El final de la transición

De la serie: Correo ordinario

Leía uno de estos días de largo silencio, que el viejo Teddy había arremetido -no recuerdo ahora en qué exactos términos- contra las licencias libres; y, hace unos días, un documento de ese neutralísimo Ministerio de Cultura pedía, exigía, que las entidades de gestión de derechos de autor cobraran también por contenidos con licencias Creative Commons.

Bien, bien, esto está tomando ya mejor color. Cuando estos empiezan a dolerse y a abandonar su tan estúpida como tradicional consigna, «aquello de lo que no se habla, no existe», es que algún puntapié les ha alcanzado el trasero, es que empiezan a verle las orejas al lobo de los nuevos modelos de negocio -que ellos siempre habían negado tan obstinada como falsariamente- y que su recurso a aquello tan cutre de que el «todo gratis» no es posible, se cae a pedacitos, y el panorama amenaza con hacerles objeto de mayores cachondeos, mofas y befas en el mundo de la red (y ¡ay! en el otro), como si el inri que llevaban encima hasta ahora no fuera suficiente: la entidad más odiada del país, la ministra peor puntuada… Y anda que ser la ministra peor puntuada -ocasionalmente relevada por la Aído- en un Gobierno como este, en el que Cantinflas pasaría con toda dignidad por el listo de la clase, es un récord para no dormir. Lo más divertido, además -y de eso me reiré a mandíbula batiente, lo juro- es que, cuando le cuelguen la cartera ministerial -cosa que, según los mentideros, sucederá antes de que nos vayamos de vacaciones veraniegas- en su propio solar le van a decir aquello de que Roma no paga a los traidores (no sé por qué traición ni por qué no la iban a pagar, pero parece que le tienen ganas en algunos ámbitos de la farándula) y la van a recluir en el ostracismo más absoluto. Bueno, ya se apañarán. Nuestro único problema es que, siguiendo la tradición, su sucesor va a ser peor aún que ella. Ya, ya se que esto es metafísicamente imposible, pero la realidad, en este ámbito, es absolutamente implacable y se ríe de la metafísica.

Pues, efectivamente, parece que lo de las licencias libres les trae a mal traer. Es evidente: por encima de gratuidades y demás dádivas, uno de los efectos más perniciosos que suponen las licencias libres para el establishment del ocio es que toda la obra puesta bajo esas licencias se zafa de su control, el autor escapa tanto a la industria como a las sociedades de gestión. Verdaderamente dramático para ambas, pero especialmente para las últimas, que llevan bastantes semanas noqueadas con el informe de la Comisión Nacional de la Competencia, que pone su oligopolio tal que chupa de dómine. Si la gestión colectiva escapa al monopolio de las seis o siete (nunca recuerdo cuántas son) y las licencias Creative Commons siguen expandiéndose, como lo vienen haciendo, pero invadiendo ya claramente el patio comercial, el pronóstico amenaza desastre.

Porque, además, el historial de esta gente es de verdadero cachondeo: primero la formaron con el top manta, que iba a arruinar la música porque no se podía competir con discos vendidos a un euro; después de pedir casi la silla eléctrica, resultó que los del top manta eran unos pobres negritos que no tenían ninguna culpa, que la culpa era de la mafia de las drogas y que lo que estaba arruinando la música era lo de las descargas. Ahora va a ser que lo que va a ruinar la música serán las licencias Creative Commons y aquí, en realidad, ni la música ni zarandajas: los únicos que se van a arruinar son ellos. Bueno, todos no: don Teddy ya se ha asegurado una… bueno… una… cómoda, eso es, cómoda… jubilación. Ahí se las den todas. En todo caso, desde la actividad o desde el retiro, su nuevo argumentario sólo va a servir de cachondeo ante el enésimo lloriqueo.

Enrique Dans predice en su reciente opera prima el cambio de mentalidad de todo ese tinglado en cuanto lleguen a él directivos que ya hayan nacido en la red, con lo digital enchufado en el culo, como si dijésemos. Es posible, pero no cercano: los directivos que han nacido con la red puesta son aún demasiado jóvenes para ocupar cargos de verdadera responsabilidad en empresas o entidades verdaderamente grandes; los más adelantados son aún becarios o quizá, a lo sumo, alumnos de escuelas de negocios como la de Enrique. Aún faltarían diez o quince años para que puedieran imponer a un consejo de administración abarrotado de momias matusalénicas ideas tan avanzadas como las que nos ocupan y que las momias otorgaran a estos nuevos directivos la fuerza moral necesaria para plegarse a sus designios.

Creo que mucho antes de que llegue ese momento, la realidad se habrá impuesto a viva fuerza: las caídas de cotización, los frenazos en la escalada de beneficios -la entrada en pérdidas, para los más tozudos-, la marginalidad en el mercado, serán hechos suficientemente duros, patentes y sobradamente evidentes como para doblegar al dinosaurio más irreductible. Y eso pasará mucho antes del 2020. Esto no aguanta diez años, vamos, ni pintándolo al óleo.

Si se tratara de una revolución política sería mucho más escéptico; vamos, sería escéptico del todo: una revolución política es dificilísima y para que pueda darse tienen que confluir en un momento exacto de la Historia unas determinadas circunstancias incardinadas en un determinado conjunto de situaciones; y no está el personal para tanta coincidencia, y mucho menos con el hematohorchatismo imperante. Pero esa revolución en la morfología del mercado sí que es más que probable, entre otras cosas porque han sido ellos, sus víctimas iniciales -sólo iniciales, no nos hagamos ilusiones- quienes las han propiciado imbuyendo en las masas una ansiedad consumista desaforada: ante el todo gratis (absolutamente inevitable, recordemos), la masa reacciona de acuerdo a los impulsos en los que ha sido condicionada, ni más ni menos, y esos impulsos se vuelven ahora contra Paulov. Pero Paulov sabrá adaptarse y encontrará modelos en los que obtener muchísima pasta del todo gratis; y seguramente también descubrirá, entre todos estos modelos, alguno que le permitirá mantener el control del consumo de ocio y de la asequibilidad cultural. No nos dejemos engañar por las crecientemente necias palabras de los que gritan: los verdaderamente peligrosos son los que están callando, meditando cómo mantener el statu quo haciendo surf sobre el tsunami.

Hay muchas más variables sobre el tapete: hay que pensar, por ejemplo, qué papel tendrán los países subdesarrollados en ese nuevo mundo; es tan posible que su aherrojamiento se prolongue como que la nueva situación suponga oportunidades excepcionales, quizá más excepcionales de lo que son para las sociedades opulentas. Demasiadas variables, ciertamente.

Lo que es seguro es que el todo gratis y las licencias libres han llegado no sólo para quedarse sino también, y sobre todo, para predominar, para ser el modelo extendido, el modelo por omisión. Por más que griten esos malvados, por más que se desgañiten los tecnoanalfabetos y los canallas, la tendencia no tiene marcha atrás. Y no prevalecerán contra ella leyes vesánicas, políticos corruptos o mercachifles decadentes.

Y al que no le guste, que se joda. Como digo casi siempre.

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Comentarios

  • Jordi  On 05/05/2010 at .

    “Van a matar a la música”. Y una mie… Precisamente ahora hay más conciertos y festivales que nunca.

  • Laertes  On 05/05/2010 at .

    La música se está muriendo desde que se inventó el gramófono, la radio, la cinta de cassette…

    De risa fue por ejemplo la campaña “Home taping is killing music”de los años 80.

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