Vergüenzas y sinvergüenzas

De la serie: Los jueves, paella

No digo nada sobre la huelga de funcionarios porque ya lo dije el otro día y obra en el post inmediatamente anterior a este. Pero sí que hay una coletilla, colofón, corolario o como queráis llamarlo: los dirigentes gordos de mi sindicato (que es CSI-F, como sabéis) se han cabreado con CCOO y UGT porque han utilizado la convocatoria funcionarial como un banco de pruebas para la huelga general (con lo que, tal y como ha resultado la prueba, veremos si hay huelga general) y, por tanto, nos han utilizado a los funcionarios como moneda de cambio. Consecuentemente, CSI-F ha roto relaciones con CCOO y con UGT.

No me parece mal, toda vez que es verdad que CCOO y UGT nos utilizan como moneda de cambio desde que que tengo uso de memoria funcionarial, hace cosa de veinte años. Lo que me sorprende es que los dirigentes de mi sindicato, que no son unos novatos, precisamente (el presidente lleva más años en el machito que la Patum), se caigan ahora del guindo. Alguna otra cosa habrá. Como no pueden ignorar que, desde las elecciones sindicales de hace cuatro años, los sindicatos afectos al tripartit nos echaron de la Mesa general de función pública de Catalunya haciendo una interpretación muy berroqueña de la normativa y sus ámbitos de cómputo de implantación. Y entre una cosa u otra, en los pactos alcantarillescos de CCOO y UGT con los gobiernos de turno, los funcionarios siempre hemos sido almoneda de pringado, el caramelo que ambos sindicatos han entregado siempre a cambio de putear menos a otros sectores en los que los interfectos recogen muchos más votos. ¿Y el cabreo oficial viene ahora? Vaya por Dios.

Ahora que ya he cumplido como un hombrecito, puedo ampliar la insinuación que hice sobre mis reticencias. Soy de la opinión -y en su momento lo dije donde debía decirlo- de que CSI-F metió el remo convocando (apropiadamente, co-convocando, pero esto de co-convocar es cacofónico a más no poder), precisamente CSI-F, que tradicionalmente es poco amigo de convocar huelgas -incluso de adherirse a las mismas- y que, en tales trances, suele dar libertad a sus delegados para que hagan lo que quieran. Se metió el remo porque, aparte de que, como dije, después de los sapos que nos hemos tragado los funcionarios sin decir ni mu, cuando éramos los únicos perjudicados por las medidas restrictivas, resulta que vamos a subirnos a la parra ahora que somos uno más de los grupos puteados. La instrumentalización de que hemos sido objeto por CCOO y UGT hay que ser ciego para no verla, pero es que ya hace muchos años que esto es así, no es nada nuevo, con lo cual, y como queda dicho, no entiendo -salvo causas terceras y ocultas- ese cabreo precisamente ahora. Y, finalmente, desaconsejaba la huelga la posible o previsible convocatoria de una huelga general (que, precisamente, puede verse perjudicada por los modestísimos resultados de la huelga de sector público): amontonar dos huelgas casi seguidas, es pedirle demasiado a la gente (muchos no han seguido esta, única y exclusivamente, por no sufrir el descuento en nómina, como lo prueba el hecho de que mientras la huelga ha sido, bueno, modestita -no vamos a ser crueles- las manifestaciones inherentes, en cambio, han sido verdaderamente triunfales). Si hubiera habido cajas de resistencia, aquí sólo hubieran trabajado los de los servicios mínimos. Claro que esto de las cajas de resistencia son cosa de sindicalismo serio y de sindicalistas concienciados y con dos cojones (entendiendo por «sindicalista» prácticamente todo trabajador) y aquí ni el sindicalismo es serio (¡pero si lo paga el Gobierno!) y los sindicalistas… bueno, sólo hay que ver las cifras de afiliación.

Cumplí con mi deber de trabajador siguiendo la huelga convocada por mi sindicato (si uno quiere hacer lo que le dé la gana, no tiene sentido afiliarse) y con mi deber ético de afiliado callándome las críticas públicas (no las otras, no las de puertas adentro) cuando éstas hubieran podido ser contraproducentes para la convocatoria. Cumplidos ambos deberes, me siento libre de decir lo que pienso y al que no le guste, que se joda: esta convocatoria de huelga fue una gilipollez como la copa de un pino. Y si la maniobra ha sido calculada por parte de algunos, puede incluso hablarse de traición, porque esta huelga y su fracaso, pueden haber dado al traste con la que sí es necesaria y prioritaria: la huelga general.

Igual también en esto hemos sido nuevamente los empleados públicos una moneda de cambio destinada a evitar la sacudida gorda que quizá Zap ya no podría resistir.

Así lo veo yo y así me temo que es.

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Se atribuye a Fouché la expresión «Es peor que un crimen: es una estupidez». La he recordado estos días a cuento de la intervención israelí sobre la flotilla presuntamente pacifista que iba a hacer no sé qué a Gaza.

Y es que el problema de las situaciones fácticas, del fait acompli, es que fácilmente se vuelven contra uno a la que el enemigo aprende.

Intentemos ver las cosas como son: Israel es un Estado reconocido por la ONU y por la inmensa mayoría de naciones del globo. Como tal estado, tiene unos derechos, entre ellos el de vivir en paz dentro de sus fronteras. Y aquí tenemos el primer problema: Israel está -en general- reconocido por la comunidad internacional, pero sus fronteras plantean serias objeciones a raíz de un cierto asuntillo acontecido en 1967. Israel reivindica los territorios de 1967 como suyos históricos, pero, claro, lo mismo pueden hacer -y hacen- los que se vieron en sus propios territorios históricos, súbitamente, en territorio soberano israelí, que es lo que le pasó a más de uno en 1948. Además, dentro del territorio pretendido por unos y por otros está una ciudad en la que radican los orígenes de las tres grandes religiones en las que se basan las dos grandes civilizaciones actuales: la judeocristiana y la musulmana (si es que a ésta última, a la vista de la mayor parte de sus seguidores, regímenes y usos, puede llamársele civilización); la disputa por esta ciudad y los derechos -verdaderos, ciertos, auténticos- que reivindican los de aquí, los de allá y los de acullá- complica la situación y ennegrece aún más el futuro.

Pero también es cierto que mientras Israel libra guerras o combates, ora de autodefensa, ora de expansión quasi imperialista, sus enemigos libran una guerra de exterminio. Así como suena. Mientras que ni al israelí más fundamentalista y cafre se le ocurre en serio la pretensión de borrar del mapa a Siria, a Irak, a Irán, a Jordania, y pare usted de contar, muchos de estos países, y no pocos ciudadanos de muchos otros, dedican todos sus esfuerzos a la santa intención de exterminar Israel y a los judíos. Cuando las cosas se plantean así, es inevitable que haya una buena dosis de mala leche adicional. Tampoco debe sorprender que los israelíes aseguren y expandan -en la medida de lo posible- sus hinterlands temiendo, no sin razón, que la sangrehorchatez occidental (y sobre todo la europea) se cague de miedo ante un atentado islamista y les deje con el culo al aire militar y políticamente frente a ese panorama.

Consecuentemente, Israel ha cometido abusos importantes: no ha mantenido atados a sus colonos fundamentalistas, se ha parapetado tras un muro que, además de inútil, es vergonzoso y mantiene un comportamiento indudablemente prepotente, soberbio y antipático y se ha lanzado a un impopular bloqueo de la franja de Gaza.

El bloqueo de Gaza, no obstante -aunque sin duda hubiera podido llevarse con más habilidad-, no deja de tener cierta justificación: desde Gaza se bombardeaba territorio israelí y Gaza se había constituido en una verdadera base de la instigación del exterminio contra Israel. La toma del poder por parte de los perros rabiosos de Hamas no podía mejorar las cosas en absoluto.

Ciertamente, cuando uno bloquea una plaza, un territorio, debe mantener ese bloqueo contra viento y marea y la flotilla pacifista venía a romperlo. No era, tengámoslo claro, una flotilla neutral: se trataba de ayudar a Gaza con la santa intención de que el territorio de la Franja de recuperara como un punto de agresión antijudía. Pero los pacifistas supieron vestir bien la historia y todo el mundo entró al trapo de la batallita humanitaria que, en realidad, no pretendía sino alimentar un vector de hostigamiento. Israel, por su parte, cometió la estupidez habitual de los poderosos, de los sobrados y de los prepotentes: creer que podría hacer lo que le diera la gana impunemente. Y asaltó, sin más y a lo bestia, la flotilla de los otros capullos, logrando que éstos alcanzaran su objetivo secundario: que Israel se autopropinara un puntapié en el trasero de la comunidad internacional. Ciertamente, Norteamérica no abandonó a su protegido, pero la brutalidad de Netanhyahu le ha puesto las cosas muy difíciles al hawaiano del buen rollito y la opinión pública mundial cada día está más harta de los israelíes. La victoria sobre la flotilla pacifista se le puede atrangantar al Benjamín y quizá no a largo plazo.

Lo que sí es cierto es que, unos por otros, el problema de esa desgraciada zona, lejos de resolverse se complica y agrava a cada día que pasa. Occidente, por su parte, ha cometido también torpezas muy gordas (las invasiones de Irak y de Afganistán) y está por ver lo que ocurre con Irán y lo que aguanta el tinglado títere de Pakistán. Y con esos dos, entramos ya en terreno con armas nucleares. En Pakistán, seguro; y en Irán van de camino (hasta que los israelíes se harten y sus bombarderos arrasen las centrales de enriquecimiento de uranio: ya le hicieron esta a Saddam Hussein en su día). Pero si esto llega a pasar, sólo agravará -y mucho- el ya de por sí muy sucio panorama.

Si no se termina el fanatismo de unos y la prepotencia de otros (y estamos lejos de ello) este asunto no va a tener arreglo.

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Ayer supimos que el caso Palau pringa también al achuntamén y a la Generalitat. Veremos cuánto pringue, hasta qué punto y quienes son los pringados (más allá de las cabezas de turco que se ofrecerán en holocausto al dios Moloch de la opinión pública, a ver si cuela, que con lo agilipollada que está la opinión pública, igual cuela).

No me extraña.

Todos tenemos claro, por ejemplo, que el narcotráfico, con la inmensa cantidad de miles de millones de dólares que mueve, no es una cosa que controlen cuatro chorizos y macarras y dos mafiosos medio analfabetos y enteramente horteras, como aquel cutre y pachanguero Pablo Escobar al que finalmente dieron matarile, averigua a quién se le desmandaría…

El mismo hilo de razonamiento, nos lleva a barruntarnos que lo del Palau no fue un simple enjuague en comandita entre Millet y los Montull. La cantidad de millones defraudados que va asomando prácticamente a cada semana que pasa, ya inducía a pensar que esos tres son la punta de un iceberg. Porque, además, hablamos del Palau.

Una ONG, una de tantas, puede andar trapicheando con la pasta que le entregan para que dé sopitas a los niños africanos y, bueno, sí, puede pasar desapercibida. Hay tantas ONG que hacen (y deshacen) tantas cosas que… Pero ¿el Palau? ¿Una institución tan presente en la vida barcelonesa y catalana, recientemente ampliado, celebrando más recientemente aún su centenario, una institución -y un edificio- realmente queridos por los barceloneses, y una joyita de la beautiful local? ¿En esas circunstancias iban esos tres a andar mangoneando tan grandes millonadas y nadie se había enterado, nadie más estaba en el ajo ni por acción ni por omisión?

No cuela.

Y cuando ayer trascendió que en el asuntillo del futuro hotel vecino al Palau ya había sus más y sus menos y sus tiquismiquis con la recalificación del edificio candidato a hotelear, que ya había una cadena hotelera pringada (¿a que adivino cuál?) y que la impresora del fiscal echa humo mirando, efectivamente, al achuntamén, pero también a la Generalitat, pues, hombre, lo que se dice sorprender, no sorprende.

Y aún hay más. La ampliación del Palau se hizo sobre el solar de una iglesia colindante que fue demolida previa secularización. Pues bien, ahora el fiscal anda husmeando la operación de la iglesia. O sea que a ver si, además del achuntamén y de la Generalitat, va a ser que… ay, ay, ay. Que ya sólo iba a faltar eso.

Pero manda narices cómo la cosa va con cuentagotas, como si… alguien… temiera que de aparecer en superficie todo de golpe, el escandalazo -que ya de por sí es mayúsculo- dejara a unas cuantas respetables instituciones no sólo tocadas sino, además, hundidas. No lo quiera Dios.

Menos mal que, justo ahora que parece que las cosas se complican, la roja sale pitando para Sudáfrica y el personal quedará debidamente anestesiado.

Quizá por eso esté yo preparando rogativas y novenas a Santos Octavos para que esos palurdos reciban una buena hostia, a ver si el personal se despierta de una puta vez.

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Pues hasta aquí en este segundo jueves de junio que ha resultado ser el primero de paella. El próximo será el 17 y último ya de la primavera. Tenemos San Juan a quince días y mirando al cielo y al termómetro nadie lo diría. De todos modos, no tengo absolutamente ninguna prisa para que venga el calor. Que vaya cayendo agüita, que los acuíferos lo agradecerán (y la flamante planta potabilizadora inaugurada por el president continúa ahí, en el Llobregat, muerta de risa. Pero nada, president usted diga que los españoles también nos cachondeábamos de Franco que no se cansaba de inaugurar pantanos en plena «pertinaz sequía» y a la postre menos mal que hubo.

Es lo que tiene ser lo que se es por la gracia de Dios

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