Papel mojado

De la serie: Correo ordinario

Hace cosa de una semana, un programa de bastante audiencia de TV3, «30 minuts», ofreció un reportaje sobre la crisis de la prensa escrita y sobre el trasvase de su negocio a Internet. El reportaje cabalgó sobre dos premisas que, a la postre, resultaron conclusiones: que la crisis de la prensa escrita es severa (los distribuidores y los vendedores la cifraban en más de un 40 por 100 en los últimos cinco años) y que la única salida para la prensa escrita es Internet, sin otra posible alternativa, pero con un problema: encontrar un modelo de negocio rentable.

Este programa y otro de TVE (que no acerté a ver) que, al parecer, iba en parecido o idéntico sentido, han cabreado a los editores de medios de prensa escrita, que han acusado a ambas cadenas de ofrecer datos sesgados, de sesgar también las entrevistas con directores y periodistas de renombre y, en definitiva, de deslealtad corporativa agravada por el hecho de tratarse de cadenas públicas.

La verdad es que la protesta de los editores de prensa escrita me recuerdan a la $GAE y similares cuando, envueltos en polémica por alguna de las suyas, acuden indefectiblemente al socorrido «esto está fuera de contexto» tan pronto se ven dialécticamente acorralados.

Dicen los de los medios de árboles muertos que las cifras de los distribuidores y de los vededores son una barbaridad, y que el sector no está ni mucho menos tan alicaído y que incluso ofrece repuntes. Yo no tengo medios para contrastar las cifras de los editores pero, evidentemente, tengo mis propias percepciones. Y estas percepciones son que cada vez se ve a menos gente con periódicos de pago por la calle (los gratuitos son otra -relativa- cosa) y que cada vez -y esto sí que es muy notorio- cierran más kioskos que, además, no consiguen traspasarse; y los que sobreviven, aguantan a base de diversificación y de convertirse en tabaquerías o en tenderetes de chuches. Eran especialmente ilustrativas las declaraciones del kioskero de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (creo que se llama ahora) de la Universidad Autónma de Barcelona. Y si en esa facultad la venta de periódicos se desploma…

Por otro lado, el descenso de calidad de la prensa escrita es también notorio. Hay días en que la única diferencia entre los periódicos nacionales es su maquetación y el editorial; lo demás, incluyendo las brutalidades ortográficas y gramaticales, es exactamente igual. Y esto es porque los periodistas (sigámosles llamándoles así como concesión cada vez más graciosa) ya no hacen la calle, sino que se limitan a los despachos de agencia y, no pocas veces, a plagiar -y no pocas veces, mal- bitácoras no profesionales.

Pero además (y eso no lo dice nadie en los medios convencionales) hay una situación de irritación generalizada de los ciudadanos hacia los medios de comunicación: entre otros perjuicios para los editores, Internet ha dejado con el culo al aire la manipulación mediática; gracias a la inmensa conversación entre ciudadanos, nos enteramos no sólo de los que la prensa dice sino, sobre todo, de lo que la prensa calla. Y hemos descubierto que la prensa está conchabada con el sistema, hemos sabido que hay consignas de que tal cosa no se toca o se toca de tal manera concreta y, en fin, hemos constatado que entre el poder y los medios habían rodado la película con su propio guión y la gente, los ciudadanos, estábamos ahí a verlas venir, con un palmo de narices y sin saberlo. Lo primero que se ha derrumbado de la prensa escrita (y en esa cuestión no cabe hablar de 6 por 100 o de 40 por 100: simplemente, se ha derrumbado) es la credibilidad. Los que seguimos leyendo el periódico -bien en red, bien en papel, como tributo a un desayuno tranquilo- indefectiblemente acabamos buscando confirmación en la red, confirmación que, huelga decirlo, muchas veces no sólo no se produce sino que, con mayor frecuencia a cada día que pasa, se constata lo contrario. Frecuentemente, ni siquiera hace falta ir a Internet para oler a quemado: la entrega incondicional a determinados intereses de la práctica totalidad de los medios hace que ya no la interpretación, sino la narración misma de unos determinados acontecimientos, los exponga de forma completamente inversa. La necesaria conclusión es que, mucho o poco, de un modo u otro, todos mienten, todos tergiversan. Y es palmariamente así.

En el reportaje de TV3, Juan Luis Cebrián no escondía la desvergüenza describiendo a las claras la manipulación, quejándose de que en Internet es el lector, el ciudadano, el que establece la categoría de la noticia mientras que en la prensa escrita lo es el medio con sus titulares y sus portadas, insistiendo en que así debía ser, en que debía ser el medio el que le dijera al ciudadano qué es lo importante y qué no, y qué acontecimiento prevalece sobre qué otros. Pero es que así, tan tranquilo: estaba pintando la manipulación y el timo -en términos informativos- como lo más normal y lo más deseable del mundo. Joder, como para abrir «El País»… Aunque, claro, TV3 habría divulgado las opiniones de Cebrián de forma sesgada (o fuera de contexto; vamos, que la pista está en malas condiciones y los jabalíes han comido porquerías). Ya.

En otros medios, el servicio al poder es más diáfano aún: la desfachatez con la que «El Periódico», por ejemplo, sostiene la insostenible gestión de Hereu al frente del achuntamén y le jalea ideas tan peregrinas como la olimpiada de invierno llega a un punto que va más allá de la indignación y llega a lo simplemente hilarante.

Luego está el tema de la gratuidad. La elaboración de una noticia -dicen- cuesta dinero. Bueno, a la vista de lo poco que pagan a los periodistas y a la vista del resultado (noticias sin documentar, afirmaciones sin contrastar, disparates y/o exageraciones en el ámbito científico o tecnológico…) las noticias no aparentan tanta carestía y parecen más bien obtenidas en un todo a cien. Pero cualquier pretexto es bueno para intentar obtener dinero, aunque no sea a costa de mérito propio. La rechifla de pedirle dinero a Google por los enlaces a las noticias de los medios, pero sin desactivar -que es facilísimo- el acceso de Google a estas noticias, es proverbial.

Les ocurre a los medios, además, un fenómeno que ya hemos visto un par de entradas atrás en esta misma bitácora. Decíamos que mientras exista el software libre, las empresas de software apropiativo se verán virtualmente obligadas a regalar su producto a los hogares y pequeñas empresas, porque cualquier intento de perseguir seriamente ese uso sin licencia podría suponer un desmoronamiento de su cuota de mercado. A la prensa le pasa igual: no saben cómo monetizar su presencia en Internet (lo intentó «El País» por el método tradicional de pago por contenidos y tuvo que envainársela) pero no pueden dejar de estar en Red, porque la ausencia sería peor que su presencia gratuita; sin embargo, esa presencia en Red no contribuye, sino al contrario, a mejorar las cifras de ventas de papel. Un pez que no sólo se muerde la cola sino que, con ello, va devorándose a sí mismo cada día un poco más.

¿Desaparecerá la prensa convencional? Yo creo que sí, y lo creo precisamente porque es convencional y, por ello, carente de las adecuadas condiciones de flexibilidad, de asequibilidad y de inmediatez para sobrevivir en un medio completamente diferente de aquel en el que se ha movido siempre. Incluso aquello medios que se adapten y sobrevivan en Internet lo harán no sin un gran esfuerzo pero, en todo caso, perderán gran parte del ascendiente (o todo el ascendiente) que tuvieron en la época pre-Internet. Lanzar un medio profesional en red no es barato, es un proyecto empresarial con todas las de la ley, pero está al alcance de muchos más de lo que estaba antes. Siendo la inversión menor, también serán menores los ingresos necesarios para sobrevivir, de forma que les rsultará mucho más fácil encontrar ese ansiado modelo de negocio. Pero me interesa recalcar que primero será el cambio de la morfología del medio y después el hallazgo del negocio y no al revés. Los que piensen que el camino se anda en sentido contrario, se alejan de la supervivencia y se acercan al precipicio final.

Queda, además, la competencia no profesional. En materias específicas, la guerra, desde luego la tienen perdida. Ningún medio, ni en papel ni digital, me ofrece la garantía de calidad de la información tecnológica que me ofrecen Enrique Dans o Microsiervos, por poner a primus inter multos. Es evidente que los medios podrán contratarlos -ya lo hacen, de hecho y la prueba son los dos casos citados- pero tendrán que respetar escrupulosamente la independencia de estos autores porque las posibilidades de contraste son infinitas y, a la menor sospecha, se caerán los autores y el medio que los ha manipulado u obligado a torcerse de su rectitud divulgativa.

En el ámbito de la opinión, Internet está llena de excelentes contenidos, a cargo, en la mayoría de los casos, de aficionados, pero unos aficionados que, aparte de su calidad -que está claro que la prensa nunca supo ver-, nos merecen fiabilidad, una fiabilidad absolutamente ajena a los colaboradores habituales de la prensa convencional que, salvo escasísimas excepciones, de aquellas que se cuentan con los dedos de la oreja, son un hatajo de pinchaúvas, de falsarios y de manipuladores.

No, no exageró TV3 y, en la medida en que indignó a los editores de prensa por la misma razón, tampoco debió hacerlo TVE. Probablemente incluso se quedaron cortos en los vaticinios, vaticinios que, aún huyendo del determinismo, son más que evidentes sin necesidad de una bola de cristal. Por eso los medios pugnan por cargarse Internet y por eso se apuntan ciegamente a todo lo que la denigra. Pero ya hay demasiada gente en Red como para que nos traguemos sus historias macabras -y falsarias- de pirateos sin cuento, crackers a mares y pederastia sin fin. Por cierto: muy pocas veces hablan, en cambio, de las páginas de promoción de la anorexia en red, que sí que existe y que sí nos trae preocupados a los padres, mira por dónde. ¿Será que hay algún sector interesado -tengo textiles sospechas- en que ese asunto no se menee demasiado?

Nos ha tocado vivir una revolución en la que se derrumban muchas cosas cuyo peligro no hace ni diez años nos hubiera parecido inaudito: la prensa de papel, posiblemente los libros, la televisión (en su forma clásica)… ¿La ciudadanía también? ¡Ah, esta sí que es la gran pregunta y no hay una clara bola de cristal para responderla! La ciudadanía, está claro, tiene una gran oportunidad, una oportunidad de dimensiones históricas, dicho sea sin caer en pajinismos, que aún está por ver si va a aprovechar o no. Pero la oportunidad y los medios están ahí.

Nos esperan tiempos apasionantes, esto está claro. Lo que queda por ver es si la pasión que suscitarán será de alegría o bien de tristeza o de indignación.

Si será una oportunidad ganada o perdida.

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Comentarios

  • lamastelle-tebeoadicto  On 08/03/2010 at .

    Vaya, vaya, asi que citando a Obelix… 😉

  • Jordi  On 08/03/2010 at .

    Hoy estás que te sales, company.

  • pululante  On 10/03/2010 at .

    Buen artículo, como de costumbre (aunque le tenía abandonado últimamente).

    Tengo la teoría de que el periodismo en España murió cuando se creó la Licenciatura en Periodismo. Los “periodistas” que hay ahora son lamentables, como bien dices. Copia-pega sin citar fuentes, no contrastan las noticias, faltas ortográficas y gramáticales, y no te pongas a analizar sus números y estadísticas.

    Dan pena, y mucho más en comparación con unas cuantas bitácoras que destilan gran calidad y rigor.

  • Ryouga  On 11/03/2010 at .

    Estupenda entrada por cosas asi soy adicto a su bitácora!

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