Jueces, papas y chicos

De la serie: Los jueves, paella

Mala semana, esta que hoy [parece que] enderezo. El jueves pasado no hubo arroz y, después, una gripe más breve que benigna, y una sobrecarga de ocupaciones debida a acontecimientos imprevistos ha tenido a esta bitácora en una situación un tanto mortecina. Bueno, ya se sabe que esto es algo que, inevitablemente, pasa dos o tres veces al año -vacaciones aparte- y hay que vivir con ello de la misma manera que se vive sabiendo que tarde o temprano te va a salir un grano aquí o allá.

De modo que, hablando de granos, vamos a ello…

——————–

Los jueces españoles han sembrado la sospecha -más bien acusación- de que desde ignotas instancias del Gobierno venezolano hayan emanado unas poco limpias connivencias con elementos de ETA, por lo cual el Gobierno español ha pedido explicaciones.

Cosas como esta constituyen lo que comúnmente suele denominarse «conflicto diplomático», que acostumbra a sustanciarse, normalmente, con diversas series de muy encorsetadas entrevistas en altos niveles gubernamentales, todo ello muy circunspecto, muy serio y muy hierático, hasta que la cosa se aclara, olvidamos el pasado y volvemos al amor. Esto es lo que sucedería en conflictos diplomáticos entre España y Alemania, o entre Estados Unidos y Francia, pongamos por caso. Pero si en el asunto interviene el estrambótico lider venezolano Hugo Chávez, la supuesta severidad del conflicto deja paso a una vulgar patochada. Pero dentro de la patochada y pese a sus marcados comportamientos de clown, Hugo Chávez es un individuo intuitivo y, a veces, acierta. Y esta mañana le oía por la radio recomendarle al Rey que echara un vistazo a estos jueces que tenemos aquí.

Y pensé, al oirlo, que, con independencia del asunto concreto y con independencia de los numeritos de Chávez, el coronelito venezolano, bien por churro, bien por buena información, tenía razón esta vez, aunque probablemente no en el sentido que él pretende. Ahora veréis por qué.

Frecuentemente oímos que la Administración de Justicia adolece de una tremebunda falta de medios, que no tiene personal, que le faltan sistemas informáticos, que faltan jueces, que faltan juzgados, que falta de todo. Y yo cada día que pasa voy estando más convencido de que, en realidad, sobra: sobran jueces y juzgados, sobra personal, pero sobre todo (y de ahí la sobra de lo anterior) sobra un sistema procedimental vetusto, herrumbroso, rancio y obsoleto que parece directamente traído no del siglo XIX sino del siglo XVI. Y, no sé si como causa o como efecto, sobran -a montonadas- jueces cuya mentalidad es en todo acorde al anacronismo procesal.

Nos engañamos si creemos que el tortuoso e insufriblemente lento e ineficaz discurrir de la justicia española se arreglará con las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías -lo veo cada día en la administración pública, que déjala correr también- no sirven para nada si no están manejadas por nuevas mentalidades. De nada sirve ponerle a un funcionario un ordenador abarrotado de recursos digitales si ese funcionario aún discurre bajo el logical de la máquina de escribir y de la almohadilla de tinta y el tampón. Pero las nuevas tecnologías, aún con nuevas mentalidades, tampoco sirven si tienen que ajustarse a procedimientos administrativos o procesos judiciales de la época de la Inquisición.

España tiene un sistema judicial garantista, y esto está muy bien. Pero parte de este sistema de garantías se basa en prácticas de prueba redundantes, anticuadas, procelosas e innecesarias: recordemos la plancha del juez que reclamó las planchas de «El Jueves», cuando el pintoresco episodio de su secuestro; y se basa también en una sucesión inacabable de recursos. Todo ello aderezado en una salsa de diligencias en cantidad aparentemente infinita, de formulismos rocambolescos («ante mí, el Secretario, Su Señoría dijo…») y de procedimientos innecesarios. Por simple ejemplo, no se entiende muy bien hoy día por qué ha de acudir personalmente el juez a ordenar el levantamiento de un cadáver y no puede procederse sin más a ello una vez la policía científica -y la común- han terminado su trabajo. En vez de eso, el juez de guardia ha de desplazarse a/desde donde Cristo perdió el gorro, dejando los calabozos y la sala de espera del juzgado de guardia abarrotados, o bien ha de verse obligado a terminar cualquier cuestión urgente antes de ir a lo del fiambre, mientras una entera línea de metro está parada esperando. O por qué cojones tiene uno que ir a ratificar personalmente una demanda o querella que han formulado su abogado y su procurador en la representación que ostentan mediante escritura de poder debidamente bastanteada que exhiben y retiran por serles menester para otros procedimientos. O la tontería esta del acto de conciliación, que no sirve habitualmente para nada porque, generalmente, lo han intentado los propios abogados antes de interponer la demanda o porque el demandante viene impulsado por una mala leche tal que ni por las buenas ni por las malas va a avenirse a nada que no sea el arrodillamiento prácticamente material del adversario.

Toda esa farragosidad, además, no sólo no impide que se cometan despropósitos sino que incluso los fomenta. Manejar toda esa cantidad ingente de papelotes (la mayoría de los cuales no sirven para nada, no son sino burocracia, en la más fea acepción de la palabra) lleva a errores necesariamente y, además, dificulta la coordinación entre órganos judiciales (coordinación que, a su vez, exige por sí misma más papeles y más diligencias estúpidas). Así leemos lo que leemos en los periódicos de forma harto habitual y así vemos como casi normal (normal, en el sentido de habitual, de acostumbrado) que un individuo pueda acudir a un juzgado a cumplimentar una diligencia y después irse tranquilamente, mientras en el juzgado de al lado, en el de arriba y en dos de los de abajo tiene pendientes varias órdenes de busca y captura.

Por lo demás, recordemos que el culmen de la transición, que estuvo constituido por las secuelas del 23-F, consistió en la limpieza del Ejército (el famoso «Plan META» de Narcís Serra) para reconvertirlo de un montón de chusqueros, permanentemente añorantes del viejo régimen y cuya profesionalización daba grima, en una corporación presentable y enseñable por esos mundos de soldados profesionales cuyas inquietudes se proyectan en la perfección de su propio oficio y no en tomar posesión del país con mando en plaza. La judicatura requiere de manera perentoria y urgente su propio Plan META, una modernización general corporativa -con el correspondiente e inevitable componente de jubilaciones anticipadas, forzosas y masivas- que ya debió acometerse hace treinta años y que está todavía pendiente. Y con ella -como también se hizo con el Ejército- la modernización de los órganos representativos del Poder Judicial, eso cae por su propio peso.

La modernización de la justicia depende, en primerísima instancia, de la modernización de las leyes procesales y de la modernización de la mentalidad de los jueces, en segundo lugar. Sólo entonces, podrá, en tercer lugar, acometerse la informatización y la digitalización de los juzgados y de la Administración de Justicia en general.

Alterar ese orden es perder el tiempo y dilapidar el dinero de los ciudadanos.

——————–

Que viene el Papa.

Sí, tras mucho marear la perdiz y después de que el Vaticano dijera que no iba a venir de ninguna manera, resulta que sí, que el Papa viene a inaugurar la Sagrada Familia. Antes o después -creo que antes- habrá ido a Compostela a ganar el jubileo o cosa así. Será este mes de noviembre, parece que, concretamente, el domingo 7 de noviembre. Atención, pues, los amigos de las apuestas, porras y otros juegos de azar: el domingo 7 de noviembre no habrá elecciones autonómicas en Catalunya.

En principio es una cuestión que no tendría por qué importarme. Es como si el presidente de la Asociación de Estudiosos de la Masturbación de las Ostras durante su Menstruación (AEMOM) viniera a Barcelona con motivo de la asamblea general de la entidad. Pues nada, que lo disfrute con salud y que sea usted feliz.

Pero resulta que si viene el señor este -el Papa, quiero decir-, para empezar, me va a costar una pasta. Ya puede decir el jefe de la horda local, el Sistach, que se lo van a montar baratito. Por baratito que se lo monten, el despliegue de autoridades (con su correspondiente séquito y coche oficial con chófer), el despliegue policial numeroso y con lo más y lo mejor del arsenal, y el encabronante cierre de media ciudad a beneficio de mil comitivas, desfiles, manifestaciones (de júbilo y de protesta) y demás happenings que son costumbre y mor en este tipo de acontecimientos, va costar un dineral. Un dineral público, ya se entiende, porque la corporación católica pagará, a lo sumo, la floristería, pero poca cosa más. Con la que está cayendo.

Y sin la que está cayendo. Es que hay cosas que no son tolerables.

La visita de cualquier dignatario tiene siempre un coste que hemos de asumir los ciudadanos. Y cuando digo hemos de asumir no me refiero solamente al trágala presupuestario sino que, en nuestro propio fuero, tenemos que aceptar la cosa como normal, justa y necesaria. Pero, cuando menos en Barcelona, las visitas de altos dignatarios tienen unos efectos económicos y unos transtornos ciudadanos bastante limitados, aunque puntualmente puedan parecer -o ser- exagerados (cualquiera que haya visto pasar la comitiva del Rey en una visita de incógnito, se habrá echado, tembloroso, la mano a la cartera); por lo tanto, si el viento sopla a dignatario, es mejor alejarse de puntos como la plaza de Sant Jaume, la plaza de Joan Carles I, los alrededores de la Catedral, la Via Laietana, la plaza de España y, por si las moscas, del paseo de Colom y de los alrededores del Puerto Viejo. Para mayor seguridad, mejor evitar el todo el sur de la Diagonal, si se puede. No es moco de pavo.

Pero si viene el Papa, no hay farol al que agarrarse en ninguna parte. Y menos si viene, como es el caso, con la explícita intención de acercarse por la Sagrada Familia, con lo que contamina también el norte de la Diagonal. Porque, aparte del gremio diocesano común, la banda del Opus echará el resto en el asunto y entonces experimentaremos en [doliente] carne propia ese curiosísimo fenómeno consistente en ver a centenares de miles de personas meando colonia al paso del señor metido en la urna blindada pero que son, según todas las evidencias, incapaces de poner el pie en una iglesia ni siquiera para un bautizo. A más de uno de los que se desgañitarán gritando lo de totus tuus y agitarán la banderita blanca y amarilla al paso del pontífice teutón, se le podrá ver pocos días después fumando cigarrilos a la puerta de una iglesia mientras se casa su cuñado (¡o su hermano!). Allá ellos con sus incongruencias, pero, claro, cuando les entra la efusión místico-espectacular, ocupan espacio público y transtornan la vida cotidiana que te cagas.

Por lo tanto, el domingo 7 de noviembre, la gente normal sólo podrá hacer una de dos cosas: o huir de la ciudad (mal rollo, porque hay que volver a ella precisamente ese día, que el lunes 8 es laborable) o encerrarse en casa debidamente aprovisionada de víveres, whisky y elementos de entretenimiento (que no sean la tele, que vendrá repleta con el asunto a rehuir) y cerrar herméticamente las escotillas.

De lo otro, de pagar la cuenta, no nos libraremos.

——————–

Más de una vez lo he dicho: tenemos el empresariado más cutre, salchichero, analfabeto y basto de toda Europa (y eso, viendo a los italianos, es mucho decir). La de ayer fue de órdago: nada menos que un contrato de esclavitud especial para jóvenes: temporal, sin prestación por desempleo, sin indemnización por despido, sin cotización a la Seguridad Social y salario mínimo… ¡o menos! No vi en qué parte ponía lo del cómitre y el látigo, pero seguro que debía andar por algún lado. Menudo hatajo de sinvergüenzas y de delincuentes, vaya banda, menuda mafia…

Pero es uno de los indicadores de la mentalidad de este país y de lo locos que nos estamos volviendo todos.

Mis lectores saben que tengo una opinión bastante pobre de la actual generación joven, a la que culpo, cuando menos en parte, de algunas de las cosas que le pasan. Ignacio Escolar lo expresó muy gráficamente: cambiaron el trabajo estable por una playesteichon; pues San Joderse cayó en tal día. Pero todo ello no hace menos cierto que es la generación más y mejor preparada, en su conjunto, de la Historia de España; qué menos: ajenos a todo lo que les rodea, indiferentes ante los cambios sociales, políticos y económicos, y hasta neocapitalistas y ultraliberales a no minoritario machamartillo, en la Universidad no les quedó nada mejor que hacer que estudiar. Pues bien, esta generación tan preparada es la generación del mileurismo, del trabajo precario, de más del 40 por 100 de paro juvenil y, en definitiva, la que va a verse en el triste cuadro de honor de ser la primera generación, de todas las que se recuerda, que va a empeorar de condiciones de vida en relación a la de sus padres. Todo un éxito. Yo creo que estos datos habrían de ser, en sí mismos, suficientes para meter en la cárcel a media CEOE, y no sé si me quedo corto, porque también habrían de ir a hacerles compañía algunos pájaros del PP y del PSOE que yo me sé. Pero el Código penal no está por la labor, por lo que, salvo convulsión político-social que lo remedie, vamos a tener que quedarnos con las ganas.

El trato que se está dando a los jóvenes en eso que se ha dado en llamar mercado de trabajo bordea el terrorismo, pero no sé por qué, al común de la gente le parece mucho más peligroso el terrorismo convencional (y eso a pesar de que éste ha sido reducido a cotas muy bajas) que el terrorismo social que se está practicando. Pues si el uno mata cuerpos con bombas, el otro mata ilusiones, mata familias antes de que nazcan (las aborta, mira…), mata proyectos vitales, y lo hace en masa en plan auténticamente genocida.

¿Qué futuro cree esta sociedad que le espera si trata así a su relevo? Tratados como han sido tratados -y con la desaprovisión de valores que ello conlleva- ¿cómo se espera que actúen los jóvenes cuando les llegue el momento de dirigir la sociedad? ¿Qué criterios sociales -por así llamarlos- imperarán dentro de veinte años? ¿Qué ideal de justicia y de progreso cabe esperar de quien ha crecido en una pesadilla? ¿Qué respeto hacia la condición humana va a tener quien ha sido tratado como una mierda casi desde niño?

Estamos viendo cómo nuestra sociedad envejece, nos están diciendo que va a ser muy difícil pagar las pensiones de los que hoy estamos trabajando (ese es otro cuento del que hablaremos otro día, pero es cierto: dicen eso) y resulta que al elemento social generador del relevo le estamos cerrando a piedra y lodo el acceso a los dos requisitos materiales imprescindibles para que ese relevo se genere: el trabajo y la vivienda.

Lo que está pasando es gravísimo. Cuando -crisis aparte- se está generando en este país más riqueza y más potencia económica de la que jamás había tenido, es cuando peor están viviendo amplias capas de la sociedad. Porque los jóvenes son el caso más escandaloso, pero la precariedad del trabajo, la indignidad de los sueldos y la carestía de la vivienda afectan a todo el mundo. La combinación -no casual- entre una ciudadanía completamente aborregada y entregada a un conformismo prácticamente gratuito y una minoría financiero-empresarial que está acumulando fortunas inmensas sólo lleva por el camino que conduce a la miseria, mientras todos caminamos por la senda de una mierda de Constitución cuyos mandatos son sistemáticamente burlados y conculcados, empezando la mofa y la befa desde las propias instancias gubernamentales.

Estamos ante una verdadera crisis de Sistema, porque un smple relevo de partidos no soluciona los problemas, de esto estamos ya al cabo de la calle. La reacción general es eso que ahora llaman amariconadamente desafección, que consiste en pasar del mambo y recluirse aún más en el propio individualismo cerril y sin sentido, cuando lo que debiera producirse es un movimiento de rebeldía cada vez más incisivo, franco y abierto.

Sólo hay tres vectores posibles para el futuro: o la refundación, o la revolución, o la involución. Estamos a tiempo, creo yo, para el primero. Pero el tiempo es corto, se agota. O reconducimos el Sistema a lo que verdaderamente quisimos darnos en los años 70 y 80 y que nos han robado alevosamente, o la miseria -social, moral… ¿quizá también económica?- nos llevara a cualquiera de los otros dos.

Y al trauma histórico subsiguiente.

——————–

Pues la mesa está servida, queridos lectores. Veremos que provee el futuro. La semana próxima pinta normal; la otra ya no tanto: el 18 y el 19 estaré en Asturias y ya anuncio desde ahora que, salvo un imprevisto -grato, en este caso- no habrá paella en esa tercera semana de marzo.

Pero ya digo que esto de las previsiones es un albur poco sujeto a cálculo. Lo mejor será esperar los acontecimientos y tomarlos tal como vienen. Mientras tanto, a ver si a partir de hoy normalizo un poco «El Incordio» y voy dándole algo de marcha.

Ahí nos vemos.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.
A %d blogueros les gusta esto: