Futboleces

De la serie: Rugidos

Ayer, uno de los equipos barceloneses de la cosa de patear pelotas en calzoncillos se ve que consiguió patear más certeramente que todos los demás a lo largo del año, acontecimiento que rebasó en mucho la importancia de los resultados del plebiscito sobre la Diagonal, del recorte salarial de los empleados públicos, de la congelación de las pensiones, y de las restricciones en la inversión en infraestructuras de las que, por otra parte, vamos sobrados, entre otras tonterías sin importancia que acontecen en este país y de ahí que ganen las elecciones los pisacharcos que las ganan, en detrimento de los botarates que las pierden.

En consonancia con tan fausta y magna ocasión, cuarenta mil personas sin mejor ocupación se concentraron en la plaza de Catalunya para manifestar su alegría por el hito patadero.

Me parece muy bien. Cada cual se entretiene como mejor le parece. Otros se la pelan sentados en el váter mientras sostienen abierto el Playboy (con la otra mano, huelga decirlo) y no precisamente por las páginas de su artículo de fondo.

Lo malo es que el fin de fiesta -o el culmen de la fiesta, no lo sé bien- siempre consiste en unos cuantos centenares de hijos de puta que, so pretexto de abominar del equipo calzoncillero rival o de la organización estatal del país (cualquier excusa es buena cuando se es un retrasado mental o se va hasta el culo de alcohol barato), se dedican a romperlo todo por las buenas y, bueno, así sucedió que hubo un centenar de detenidos por hacer el cafre y otro centenar de lesionados por causa de las cafradas (algunos, por causa de sus propias cafradas). Es la cultura europea, ya se sabe: supporters británicos (en zona de récords), tifosi italianos, lumpenaficionadenpatadonistiken, o como cojones se les llame, teutones. Al final, se gane o se pierda, siempre se la carga el mobiliario urbano y el melón del guardia.

Y como la cosa es cotidiana, hay que llevarla con santa resignación, a la espera de que -según vaticinio del siempre admirado Arturo Pérez-Reverte- llegue el Islam u otra cualquiera de tantas ideologías o etnias irredentas y se lleven por delante esta sangre puerca y horchatesca que a base de molicie de imperio romano decadente, pero en versión cutre, hemos ido generando los europeos (europedos, según me parece muchas veces).

Lo edificante es esto, es algo como lo que puede apreciarse en esta captura de pantalla del ABC y su primera página de comentarios a la noticia de las cafradas (las otras cinco discurren en idéntico tono) donde pueden verse desencadenados a los subnormales del otro lado, el del calzoncillo perdedor o de los simples odiadores del calzoncillo ganador, vete a saber. Pinchar en la imagen para ampliarla:

Afortunadamente uno ha ido a Madrid muchas veces (y más que espera todavía volver) y como no ha ido a perder el tiempo a ver si los campanarios madrileños son más altos o más bajos que los campanarios barceloneses, porque necesitaba todo el que tenía para disfrutar de una ciudad hermosísima y de unos habitantes de la misma que son gente amable, educada y cordial, cuyo tono chulesco gatuno -según el tópico- sólo lo he visto en las zarzuelas (muchas de las cuales, por otra parte, recomiendo calurosamente), los escupitajos de esos cerdos que, en fin, digamos que escriben ahí no tienen la menor entidad como para desmerecer a mis ojos ni a Madrid ni a los madrileños. Son cerdos de la exacta misma ralea a la que pertenecen los cerdos a los que ellos critican. Excepciones tristes, el cubo de la basura que todos tenemos en el patio trasero.

Ningún problema.

Lo único, es que parece que da una cierta lástima que un periódico que, con todo lo que se quiera decir, razonablemente o no, de su línea editorial, siempre ha sido visto -al menos por mí- como un periódico elegante en las formas, acoja a esta escoria. Y no es paliativo ni consuelo que otros medios catalanes, también otrora elegantes y comedidos, acojan a la misma escoria, pero del otro sector.

Nada, que es el signo de los tiempos.

Y así nos luce el pelo.

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