Que lo intenten

De la serie: Correo ordinario

Ya sé que soy reiterativo, pero es que las angustias de las empresas mediáticas con las nuevas reglas de juego que ha traído la red, no dejan de asombrarme a la par que deleitarme. O sea: pretenden en serio -sí, sí, en serio- cobrarle a Google por enlazarles en sus búsquedas, pretenden cobrarle al usuario por los contenidos… pretenden, en definitiva, cometer el mismo y reiterativo error que tantos otros ámbitos económicos del ancien régime: creer que la red no es más que una simple digitalización del negocio de siempre y que el modelo puede perfectamente mantenerse.

Hace unos días constataba cómo Teddy Bautista -y otros de la banda- habían olfateado el peligro que suponen para su tinglado las licencias Creative Commons, un peligro infinitamente peor que el de su tan cacareada piratería, porque si contra el libre intercambio entre particulares poco pueden hacer ante el potentísimo vector que supone la red, más impotentes están aún cuando el autor comprende la nueva situación, atisba dónde está de verdad el futuro y se hace cómplice de sus seguidores, de quienes, en definitiva, son sus clientes, los que le dan de comer y los que, si sabe ver la realidad, seguirán dándole.

Las empresas mediáticas y sus corifeos también lo han olfateado, pero, a diferencia de Teddy y sus boys, sus neuronas aún no han acusado recibo del estímulo. Efectivamente, ya hace tiempo que, de una forma más instintiva que racional, andan tirando tarascadas contra la blogosfera. «Esto no es periodismo», claman, como si la blogosfera pudiera considerarse así, globalmente, como algo homogéneo y uniforme. «El periodismo ciudadano, ni es periodismo ni, en realidad, ciudadano», siguen desgañitándose en su pretensión de ser los depositarios únicos de la verdad (y, sobre todo, del negocio). Nunca me habré reído bastante de la vana soberbia de Juan Luis Cebrián cuando ante los confidenciales y otros fenómenos mediáticos profesionales o no, en red o no, se preguntaba apocalípticamente quién garantizaba la veracidad de sus noticias, como si él, precisamente él, fuese garantía alguna de las del grupo empresarial que dirige con tan…, bueno, digamos que con tan poco éxito.

¿Quieren llevar adelante su vetusto modelo de negocio en internet? Adelante. Háganlo. Ignoren las abundantes señales que han recibido de que no funciona (el propio «El País» lo experimentó en sus carnes y se tuvo que envainar la suscripción digital), vistan a la mona de seda, a ver si así cuela. Porque, al hacerlo, estarán abriendo muchísimo campo a negocios nuevos edificados por gente nueva que comprende perfectamente el nuevo entorno.

No hace falta tener un MBA para explicárselo de forma clara: si ustedes imponen el pago por sus contenidos, la gente, el internauta, no pagará y buscará donde los haya gratis. O en otras palabras: generará una demanda de servicios. Ustedes, idiotas, reirán sardónicamente: si quieres servicios, págalos; las noticias cuestan dinero y hay que pagarlas y se quedarán esperando mientras nadie responde a una oferta que, verdaderamente, nadie quiere. Ustedes ofrecen noticias pagando y el usuario quiere noticias -y comentarios, y glosas, y artículos de fondo- gratis. Y mientras ustedes claman a los dioses del Olimpo aquello tan gracioso de que todo gratis no puede ser, otros estarán hablando con sus anunciantes (con los de ustedes) para ver cuánto pagarían por ser puestos directamente -y de un modo amable y atractivo- bajo las mismísimas pestañas de sus clientes potenciales. O cualquier otro invento (al final, esto que digo no es más que una simple evolución -progresista, pero no más allá- del modelo clásico). Y cuando ustedes se den cuenta de que se va el tren, apenas podrán subirse a su último estribo y viajar en él sentados en la paja del vagón de ganado y ensuciándose de mierda sus trajes de ochocientos euros, mientras jóvenes emprendedores, chavales con imaginación y limpios de prejuicios decimonónicos y buenos conocedores de la red (han nacido en ella, Cebrián, y antes se cortarían una mano que menospreciarla o, aún peor, despreciarla), viajan cómodamente en primera; trabajando duro, es verdad, pero comiendo en el vagón restaurante mientras ustedes le disputan el pienso a un par de vacas.

Como usuario -y como productor de contenidos en red- no me asustan sus admoniciones truculentas, sus exigencias de dinero necesariamente reglamentario (como si les fuera debido por una especie de edicto divino); ni siquiera sus abogados lanzados como fieras hambrientas sobre quienes me benefician con sus servicios, gratuitos y de buena calidad. Como usuario, sé que alguien sacará dinero de mis apetencias sin necesidad de irlo a buscar a mi bolsillo, porque mis apetencias, las apetencias de los usuarios, son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma; y si los campos están lejos del río de forma que la fuerza del agua es insuficiente para llegar hasta ellos, esa fuerza sí será suficiente para generar la electricidad que alimente la motobomba que llevará una pequeña pero suficiente parte del caudal (no hacía falta todo el caudal, que no te enteras) a esos campos sedientos. Sólo hace falta que venga alguien con la motobomba mientras los viejos decadentes intentan que se desvíe el río sobornando al ministro de Obras Públicas.

Y como productor de contenidos en red, quién sabe: igual ahí está también mi oportunidad; igual alguien descubre que estoy generando un valor susceptible de dar dinero y haciendo lo que yo no sé hacer -monetizarlo, obtenerlo- lo compartimos y nos beneficiamos los dos.

Sí, sí, no perdáis el tiempo: llevad adelante vuestros estúpidos proyectos y abrid en la red un enorme agujero de oportunidades para los demás.

Igual hasta yo pillo cacho.

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