El clasicismo perdido

De la serie: Pequeños bocaditos

Hoy se celebra la festividad católica de Santo Tomás Moro, una interesante coincidencia (juro que lo es) atendiendo al post que precede a éste. Coincidencia porque Moro, junto con su amigos y maestros Erasmo de Rotterdam y Juan Luis Vives y los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, formularon desde el Humanismo cristiano los vectores políticos que habrían de regir el mundo desde el Renacimiento y que todavía hoy constituyen los cimientos más básicos de la ideología política del mundo occidental. Cosas todas ellas que desconoce, naturalmente, la inmensa chusma futbolera de este país de perfectos gilipollas, ignorante, en la asfixia de su propia caspa, de que un día España dominó el mundo sí que sobre sus armas, pero encarrilando su acción política sobre todo ese pensamiento que se construyó aquí y en Italia (pero cuando la práctica totalidad de Italia pertenecía a la Corona de Aragón, esto es, a España).

También casualmente, ayer se cumplía el 483º aniversario de la muerte de Nicolás Maquiavelo, otro importante renacentista, un hombre al que calificar de «brillante» es tan poco que roza el insulto, tenido por toda la imbecilidad mundial como un malvado, cosa que jamás fue salvo para los analfabetos funcionales del entero orbe (y, ni que decir tiene, muy especialmente los de este país, porque ser gilipollas y español es ser gilipollas con agravantes).

Para mayor escarnio de la clase dirigente actual, Tomás Moro fue designado santo patrón de los políticos y los gobernantes por el papa Wojtyla, a petición de Francesco Cossiga, a la sazón presidente de la República Italiana. Si Moro viera a sus patrocinados europeos (y muy especialmente, a los españoles e italianos), menuda patada en el culo le arrearía a don Francesco por asociarle a toda esa canalla que, desde luego, está a siglos luz de distancia (pero mirando hacia atrás y hacia abajo, claro).

La Escuela de Salamanca, apodada también iusnaturalista por haber formulado por primera vez el concepto de Derecho natural, formuló también (y obviamente mucho antes que los revolucionarios franceses o los meapilas de la ONU) conceptos como los derechos humanos, la soberanía como emanación del pueblo, los cimientos mismos de la democracia tal como la entendemos ahora (aunque frecuentemente muy mal, y eso por no ir ya a los tramposos que todos conocemos) y el mismísimo Derecho internacional basado en el ius gentium, el derecho de gentes. Todo eso y mucho más (la economía de libre mercado, por ejemplo)…

El orden mundial basado en el antropocentrismo moral (pero considerando al hombre como completo en tanto que ser social), la política entendida como servicio a la colectividad y al bien común… en fin, la mayoría de los principios sobre los que está asentada la sociedad occidental moderna cuyas lacras devienen, precisamente, en la medida en que esos principios dejan de observarse como tenor principal. Toda la doctrina política que rige hoy en Europa y América es un cúmulo de apuntes sobre la obra de los renacentistas, de los humanistas cristianos del XV y del XVI.

Todo esto (y mucho más) es lo que sugiere la onomástica de hoy: seguramente la mayor aportación en materia de moral, política, derecho y, por supuesto, arte, que ha hecho Europa, una Europa cuyas luces nacían al norte del Mediterráneo, aunque el eje de su foco se fuera desplazando desde oriente a occidente.

El Renacimiento nos trajo la política tal como hoy la conocemos y la república (en su sentido más etimológico) tal como hoy la concebimos. El Renacimiento puso a Dios en el ámbito de la fe y al gobierno humano bajo su inspiración, no bajo su mandato ni bajo el sometimiento de unas reglas apócrifas, ancestrales y desprovistas, para los tiempos que corrían, de sentido. La cultura occidental es la creación de esa dicotomía entre la religión y la ley, entre Dios y la política en quinientos años de evolución del pensamiento.

Por eso debemos evitar que la barbarie teocrática, con un lastre de siete siglos de retraso en el desarrollo humano e intelectual, nos imponga sus dictados. Por eso y porque no hay ninguna estúpida alianza de civilizaciones. Lo que sí hay es una guerra de civilizaciones.

La que ellos nos han declarado a nosotros.

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Comentarios

  • PROTESTAVECINO  On 22/06/2010 at .

    Maestro: se nos van a enfadar, en los años 60, las chicas de mi pueblo dejaron de usar el velo, pano o prenda de cabeza, se conseguía ser iguales que las chicas que venían a la residencia de educación y descanso que ocupaban los “productores de de Seat”. En la actualidad, varios barrios de mi pueblo se están llenando de vestimentas “moras” y sus establecimientos. Se ofenden si las infieles españolas pasean por “ sus” calles.

  • galeta galàctica  On 22/06/2010 at .

    ¡ Ay Cuchí,Cuchí ! ¡Que ya volvemos a las andadas politicamente incorrectas! No es Tomás Moro, es Tomás Magrebí. (De nada)

  • Arnau Fuentes  On 23/06/2010 at .

    Solamente una cosa. El Re-nacimiento rescató cosas del mundo antiguo que el sectarismo necrofilico había intentado obscurecer y las puso de nuevo a la luz.
    Tras el ciclo iniciado, parece que ahora la teocrácia universal intenta volver a las andadas…

    Me pongo en pié y te ovaciono.

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