Monthly Archives: mayo 2010

Poder «esgaesco»

De la serie: Correo ordinario

Hace ya días que vengo conteniéndome con el asunto de la ya muy conocida sentencia del Tribunal Supremo en el caso Quejasonline.com, hasta que anoche vi una entrada del Defensor del Internauta en la página de la AI al respecto.

Vaya por delante -esto es esencial- que Quejasonline.com cuenta con todos mis parabienes por este éxito y que éste no despierta en mí la menor envidia destructiva en su comparación con nuestro «caso putaSGAE». A ellos les ha ido mucho mejor que a nosotros y no siento sino alegría por que se hayan librado de este marrón.

Pero, claro, aquí hay cosas que no cuadran. Resulta que la cuestión es esencialmente la misma en ambos casos; pero mientras que a Quejasonline.com se le concede el beneficio de la duda en la interpretación de su presunta obligación (o no) de conocer la ilegalidad de los hechos de terceros por los cuales son imputados y a la Asociación de Internautas, no. Ni siquiera operó en nuestro favor el hecho de que algunas de las supuestas injurias alojadas en nuestros servidores viniera reproducida en un periódico («La Nueva España») que ni antes ni después del largo procedimiento con la la AI fue molestado por sus expresiones, como así se reconoció no sé si en una o en dos sentencias. Para más descuadraturas -que hay varias- me remito al enlace a la página de la AI del primer párrafo.

Así las cosas, es inevitable pensar que en España la Justicia hace trajes a medida. Las dos sentencias contrarias en primera instancia y en Audiencia, nos sentaron mal, evidentemente, pero las tomamos como el resultado de la ignorancia digital y de los prejuicios técnico-legales de los jueces locales, intelectualmente incapaces de asumir los efectos de una normativa que no les cuadra y más no habiendo sido producida en España, empecinados, en cambio, en aplicar a toda costa la tradicional -y a estos efectos obsoleta- normativa de prensa e imprenta, que va la mar de bien para los acróbatas del alguien -no importa quién sea- tiene que pagar. Hace cosa de un par de años, tuvimos la confirmación de que nuestra idea estaba en el buen camino cuando el fiscal del Tribunal Supremo solicitó en un informe que se elevara al Tribunal de Justicia de la UE la interpretación de la directiva que subyace en el fondo de la cuestión (algo parecido a lo que se ha hecho en la Audiencia Provincial de Barcelona en el «caso Traxtore», con tan satisfactorio resultado). Pero, de pronto (y sin que sepamos por qué, aunque la imaginación es libre), donde dije digo digo Diego y el buen rumbo que, por fin, parecía que tomaba la cuestión se torció y la cosa llegó a la sentencia ya por todos conocida que se dictó inmediatamente antes de las semanas navideñas. Sospechoso hasta erizar los mismísimos pelos del culo.

La falta de coherencia en las sentencias de dos casos similares es el efecto más destructivo que pueda imaginarse para la seguridad jurídica de un país. Si con la sentencia del «caso putaSGAE», los proveedores de servicios pudieron alarmarse, y mucho, ante la responsabilidad que esa sentencia podía echarles encima, la sentencia del «caso Quejasonline» los sumirá, con toda probabilidad, en el más negro desconcierto. Porque, sencillamente, deja de haber reglas y ese «Dodge, ciudad sin ley» que tanto les gusta algunos atribuir a Internet, se tralada a la vida jurídica y legal española: el problema ya no es que tus clientes insulten o digan o hagan trapazadas usando los servicios que pones a su disposición; el problema, según todos los indicios, reside en quién es la víctima del insulto o de la trapazada. Si es una mutua aseguradora, bien, la cosa puede salir barata o incluso gratis; si es una entidad de gestión de derechos peseteros de autor, oído al parche, que eso las altas togas supremas lo cotizan muchísimo. Eso es lo más hermoso que puedes hacerle a cualquier tráfico mercantil, civil o, en definitiva, social: quitarle la red de la seguridad jurídica. Apaga y vámonos, macho, que hay países más serios en los que la ley puede ser mejor o peor, favorecer más a unos o a otros pero, una vez promulgada, se aplica igual a todo el mundo (o, por lo menos, a todo el mundo al que se le aplica).

No deberá sorprender, en estas circunstancias, que la Asociación de Internautas haya decidido acudir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea porque, aparte de que estamos en un punto en el que el asunto ya es plenamente la interpretación de una directiva europea, sin más, pasar primero por el Tribunal Constitucional sería probablemente una pérdida de tiempo y de recursos. La Justicia española, desgraciadamente, no es fiable -como hemos podido comprobar a nuestras propias expensas- y, en lo referente al Constitucional, basta ir viendo la actualidad de los últimos meses para darse cuenta de que, por ese lado, no hay nada que hacer.

¿Existe la plena seguridad de que el Tribunal europeo desfaga el entuerto? En realidad, nada es plenamente seguro en el mundo de los procedimientos judiciales, ni en España ni en ninguna otra parte del mundo. En pura racionalidad, deberíamos estar seguros de que sí, de que el Tribunal europeo atenderá nuestras razones. Por el fuero y por el huebo. No solamente porque la Directiva 2000/31/CE exime de toda responsabilidad al proveedor de servicios por los contenidos de terceros más allá de toda duda e interpretación, sino porque la menor flexibilización en esa exención de responsabilidad puede suponer el varapalo más enorme que pudiera propinársele a la tecnología europea al poner en riesgo a las empresas de proveedores de servicios digitales. En otras palabras: cambiar el ancho de vía europeo y hacerlo distinto al del resto del mundo; establecer una decisiva desventaja competitiva frente a los Estados Unidos y las economías asiáticas y americanas emergentes que, lógicamente, canalizan hacia la tecnología sus más importantes esfuerzos. Pero después de lo visto en España y de lo largos que tiene los tentáculos cierta gente, mejor no fiarse demasiado de nada.

En cualquier caso, parece meridianamente claro que, una vez terminada la parte judicial de esta guerra -para bien o para mal- habrá que volcarse en que los poderes públicos afronten de una vez cómo se ha llegado a esta situación de inmenso, desproporcionado e improcedente poder de las sociedades de gestión de derechos de autor. Algo que debiera ser un híbrido entre un colegio profesional y un sindicato, ha devenido, por artes en las que es preferible ni pensar, en una especie de hidra cuyos tentáculos alcanzan a las más lejanas y encumbradas instancias. Tienen en sus manos gobiernos y parlamentos, y logran trajes a medida por parte de los jueces. Y, por otra parte, parece que estas entidades se han constituido en una suerte de sociedades de inversión, mobiliarias e inmobiliarias, cuyos efectos y acciones van mucho más allá de los objetivos para los cuales fueron creadas y por lo que se les dieron importantes prebendas recaudatorias por mor de leyes fabricadas -ahí sí, seguro- a su perfecta medida, redactadas por ellos mismos, incluso.

Esto es algo que, claramente, no puede tolerar un estado democrático ya bastante saturadito, de por sí, de poderes fácticos y es algo que -no será fácil- tendremos que conseguir a la larga: que el papel, el encaje legal y el volumen de las sociedades de gestión de derechos de autor entren en las campañas electorales. Parece una misión imposible, pero basta ver dónde estábamos hace siete años, cuando empezó la guerra del canon, y dónde estamos ahora para adquirir consciencia clara de nuestra propia fuerza como internautas y como ciudadanos.

Ponerse a ello será, en su momento, imperativo.

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Eurotimón

De la serie: Pequeños bocaditos

La vida de un padre es, a veces, dura.

Ayer, por ejemplo, salí al atardecer a dar una vuelta con mi santísima, paseo que culminó con un discreto aperitivo en una terracita aprovechando que las tardes de Barcelona son ahora -aún- deliciosas y no como dentro de un mes, en que sufriremos ese ambiente húmedo y caluroso, esa atmósfera de lavandería y mierda tan característica de la ciudad (y una de las pocas asquerosidades dela misma que no son culpa de Hereu, que no se diga que no soy ecuánime en la atribución de responsabilidades). Como el ambiente estaba agradable y el vino blanco apetecía, la cosa se prolongó hasta casi las diez de la noche, hora en que nuestras retoñas amenazaron con devorar al vecino si no acudíamos prestos a disponer la cena, de modo que en bien de la paz vecinal (aunque según qué vecino hubieran devorado la paz vecinal se hubiera visto incrementada, quizá notoriamente) acudimos al domicilio familiar a proveer la última pitanza del día.

Resulta que por la tele daban la mierda esa del festival de Eurovisión. Y para mayor tragedia, mis hijas estaban meando colonia por ver tamaña porquería. Como la carne es débil y uno recuerda sus tiempos adolescentes, en los que también perdía el tiempo con esa estupidez, accedí a mantener la tele puesta con el bodrio. Y debo confesar que incluso en algún momento despertó mi curiosidad y en algún otro hasta me reí un rato.

Me reí, por ejemplo, no tanto con la intervención de un espontáneo -figura familiar para los aficionados taurinos- como con la indignación de José Luis Uribarri. José Luis Uribarri me cae tremendamente gordo -de toda la vida: no me extrañaría que fuera amiguete de los de la $GAE- y yo me recreo en sus contrariedades. El espontáneo era un simple memo, pero ya sabemos que vivimos épocas en que los memos seducen fácilmente a miles de botarates que no se avergüenzan de serlo en público; pero el cabreo de Uribarri vale todas las adhesiones a la memez, la verdad. Llegó a decir que no había derecho a que se estropearan así dos meses de trabajo (un trabajo que, por cierto, yo no he pedido pero que, de todos modos, pago como un pepe, igual que el resto de los españoles). También los jubilados podrían decirle a Uribarri que no hay derecho a que se les estropee toda una vida de trabajo y ahí los tienes, jodidos y descalzos y cagándose en Zapatero, que es todo lo que pueden hacer, a menos que alguno pierda la cabeza. Por cierto que no me extraña –ou, ou, ou– que luego se lleven estas petardeces a pasear por toda la Europa televisiva, si todo se pergeña en dos meses.

Tampoco fue manco el numerito de las votaciones. Hombre, este sí que, ya puestos, lo quise ver en homenaje y recuerdo a los viejos tiempos: Iunaitet quingdom, fri points, guayomuní, truá puán. Ahí quedó patente lo de siempre, lo que hemos sabido desde nuestras mocedades más espinillescas: que esto de Eurovisión es un mejunje de aquí te espero. Baste decir que el dichoso Uribarri acertó el pronóstico, así, a ojo de buen cubero, de más del setenta por cierto de los votos. Es verdad que el tío es un veterano de la cosa, pero tanta previsibilidad apesta a tongo. O sea, más o menos, que las repúblicas ex-soviéticas se votaron entre ellas, que los musulmanes se votaron entre ellos, que los ex-yugoslavos se votaron entre ellos (mandó huevos ver a Bosnia votando por los serbios, después del repaso que la artillería chetnik -y lo que no era artillería, pero sí chetnik- les dio no hace ni quince años) o que los portugueses, se ve que ya saciados con lo de Aljubarrota, le dieran al petardo hispano –ou, ou, ou– los 12 máximos puntos de la votación (después, España devolvió 6 puntos a Portugal, cosa que Uribarri también previó grosso modo).

Recuerdo de mis épocas estúpidas -la adolescencia siempre lo es, esa sí que es la purga de un verdadero pecado original y no el bautizo- lo de Massiel del año 68, cuando sustituyendo a Serrat por el desplante de éste, ganó el festival logrando con ello que Cliff Richard pillara una pataleta astronómica. Dicen que la cosa estuvo apañada por Franco, pero aún hoy no se han podido aportar pruebas de ello. Como tampoco me caen bien ni Serrat ni Cliff Richard, qué queréis que os diga, me encantó el pelotazo de la que andando el tiempo sería la tanqueta de no sé dónde de por Madrid. Con apaño de Franco o sin apaño de Franco.

Pero el summum del apaño vino al año siguiente en Madrid, precisamente. Porque al año siguiente, 1969, no hubo un ganador, sino cuatro: España, Gran Bretaña, Francia y Holanda (¡y hubo trofeo para los cuatro, fíjate tú qué previsión!). Bueno, parece que eso cabreó a no sé quienes -podéis verlo en la Wikipedia– y, bueno, los fabricantes del tongo juraron por sus niños que no lo harían más y se inventaron, de cara a la galería, unas normas de desempate para lo sucesivo.

Mis hijas se cabrean -aún se toman en serio la gilipollez esta, ya crecerán- cuando les digo que todo es tongo, apaño y espantasuegras. Y a beneficio de su generación, para que vean que todavía no ha inventado nada (de momento) y que las aguas llegan de muy arriba, les presento el impagable éxito de España en 1969 a cargo de Salomé (ex aequo con los otros tres).

Jodiciones

De la serie: Los jueves, paella

Ayer se jubiló el Atlantis, el antepenúltimo de los transbordadores espaciales que quedaban en servicio. Tras un aterrizaje perfecto, recibió la papeleta de jubilación después de una vida laboral de más de 30 misiones y casi trescientos días en el espacio, transportando a cerca de doscientos tripulantes.

Despegó por primera vez en 1989, lo que le confiere 21 años de vida. Y ha dejado aún en activo al Discovery y al Endeavour, a los que les quedan poco más que unas vacaciones y el vaciado de cajones, porque este mismo otoño se jubilarán a su vez, salvo que alguna causa extraordinaria -una necesidad militar sobrevenida o cosa parecida- prorrogue algo -porque nunca será mucho- la vida activa de alguno de ellos.

La lanzadera espacial se lanzó por primera vez en 1981, lo que pone al modelo en casi los 30 años de vida.

Para mí, la lanzadera espacial, pese a que la he seguido realmente poco, ha significado un hito importante en la apasionante historia de la astronáutica. Cuando recuerdo el tantas veces releído «Lo que hay que tener» y rememoro la lucha de los primeros astronautas del programa «Mercury» para alcanzar la dignidad de verdaderos pilotos y ser reconocidos como tales, nunca dejo de preguntarme si de haberse conformado aquellos siete primeros con ser simples pasajeros e inactivos espectadores -que era lo que se esperaba de ellos- la astronáutica sería hoy tal como la conocemos. La configuración del programa «lanzadera espacial» tiene mucho, muchísimo de aquella lucha pionera de aquellos pilotos en pos de su dignidad de seguir siendo tales.

Lo más curioso es que, liquidado el sistema, se vuelve a los orígenes: se vuelve a las cápsulas y se vuelve a los pedruscos que no vuelan sino que caen; en caídas milimétricamente calculadas y controladas, pero caídas. El sistema «Orión» recuerda mucho a aquella solución sucia que apestaba a pánico, en la idea, magníficamente transcrita por Wolfe, de los pilotos de finales de los años 50 y principios de los 60. Doctores tiene la ingeniería, que yo no lo entiendo muy bien. De todos modos, está por ver si este sistema llega a ver la luz de la realidad operativa porque, aparte de que hay sectores que no lo ven claro (la Fuerza Aérea y la Marina norteamericanas siguen prefiriendo -como siempre, por otra parte- aparatos pilotables, aparatos que, sin perjuicio de automatismos avanzadísimos y de computación intensiva y exhaustiva, mantuvieran la opción del tripulante humano, del piloto y fueran gobernables desde su despege hasta su aterrizaje, los problemas presupuestarios -ya graves mucho antes de que cayera la que está cayendo- pudieran ser dirimentes. Se está pensando en dejar los programas espaciales a la empresa privada, pero los distintos cuerpos armados norteamericanos reclamarían, en este caso, programas espaciales propios y, obviamente, de diseño propio.

Voy a cumplir este agosto los 55 años y me resulta llamativo que mi biografía transcurra en paralelo -sin tangentes ni secantes, eso sí- a la carrera espacial. Nacimos juntos. Y mi memoria alcanza al primer vuelo de Gagarin sin duda contagiado por la emoción de mi padre, un loco de la aviación, en la que se quedó tras autoexiliarse intelectualmente de la astronáutica casi desde el principio, decepcionado por el nulo protagonismo europeo en la empresa (a la Unión Soviética no la consideró nunca Europa).

Mi asombro y mi admiración por aquellos hombres, nunca reparó -porque lo ignoraba- en su poca importancia en las misiones espaciales; nunca lo supe hasta muchos años después. Tuvo que llegar el programa lunar, las misiones «Apolo», para que el hombre, el tripulante, el piloto, alcanzaran cierto grado de importancia. La consagración del piloto astronauta llegó, precisamente, con la «lanzadera espacial» que ahora muere sin herederos.

Por lo visto.

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Hace muy pocos días, en el contexto de la crisis y de las medidas traumáticas adoptadas por Zapatero, Duran i Lleida (CiU) vino a decir en unas declaraciones que más cornás dan las peonadas andaluzas y se las aguanta. Y hay que ver la que se ha montado: se ha visto tratado como un relapso escupiendo blasfemias a la cara del mismísimo Inquisidor General.

No voy a entrar en el fondo de la cuestión de las peonás, porque conozco poco el asunto. Cuando digo que lo conozco poco me refiero a que desconozco todas las implicaciones sociales y humanas del problema, no que ignore que se trata de un régimen de privilegio en relación con los demás trabajadores de España, que no pueden enjuagar su propio paro en ese mejunje. Que admito -ojo- que puede ser subjetivamente justo y necesario, pero que desde un plano objetivo, claramente no lo es.

Lo que me asombra es la furia con que se rechaza la crítica de Duran.

O sea que cualquiera, el más pringado, puede opinar a gusto y ganas sobre Catalunya -diciendo, además, las más de las veces, las mayores barbaridades-; pero en sentido contrario, silencio y sumisión. ¿Cómo se atreve el catalán de mierda este a criticar una cosa tan buena para Andalucía y para Extremadura?

Esto me recuerda un poco a lo que pasa con los funcionarios: se ve que cualquier pelagatos puede manifestar en público, en voz alta y clara, y delante de un afectado, que los funcionarios somos una pandilla de vagos, y la gente le ríe, además, la gracia. En cierta ocasión, hubo un médico que se permitió bromas de este estilo delante de mis narices. Le contesté que a ver si limpiaba un poco su consulta porque no se podía pasar a menos de 500 metros de su casa a causa del hedor a muerto que desprendía. Por poco llegamos a las manos. O sea: yo tenía que aceptar sin alterar ni la expresión, como quien dice, que me llamara vago con todas las letras, pero ¡ah! cuidado con llamarle a él matasanos. Curiosa ley del embudo ¿verdad?

Pues aquí igual. Todo el mundo, al parecer, puede juzgar los dineros que van y que vienen por/desde/hacia Catalunya a su gusto y satisfacción; pero parece que un catalán no puede hacer lo propio con otras autonomías.

Lo que me lleva un poco a preguntarme de quién son los dineros (aparte de nadie en sabias palabras de nuestra ínclita y políticamente fenecida Dixie). Porque a la hora de hablar de los dineros de Catalunya, estos dineros resulta que son de todos los españoles. Bien, admitámoslo. Pero entonces lo del PER… ¿es de todos los españoles menos de los catalanes? ¿O no es ni siquiera de todos los españoles menos de los catalanes sino que pertenece exclusivamente a andaluces y a extremeños? ¡Cooooño! ¿Y por qué no se nos aplica entonces esa vara de medir?

Para acabar de joderla, viene Montilla y habla. Mal hecho, porque aquí hay un problema: Montilla es originario de las capas sociales más pobres de Andalucía, de los sectores que precisamente son los mayores beneficiarios de las peonadas. Cuidado: no estoy cuestionando la catalanidad de Montilla ni su idoneidad -por esta exclusiva vía- para ser president de la Generalitat; nada de eso. Pero es evidente que a Montilla se le puede presumir -quizá erróneamente, pero no irracionalmente- un cierto afecto -por otra parte, muy natural y muy humano- hacia la otra parte. Por tanto, hubiera quedado mucho más elegante no interviniendo en la cuestión y más teniendo en cuenta que no estaba institucionalmente obligado a ello.

Y va y acusa a Duran nada menos que de exacerbar la catalanofobia. Alucina, vecina. Primero, como si hiciera falta mucho para exacerbar la catalanofobia. Y, segundo, porque lo que sí se exacerba con el linchamiento mediático e intelectual a Duran -y de verdad, que es lo jodido- es la hispanofobia de muchas capas -quizá minoritarias pero, en todo caso, significativas- de la sociedad catalana. Y ojo con apoltronarse con lo de que la hispanofobia reside en capas minoritarias porque, sí, es cierto que son minoritarias, pero cada vez menos. Y lo que sí aumenta, y aumenta cada día, es la cantidad de ciudadanos que, sin ser nacionalistas o incluso odiando el nacionalismo, de los que creemos que hay una España posible y deseable, vamos teniendo cada vez más claro que, desde luego, esa España posible y deseable no es esta.

La España carroñera de siglo XIX, la España de cura, burro, botijo y boina roja, la España batueca, que vaya pensando en ese nuevo grano que le está saliendo también en Catalunya (que no tenemos remedio, vaya), porque ese grano está formado capas de población cada vez más extensas. Si creen que cosas como el tango jurisconstitucional del estatut o el número este del PER y Duran i Lleida está jodiendo a los nacionalistas, están muy equivocados: los nacionalistas lo están pasando en grande con estos asuntos, porque creen que con ellos se les hace el caldo gordo. Pero a quienes sí está realmente jodiendo es a muchísimos catalanes no nacionalistas que nos sentimos ya no sólo estafados, sino vejados y humillados, objeto de mofa y befa por parte de amplios sectores de la sociedad española.

Las lágrimas de cocodrilo llegarán cuando sea tarde.

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Es imposible ignorarlo: dentro de pocos días, se celebrará en Sudáfrica el festival mundial del puntapié. Es imposible ignorarlo porque a mí me tienen absolutamente rayado con la jodida roja y demás elementos del folclore inherente. Ya no sé cuántas veces he visto al dichoso barrigudo con txapela tocando el bombo patrocinado por una gaseosa. Y, naturalmente, proliferan las predicciones de que la roja de los cojones llegará a lo más alto.

Yo espero que no. Yo espero que se la carguen en dieciseisavos mejor que en octavos. Por muchas razones.

La primera, que tan pronto como se la cepillen se acabará esta brasa maldita. Seguirá habiendo festival y demás, pero con nuestra particular raza aria sacada de enmedio, el tono y el agobio bajarán muchísimo y el tema de los patadones, sin esperar su total desparición (eso sería ilusorio), se reducirá a proporciones más… bueno iba a decir normales, pero no: habituales, comunes.

La segunda, que la sociatada gobernante tiene puestas sus esperanzas en que un resonante triunfo español, sumado al veranito vacacional que ya tenemos prácticamente encima, haga que la población se olvide de la que está cayendo. Y lo malo no es que la sociatada piense esto sino que no es ninguna tontería.

Efectivamente, si los tíos estos que van en calzoncillos se alzan con el premio gordo de la cosa, en este país la crisis se ha acabado. Psicológicamente, quiero decir. Ya está, ya seremos todos felices. Ya no habrá gente que vaya a Cáritas a pedir comida porque todo el sueldo se le ha ido en la hipoteca; lo del 5% del sueldo de los funcionarios una fruslería (para los propios funcionarios, se entiende) y la congelación de las pensiones, una risa; bueno, quizá a las viudas, en general poco amantes del balompié, según presumo, maldita la gracia que les haga, pero, en fin…

Sería lo único que le faltaba a este país. Con una ciudadanía sin sangre en las venas, que se conforma con todo, que traga con todo, que es incapaz de sacudirse el marasmo y el apoltrone que lleva encima, que ve que se le derrumba la cornisa materialmente sobre la cabeza y es incapaz de apartarse, carente absolutamente de toda iniciativa, no nos faltaría nada más que el jeringazo de placebo que nos supondría la mierda esta de ganar en lo de la pelota.

Para cualquier mente racional, un triunfo de los tíos estos debería constituir una contrariedad rayana en el desastre.

Y, a todo esto, todavía estoy esperando a que alguien me explique por qué se paga espectáculo calzoncillero con mis dineros, por qué con la que está cayendo se destina tanto dinero público a pagar a esos tíos y a la larguísima caravana de enchufados, pisacharcos, tuercebotas y cagapalanganas que sigue tras ellos pagando yo (nosotros, vaya), volando en bussiness o en first al culo del mundo.

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Pues hasta aquí. Y con esta, terminamos las paellas del mes de mayo. La próxima será el jueves 3 de junio, y en ella reflejaremos los acontecimientos más candentes de la semana… si es que esos acontecimientos no se nos han llevado por delante, que al paso que vamos.

Nos vemos.

Urbanidades

De la serie: Los jueves, paella

Con el sorprendentemente poco famoso «caso Orfeó Català» no salgo de mi asombro y no salgo precisamente por eso: porque fuera de Catalunya no se le hace ni puto caso. Algo tan jugoso para anticatalanes (mira, mira cómo allí también cuecen habas, que no todo va a ser Marbella o Gürtel) como para simples ciudadanos comunes y corrientes, catalanes o pontevedreses, porque, al final, el dinero público, se gaste donde se gaste, se reparta como se reparta, se corrompa como y donde se corrompa, sale todo del mismo sitio: del bolsillo de todos los ciudadanos. Y aunque los ultranacionalistas lo discutan, lo cierto es que el dinero que se gasta en Pontevedra también es catalán, de la misma forma que el dinero que se gasta (o malgasta) en Badalona también es pontevedrés.

El «caso Orfeó Català», además, cunde más que un gran hermano en TelaHinco, porque cada vez que abrimos el periódico nos enteramos de una nueva. La de hoy ha consistido en saber que en una libretita de alguno de esos mangantes aparece una partida de 140.000 euros (algo más de 23 millones de las viejas) dedicada a atenciones con algunos aún indeterminados miembros de la Guàrdia Urbana. Vamos, una mordida en toda regla, al más puro estilo México D.F., para que los untados miraran para otro lado mientras se cargaban o descargaban camiones en lugares no autorizados, entre otras irregularidades vistaengordables. Todo ello presuntamente, ni que decir tiene. Pero, por si las moscas, el achuntamén se ha apresurado a asegurar que va a abrir una investigación para depurar lo que haya que depurar; tras la pillada de dedos de la Diagonal, sólo le faltaría al Hereu que le creciera este enano.

Lo cierto es que la Guàrdia Urbana -como todo cuerpo policial, supongo- tiene no pocas veces comportamientos que, vistos así, desde fuera, son equívocos. Todos los ciudadanos nos hemos preguntado en determinado momento por qué la grúa se lleva siempre a uno de los que menos molesta -en los frecuentes casos en los que puede elegir entre varias víctimas- y, desde luego, nunca al furgón, siempre al coche privado; por qué se lleva al que ocupa medio metro de paso de peatones y no al cabrón que aparca encima de la acera o en doble fila. Nunca he llegado a saber por qué los aparacacoches de la felizmente ya fenecida discoteca «Apocalypse», de Barcelona, aparcaban donde les salía de los santísimos cojones con una impunidad tan inaudita como próximo estaba el cuartelillo de la Guàrdia Urbana: justo enfrente, al otro lado de la calle; vista gorda que, huelga decirlo, nunca alcanzaba al vecino común, que se encontraba con la recetita implacable a la menor cagada.

En otras ocasiones, los comportamientos extraños responden a prioridades no menos extrañas que los ciudadanos, en nuestras cortas entendederas, nunca alcanzamos a atisbar. Por ejemplo, hablé en esta misma bitácora de la agarrada -verbal, por supuesto- que me tuve con el intendente de la Guàrdia Urbana de mi distrito cuando en un Consejo de Barrio le pregunté a qué obedecía que, en un momento determinado, una señora con un cochecito de niño y yo mismo tuviéramos que bajarnos de la acera y caminar por la calzada, porque un hijo de puta con furgoneta había aparcado sobre la acera tan arrimado a la fachada del edificio que imposibilitaba el paso de peatones, y que justo en ese momento pasara un coche patrulla de sus muchachos, los cuales pasaron de todo olímpicamente. ¡Huy! Esto de decir que sus valientes pasaban de todo puso como una moto al preboste minícipe-policial, el cual me contestó desabridamente que el coche en cuestión iría, probablemente, a otra misión prioritaria. ¿Qué misión? Misterio.

Porque esa es otra. No hace tantos años -antes de Clos y Hereu, por supuesto- la Guàrdia Urbana, por más que su popularidad siempre estaba por debajo de sus merecimientos (por aquello de las multas y del aspecto represivo de la cosa) era un cuerpo claramente percibido por la ciudadanía como de servicio. Cualquier apuro que uno tenía, llamaba a la Guàrdia Urbana y la Guàrdia Urbana lo solucionaba. El apuro podía ir desde ignorar el horario de un museo media hora antes de salir de casa hasta un asesinato múltiple. No importaba. Si llamabas al 092, allí se hacían cargo de todo. Te informaban del horario o llamaban a los del 091 para que fueran a ocuparse de la masacre. Ahora llamas al 092 y ya empezamos: te sale el clásico pisacharcos de call center con el manual de quince páginas sin otra intención aparente que la de quitársete de encima y de quitárteles de encima a los de la Guàrdia Urbana. Porque, últimamente, parece que nada es competencia de la Guàrdia Urbana. Llame a los Mossos d’Esquadra, llame a Zoonosi, llame a Parcs i Jardins, llame a su puta madre pero no nos dé más la vara. Claro, con tantas incompetencia, o sea, con eso de que no tienen competencias -al parecer- en casi nada, uno se pregunta cuál sería la prioridad de los chicos del intendente: ¿iban en misión antiterrorista? Chi lo sa.

O sea que cuando lee que el Montull tenía partidas anotadas a beneficio de los munipas, uno, funcionario, se resiste a recelar de los que, en definitiva, son compañeros en la función pública. Venga, muchacho, haz un esfuerzo y no vayas a caer tú en los tópicos que tanto odias. Pero luego recuerda intendentes y discotecas y no pude evitar -aunque lo intente- arrugar la nariz con una cierta desconfianza. A ver si…

Pues eso.

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Entre otros efectos divertidos, la pillada de la Diagonal ha hecho que en el achuntamén caminen como descalzos sobre cristales y con los huevos escocidos. ¡Ah, es un raro momento de solaz cívico..!

Hoy he leído por ahí (creo que en «La Vanguardia»: como he ido a desayunar, la he leído en papel, que masticando pan con jamón -jamón «bodega», que con el -5% no es cosa de andar con bromas-, parece que se lee de otra manera) que bueno, que siguen con la idea de la olimpiada invernal cutresalchichera, pero ya en voz baja y en plan oyes, a ver si conseguimos que se olviden del asunto y que no se vuelva a hablar de esa cagada. Y, en esas, ya andan barruntando el gasto para que los correspondientes se queden asimismo conformes y subvencionados; sin cuchipanda olímpica, pero subvencionados. Las penas con pan, son menos. O sea que, de un modo u otro, los barceloneses nos rascaremos el bolsillo pero no precisamente a beneficio de los huérfanos y de los pobres de la capital, como decía el malogrado Tito B. Diagonal en los lejanos tiempos en que era el solapado héroe de un pequeño y selecto montoncito de iniciados de aquel «Al mil por mil» de la premoriencia franquista, o sea, muy a principios de los setenta.

Y, cuidado: desde cierto punto de vista, no lo veo mal. No lo veo mal, siempre que lo tengamos claro. Barcelona es la capital de Catalunya y el punto de proyección de la mayoria de sinergias de Catalunya. Así las cosas, es natural -o a mí me lo parece- que Barcelona deba proyectarse mucho más allá de sí misma y colaborar, con mayor esfuerzo y con mayor responsabilidad aún que otros municipios importantes, en el desarrollo global y en el equlibrio territorial. No os podréis quejar ¿eh? Estoy hoy de un comprensivo y de un buen rollito que ya parezco hasta de Iniciativa (no lo quiera Dios, en su caso).

Eso de la solidaridad interterritorial está muy bien, cojonudamente bien, pero no tanto como para que ésa sea la moneda en la que nos vendan hacer el panoli. O mucho peor que hacer el panoli.

La proyección barcelonesa hacia las comarcas de montaña catalanas tiene muchos vectores posibles: después de todo, Barcelona puede infundir un modelo turístico (es la emisora de clientes) que sea o no sostenible mediambiental y paisajísticamente; Barcelona tiene potencia como para, a través de ese modelo, dirigir un modelo social equilibrado en eso turismo (por ejemplo, ya que estamos, que no se lleven Gaspart y sus compinches la parte de león y que repartan un poco con la población autóctona de esos lugares). Por no hablar de otros aprovechamientos: con lo dicho, la cosa queda clara.

Todo eso estoy dispuesto a bendecirlo gustoso, claro que sí: desarrollo social y sostenibilidad mediambiental ¿Hay alguien que no apueste por ello?

Pero no me parece (porque no es, evidentemente) que ese modelo pueda llevarse adelante con una olimpiada. Para nada. El modelo olimpiada cutresalchichera hereuística sólo responde a lo que he calificado hasta la saciedad como megalomanía alcáldica, un síndrome que parece endémico desde que Maragall se fue a Italia a cantar O sole mío en no sé qué universidad mientras le limpiaban el polvo al trono de Macià para que él pudiera sentarse en él majestuosamente y sin detrimento de sus pantalones, probablemente costosos. Megalomanía que, por otra parte, no resulta nada ingrata a cuñados, a acróbatas del pelotazo y a hoteleros en expansión especulativa. Aunque luego el colectivo pagano -los barceloneses- se quede en bragas. Véase el Fòrrum, no me invento nada.

En este concreto caso, además, se da el tremendo agravante de que nos pone en guerra con Aragón, una comunidad autónoma vecina con la que tenemos vínculos históricos estrechísimos pero que, sobre todo, tenemos un futuro común que no podemos poner en peligro. Entre Lleida y Zaragoza hay un desierto: ahora, coge un mapa, mira dónde está este desierto y aunque sea época de gepeeses, tecnologías digitales y hostias en vinagre, toma una regla, un cartabón y un transportador de ángulos y ponte a trazar rayitas que pasen por ese desierto; y con esas rayitas y un poco -no demasiada- imaginación, mira lo que hay por delante si esas dos regiones en vez de hacerse la guerra por una mierda de olimpiada que no interesa a nadie (porque a nivel de calle, además, no interesa una puta mierda, ni en Zaragoza ni en Barcelona), se escupen en las palmas de las manos y empiezan a diseñar proyectos y esfuerzos comunes.

Por eso digo que cargarnos a Hereu es una cuestión de supervivencia, es una cuestión de desarrollo acojonante para mucha gente y para muchísimo territorio.

Cargarnos a Hereu es una cuestión de salud pública.

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Esto sí que lo he leído en «La Vanguardia»: John Michael Bishop, premio Nobel de Medicina, dice: «[Las empresas farmacéuticas] tendrán que aprender a cooperar entre ellas y descubrirán que eso les beneficia».

Bueno, entro con este tema en un mundo que es más propio de «Incordio» de otros días que de paella, pero bueno…

Realmente, en el tema de la propiedad intelectual, me preocupan muy poco las estulteces alrededor de los cantachifles y de los peliculeros. Pasa que estos son temas recurrentes de portada mediática y hay que bregar con lo que hay, no puede uno elegir. Hay otros ámbitos mucho más graves de apropiacionismo intelectual, y son más graves por muchas razones, las más importantes de las cuales inciden sobre la salud y sobre la alimentación. n este caso, la fea del baile es la salud.

El debate sobre la utilidad actual de las patentes, en un mundo globalizado, está aún por realizarse. Ya digo, nos quedamos en la cosa del ocio. Pero una normativa absurda pasa todas las patentes por un mismo rasero, de donde resulta que una patente farmacéutica (o una patente de software) son lo mismo que una patente de ingeniería mecánica o eléctrica. Algún día habré de entrar aquí en este debate porque hace tiempo que estoy sobre él.

Pero de todo el apropiacionismo intelectual, seguramente el sanitario y el alimentario son los más odiosos. Éste porque desposee de soberanía sobre sus artes ancestrales de supervivencia básica a muchos pueblos y, por ello, causa muertes. Causa miles de muertes no cada año ni cada mes: cada día. Con el sanitario ocurre algo parecido.

Además -y como suele ocurrir también en el mundo de la farándula- todo el mundo utiliza al creador como rehén, cuando es el eslabón más puteado de la cadena. En las patentes farmacéuticas el -llamémosle- productor de conocimiento, es el eslabón menos retribuido de la cadena de valor que él mismo genera. Por más bien pagado que esté (y en la industria farmacéutica hay unos cuantos que lo están mucho). Con todo, siempre recibe una parte minúscula, casi molecular, de los beneficios económicos que genera su producción.

El problema, además, es que la búsqueda afanosa de la patente fomenta la competencia justamente donde no debe haberla: la cantidad de recursos que han empleado decenas de laboratorios en su pretensión de lograr la vacuna (y la patente) frente a los demás, hubiera sido posiblemente suficiente y sobrante para haber dado con esa vacuna si se hubieran compartido los trabajos y la inversión. Y es por aquí por donde salimos perdiendo todos (teniendo en cuenta que, además, una cierta parte -no pequeña- de toda esa inversión es pública). Primero, los que pierden la carrera (en los casos en los que hay quien la gane), pierden toda su inversión y todo su esfuerzo; y, segundo, el ganador se ha hecho con un monopolio: durante años -veinte, en general- sólo él podrá comercializar ese específico y, obviamente, al precio que le dé la gana: no tendrá competencia alguna que le obligue a buscar el beneficio máximo abarantando, encima, precios, sobre la base de optimizar los costes.

Todos perdemos.

Por supuesto, este es un pequeño apunte casi deslabazado. Como he dicho antes, hay mucho y muy complejo que hablar sobre este tema: yo no he leído ni una milésima parte de lo que hay escrito y no sé dónde meterlo.

Pero conviene que todos, si no estudiarlo, lo observemos, al menos, con atención, que nos vayamos mentalizando de que la propiedad intelectual es un verdadero robo y de que, en no pocas ocasiones, acaba siendo incluso un genocidio.

Así de claro.

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Paella tardía, pero cocinada, a fin de cuentas. Aquí la tenéis y espero que sea de vuestro gusto.

La próxima el jueves 27, último del mes de mayo, encarando ya el postrer mes del primer semestre y comprobando aterrado cómo se pasa la vida (y no sigo) que decía Manrique, la leche, la leche…

Hay que seguir luchando, que el tiempo es breve.

Futboleces

De la serie: Rugidos

Ayer, uno de los equipos barceloneses de la cosa de patear pelotas en calzoncillos se ve que consiguió patear más certeramente que todos los demás a lo largo del año, acontecimiento que rebasó en mucho la importancia de los resultados del plebiscito sobre la Diagonal, del recorte salarial de los empleados públicos, de la congelación de las pensiones, y de las restricciones en la inversión en infraestructuras de las que, por otra parte, vamos sobrados, entre otras tonterías sin importancia que acontecen en este país y de ahí que ganen las elecciones los pisacharcos que las ganan, en detrimento de los botarates que las pierden.

En consonancia con tan fausta y magna ocasión, cuarenta mil personas sin mejor ocupación se concentraron en la plaza de Catalunya para manifestar su alegría por el hito patadero.

Me parece muy bien. Cada cual se entretiene como mejor le parece. Otros se la pelan sentados en el váter mientras sostienen abierto el Playboy (con la otra mano, huelga decirlo) y no precisamente por las páginas de su artículo de fondo.

Lo malo es que el fin de fiesta -o el culmen de la fiesta, no lo sé bien- siempre consiste en unos cuantos centenares de hijos de puta que, so pretexto de abominar del equipo calzoncillero rival o de la organización estatal del país (cualquier excusa es buena cuando se es un retrasado mental o se va hasta el culo de alcohol barato), se dedican a romperlo todo por las buenas y, bueno, así sucedió que hubo un centenar de detenidos por hacer el cafre y otro centenar de lesionados por causa de las cafradas (algunos, por causa de sus propias cafradas). Es la cultura europea, ya se sabe: supporters británicos (en zona de récords), tifosi italianos, lumpenaficionadenpatadonistiken, o como cojones se les llame, teutones. Al final, se gane o se pierda, siempre se la carga el mobiliario urbano y el melón del guardia.

Y como la cosa es cotidiana, hay que llevarla con santa resignación, a la espera de que -según vaticinio del siempre admirado Arturo Pérez-Reverte- llegue el Islam u otra cualquiera de tantas ideologías o etnias irredentas y se lleven por delante esta sangre puerca y horchatesca que a base de molicie de imperio romano decadente, pero en versión cutre, hemos ido generando los europeos (europedos, según me parece muchas veces).

Lo edificante es esto, es algo como lo que puede apreciarse en esta captura de pantalla del ABC y su primera página de comentarios a la noticia de las cafradas (las otras cinco discurren en idéntico tono) donde pueden verse desencadenados a los subnormales del otro lado, el del calzoncillo perdedor o de los simples odiadores del calzoncillo ganador, vete a saber. Pinchar en la imagen para ampliarla:

Afortunadamente uno ha ido a Madrid muchas veces (y más que espera todavía volver) y como no ha ido a perder el tiempo a ver si los campanarios madrileños son más altos o más bajos que los campanarios barceloneses, porque necesitaba todo el que tenía para disfrutar de una ciudad hermosísima y de unos habitantes de la misma que son gente amable, educada y cordial, cuyo tono chulesco gatuno -según el tópico- sólo lo he visto en las zarzuelas (muchas de las cuales, por otra parte, recomiendo calurosamente), los escupitajos de esos cerdos que, en fin, digamos que escriben ahí no tienen la menor entidad como para desmerecer a mis ojos ni a Madrid ni a los madrileños. Son cerdos de la exacta misma ralea a la que pertenecen los cerdos a los que ellos critican. Excepciones tristes, el cubo de la basura que todos tenemos en el patio trasero.

Ningún problema.

Lo único, es que parece que da una cierta lástima que un periódico que, con todo lo que se quiera decir, razonablemente o no, de su línea editorial, siempre ha sido visto -al menos por mí- como un periódico elegante en las formas, acoja a esta escoria. Y no es paliativo ni consuelo que otros medios catalanes, también otrora elegantes y comedidos, acojan a la misma escoria, pero del otro sector.

Nada, que es el signo de los tiempos.

Y así nos luce el pelo.

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