Sangre, estatut y polvo

De la serie: Los jueves, paella

Sanguinario -lo dice el mismo- el artículo de Pepe Cervera en su «Perogrullo» en el que sugiere que la única esperanza -pequeña, livianza esperanza- que tienen los medios ante lo que supone para ellos Internet es el derramamiento de sangre de redactor jefe. De redactor jefe de los que no se enteran, que parece que abundan.

Cavilo que en el mundo de la empresa habría que hacer lo mismo. Bajaba hoy paseando hacia el trabajo y me andaba planteando si Internet iba a hundir a la poderosísima industria norteamericana del ocio, ya sabéis, Hollywood y todo eso. Y me decía que no. Que del mismo modo que el tinglado -distinto, claro, en su respectiva época- sobrevivió potenciado a aquellos horrores que iban a hundirlo, el fonógrafo, primero, la radio y la televisión, después, y la cassette hace, como quien dice, cuatro días, no morirá con Internet, sino que se verá relanzado por la red tan pronto se integre en la revolución que esta supone. Claro que, como en toda revolución -y siguiendo el muy acertado hilo de Pepe Cervera-, habrá que hacer correr la sangre y las majors verán amanecer cuando sus bobalicones accionistas se despierten y defenestren a los botarates incompetentes que tienen ahora dirigiendo las empresas, cuando sean éstos sustituidos por directivos modernos, nacidos ya en la red y para quienes Cluetrain no sea un motivo de sarcasmo (he visto ese sarcasmo con mis propios ojos) sino algo muy serio, que den un puntapié a los abogados persecutores de piratas y pongan la tabla de surf de su negocio sobre la inmensa ola que está generando esa presunta piratería.

También en las administraciones públicas. Donde yo trabajo, nos han puesto a gestionar expedientes de subvención (cosa para la que no tenemos en absoluto estructura) y contemplo con horror montañas de eso, de expedientes barrigudos y rebosantes de papel y -agarrarse, porque es rigurosamente auténtico- de interventores delegados que los echan para atrás porque en la memoria que exije la normativa de subvención no llevan la firma manuscrita del representante ni el tamponazo -sí, sí, el castañazo sobre el papel con un cuño de goma entintado- con el logo y razón de la empresa. Catalunya 2010: tal como suena. Estoy por pedir a los de salud laboral que me proporcionen una visera y unos manguitos para poder gestionar la cosa con los medios tecnológicos adecuados. ¡Ah! Y la inherente bombilla de 40 watios.

Estoy leyendo el libro de Enrique Dans. No me dice nada nuevo, pero esto no es una crítica negativa, simplemente es que hace muchos años que leo su bitácora y, lógicamente, escribe para un colectivo mucho más amplio que el de sus avisados lectores habituales en red. Ojalá consiga esa atención -parece que sí, que la está consiguiendo- porque, aunque no me diga nada nuevo a mí (y a muchos otros), a mucha otra gente le va a parecer inaudito lo que dice y es necesario que esa gente lea esas cosas inauditas de la pluma de un señor que siempre va de americana y corbata y que es un profesor ilustrísimo de una no menos ilustrísima escuela de negocios. Eso sí: me ha hecho reflexionar. Me ha hecho reflexionar sobre la cantidad de inútiles revestidos de plumas y oropeles que se han quedado en el siglo XX (y no todos en su final), que aún van por el mundo como un oraculón, predicando lo que es y lo que no es, aquellos viejos recuerdascuando, que describía Tom Wolfe, aquellos viejos cabrones amargados -sigo con Wolfe literalmente- que -ahora lo parafraseo- siguen creyendo que en el viejo modelo está la esencia de la cosa, y en cuánta mierda se está tragando tantísima gente gracias a estos genios de la lámpara incapaces de encontrar la puerta de salida del retrete en el que están cagando.

Puestos a parafrasear, vamos a tener miras bien altas y acudir a Shakespeare: «Gritarás ¡innovación! y pedirás que te la escriban a máquina».

Deprimente. Sencillamente deprimente.

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Creo que ya he hablado de eso (hace tantos días que no cocinaba que ya no recuerdo si un determinado ingrediente formó o no parte de una paella en un momento dado). Pero aunque haya hablado de ello, el tema requiere insistencia, al menos por la insistencia mediática sobre el mismo. Me refiero al sainete que está protagonizando el Tribunal Constitucional con el tema del estatut de Catalunya.

Hoy, su presidenta clamaba por lo que ella ve -o dice ver- como una especie de linchamiento o algo así, me ha parecido entender. Y yo alucino. ¿Cómo puede esta señora tener el valor de salir a la palestra y quejarse de que el organismo que ella preside -con más que dudosa eficacia, por cierto- sea la rechifla de este país? ¿Es consciente esa señora de que cualquiera que sea el sentido de la sentencia -que ya no importa en absoluto, para el caso- el prestigio del Tribunal Constitucional puede pagarse con calderilla, que ha quedado a la perfecta altura del betún? ¿Es consciente su señoría de que la sentencia que dicte su ínclito colectivo va a ser simplemente obedecida por fuerza e imperio de las metralletas de la Guardia Civil -que es la razón última de todo derecho, que se dejen de historias- pero que no va a ser -ni por unos ni por otros, ni por tirios ni por troyanos- respetada ni acatada y que sí, en cambio, va a ser objeto de mofa y de vilipendio? ¿Cómo se atreve, en estas condiciones, a exigir respeto y trato serio para esa corporación caduca -y en muchos de sus miembros, caducada- y mediatizada por todos los partidos políticos?

Este estatut fue un despropósito desde su mismo principio. No sé quien dictó la urgente imperiosidad de su existencia, de la reforma del anterior; Maragall dio la cara, pero a saber quién lo apretaría: hay sospechosos. Lo que sí es cierto (y lo sabe todo el que salga a la calle cada día) es que la reforma estatutaria estaba muy, muy, pero que muy lejos de ser una necesidad sentida (mucho menos aún proclamada y exigida) por los ciudadanos de Catalunya, para los que el anterior aún tenía cuerda. Había, sí, una necesidad de mejora de la financiación catalana, pero para llegar a ella no hacía falta una reforma estatutaria; de hecho, la financiación actual -buena o mala, eso ya lo hablaremos otro día- se consagra en una ley que no se verá afectada por la suerte del estatut.

Siguió siendo un despropósito su tramitación: su innecesaria reivindicación nacionalista, su absurdo tijeretazo en Madrid a cargo de Guerra (pero después de que Zap, mintiendo descaradamente de nuevo, asegurara que apoyaría el estatut que saliera del Parlamento catalán).

Continuó el despropósito con un referendum en el que se abstuvo prácticamente la mitad del censo (pero que formalmente fue válido, claro).

Se prolongó el despropósito con una impugnación constitucional por parte de un PP que estaba votando -en otras regiones- a favor de normas estatutarias calcadas casi literalmente (o sin el casi) del estatuto catalán (y específicamente impugnadas en el recurso).

Y se eternizó el despropósito con el numerito de circo del Tribunal Constitucional que ha perdido para siempre el respeto de los españoles y que no lo recuperará -y aún así lo hará con gran trabajo- hasta que el nombramiento de sus jueces venga de la meritocracia profesional y no del pasteleo de los partidos y de sus repartos de poltronas.

¿Y ahora, qué?

Ahora los partidos catalanes que cometieron el despropósito convocarán grandes manifestaciones (ya veremos cuánto de grandes) para enjuagar a grito pelado la ofensa a la patria irredenta; una ofensa a la que no se hubiese llegado si ellos mismos no se hubiesen puesto a hacer el gilipollas. Sin embargo, sus lágrimas de cocodrilo sí que podrían lograr esta vez que la población se movilizase. Pero que no se engañe nadie: la población no se movilizaría por un estatut que jamás le ha importado una mierda, sino por la tomadura de pelo a que hemos sido sometidos entre políticos, parlamentos y tribunales presuntamente constitucionales. No por el huebo sino por por el fuero.

Si montan grandes movilizaciones, que piensen los politicastros -y que lo tengan muy claro- que la gente no acudirá por hacerles el caldo gordo sino para quejarse de un agravio del que ellos mismos son partícipes de primera fila.

En lo demás, está más que claro que en la Asociación de Internautas hemos hecho santamente pasando de Tribunal Constitucional y yendo directamente al Tribunal de la Unión Europea en el asunto «Putasgae». Cualquiera se fía de estos de aquí.

Quod erat demostrandum.

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El domingo 18, sufrí mi parte alícuota de contrariedad aérea: tenía que embarcar hacia Asturias a las 16:15 pero los aeropuertos -los dos: el de salida, Barcelona, y el de llegada, Asturias- fueron cerrados y mi vuelo, obviamente, cancelado. Pude salvar los muebles -no la cartera de la AI- haciéndome con un billete de tren a uña de caballo, aunque en «Gran Clase», que eran los únicos que quedaban (quizá el único, porque cinco minutos después, el tren estaba completo). En la AI nunca estuvo el horno para tan suntuosos bollos, pero una urgencia es una urgencia. Por otra parte, también lo digo: esto de la «Gran Clase» está muy bien -teóricamente: los compartimentos son absolutamente angostos, claustrofóbicos y deprimentes- pero no sirve de gran cosa cuando el tendido es una perfecta mierda que hace que estés en la cama como metido en una coctelera. Total: una noche toledana dando tumbos, sin poder pegar ojo. Quizá gracias a no pegar ojo pude librarme de dar con mis dientes en el suelo como consecuencia de una frenada que no me tiró de la cama porque pude sujetarme. Llego a estar dormido y me doy el gran hostiazo. La única ventaja es que te puedes duchar; en una ducha más estrecha que el culo de un grillo, pero duchar, que ya es mucho.

Pero quería hablar precisamente de aviones, no de trenes. O sea que la nube volcánica se nos comía crudos, como quien dice, y, de pronto, la nube volcánica como el finado Fernández, que de él nunca más se supo. Me esperaba -me temía- las exageraciones de esa pandilla que nos gobierna: como la nube llegue a Perpiñán -le decía a mi mujer- estos tíos te cierran hasta el aeropuerto de Melilla. Y así fue: ni corto ni perezoso cerraron todo el norte de España al tráfico aeronáutico, comprendidos Logroño y Pamplona; parece -porque no dijeron nada- que Zaragoza se salvó.

Gorda tuvo que ser la bronca de las compañías aéreas -no sólo a nivel español, además- que, de pronto, pasó el peligro. Alguien debió taponar el volcán dichoso porque incluso los medios de comunicación dejaron de hablar del tema de forma súbita y con ya nada sorprendente unanimidad.

¿Otro síndrome de la gripe tocina? Ya podría ser. Lo que pasa es que mientras que con lo de la gripe tocina vimos venir claramente el negociazo que la OMS propició a beneficio de la industria farmacéutica (grandes cestas de Navidad -entre otras cosas ricas- debieron llegar a casa de unos cuantos en su momento), no alcanzo a ver qué beneficio pudo reportar la pazguatez más grande de la historia aeronáutica a nadie: ruinoso para las compañías, ruinoso para los usuarios, ruinoso para los aeropuertos… ¿quién se benefició con la estupidez de los políticos europeos? Nadie, aparentemente.

Muchas compañías (Lauda Air, entre ellas) hicieron vuelos de prueba en la mismísima nube y no se detectaron daños en los aviones ni peligro alguno en la navegación. Y a medida que avanzan los días hemos ido sabiendo que a poco más de mil kilómetros de distancia de su origen, la nube no revestía ya peligro alguno.

Ahora, claro está, los perjudicados preparan sus demandas de indemnización. Los daños causados a diversos y muy variados ámbitos de negocio (compañías aéreas, agencias de viajes, cadenas hoteleras, montones y montones de eventos empresariales, espectáculos… hasta el calzoncillismo barcelonés podría reclamar daños y perjuicios por la panadera que le atizaron y cuyas consecuencias acaban de consumarse hace pocos minutos) pueden llegar a valorarse en verdaderas millonadas, que, huelga decirlo, se pagarán a costa del bolsillo de los ciudadanos. Con la que nos está cayendo a todos.

Y es que cuando estos pisacharcos se ponen a velar por nuestra seguridad y por nuestra salud, es cosa de ir sacando el revólver y de morir matando.

Qué barbaridad de gentuza, coño…

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Bueno, pues iba a decir que con esta paella «El Incordio» vuelve nuevamente a la normalidad, pero no lo digo porque cada vez que lo digo se rompe algo, así que déjame tocar madera y tomemos el arroz tal como viene y que no falte.

En su virtud, el próximo jueves paellero será el 5 de mayo -sí, el del mes que nos ha jodido con sus flores- y aquí estaremos -toco madera de nuevo- para expresar ampliamente los cagamentos de ritual.

Que a eso venimos. ¿O no?

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 29/04/2010 at .

    A a eso venimos. Sí. Welcome back!

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