Urbanidades

De la serie: Los jueves, paella

Con el sorprendentemente poco famoso «caso Orfeó Català» no salgo de mi asombro y no salgo precisamente por eso: porque fuera de Catalunya no se le hace ni puto caso. Algo tan jugoso para anticatalanes (mira, mira cómo allí también cuecen habas, que no todo va a ser Marbella o Gürtel) como para simples ciudadanos comunes y corrientes, catalanes o pontevedreses, porque, al final, el dinero público, se gaste donde se gaste, se reparta como se reparta, se corrompa como y donde se corrompa, sale todo del mismo sitio: del bolsillo de todos los ciudadanos. Y aunque los ultranacionalistas lo discutan, lo cierto es que el dinero que se gasta en Pontevedra también es catalán, de la misma forma que el dinero que se gasta (o malgasta) en Badalona también es pontevedrés.

El «caso Orfeó Català», además, cunde más que un gran hermano en TelaHinco, porque cada vez que abrimos el periódico nos enteramos de una nueva. La de hoy ha consistido en saber que en una libretita de alguno de esos mangantes aparece una partida de 140.000 euros (algo más de 23 millones de las viejas) dedicada a atenciones con algunos aún indeterminados miembros de la Guàrdia Urbana. Vamos, una mordida en toda regla, al más puro estilo México D.F., para que los untados miraran para otro lado mientras se cargaban o descargaban camiones en lugares no autorizados, entre otras irregularidades vistaengordables. Todo ello presuntamente, ni que decir tiene. Pero, por si las moscas, el achuntamén se ha apresurado a asegurar que va a abrir una investigación para depurar lo que haya que depurar; tras la pillada de dedos de la Diagonal, sólo le faltaría al Hereu que le creciera este enano.

Lo cierto es que la Guàrdia Urbana -como todo cuerpo policial, supongo- tiene no pocas veces comportamientos que, vistos así, desde fuera, son equívocos. Todos los ciudadanos nos hemos preguntado en determinado momento por qué la grúa se lleva siempre a uno de los que menos molesta -en los frecuentes casos en los que puede elegir entre varias víctimas- y, desde luego, nunca al furgón, siempre al coche privado; por qué se lleva al que ocupa medio metro de paso de peatones y no al cabrón que aparca encima de la acera o en doble fila. Nunca he llegado a saber por qué los aparacacoches de la felizmente ya fenecida discoteca «Apocalypse», de Barcelona, aparcaban donde les salía de los santísimos cojones con una impunidad tan inaudita como próximo estaba el cuartelillo de la Guàrdia Urbana: justo enfrente, al otro lado de la calle; vista gorda que, huelga decirlo, nunca alcanzaba al vecino común, que se encontraba con la recetita implacable a la menor cagada.

En otras ocasiones, los comportamientos extraños responden a prioridades no menos extrañas que los ciudadanos, en nuestras cortas entendederas, nunca alcanzamos a atisbar. Por ejemplo, hablé en esta misma bitácora de la agarrada -verbal, por supuesto- que me tuve con el intendente de la Guàrdia Urbana de mi distrito cuando en un Consejo de Barrio le pregunté a qué obedecía que, en un momento determinado, una señora con un cochecito de niño y yo mismo tuviéramos que bajarnos de la acera y caminar por la calzada, porque un hijo de puta con furgoneta había aparcado sobre la acera tan arrimado a la fachada del edificio que imposibilitaba el paso de peatones, y que justo en ese momento pasara un coche patrulla de sus muchachos, los cuales pasaron de todo olímpicamente. ¡Huy! Esto de decir que sus valientes pasaban de todo puso como una moto al preboste minícipe-policial, el cual me contestó desabridamente que el coche en cuestión iría, probablemente, a otra misión prioritaria. ¿Qué misión? Misterio.

Porque esa es otra. No hace tantos años -antes de Clos y Hereu, por supuesto- la Guàrdia Urbana, por más que su popularidad siempre estaba por debajo de sus merecimientos (por aquello de las multas y del aspecto represivo de la cosa) era un cuerpo claramente percibido por la ciudadanía como de servicio. Cualquier apuro que uno tenía, llamaba a la Guàrdia Urbana y la Guàrdia Urbana lo solucionaba. El apuro podía ir desde ignorar el horario de un museo media hora antes de salir de casa hasta un asesinato múltiple. No importaba. Si llamabas al 092, allí se hacían cargo de todo. Te informaban del horario o llamaban a los del 091 para que fueran a ocuparse de la masacre. Ahora llamas al 092 y ya empezamos: te sale el clásico pisacharcos de call center con el manual de quince páginas sin otra intención aparente que la de quitársete de encima y de quitárteles de encima a los de la Guàrdia Urbana. Porque, últimamente, parece que nada es competencia de la Guàrdia Urbana. Llame a los Mossos d’Esquadra, llame a Zoonosi, llame a Parcs i Jardins, llame a su puta madre pero no nos dé más la vara. Claro, con tantas incompetencia, o sea, con eso de que no tienen competencias -al parecer- en casi nada, uno se pregunta cuál sería la prioridad de los chicos del intendente: ¿iban en misión antiterrorista? Chi lo sa.

O sea que cuando lee que el Montull tenía partidas anotadas a beneficio de los munipas, uno, funcionario, se resiste a recelar de los que, en definitiva, son compañeros en la función pública. Venga, muchacho, haz un esfuerzo y no vayas a caer tú en los tópicos que tanto odias. Pero luego recuerda intendentes y discotecas y no pude evitar -aunque lo intente- arrugar la nariz con una cierta desconfianza. A ver si…

Pues eso.

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Entre otros efectos divertidos, la pillada de la Diagonal ha hecho que en el achuntamén caminen como descalzos sobre cristales y con los huevos escocidos. ¡Ah, es un raro momento de solaz cívico..!

Hoy he leído por ahí (creo que en «La Vanguardia»: como he ido a desayunar, la he leído en papel, que masticando pan con jamón -jamón «bodega», que con el -5% no es cosa de andar con bromas-, parece que se lee de otra manera) que bueno, que siguen con la idea de la olimpiada invernal cutresalchichera, pero ya en voz baja y en plan oyes, a ver si conseguimos que se olviden del asunto y que no se vuelva a hablar de esa cagada. Y, en esas, ya andan barruntando el gasto para que los correspondientes se queden asimismo conformes y subvencionados; sin cuchipanda olímpica, pero subvencionados. Las penas con pan, son menos. O sea que, de un modo u otro, los barceloneses nos rascaremos el bolsillo pero no precisamente a beneficio de los huérfanos y de los pobres de la capital, como decía el malogrado Tito B. Diagonal en los lejanos tiempos en que era el solapado héroe de un pequeño y selecto montoncito de iniciados de aquel «Al mil por mil» de la premoriencia franquista, o sea, muy a principios de los setenta.

Y, cuidado: desde cierto punto de vista, no lo veo mal. No lo veo mal, siempre que lo tengamos claro. Barcelona es la capital de Catalunya y el punto de proyección de la mayoria de sinergias de Catalunya. Así las cosas, es natural -o a mí me lo parece- que Barcelona deba proyectarse mucho más allá de sí misma y colaborar, con mayor esfuerzo y con mayor responsabilidad aún que otros municipios importantes, en el desarrollo global y en el equlibrio territorial. No os podréis quejar ¿eh? Estoy hoy de un comprensivo y de un buen rollito que ya parezco hasta de Iniciativa (no lo quiera Dios, en su caso).

Eso de la solidaridad interterritorial está muy bien, cojonudamente bien, pero no tanto como para que ésa sea la moneda en la que nos vendan hacer el panoli. O mucho peor que hacer el panoli.

La proyección barcelonesa hacia las comarcas de montaña catalanas tiene muchos vectores posibles: después de todo, Barcelona puede infundir un modelo turístico (es la emisora de clientes) que sea o no sostenible mediambiental y paisajísticamente; Barcelona tiene potencia como para, a través de ese modelo, dirigir un modelo social equilibrado en eso turismo (por ejemplo, ya que estamos, que no se lleven Gaspart y sus compinches la parte de león y que repartan un poco con la población autóctona de esos lugares). Por no hablar de otros aprovechamientos: con lo dicho, la cosa queda clara.

Todo eso estoy dispuesto a bendecirlo gustoso, claro que sí: desarrollo social y sostenibilidad mediambiental ¿Hay alguien que no apueste por ello?

Pero no me parece (porque no es, evidentemente) que ese modelo pueda llevarse adelante con una olimpiada. Para nada. El modelo olimpiada cutresalchichera hereuística sólo responde a lo que he calificado hasta la saciedad como megalomanía alcáldica, un síndrome que parece endémico desde que Maragall se fue a Italia a cantar O sole mío en no sé qué universidad mientras le limpiaban el polvo al trono de Macià para que él pudiera sentarse en él majestuosamente y sin detrimento de sus pantalones, probablemente costosos. Megalomanía que, por otra parte, no resulta nada ingrata a cuñados, a acróbatas del pelotazo y a hoteleros en expansión especulativa. Aunque luego el colectivo pagano -los barceloneses- se quede en bragas. Véase el Fòrrum, no me invento nada.

En este concreto caso, además, se da el tremendo agravante de que nos pone en guerra con Aragón, una comunidad autónoma vecina con la que tenemos vínculos históricos estrechísimos pero que, sobre todo, tenemos un futuro común que no podemos poner en peligro. Entre Lleida y Zaragoza hay un desierto: ahora, coge un mapa, mira dónde está este desierto y aunque sea época de gepeeses, tecnologías digitales y hostias en vinagre, toma una regla, un cartabón y un transportador de ángulos y ponte a trazar rayitas que pasen por ese desierto; y con esas rayitas y un poco -no demasiada- imaginación, mira lo que hay por delante si esas dos regiones en vez de hacerse la guerra por una mierda de olimpiada que no interesa a nadie (porque a nivel de calle, además, no interesa una puta mierda, ni en Zaragoza ni en Barcelona), se escupen en las palmas de las manos y empiezan a diseñar proyectos y esfuerzos comunes.

Por eso digo que cargarnos a Hereu es una cuestión de supervivencia, es una cuestión de desarrollo acojonante para mucha gente y para muchísimo territorio.

Cargarnos a Hereu es una cuestión de salud pública.

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Esto sí que lo he leído en «La Vanguardia»: John Michael Bishop, premio Nobel de Medicina, dice: «[Las empresas farmacéuticas] tendrán que aprender a cooperar entre ellas y descubrirán que eso les beneficia».

Bueno, entro con este tema en un mundo que es más propio de «Incordio» de otros días que de paella, pero bueno…

Realmente, en el tema de la propiedad intelectual, me preocupan muy poco las estulteces alrededor de los cantachifles y de los peliculeros. Pasa que estos son temas recurrentes de portada mediática y hay que bregar con lo que hay, no puede uno elegir. Hay otros ámbitos mucho más graves de apropiacionismo intelectual, y son más graves por muchas razones, las más importantes de las cuales inciden sobre la salud y sobre la alimentación. n este caso, la fea del baile es la salud.

El debate sobre la utilidad actual de las patentes, en un mundo globalizado, está aún por realizarse. Ya digo, nos quedamos en la cosa del ocio. Pero una normativa absurda pasa todas las patentes por un mismo rasero, de donde resulta que una patente farmacéutica (o una patente de software) son lo mismo que una patente de ingeniería mecánica o eléctrica. Algún día habré de entrar aquí en este debate porque hace tiempo que estoy sobre él.

Pero de todo el apropiacionismo intelectual, seguramente el sanitario y el alimentario son los más odiosos. Éste porque desposee de soberanía sobre sus artes ancestrales de supervivencia básica a muchos pueblos y, por ello, causa muertes. Causa miles de muertes no cada año ni cada mes: cada día. Con el sanitario ocurre algo parecido.

Además -y como suele ocurrir también en el mundo de la farándula- todo el mundo utiliza al creador como rehén, cuando es el eslabón más puteado de la cadena. En las patentes farmacéuticas el -llamémosle- productor de conocimiento, es el eslabón menos retribuido de la cadena de valor que él mismo genera. Por más bien pagado que esté (y en la industria farmacéutica hay unos cuantos que lo están mucho). Con todo, siempre recibe una parte minúscula, casi molecular, de los beneficios económicos que genera su producción.

El problema, además, es que la búsqueda afanosa de la patente fomenta la competencia justamente donde no debe haberla: la cantidad de recursos que han empleado decenas de laboratorios en su pretensión de lograr la vacuna (y la patente) frente a los demás, hubiera sido posiblemente suficiente y sobrante para haber dado con esa vacuna si se hubieran compartido los trabajos y la inversión. Y es por aquí por donde salimos perdiendo todos (teniendo en cuenta que, además, una cierta parte -no pequeña- de toda esa inversión es pública). Primero, los que pierden la carrera (en los casos en los que hay quien la gane), pierden toda su inversión y todo su esfuerzo; y, segundo, el ganador se ha hecho con un monopolio: durante años -veinte, en general- sólo él podrá comercializar ese específico y, obviamente, al precio que le dé la gana: no tendrá competencia alguna que le obligue a buscar el beneficio máximo abarantando, encima, precios, sobre la base de optimizar los costes.

Todos perdemos.

Por supuesto, este es un pequeño apunte casi deslabazado. Como he dicho antes, hay mucho y muy complejo que hablar sobre este tema: yo no he leído ni una milésima parte de lo que hay escrito y no sé dónde meterlo.

Pero conviene que todos, si no estudiarlo, lo observemos, al menos, con atención, que nos vayamos mentalizando de que la propiedad intelectual es un verdadero robo y de que, en no pocas ocasiones, acaba siendo incluso un genocidio.

Así de claro.

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Paella tardía, pero cocinada, a fin de cuentas. Aquí la tenéis y espero que sea de vuestro gusto.

La próxima el jueves 27, último del mes de mayo, encarando ya el postrer mes del primer semestre y comprobando aterrado cómo se pasa la vida (y no sigo) que decía Manrique, la leche, la leche…

Hay que seguir luchando, que el tiempo es breve.

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Comentarios

  • Nubian Singer  On 23/05/2010 at .

    Parece como si alguien tuviera problemas con los filtros a los comentarios. Suerte con eso.

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