Monthly Archives: junio 2010

Revolviendo las aguas

De la serie: Correo ordinario

Si dijese que las declaraciones de José Ramón Julio Martínez Márquez, conocido como [trade mark] al periódico «20 minutos» las esperábamos, mentiría como un bellaco. Lo cierto es que nos han causado una gran sorpresa; tanta, que ayer, durante la asamblea anual de la Asociación de Internautas, hasta dedicamos cinco minutos de reloj a comentar la jugada; por las declaraciones en su conjunto y por alusiones (se refiere a nosotros especial y expresamente).

El vuelco -cuando menos, aparente- de [trade mark] es realmente espectacular, reconozcámoslo: critica que la $GAE lo hizo todo mal desde el principio (desde el principio de la guerra del canon) y que él hubiera resuelto la cuestión en una semana, poniéndose de acuerdo con nosotros, con la AI. Es verdad -y yo lo he dicho muchas veces- que ese hubiera sido un buen momento, pero a alguien, no sé si individual o colectivo (ambas cosas son plausibles), le cegó la soberbia y que [trade mark] lo vea claro ahora, a toro tan pasado, induce a una sonrisa sarcástica. Después de casada la moza, no le faltan pretendientes. Considera, además, que la $GAE no sabe comunicar (sic, en el medio enlazado) y atribuye buena parte de responsabilidad por lo que está pasando a la industria discográfica.

En el vuelco de [trade mark] -este es su episodio quizá más espectacular hasta el momento, pero no el primero- hay un puntito de sinceridad: nos consta que a partir de los sucesos del Viña Rock de hace cuatro años sufrió una especie de crisis personal. No tanto por los sucesos en sí mismos, que no fueron para tanto, pese a que él los exageró hasta lo melodramático (si hubiera continuado en su escalada narrativa, al presente estaría asegurando que le tiraron bombas atómicas), sino porque se sintió abandonado y traicionado por el colectivo en cuya férrea defensa se había convertido, junto con el mismísimo Teddy Bautista, en el target predilecto del colectivo anticanon. Sí, ciertamente debió sentirse como aquel que se tira al agua por la patria y, cuando se está ahogando y pide ayuda, acierta a ver, antes de hundirse, que los colegas, lejos de haberse lanzado con él, permanecen de pie en el muelle y mirando para otro lado. Es notorio que la guerra del canon ha quemado a mucha gente en campo enemigo: [trade mark], notoriamente; pero también tenemos desapariciones importantes, como la de aquel ilustre Farré, o silencios muy sonoros de tantos que temporibus illis soltaron duras bravatas contra el entero orbe hasta que sufrieron en propia cuenta corriente lo costoso de andar poniendo a parir a su mismísima clientela.

Sí, [trade mark] dimitió del Consejo de Dirección de la $GAE como resultado de la luz que le encendieron aquellos acontecimientos pero esa mínima sinceridad a la que antes hacía referencia queda muy oscurecida por su pertenencia actual a otros órganos de la ominosa. Sabemos, por ejemplo, que su nombre y firma constan en los expedientes disciplinarios incoados contra algunos discrepantes que osaron promunciarse contra los designios del amo de la entidad. Y por eso, algunos pensamos que tras ese vuelco puede haber alguna otra cosa, empezando por el interés personal de [trade mark], cuyos ingresos podrían haberse visto muy mermados en los últimos tiempos debido a su escasa participación en los ingresos del canon y a su baja contratación (ha desaparecido prácticamente de las tertulias radiofónicas y televisivas y apenas le llaman para conciertos), por causa, probablemente, de que es el personaje de la farándula más antipático de todos en el imaginario ciudadano, muchísimo más allá del colectivo internauta, que ya de por sí no es menguado. Aunque también, en esa línea, caben otras posibilidades…

Teddy Bautista se dará el piro en los próximos meses, dentro de los próximos -creo que son- quince meses. Se va a casita y a sus cosas con la notoria y suculenta pensioncita de 24.000 euros mensuales y deja tras de sí un marrón de muchísimo cuidado. Deja, en primer lugar, una entidad con el prestigio y la fama por los suelos. No hace mucho, una encuesta indicaba que los españoles odian a la $GAE aún más que a la Agencia Tributaria (lo que no sé es qué tiene de extraño, pero en fin…). Deja, en segundo lugar, un endeudamiento de caballo contraído en la adquisición de un patrimonio inmobiliario enorme que ha sufrido el pinchazo de la burbuja y que fácilmente podría tener hoy una valoración un veinte por ciento inferior -en el mejor de los casos- al de la deuda contraída (con lo que los ciudadanos estamos ante el divertido espectáculo de ver quién lo va a pasar peor, si la $GAE para devolver o los bancos para que se les devuelva). Deja, en tercer lugar, muy comprometido el canon por causa de su propia codicia (no sé si personal o institucional, cualquiera de las dos o ambas juntas, son posibles), motora de la presión enorme que ejerció sobre los políticos para que aprobaran una regulación del impuesto absurda, ominosa y antidemocrática que ha quedado lista para descabello ante el Tribunal de la Unión Europea y con la que la $GAE contaba -ejem, cuenta todavía- para hacer frente a la enorme deuda que tiene por delante; si el canon se cae -o se cae, cuando menos, de sus actuales cantidades-, habrá de responder con otras modalidades, quizá más personalizadas, de derechos económicos de los autores, con gran alegría, cabe suponer, de éstos. Deja, en cuarto lugar, una oposición cierta dentro de la $GAE. Es una oposición imposible de cuantificar o de estimar desde el exterior, pero quedando fuera de toda duda la certeza de su existencia. Esta oposición, aun cuando fuera pequeña -que en los últimos meses se va viendo que quizá no lo fuera tanto-, podría recrecerse con la desaparición de Teddy del mapa, en un fenómeno muy parecido al del régimen de Franco, que mantuvo asfixiada bajo su bota a una oposición cuantitativamente mínima, de cuatro y el cabo, pero que rebrotó a su muerte en centenares de miles de ciudadanos. Deja, en quinto lugar, la hostilidad de varias de las demás entidades de gestión de derechos de autor que responsabilizan ahora a la $GAE (después de haberse escondido tras sus faldas durante años) de su propia cuota de desprestigio.

Este, junto con la crisis económica que afecta a todos -también a la $GAE, ciertamente-, es el panorama que va a tener que afrontar quien suceda a Teddy en el trono de la más importante entidad de gestión de derechos de autor. Entre otras interesantes consecuencias, podría muy bien suceder que los inicialmente más caracterizados para ocupar la plaza, rehuyeran asumir tan monstruosa responsabilidad, porque este trono va a constituir un verdadero horno en el que puede calcinarse más de uno.

¿Podría ser [trade mark] el globo-sonda de una especie de Elefant Blau que estuviera preparando su acceso al poder sobre la base de una limpieza de imagen de la $GAE, iniciándola con un gran armisticio con la comunidad internauta? No podemos saberlo, con los datos que tenemos ahora mismo, pero no es improbable. Lo que sí está claro es que nadie, ni individual ni colectivo, puede aspirar a hacerse cargo de la dirección de la $GAE manteniendo abierto este frente, entre otras cosas porque, además de lo dicho, que no es poco, tiene abierto otro, quizá menos espectacular, quizá un pelín -sólo un pelín- menos importante, quizá más oculto, pero también durísimo, con la industria discográfica, cuya política de tierra quemada con el público podría estar afectando -y muy gravemente- a los propios autores.

Ni siquiera una gran potencia -y la $GAE lo es, no nos engañemos- puede soportar tanto desgaste. La guerra con los internautas ha devenido, desde hace ya años, una guerra con los ciudadanos, cuyas esquirlas temen incluso los partidos políticos. Si no hubiera sido así, los ciudadanos ya nos hubiéramos visto apiolados hace mucho tiempo. Pero hay evaluaciones, procedentes de los centros de poder político más caracterizados, que estiman en millones de votos (en Moncloa parece que sus sumas dan tres) los costes de decantarse demasiado descaradamente en favor de la farándula que, a su vez, se duele de sus propios errores de cuando se creía inatacable y trata ahora de desmarcarse de éstos.

No sé -no puedo saber, obviamente- qué va a traer el futuro, pero, como siempre, estoy seguro de una cosa: va a ser apasionante.

A ver si encuentro un buen palco para verlo.

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Trenes, curas y políticos

De la serie: Los jueves, paella

Contra lo que anuncié en su día, en el sentido de que las paellas serían de jueves o no serían, publico esta en viernes. La razón es que, de hecho, esta entrada estaba ya escrita ayer y no pude subirla por motivos exclusivamente técnicos (por así decirlo). De modo que la subo igualmente, aunque en viernes, y, eso sí, aprovechando el retraso, actualizaré pequeños detalles (enlaces a prensa de hoy, sobre todo) en algunos puntos.

Buen provecho.

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Luctuoso, ciertamente, lo de Castelldefels. Ahí es nada 13 muertos y otros tantos heridos -tres de ellos, en estado crítico hasta el punto de que en el caso de una muchacha de 25 años, la consellera Geli ya hablaba esta mañana (de viernes) en tono fúnebre.

Lo que pasó es claro y sencillo, por más que algunos medios bebesangres le estén dando vueltas a una responsabilidad que, las cosas como son -y salvo elementos nuevos que puedan aparecer en la investigación-, no fue sino de las propias víctimas. Doblemente tremendo porque, si esta responsabilidad llega a establecerse judicialmente, las familias van a quedarse sin indemnización alguna. Aunque no creo que la cosa llegue a tanto. Buscarán un peón caminero que admita haber reparado con cinco minutos de retraso el badajo de averigua qué campana averiada, a cambio de una gran indemnización, de un buen empleo (en otra empresa) y de una pena simbólica (seis meses de trullo, por ejemplo, sin ingreso, al no haber antecedentes penales) y ADIF, debidamente declarada responsable civil subsidiario, a repartir centenares de miles de euros del bolsillo del contribuyente, que la casa es potente y no repara en gastos. Es la historia de siempre: buscar a algún empleado público que se hiciera pelotillas en el ombligo fuera del horario reglamentario para repartir pasta y acallar protestas y alguna que otra conciencia, aunque poca conciencia cabe imaginar a las que se acallan con dinerito en efectivo.

La imprudencia grave que mató a esas 13 personas (y las que rueden) y dejó gravemente herida a otra docena, es tradicional en España. Todo quisque cruza las vías del ferrocarril como si fuera una calle cualquiera, ignorando -o no ignorando, pero despreciando- el hecho de que un tren no tiene el mismo comportamiento que un automóvil y que, además, la perspectiva de una calle o de una carretera en relación a los automóviles no es la misma que la de una vía férrea respecto de un tren. Las referencias juegan de modo distinto y, por tanto, la apreciación de las distancias y los cálculos proporcionales de velocidad y tiempo son distintos. Encima era de noche.

Ahora, que vengan gilipollas a decir que el tren no llevaba luz (rotundamente falso) o que el maquinista no hizo sonar el claxon o que lo hizo tarde (podría ser, si el hombre dio prioridad a la maniobra de frenado). En todo caso, la concentración de gente sobre la vía impidió que, por pura aglomeración, esta pudiera ponerse a salvo aún cuando hubiera podido disponer de dos o tres segundos para ello.

Las víctimas iban con ganas de jarana (bien legítimas, por supuesto), posiblemente impacientes por llegar a ella, ya a pocos metros de su celebración, y no es descartable -lo digo a título de simple observación, no de reproche ni de maledicencia- que alguno ya hubiera empezado la fiesta durante el trayecto, con la correspondiente alegría adicional. Es una observación puramente especulativa, por supuesto, pero se convendrá que no del todo improbable. En estas condiciones -en las que, por otra parte, todos nos hemos visto alguna vez- el instinto de supervivencia cede terreno ante lo incompatible de la alegría de la ocación con la luctuosidad del riesgo. Es como si un pasajero de avión intuyera que el tortazo es imposible solamente porque está escuchando a través de los cascos la alegre tonada de una zarzuela castiza.

San Juan es la única fiesta de calendario que me gusta celebrar por ese único motivo. Será porque, pese a que odio el calor, la profusión de horas de luz natural que propicia el solsticio -y que me encanta siempre que no esté frente a un ordenador- parece que me potencia la alegría de vivir. Este año se me ha chafado un poco. No tengo ninguna relación con las víctimas ni con sus familias, pero es un episodio demasiado grave, demasiado bestia como para que no afecte. Está uno de fiesta tan tranquilo -lo que decía del avión y la zarzuela- y parece que sea imposible que e vaya a caer la casa encima, pongamos por caso. Como si, por otra parte, no hubiera ocurrido nunca.

La vida juega putadas así y hay que joderse. No puede decirse ni hacerse otra cosa.

Corolario: el año pasado, la asamblea anual de la Asociación de Internautas se celebró en un hotel próximo al apeadero de autos. De hecho, varios de los participantes acudieron en tren y llegaron a estos mismos andenes que un año después han visto ese horror. Y mañana, sábado 26, precisamente mañana, tenemos en Madrid la asamblea general de la AI de este año. Lo que son las cosas.

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La que está cayendo ha ralentizado o detenido algunas leyes en marcha parlamentaria, o más o menos. Todos estamos al caso de lo que está ocurriendo con la ya famosa Ley Sinde (que en realidad no es de Sinde salvo un ominoso detalle… adicional), cuya putativa autora morirá políticamente -es muy probable- antes de su promulgación… si es que ésta llega algún día, cuando menos en los términos en que ha sido proyectada y en el detalle… adicional… que nos trae de cráneo.

Hay otra que quizá nos haya pasado más desapercibida, sobre todo a los que andamos oteando, aprensivos, la ofensiva apropiacionista, y es el proyecto de Ley de libertad religiosa. La verdad es que no me lo he mirsado y hago mal porque es una ley importante toda vez que -se supone- habría de regular los derechos de aquellos cuyo planteamiento vital rehúye el hecho religioso, porque el senso contrario, los creyentes, ya se toman ellos solos sus derechos (y frecuentemente con la indisimulada voluntad de imponerlos a los demás).

Y en eso de la imposición anda la opusdeística Conferencia Episcopal católica española que ha puesto el grito en el cielo (claro) porque parece que el proyecto de Ley incluiría la retirada de los crucifijos y semejantes manifestaciones externas religiosas (católicas, porque no hay otras) de los edificios públicos incluyendo, obviamente, las escuelas (las escuelas públicas, imagino: con las privadas sería constitucionalmente imposible y cívicamente indeseable).

Desde la comprensión estrictamente estratégica de la queja -es un espacio de proselitismo importante, y quizá crucial, que perdería la Iglesia católica- me hacen gracia los argumentos que arguye la clerigalla y que, grosso modo, pueden leerse aquí.

Al loro con las expresiones: «persecución religiosa», «suicidio cultural»… Hay más: se ha pasado, dicen, de la laicidad sana a la promoción del ateísmo o incluso del agnosticismo. Y al loro con la traca final: «Ponerse en contra de los símbolos de los valores que modelan la cultura de un pueblo es dejarle indefenso ante otras ofertas culturales, no siempre benéficas, y cegar las fuentes básicas de la ética».

¿Por dónde empezamos?

Persecución religiosa. ¿A qué persecución se refieren? ¿A quién se le prohíbe el ejercicio de qué religión? Según esta idea… ¿persigue la Iglesia al Consejo General de Colegios de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria, pongamos por caso, por el hecho de que la insignia de tan honorable corporación no presida la práctica totalidad de los locales eclesiásticos? Porque siguiendo estrictamente el tenor argumentativo de la CE, así habría que verlo. Y hasta me atrevo a preguntar: ¿se avendría la Iglesia a que se mantuvieran los crucifijos, pero a condición de que, junto a ellos, se colgaran estrellas de David o medias lunas islámicas (o distintivos de cualesquiera otras religiones?)?

Suicidio cultural. No veo por qué. Hace un par de días, sin ir más lejos, en las dos entradas inmediatamente anteriores a esta, defendía la cultura occidental -sin escamotear su origen cristiano, en absoluto, como es notorio- sin necesidad de hacer la menor referencia a ningún hecho propiamente religioso. Contra lo que predican esos impresentables con pantógrafo en la azotea, la cultura y la civilización occidentales pueden defenderse perfectamente -y sin ocultar en absoluto sus orígenes- sin necesidad alguna de acudir a la religión más allá de la constatación histórica y política de su indudable existencia e implantación tradicional. Creo que lo he demostrado sobradamente en cuatro trazos, pero podría hacerse igualmente en cuatrocientos mil.

Ahora viene cuando vamos a reir un rato. ¡Laicidad sana! Bueno, vamos a ver… Sin olvidar que estos tíos han echado sapos y culebras sistemáticos contra todo lo que oliera mínimamente a laicidad, constatando que por fin se les ha escapado el subconsciente hablando de laicidad donde nunca hubieran debido dejar de decir (para su propio gusto, no para el mío) aconfesionalidad (mucho ojo a ese dato subconsciente, extraído del tenor literal citado por «El Periódico», según puede verse en el enlace), teniendo bien presente que, desde que se promulgó la Constitución, nunca han dejado de dar la vara -a veces muy cruda y seriamente- cada vez que las normas del Estado les han hecho perder un milímetro de influencia, un milígramo de prerrogativas, y teniendo clarísimo -sobre todo- que todavía hoy, pese a tanta laicidad (de la sana y de la enferma) el Estado sigue dándole a la Iglesia católica una cantidad verdaderamente insultante y vergonzosa de dinero por una cantidad inacabable de conceptos, los cuales, además, nunca llegan a ser controlados (decimos de la $GAE, pero anda que estos…), sería deseable -para quien tenga el humor como para seguir escuchándoles- que explicaran qué cojones entienden estos tíos por sana laicidad. ¿Que ir a misa los días laborables siga siendo voluntario? ¿Es sana laicidad la presencia de curas católicos en las Fuerzas Armadas -y, además, como clero único-, en los hospitales públicos -a veces incluso en sus consejos de dirección-, en la enseñanza pública (donde, encima, a los profesores de la absurda asignatura de religión, los eligen y despiden ellos omnímodamente pero los paga íntegramente el Estado, es decir, nosotros todos)? ¿Es sana laicidad la celebración constante de funerales de Estado con el rito católico como confesión única posible? ¿Es sana laicidad la constante celebración -a nivel estatal, autonómico, municipal e institucional y corporativo- de misas oficiales? ¿Es todo esto -y mucho más que me dejo- la sana laicidad que pretenden estos tíos? ¿Pues sabes lo que les digo? ¡Que se vaya a la puta mierda su sana laicidad!

Lo de dejar al pueblo indefenso ante otras ofertas culturales («no siempre benéficas» añaden, a beneficio de posibles incautos, al loro) y lo de cegar las fuentes básicas de la ética, casi se comenta solo. En otras palabras: para cerra el paso al burka, todos a misa como un sólo hombre; y las fuentes de la ética deben venir dadas por el magisterio eclesiástico de no sé cuántos curas y obispos pillados en flagrante metedura de mano a braguetas infantiles y a toda otra legión de ellos echando tierra por encima del asunto. ¿Son estas las fuentes básicas de la ética de las que hablan?

Lo dicho: a la mierda. A la puta mierda.

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Nuevamente hay que hacer referencia a la que está cayendo para ubicar la cuestión.

Cuando viene una crisis y empieza a crecer la cifra del desempleo y empieza a crecer la cifra de la temporalidad laboral y empiezan a crecer los contratos y/o salarios basura (si alguna vez decrecieron), la ira de la gente se vuelve contra todo aquello que, más o menos, resiste el embate. Lo sabemos bien los funcionarios que, nuevamente, resultamos ser unos privilegiados (aparte de vagos, maleantes y no sé cuántas cosas más) donde no hace ni tres años éramos unos pringados y el hazmerreir de cualquier analfabeto que levantaba tres mil euros al mes (dos mil de ellos, por cierto, en negro), poniendo tochos.

Otro target recurrente es el de los políticos y sus sueldos. Que si un diputado gana tanto, que si un diputado cuanto, que si tienen tales prebendas y tales otras… Y, a partir de ahí, se salta a los asesores, a los enchufados, al despilfarro de dinero público, a los cuñados, a los tresporcientos y, en fin, todo el folklore inherente (que, como todos sabemos, tiene su no poca parte de verdad).

Quizá lo más injusto sea lo del salario de los políticos.

Los sueldos de los políticos son, en España, una verdadera miseria, muy por debajo de lo que ganan sus homónimos en cualquier otro país europeo digno de tal gentilicio. Yo he conocido a un profesor universitario de una determinada autonomía que rechazó una propuesta -seria y firme, por supuesto- de ocupar una dirección general… solamente por la fruslería de que el sueldo no le compensaba. El gasto adicional de vivir en Madrid -manteniendo a la familia en su lugar de origen, claro- más los viajes, desplazamientos y demás, hacía que no sólo perdiera dinero sino que la cosa se le hiciera económicamente insostenible. Y hablo de un profesor universitario, no de un director de área del Banco de Santander. Si un profesor titular universitario (colectivo que tampoco destaca por unas retribuciones a nivel europeo, precisamente) rechaza un cargo así por no poderlo asumir económicamente, con lo que tiene de desafío profesional, mas la erótica del poder, que le dicen, no parece que el sueldo de un director general (y un director general está en el tercer o cuarto escalón -según ministerio- de la cadena administrativa que tiene al presidente del Gobierno como primer peldaño), no parece que los sueldos de los políticos sean fastuosos. Así, no sorprende el perfil de muchos directores generales y cabe apostar porque los pocos presentables sean residentes en Madrid con anterioridad a la posesión del cargo.

Muchas veces, asqueados -y con razón-, decimos que, para lo que hacen, aún cobran demasiado. Y con esto, me viene a la cabeza un comentario de Miguel Boyer de estos días: si los sueldos de los políticos siguen bajando, pronto no querrán ocupar cargos públicos ni los analfabetos. Se equivoca Boyer: se equivoca porque habla de futuro cuando el tiempo correcto es el de presente. Los analfabetos ya están aquí con mando en casi todas las plazas. Lo que habría que mirar ahora es si las magras retribuciones de los políticos son la causa o el efecto.

Es evidente que la pretensión de sueldos de nivel europeo para los políticos es inostenible con esa chusma que tenemos ahora en el machito. Pero también habrá quizá que convenir que entre la parquedad de esos sueldos y el desprestigio de la política, los sillones de alto cargo no resultan nada atractivos para la gente de relumbrón, para la gente verdaderamente válida. El ejemplo -real, insisto: puedo ponerle (aunque no se lo pondré) nombre y apellidos- puede haberse repetido -seguramente se habrá repetido- en muchísimos escalones de muchísimas administraciones públicas.

¿Por dónde empezamos a cortar el círculo vicioso? Si se pusiesen los sueldos de los políticos a un nivel digno y acorde… ¿cuánto tiempo estaríamos pagando opíparamente a un montón de pringados hasta que empezase a acudir la gente verdaderamente valiosa a ocupar los puestos de responsabilidad para los que está preparada, atraídos por el desafío profesional y político del puesto, al que podrían responder desde una retribución suficiente? Porque no se trata de que el salario enriquezca al político, pero a mí me da la impresión de que el hecho de que un profesor universitario con sueldo de universidad pública española rechace una dirección general porque aceptándola rebajaría la calidad de vida de su familia, me parece, simplemente, alucinante.

El círculo hay que cortarlo por algún lado, porque a mí me parece evidente que con estos sueldos no podemos aspirar más que a la chusma que tenemos (incluyendo, claro está, desgraciadamente, a los cuñados y a los tresporcientos anexos). ¿Podemos estar yendo en camino de institucionalizar la mordida, de mexicanizar el país? Suena truculento -y seguramente lo es, ahora mismo- pero quizá no lo sea tanto dentro de veinte años si esto sigue así.

Reflexionemos.

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Pues, hala, os dejo.

El próximo jueves será 1 de julio y nuevamente, por razones que no son del caso, puede ser un poco complicado. A ver si me estiro el miércoles y dejo listo siquiera el sofrito. En principio, pues, habrá paella, pero veremos que pasa.

Hasta entonces. Pero recordad que «El Incordio» sigue erre que erre cualquier día de la semana.

El clasicismo perdido

De la serie: Pequeños bocaditos

Hoy se celebra la festividad católica de Santo Tomás Moro, una interesante coincidencia (juro que lo es) atendiendo al post que precede a éste. Coincidencia porque Moro, junto con su amigos y maestros Erasmo de Rotterdam y Juan Luis Vives y los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, formularon desde el Humanismo cristiano los vectores políticos que habrían de regir el mundo desde el Renacimiento y que todavía hoy constituyen los cimientos más básicos de la ideología política del mundo occidental. Cosas todas ellas que desconoce, naturalmente, la inmensa chusma futbolera de este país de perfectos gilipollas, ignorante, en la asfixia de su propia caspa, de que un día España dominó el mundo sí que sobre sus armas, pero encarrilando su acción política sobre todo ese pensamiento que se construyó aquí y en Italia (pero cuando la práctica totalidad de Italia pertenecía a la Corona de Aragón, esto es, a España).

También casualmente, ayer se cumplía el 483º aniversario de la muerte de Nicolás Maquiavelo, otro importante renacentista, un hombre al que calificar de «brillante» es tan poco que roza el insulto, tenido por toda la imbecilidad mundial como un malvado, cosa que jamás fue salvo para los analfabetos funcionales del entero orbe (y, ni que decir tiene, muy especialmente los de este país, porque ser gilipollas y español es ser gilipollas con agravantes).

Para mayor escarnio de la clase dirigente actual, Tomás Moro fue designado santo patrón de los políticos y los gobernantes por el papa Wojtyla, a petición de Francesco Cossiga, a la sazón presidente de la República Italiana. Si Moro viera a sus patrocinados europeos (y muy especialmente, a los españoles e italianos), menuda patada en el culo le arrearía a don Francesco por asociarle a toda esa canalla que, desde luego, está a siglos luz de distancia (pero mirando hacia atrás y hacia abajo, claro).

La Escuela de Salamanca, apodada también iusnaturalista por haber formulado por primera vez el concepto de Derecho natural, formuló también (y obviamente mucho antes que los revolucionarios franceses o los meapilas de la ONU) conceptos como los derechos humanos, la soberanía como emanación del pueblo, los cimientos mismos de la democracia tal como la entendemos ahora (aunque frecuentemente muy mal, y eso por no ir ya a los tramposos que todos conocemos) y el mismísimo Derecho internacional basado en el ius gentium, el derecho de gentes. Todo eso y mucho más (la economía de libre mercado, por ejemplo)…

El orden mundial basado en el antropocentrismo moral (pero considerando al hombre como completo en tanto que ser social), la política entendida como servicio a la colectividad y al bien común… en fin, la mayoría de los principios sobre los que está asentada la sociedad occidental moderna cuyas lacras devienen, precisamente, en la medida en que esos principios dejan de observarse como tenor principal. Toda la doctrina política que rige hoy en Europa y América es un cúmulo de apuntes sobre la obra de los renacentistas, de los humanistas cristianos del XV y del XVI.

Todo esto (y mucho más) es lo que sugiere la onomástica de hoy: seguramente la mayor aportación en materia de moral, política, derecho y, por supuesto, arte, que ha hecho Europa, una Europa cuyas luces nacían al norte del Mediterráneo, aunque el eje de su foco se fuera desplazando desde oriente a occidente.

El Renacimiento nos trajo la política tal como hoy la conocemos y la república (en su sentido más etimológico) tal como hoy la concebimos. El Renacimiento puso a Dios en el ámbito de la fe y al gobierno humano bajo su inspiración, no bajo su mandato ni bajo el sometimiento de unas reglas apócrifas, ancestrales y desprovistas, para los tiempos que corrían, de sentido. La cultura occidental es la creación de esa dicotomía entre la religión y la ley, entre Dios y la política en quinientos años de evolución del pensamiento.

Por eso debemos evitar que la barbarie teocrática, con un lastre de siete siglos de retraso en el desarrollo humano e intelectual, nos imponga sus dictados. Por eso y porque no hay ninguna estúpida alianza de civilizaciones. Lo que sí hay es una guerra de civilizaciones.

La que ellos nos han declarado a nosotros.

Cuestión de trapos

De la serie: Rugidos

Parece que los catalanes estamos levantiscos con el tema del burka y el niqab o como se llame todo el traperío que utilizan algunas mujeres islamistas en nuestros municipios, varios de los cuales, en número creciente a diario, aprueban o proponen mociones para prohibir ese, ejem, atuendo en las instalaciones municipales, a la espera de poder encontrar un atajo normativo que permita prohibirlo en toda la vía pública.

Las encuestillas estas de Internet arrojan un saldo de más de un 90 por 100 de ciudadanos favorables a este conjunto de medidas. Ya sé que esos sondeos no son rigurosos y que sus resultados deben ser cogidos con pinzas, pero me huelo que una encuesta seria no desmentiría frontalmente tales resultados. Y no sólo eso: estoy seguro de que muchos españoles no catalanes nos miran con envidia y, por una vez y sin que siente precedente, sienten fuertes deseos de catalanizar sus municipios en lo tocante a la cuestión de autos.

No hará falta decir, por supuesto, que la chusma del buen rollito anda alborotada mesándose las barbas y rasgando sus vestiduras, pero esta vez lo tienen realmente mal porque el abanico político que está aprobando estas mociones es verdaderamente amplio (lo que refuerza lo del 90 por 100 de las encuestillas en red). En Manresa, que aprobó ayer la moción correspondiente, votaron a favor CiU, PSC, PP, ERC y Plataforma per Catalunya (que ya es inaudito ver a todos estos juntos y votando lo mismo), con un total de 20 concejales, que dejaron como el gallo de Morón a los otros tres que quedaron allí cacareando sus habituales lugares comunes.

Como colofón, el ministro Corbacho que la suelta más gorda: acabará habiendo más mociones y prohibiciones que mujeres con trapos de esos (no cito al ministro, obviamente, en su estricta literalidad). Parece que eso de que las tías estas sean pocas es el argumento recurrente del buenrollismo, pero la respuesta es fácil: los delincuentes son, afortunadamente, sectores minoritarios de la población -apenas en proporciones moleculares, delito por delito, y más en según qué delitos- y hay dos leyes orgánicas así de gordas (el código penal y la Ley de enjuicimiento criminal) dedicadas al asunto. De acuerdo con las teorías de Corbacho, no nos debiéramos preocupar por la delincuencia hasta que fuese un fenómeno extendido entre la población. Es decir -y al igual que en el caso del trapo- hasta que fuera tarde. Y luego dicen que son políticos profesionales.

Se debate también si el tema este es religioso o no, y es, a mi modo de ver, otra discusión bizantina: da igual que la norma que lleva a los niqabs y a los burka -y a más tela que, con el tiempo, habría que mirar también con lupa- sea religiosa, social o puramente consuetudinaria. El hecho relevante es que es radicalmente contrario a los principios básicos de la civilización occidental (en efecto: de base y origen cristiano, y si no les gusta, que se jodan, porque el necesario y saludable laicismo público no puede llegar a que olvidemos nuestros orígenes como sociedad, cuidado con eso) y, por tanto, no deben tolerarse. Es más: todo este exhibicionismo textil es un desafío frontal y flagrante, es un desprecio absoluto, abierto y expreso a los principios de nuestra sociedad, tenidos por esta gente como diabólicos, y un anuncio de lo que pasaría aquí si ese gremio llegara a alcanzar cotas de poder en nuestros municipios, en nuestras regiones o -al loro- incluso a nivel de Estado. O sea que mucho ojito cuando los buenrollistas pretenden extender el derecho al voto a los inmigrantes y mucho ojito también porque los hijos de las del trapo nacidos aquí tendrán en su día derecho a DNI y voto. Quizá haya llegado el momento de replantearse los requisitos para acceder a la nacionalidad española, replanteamiento impensable en este país de gilipollas pero que, con un poco de suerte, puede venir obligado desde Bruselas.

Hay, además, motivos de alarma con el tema de los islamistas. Ayer leía en «La Vanguardia» que tras mucho musulmán moderado se oculta, en realidad, el más feroz islamismo merced a un mecanismo ideológico (sorprendentemente jesuítico) denominado taqiyya que podríamos trasponer a nuestras entendederas como santa hipocresía que les permite disimular y hacer los buenos chicos incluso vulnerando preceptos radicales solamente para disimular y metérnosla doblada a la menor ocasión. En otras palabras, tenemos a un indeterminable número de estos tíos afilando las gumías en nuestro propio patio trasero y, por tanto, no nos podemos fiar absolutamente de ninguno de ellos (incidentalmente: el enlace no es a «La Vanguardia», que pretende cobrar como premium su hemeroteca reciente, sino a unos foros de Terra en los que se reproduce la noticia íntegramente).

Vamos despertando, menos mal, y parece que se nos van quitando las manías y los complejos con los que los buenrollistas nos tenían acogotados; pero aún nos queda una capa demasiado gruesa de gilipollez, aún no hemos cogido por los cuernos al toro; le hemos dado, apenas (y sólo en Catalunya) un par de pases largos, pero nada más.

Quizá se vaya acercando la hora de que alguien diga, recuerde o establezca, según el caso, que los permisos de residencia no son irrevocables y de que su mantenimiento depende enteramente del grado de asunción de los principios básicos de nuestra sociedad.

Y de que se vayan olvidando de su cuento de Al-Andalus.

Mañana de spotting

De la serie: Altos vuelos

El sábado de la semana anterior (el 12, vaya) fui de nuevo al aeropuerto a ver si voy aprendiendo algo más en el arte del spotting.

Aquí, unas muestras obtenidas en la cabecera de la pista 25R del aeropuerto de Barcelona (LEBL). Y, como sigo siempre, sed clementes:

Embraer ERJ-190-200LR de Air Europa
Airbus A330-343X de Iberworld
Airbus A319-111 de Easy Jet
McDonnell-Douglas MD-87 de Spanair
Tupolev Tu-154M de Air Vladivostok. Humo y ruido: tecnología soviética de los años 70 y 80

Espero que sepáis disculpar las más que evidentes novateces de este principiante. Por si sois lo suficientemente masoquistas, aquí hay más.

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