Archivo mensual: mayo 2010

Señor alcalde: ¡¡¡Tururú!!!

De la serie: Pequeños bocaditos

De nada le han servido las trampas al Hereu, que se hunde en la más abyecta mierda por el fracaso de su consulta, referendum o como quiera llamársele.

Fracaso, en primero lugar, por los resultados:

· La porquería del bulevar: 11,88%
· La porquería de la rambla: 8,28%
· Dejad en paz la Diagonal: 79,84%

O sea: 8 de cada 10 ciudadanos hemos mandado al alcalde a hacer puñetas.

Fracaso, en segundo lugar, por la participación: 172.169 votos, el 12,17% del censo. O sea que tantísimo gasto en promoción del invento y no sólo pierde estrepitosamente su proyecto sino que, encima, sólo nos molestamos en votar cuatro gatos.

Fracaso, en tercer lugar, por el mierdón tecnológico, con suplantaciones de identidad, gente -el propio alcalde- que no consigue votar a la primera y algunos tienen que repetir el intento hasta siete veces antes de conseguirlo, etcétera. Bonito, bonito…

Nos sentamos a tomar el aperitivo con la noticia de que se han cepillado a Carles Martí, primer teniente de alcalde, y el único con nómina en el Consistorio que se mojó con el tema (supongo que no le quedaría más remedio). Los demás, miraron hacia otro lado y yo es que pasaba por aquí y además siempre dije que esto era una mala idea. Ya.

No dimite en cambio -ni loco- Hereu. Parece que quiere llegar a toda costa a sufrir un descalabro electoral dentro de un año. Bueno, pues no hay problema: algunos vamos a dedicar algún esfuerzo a que lo consiga.

Lo vamos a hacer con muchas ganas.

(Escrutinio obtenido de «El Periódico»)

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Pensar con la cosa de sentarse

De la serie: Pequeños bocaditos

O no tener vergüenza en la escalada de tomaduras de pelo al personal ciudadano. Como esta boutade de la Aído, que ahora se cae del guindo y pretende eliminar los anuncios de prostitución de los periódicos.

Estas estupideces me recuerdan la actitud de aquellos expulsados de algún lugar, que se alejan del mismo gritando exasperados: «¡No eres tú quien me echa, soy yo el que se va!».

Hace ya mucho tiempo que los anuncios de prostiputeo van de capa caída en los periódicos que habían sido su clásico soporte; tanto es así, que algunos los han suprimido y los pocos que nacen nuevos ya no los traen. El pretexto es fantástico: la dignidad humana, negarse al macarreo y toda la cagarela. La realidad es que, a fecha de hoy, estos anuncios ya no dejan la pastizara que dejaban antes.

Ya no la dejan porque hay una alternativa mejor y más eficiente: diversos foros y páginas que tratan de la cosa y páginas específicas de pequeños anuncios de todo tipo -baratos o incluso gratuitos- una de cuyos buques insignia son, precisamente, los anuncios de prostitución.

Anda, Aído, echa un vistazo aquí, aquí, aquí o aquí y no me vengas con botarateces de niñato progre chupiguay, que no cuela.

Y eso que solamente he enlazado lo más conocido, lo que se saben de memoria hasta los chavales de ESO. Los especialistas de la cosa podrían llenar centenares de líneas cargadas de enlaces.

A otro perro con ese hueso, doña Bibi.

Ajustado estoyyyy

De la serie: Los jueves, paella

Pues fíjate que no. Que no estoy cabreado. Bueno, maticemos: no estoy cabreado… así, en general. Como no me canso de decir, vayamos por partes…

Como todos sabéis (y algunos celebráis, no digáis que no) a los funcionarios nos han ajustado hoy. Un cinco por ciento. De promedio, claro: quiere decir que a un subdirector general le rebajarán un 5,48%, pongamos por caso, y a mí -que no tengo cargo ni perrito que me ladre y soy un paria del montón- solamente un 4,92%, pongamos por otro caso, que no se diga que no hay proporcionalidad en la distribución de las cargas.

En otras ocasiones me he rebotado. No es que haya servido para nada, pero me he rebotado. Date cuenta de que que mi hija mayor nació un 11 de agosto de 1992; pues bien, su primer cumplemeses lo celebramos con el anuncio del ministro Solchaga (así no se muera nunca: siempre enfermo de algo sucio, doloroso y maloliente) de que con harto dolor de corazón (sic, el muy falsario, por no decir otra cosa tanto peor como merecida) nos congelaba los sueldos a los funcionarios. Levanté en vilo a la pequeñaja -un mes, como queda dicho- y le metí la primera bronca paterna: «Pero tú… ¿dónde cojones has metido el pan que se suponía traías bajo el brazo, so golfanta?». Había que pagar la juerga olímpica, claro: es necesario decirlo porque aún queda gente que se cree que aquello salió gratis y lo mismo les da, a los muy pardillos, por apuntarse a la juerga olímpico-cutre de Hereu. Que no, que hubo que pagarla con una crisis de cojones; menos mediática que esta de ahora, pero con el mismo origen sinvergüencil. O sea que los funcionarios pagamos la puta olimpiada y yo me cagué en los designios divinos. Luego hubo que entrar en el euro reduciendo deuda y déficit (que eran de arrea) y volvimos a pagar la factura los funcionarios. Y me olvido de una tercera congelación, que fue la segunda y cayó entrambas. En todos los casos (del primero al último, porque a esos tres hay que añadir congelaciones virtuales con aumentos salariales del 2% cuando el IPC -pertinentemente falsificado, como siempre- andaba por el 5%, congelacioncitas que aún ibamos sufriendo hasta ahora) me cagué en la puta madre del país cuando todo el puto país aplaudía que nos jodieran porque los funcionarios ya se sabe que no damos golpe y toda la demás cagarela.

Pero, mira, esta vez me lo he tomado con filosofía. Bueno, con la que está cayendo no es para menos: después de todo, a mí me ajustan a piñón fijo, o sea, me bajan un cinco y el año que viene congelado (bah, como siempre), pero es que fuera hace más frío y, al final, ya sé de qué me voy a morir mientras que otros no saben si cubrirse el cuello, la entrepierna o el culo. Fuera hay contratos de mierda, empresarios de mierda, sueldos de mierda (bueno, esos también los tenemos nosotros) y cotizaciones de mierda que se terminan el viernes para reemprender el lunes; o sea que también hay inspectores de trabajo de mierda, porque todo hay que decirlo, queridos hermanos en la función pública, que es que no se os ve ni en holograma; y jefes que asustarían a un sargento chusquero de los de antes, pese a que 12.000 euros de papá les han proporcionado un MBA en cualquier sitio de esos ad hoc (y no te enfades, Enrique, pero es que se ve a cada pájaro con MBA, tío, que dan ganas no sé si de llorar o de destriparlo in situ sin formación de causa).

Por otra parte, también los funcionarios hemos de reconocer que nos hemos ganado a pulso que ahora nos sienten la mano: nos metieron tres congelaciones a 0 puro y duro y ya no sé cuántas a 2% con IPC a más del doble y no dijimos esta boca es mía. Qué gustito me da, señor preboste, que me dé usarcé por el culo. Y el preboste, imagínate: putas gratis que, además, pagan la cama. Pues en vez de congelar les vamos a recortar y ya verás como, encima, nos la van a mamar de canto y sin suplemento.

O sea que fíjate si tengo motivos para estar cabreado y, no, no estoy cabreado, ya ves.

Porque, además, me parece encantador que seamos los funcionarios -a piñón fijo- y el resto de los currantes -en modo barra libre- los que paguemos los platos rotos. Y ni yo mismo sé si estoy hablando sarcásticamente o completamente en serio. Porque, claro, de muchas cosas nosotros mismos tenemos la culpa: si nos dedicamos -os dedicásteis: lo siento, pero estoy exento en el particular- a comprar pisos a precios brutales sin preguntarse primero con qué se iban a pagar, en el estúpido (y autoengañado) convencimiento de que la juerga iba a durar toda la vida, pues, claro, después de la cogorza hay que pagar el vino, esto pasa en cualquier taberna. Y si el tabernero es un ladrón que te ha dado peleón por Rioja Gran Reserva, te jodes por tener el paladar de corcho y, sobre todo, por haber pedido la segunda copa, a sabiendas de lo que había con la primera. Que no hay excusa.

Fíjate que tampoco me cabrean cosas que tienen a no sé cuánta gente tirándose de los pelos. Que nos ajusten a los más indefensos, a los, bueno, digamos que a los pobres (es que a mí, con coche, piso y demás, me da no sé qué intitularme pobre cuando hay gente pasando hambre, hambre de gusa, hambre de un bocata, no de la justicia de las bienaventuranzas papistas), es, por demás, natural: cuando hay que tocarle los cojones a alguien no vas a hacerlo al que te puede inflar la cara a hostias. De modo que, en primer lugar, devolvemos a los bancos la pasta que han perdido especulando contra nosotros y que les salió mal porque otros de no sé dónde fueron más listos que los rutilantes MBA de aquí (que ya manda huevos, por cierto); en segundo lugar, los bancos y sus cómplices usan esta pasta para apostar rufianescamente contra nuestro valor, contra la pura, dura y simple riqueza del país, contra nuestra propia solvencia; en tercer lugar, se blinda al país (léase la UE) contra los tahúres a los que hemos financiado; en cuarto y último lugar, hay que pagar la factura de la pasta con la que han apostado contra nosotros y de la pasta necesaria para que los tahúres no se levanten con la tómbola entera y la factura, claro, nos la pasan a nosotros.

Como no ha ardido un banco y como ningún broker ha caído muerto a palos en una esquina con las primeras luces del alba, está muy claro: nosotros no mordemos, ergo nosotros pagamos.

Cuando nos dejemos de esquíes, de fútbol, de restaurantes, de vuelos low cost a hacer el gilipollas con calzón corto en países subdesarrollados y demás idioteces y cojamos palos, gasolina y mecheros y salgamos a la calle a decir aquí estoy yo, verás como empiezan a arreglarse algunas cosas como por ensalmo. No hay como enseñar los dientes para que te los limpien.

Y que conste que, como no he parado de decir, no estoy cabreado, ¿eh?

En absoluto.

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Y claro, con la que está cayendo, el Hereu eligió un mal momento para dejar de fumar. O sea que su Diagonal de vino y rosas se va yendo a tomar por el culo. En términos democráticos, quiero decir: su fastuosa consulta le está dando un puntapié en el trasero que sobrepasa largamente, según los sondeos a pie de urna, el 70 por 100. Y eso con todas las trampas que ha hecho. Si llega a jugar limpio, no votan a favor de sus inventos ni sus concejales. Otra cosa es lo que hará de todos modos. Si ya ha acordado con los interesados que el tranvía pasará por ahí peti qui peti, está claro que el tranvía pasará por ahí peti qui peti.

A menos que… él no esté ahí.

Es importante pararle los pies ahora. Aunque pretenda dar un golpe de municipio y o bien trampee los resultados -lo que no sería sorprendente a la vista de su comportamiento previo- o bien, aún reconciendo que los ciudadanos lo hemos enviado masivamente a tomar por el saco, haga finalmente lo que le dé la gana por encima de cualquier otra consideración, necesita tiempo. Necesita tiempo y no lo tiene de aquí a las elecciones. Por eso es importante que el voto C continúe in crescendo estos días de votación que aún hay por delante, porque, aunque no servirá para mucho más, será suficiente para pillarle con el paso cambiado, y con eso puede bastar.

A continuación, es necesario que los barceloneses no seamos burros y quitemos a ese tío de enmedio en las próximas elecciones. Es importante que el que venga detrás (que no será mucho mejor que él, ojo, venga del partido que venga) no tenga el pretexto de que ese pescado ya le ha llegado vendido y que no pueda escudarse en ello para llevar adelante la catástrofe de la Diagonal. Ojo, porque en este tipo de cosas mojan muchos cuñados que abarcan todo el arco parlamentario (municipal, en este caso, aunque para el caso -y sin el caso- viene a ser lo mismo) y la puntada que da uno lleva bien prendida el hilo de los otros, aunque luego en los plenarios escenifiquen sus comedias pour épater le bourgeois. No nos fiemos ni un pelo de ninguno de esos. Nuestro juego, nuestra única posibilidad, es ponérselo difícil a todos ellos.

Echarle el freno a Hereu, aparte del valor intrínseco de ello, es quitarle al sucesor, sea quien sea, la excusa de la herencia y hemos de afanarnos en lograrlo. Es importante que el voto C sea masivo, como ahora va siendo -o más aún, si es posible- porque contra más masivo sea más difícil le costará andar manipulando las cifras. Recordemos que es una consulta simplemente testimonial, que no tiene un control verdaderamente seguro -hasta donde lo sean los oficiales, que de eso también habría mucho que hablar- y que es mucho más fácil que en el sistema electoral habitual hacer de las mangas capirotes.

O sea que ánimo, que esto va bien, a ver si conseguimos parar en seco a tanta megalomanía municipal, que ya está bien de inventos y a ver si conseguimos de una reputa vez que Barcelona sea encabezada por un simplemente buen gestor que sepa llevar el día a día y sea capaz de planificar una mejora ciudadana global quizá imperceptible por milimétrica pero eficaz a fuerza de sostenida, sin meternos en veredas ni en barbaridades que, a la postre, nos acaban endeudando hasta las cejas a beneficio de los cuatro de siempre.

Que ya nos toca, coño.

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Bueno, pues ya está la paella, esta vez diédrica, pero puntual y en su perfecto punto.

Para la próxima, nos ponemos en 20 de mayo, penúltima jueves del mes de las flores, el mes primaveral por excelencia pero que, yo no sé en el resto de España, en Barcelona está resultando -a juego con los inventos municipales- una mierda que ni chicha ni limoná, ni primavera, ni invierno ni todo lo contrario.

A ver si la meteorología se pone de acuerdo con el calendario o definitivamente en frontal rebeldía contra éste -que también sería divertido y prestoso- pero, en todo caso, que se decida de una puñetera vez.

Las iremos viendo venir hasta entonces, queridos.

Huele a victoria

De la inédita serie: Ajo y agua

Como la gasolina por la mañana
😉

Ana María les casca

Que lo intenten

De la serie: Correo ordinario

Ya sé que soy reiterativo, pero es que las angustias de las empresas mediáticas con las nuevas reglas de juego que ha traído la red, no dejan de asombrarme a la par que deleitarme. O sea: pretenden en serio -sí, sí, en serio- cobrarle a Google por enlazarles en sus búsquedas, pretenden cobrarle al usuario por los contenidos… pretenden, en definitiva, cometer el mismo y reiterativo error que tantos otros ámbitos económicos del ancien régime: creer que la red no es más que una simple digitalización del negocio de siempre y que el modelo puede perfectamente mantenerse.

Hace unos días constataba cómo Teddy Bautista -y otros de la banda- habían olfateado el peligro que suponen para su tinglado las licencias Creative Commons, un peligro infinitamente peor que el de su tan cacareada piratería, porque si contra el libre intercambio entre particulares poco pueden hacer ante el potentísimo vector que supone la red, más impotentes están aún cuando el autor comprende la nueva situación, atisba dónde está de verdad el futuro y se hace cómplice de sus seguidores, de quienes, en definitiva, son sus clientes, los que le dan de comer y los que, si sabe ver la realidad, seguirán dándole.

Las empresas mediáticas y sus corifeos también lo han olfateado, pero, a diferencia de Teddy y sus boys, sus neuronas aún no han acusado recibo del estímulo. Efectivamente, ya hace tiempo que, de una forma más instintiva que racional, andan tirando tarascadas contra la blogosfera. «Esto no es periodismo», claman, como si la blogosfera pudiera considerarse así, globalmente, como algo homogéneo y uniforme. «El periodismo ciudadano, ni es periodismo ni, en realidad, ciudadano», siguen desgañitándose en su pretensión de ser los depositarios únicos de la verdad (y, sobre todo, del negocio). Nunca me habré reído bastante de la vana soberbia de Juan Luis Cebrián cuando ante los confidenciales y otros fenómenos mediáticos profesionales o no, en red o no, se preguntaba apocalípticamente quién garantizaba la veracidad de sus noticias, como si él, precisamente él, fuese garantía alguna de las del grupo empresarial que dirige con tan…, bueno, digamos que con tan poco éxito.

¿Quieren llevar adelante su vetusto modelo de negocio en internet? Adelante. Háganlo. Ignoren las abundantes señales que han recibido de que no funciona (el propio «El País» lo experimentó en sus carnes y se tuvo que envainar la suscripción digital), vistan a la mona de seda, a ver si así cuela. Porque, al hacerlo, estarán abriendo muchísimo campo a negocios nuevos edificados por gente nueva que comprende perfectamente el nuevo entorno.

No hace falta tener un MBA para explicárselo de forma clara: si ustedes imponen el pago por sus contenidos, la gente, el internauta, no pagará y buscará donde los haya gratis. O en otras palabras: generará una demanda de servicios. Ustedes, idiotas, reirán sardónicamente: si quieres servicios, págalos; las noticias cuestan dinero y hay que pagarlas y se quedarán esperando mientras nadie responde a una oferta que, verdaderamente, nadie quiere. Ustedes ofrecen noticias pagando y el usuario quiere noticias -y comentarios, y glosas, y artículos de fondo- gratis. Y mientras ustedes claman a los dioses del Olimpo aquello tan gracioso de que todo gratis no puede ser, otros estarán hablando con sus anunciantes (con los de ustedes) para ver cuánto pagarían por ser puestos directamente -y de un modo amable y atractivo- bajo las mismísimas pestañas de sus clientes potenciales. O cualquier otro invento (al final, esto que digo no es más que una simple evolución -progresista, pero no más allá- del modelo clásico). Y cuando ustedes se den cuenta de que se va el tren, apenas podrán subirse a su último estribo y viajar en él sentados en la paja del vagón de ganado y ensuciándose de mierda sus trajes de ochocientos euros, mientras jóvenes emprendedores, chavales con imaginación y limpios de prejuicios decimonónicos y buenos conocedores de la red (han nacido en ella, Cebrián, y antes se cortarían una mano que menospreciarla o, aún peor, despreciarla), viajan cómodamente en primera; trabajando duro, es verdad, pero comiendo en el vagón restaurante mientras ustedes le disputan el pienso a un par de vacas.

Como usuario -y como productor de contenidos en red- no me asustan sus admoniciones truculentas, sus exigencias de dinero necesariamente reglamentario (como si les fuera debido por una especie de edicto divino); ni siquiera sus abogados lanzados como fieras hambrientas sobre quienes me benefician con sus servicios, gratuitos y de buena calidad. Como usuario, sé que alguien sacará dinero de mis apetencias sin necesidad de irlo a buscar a mi bolsillo, porque mis apetencias, las apetencias de los usuarios, son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma; y si los campos están lejos del río de forma que la fuerza del agua es insuficiente para llegar hasta ellos, esa fuerza sí será suficiente para generar la electricidad que alimente la motobomba que llevará una pequeña pero suficiente parte del caudal (no hacía falta todo el caudal, que no te enteras) a esos campos sedientos. Sólo hace falta que venga alguien con la motobomba mientras los viejos decadentes intentan que se desvíe el río sobornando al ministro de Obras Públicas.

Y como productor de contenidos en red, quién sabe: igual ahí está también mi oportunidad; igual alguien descubre que estoy generando un valor susceptible de dar dinero y haciendo lo que yo no sé hacer -monetizarlo, obtenerlo- lo compartimos y nos beneficiamos los dos.

Sí, sí, no perdáis el tiempo: llevad adelante vuestros estúpidos proyectos y abrid en la red un enorme agujero de oportunidades para los demás.

Igual hasta yo pillo cacho.

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