Comunistas

De la serie: Pequeños bocaditos

La Alianza Internacional de la Propiedad Intelectual (IIPA), que agrupa, entre otros pájaros de cuenta, a entidades gestoras de derechos norteamericanas como la MPAA o la RIAA lanzó hace pocas fechas su lista Special 301, que incluye habitualmente cosas como productos falsificados o historias de patentes posiblemente -o quien sabe- trapicheadas (una de sus obsesiones es considerar a los genéricos como una suerte de robo) y que, en definitiva, suele usarse para coaccionar a los gobiernos considerados poco proclives a servir a los intereses de esa pandilla.

La última de estos graciosos ha sido incluir una referencia al software libre como un factor de erosión de la industria y de considerar como «favorecedores de la piratería» a los países que lo promueven (que, incidentalmente, van siendo unos cuantos). La verdad es que la desfachatez y el cinismo que gastan estos tíos es de récord olímpico.

No es la primera vez que nos enfrentamos a algo así. Recordemos que, ya hace algunos años, desde Micro$oft se acusó de práctica comunista y antiamericana el desarrollo de software libre.

Lo cierto es que el software libre ha constituido un muy potente impacto bajo la línea de flotación del apropiacionismo informático, porque se ha constituido en un competidor contra el que resulta muy difícil combatir.

En primer lugar, porque el software libre, como tal, no se vende. Esta característica ya fue denunciada como una práctica anticompetitiva y, por tanto, ilegal. Pero la denuncia decayó inmediatamente al no poder atribuirse a nadie en concreto esa práctica («¿Qué empresa dice usted que hace eso?», cuentan que preguntó el juez).

En segundo lugar, porque el software libre se desarrolla e integra en proyectos comunitarios, e incluso el que producen las empresas suele integrarse a su vez en esos proyectos de la comunidad.

En tercer lugar, porque el software libre tiene frecuentemente una calidad mayor que su equivalente apropiativo.

En cuarto lugar, porque tiene una capacidad de actualización y de parcheo de bugs y vulnerabilidades mucho mayor y muchísimo más frecuente que su equivalente apropiativo.

Hace años leía en una novela -no recuerdo cual; tampoco iba más allá, un vulgar best seller de los que uso para entretener las abluciones matutinas- cómo los miembros de la Guardia Nacional Aérea norteamericana se enorgullecían de la seguridad de sus aparatos, mucho mayor que la de los de la Fuerza Aérea, porque estaban mantenidos por gente que disfrutaba jugando con ellos y que hacía por hobby lo que otros habían de hacer para ganarse la vida. Principio totalmente aplicable, por demás, al software libre: aunque ahora ya es objeto de una importante proporción de aportaciones de origen empresarial, todavía muchísimo código que se produce o se optimiza, está hecho por gente que no tiene otra motivación que disfrutar haciéndolo. Tampoco, imagino, es motivación menor hacerles la puñeta a empresas tan sumamente antipáticas como Micro$oft o AutoDe$k.

Pero hay algo peor aún para los malos, y es algo que no ha sido todavía lo suficientemente glosado, porque el software libre se ha cargado limpiamente un paradigma económico, aquel que sostenía que sólo el afán de lucro, la apetencia de beneficios, es capaz de generar productos competitivos. Quizá será por eso que los piratas intelectuales (los de verdad, los que se apropian del conocimiento que pertenece a la Humanidad) lo consideran comunista. En un mundo en que todo se está empresarializando, lo que huye de la tendencia es considerado revolucionario.

Lo cierto es que, por otra parte, poco comunista ha de parecer una tipología de desarrollo de software que ha sido adoptada por corporaciones tan poco sospechosas de veleidades sovietizantes como IBM o Google, por indicar solamente a las dos más características y poco comunistas habríamos de resultar los que hemos dedicado una parte importante de nuestro esfuerzo activista a que el software libre sea -sin perjuicio de otras cosas bellas y altruistas- un producto comercial, un eje que vectorice relaciones proveedor-cliente, un factor empresarial y una opción clara y bien dibujada que el empresario puede adoptar o, cuando menos, considerar, como productor o como consumidor de servicios digitales.

Lo divertido, además, es que el software libre es una amenaza que les impide acerrojar en serio los productos apropiativos. Hace pocos días supimos de un estudio de arquitectos gallegos que ha sido obligado a depositar una fianza de más de un cuarto de millón de euros, que es el montante indemnizatorio que exige la BSA por haber pirateado software. Cabe recordar que en el caso del software, piratería no consiste solamente en vender copias ilegales del mismo sino el simple uso cuando este se haga en un entorno profesional o comercial. Aunque AutoCAD (que me imagino que es el programa que ha motivado la historia) todavía no tiene un verdadero igual en software libre (al menos en 3D, en 2D parece que ya sí) y, por tanto, AutoDesk puede perseguir, de momento, impunemente, a quienes pirateen sus programas, lo cierto es que otras empresas o profesionales que usan programas apropiativos pirateados que sí tienen equivalente (y, frecuentemente, un equivalente ventajoso) en software libre, estarán considerando la posibilidad de eludir riesgos utilizando programas libres. Esta es una de las cosas que cabrea al apropiacionismo: sus embestidas, en vez de tener efectos ejemplarizantes, tiene efectos adversos; la potencial clientela no sólo no se convierte en clientela efectiva pagando a tocateja sino que, encima, se pasa al enemigo.

Por eso quieren cepillarse como sea al software libre, porque mientras esté ahí, constituyendo una alternativa sólida, su expansión monopolística queda estancada. Y ojo, porque esa liberación de hecho del software apropiativo también constituye un problema para el software libre. De la misma manera que mientras las descargas de música y cine sean de hecho libres -por más que la ley diga misa cantada, si es que la dice o la llega a decir- la música copyleft lo tiene bastante crudo, porque le resulta muy difícil competir con los circuitos comerciales, el software libre difícilmente progresará más allá de grandes y medianas empresas que funcionan con criterios muy diferentes al del puro y simple consumo, mientras cualquier imbécil pueda hacerse en cinco minutos con un Window$ o un M$ Office o un Photoshop piratas y pueda utilizarlo en la más absoluta impunidad.

Mientras el software libre este ahí, las empresas apropiativas están condenadas a regalar su software al usuario doméstico y al pequeño empresario; pero mientras las empresas apropiativas regalen de hecho su software al usuario doméstico y al pequeño empresario, el software libre no accederá a ambos sectores. La pereza intelectual es el peor enemigo que tiene el software libre para su implantación en los hogares, peor aún que la corrupción política que permite a Micro$oft la omnipresencia en administraciones públicas y centros educativos.

El círculo vicioso, sin embargo, guarda un equilibrio inestable que sin duda acabará rompiéndose. Tarde o temprano, o bien el software libre acabará teniendo suficiente atractivo -en el sentido incluso lúdico de la palabra- como para entrar en los hogares y en la pequeña empresa aún a pesar de la gratuidad fáctica del software apropiativo, o bien éste, hará derecho de su situación de hecho, se inventará algún tipo de licencia de libre uso (que nunca querrá decir licencia libre) y competirá con el software libre en su propio modelo: en el negocio de los servicios. El de momento discutido modelo de software y servicios in the cloud parece ir por ese lado, pero aún queda mucho por ver.

Pero, pase lo que pase al final, el fenómeno del software libre como producto comunitario y desinteresado de calidad habitualmente muchísimo mayor que su equivalente apropiativo permite pensar que muchas otras cosas buenas e interesantes que siempre se han por inviables si el dinero no corría a ponerlas en marcha, son, a la postre, posibles. Y si eso a los ladrones les parece comunista, pues comunista, me da igual, me lo pongo por montera.

Y cuanto más se jodan, más gusto me darán.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 05/03/2010 at .

    Te extiendo la noticia de los arquitectos ¿gallegos?. Es verdad que en el campo de la arquitectura somos auténticamente cautivos del software comercial, que a mayores, sólo funciona sobre sistemas operativos comerciales. Estás centrándote en AutoCAD, concepto de dibujo puro, cuando en el campo de la construcción y el diseño nos movemos hacia el concepto de integración de modelos geométricos tridimensionales del edificio con bases de datos, conocido como BIM. De eso, en software libre, nada de nada.
    Ahora bien, estos señores tenían treinta y tantos ordenadores en su estudio. No es el caso del típico arquitecto autónomo con un par de delineantes y otro par de arquitectos colaboradores que malamente subsisten como para pagar 5000 € por licencia de un programa de CAD. Estos señores se han largado impresionantes proyectos en Dubai, en Marruecos, hacen los chalets de los calzoncilleros del Madrid y de media Moraleja, y sinceramente, si te haces rico con la arquitectura nadie te exime de cotizar religiosamente por las herramientas que utilizas. Si no fuera por ellas, difícilmente te podrías hacer rico. Eso sí, después el pájaro nos aparece en televisión regalándole un piso a un exdrogata en el programa de estreno de un conocido reality (y vaya por Dios, que ya he dado pistas de quién es el fenómeno).
    En fin, eso, que aunque estoy completamente de acuerdo con la filosofía aquí expuesta y que además me considero un cautivo de los recovecos a donde no llega el software libre, el ejemplo que has puesto me temo que no es especialmente edificante para el fin propuesto.

    Unha aperta.

  • Rogelio Carballo  On 05/03/2010 at .

    Necesitaba añadir esto…. imagínate si tratan así a sus herramientas, en este país con los empresarios que tenemos ¿cómo crees que tratan a los que allí trabajan? Imagine, just imagine…..

  • Javier Cuchí  On 05/03/2010 at .

    Querido Rogelio: no he intentado defender -para nada- al estudio arquitectónico en cuestión. En absoluto. Me parece muy bien que le sienten la mano económica y, en su caso, penal. De hecho, cuanto más le sienten la mano, más pánico generará entre usuarios de software pirata y más se facilitará su transición al software libre. Esto último constituye el verdadero mensaje de la cuestión.

    Sobre tu segundo comentario, bueno, pues eso: que tienes toda la razón.

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