima defensa. Al decir de ellos, claro. Esos señores eran unos asesinos de ciudadanos israelíes, yo me los cargo y muerto el perro se acabó la rabia. Y, de paso, hacemos un escarmiento: todo el mundo -sobre todo en las filas enemigas- sabrá que matar israelíes es algo que se paga con el propio pellejo. Lo supieron a su costa los terroristas que asesinaron a seis atletas israelíes en la asonada de los juegos olímpicos de Munich en 1976, que fueron perseguidos por todos los confines del mundo hasta acabar con el último de ellos. Y lo saben ahora, aunque integrados en el ciclo del nitrógeno, los tíos estos de Hamas. Para los poco amigos de los israelíes -circunstancia pseudo ideológica que ahora es mucha moda entre los atontados del buen rollito- pues, bueno, es un asesinato moralmente deleznable cometido sobre un par de incentes pajaritos que piaban pacíficamente en su nido.

Que el Estado de Dubai, escenario del asunto, se haya cabreado, es comprensible. Uno no puede tolerar que la gente se comporte en su casa como si ésta fuera el coño de la Bernarda, aunque su casa sea, ciertamente, el coño de la Bernarda. Que el Estado de Dubai pretenda que el director -o como se llame el jefazo gordo- del Mossad sea detenido, enjuiciado y encarcelado es algo que, bueno, en fin, yo por Navidad también juego a la lotería, a ver si toca.

Que el Reino Unido, Irlanda, Francia y Alemania se hayan cabreado porque el Mossad utilizara pasaportes clonados o, de un modo u otro, falsos, de ciudadanos de esos países, me descojona de risa, que ventila más que hervir de indignación. O sea, los británicos, que, en su día, lanzaron a cascoporro operaciones similares a la del Mossad contra terroristas del IRA; los franceses, cuyo SDECE también es una malva, siendo una de sus hazañas más conocidas -que seguro que no la más truculenta- la voladura del buque de Greenpeace (que se llevó por delante a a un fotógrafo de prensa que, casi materialmente, pasaba por allí) y no te digo nada de los alemanes; que todos estos -más Irlanda, la pobre- hagan ver que se cabrean por esa fruslería, me resulta en todo igual que tirarse un pedo en un velatorio y echarle la culpa al muerto, o sea, el colmo de la caradura, de la desfachatez y de la desvergüenza.

Como me parece el colmo de la caradura, de la desfachatez y de la desvergüenza que sólo los israelíes sean censurados cuando asesinan pero, en cambio, los que les asesinan a ellos (que, además, no se ocultan al proclamar a los cuatro vientos que no pararán hasta el exterminio de los judíos) sean unos buenos chavales puteados e incomprendidos.

Hay algunos que ese lirio de virginidad intelectual de la que fardan debieran llevarlo prendido del ojete mismo del culo.

Miembro de «Aire»

De la serie. Altos vuelos

Continúo dando pasos en mi relativo regreso -nunca me fui del todo- al mundo del aerotranstorno. Hace unos días solicité el alta en la Asociación Aire y ayer me llegó la aceptación de mi ingreso como socio, con el número 255.

Estoy seguro de que este es el principio de un montón de buenos ratos, de experiencias apasionantes y, sobre todo, sobre todo, de conocer a gente estupenda, y me felicito por haber dado este paso.

Por aquí iré contando cosas.

Electrosexo

De la serie: Me parto el culo

En algunas poblaciones de Catalunya hay problemas causados por la instalación de casas de putas king size, macroputiclubs que a veces pueden alcanzar el centenar de habitaciones dedicadas al ejercicio de la alegre follancia. Cavila uno que tanta energía concentrada debería poder aprovecharse, como la eólica o la solar, porque, al fin y al cabo, es una energía limpia, sobre todo ahora que hay bidets e instalaciones modernas, que ya no es como en la época del palanganero. Pero, bueno, el hecho es que los ayuntamientos no pueden impedir este tipo de instalaciones pese a las quejas generalizadas de los vecinos y la propia inconveniencia de la cosa al gusto y política del consistorio, dado que la Generalitat tiene una normativa bastante permisiva y, encima, los tribunales han dado la razón a los promotores del invento, que como empeñan muchos millones en el asunto ya no son llamados macarras sino empresarios del sexo. Hay que joderse, nunca mejor dicho…

Pero lo bueno es que, leyendo en «El Periódico» una información sobre el asunto me entero de que esto de los puticlubs de tamaño catedralicio no monta tanto follón en otras partes de España y que el único conflicto que se recuerda fue el caso de San Agustín de Guadalix. Allí, el prostíbulo de gran superficie fue a instalarse al lado de una urbanización y los vecinos de ésta protestaron, pero se llegó a un acuerdo conciliador: el amo de la casa de putas se comprometió a pagar la luz a todos los vecinos y allí fue paz y después gloria.

Y es que, como decimos siempre los del conocimiento libre, no hay nada como compartir. Incluyendo el macarreo, que ya dicen que las penas con pan son menos y el fornicio da para mucho. Me figuro que ahora, cuando lleguen a casa, los vecinos dirán cosas como «Enciende el francés, querida» o «Este cuarto de baño está muy oscuro; habrá que instalarle un griego» o «Vamos a poner una lluvia dorada en el rellano de la escalera».

Sólo una duda me atormenta: a los cortes de luz… ¿los llamarán coitus interruptus?

😀

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