Trenes, curas y políticos

De la serie: Los jueves, paella

Contra lo que anuncié en su día, en el sentido de que las paellas serían de jueves o no serían, publico esta en viernes. La razón es que, de hecho, esta entrada estaba ya escrita ayer y no pude subirla por motivos exclusivamente técnicos (por así decirlo). De modo que la subo igualmente, aunque en viernes, y, eso sí, aprovechando el retraso, actualizaré pequeños detalles (enlaces a prensa de hoy, sobre todo) en algunos puntos.

Buen provecho.

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Luctuoso, ciertamente, lo de Castelldefels. Ahí es nada 13 muertos y otros tantos heridos -tres de ellos, en estado crítico hasta el punto de que en el caso de una muchacha de 25 años, la consellera Geli ya hablaba esta mañana (de viernes) en tono fúnebre.

Lo que pasó es claro y sencillo, por más que algunos medios bebesangres le estén dando vueltas a una responsabilidad que, las cosas como son -y salvo elementos nuevos que puedan aparecer en la investigación-, no fue sino de las propias víctimas. Doblemente tremendo porque, si esta responsabilidad llega a establecerse judicialmente, las familias van a quedarse sin indemnización alguna. Aunque no creo que la cosa llegue a tanto. Buscarán un peón caminero que admita haber reparado con cinco minutos de retraso el badajo de averigua qué campana averiada, a cambio de una gran indemnización, de un buen empleo (en otra empresa) y de una pena simbólica (seis meses de trullo, por ejemplo, sin ingreso, al no haber antecedentes penales) y ADIF, debidamente declarada responsable civil subsidiario, a repartir centenares de miles de euros del bolsillo del contribuyente, que la casa es potente y no repara en gastos. Es la historia de siempre: buscar a algún empleado público que se hiciera pelotillas en el ombligo fuera del horario reglamentario para repartir pasta y acallar protestas y alguna que otra conciencia, aunque poca conciencia cabe imaginar a las que se acallan con dinerito en efectivo.

La imprudencia grave que mató a esas 13 personas (y las que rueden) y dejó gravemente herida a otra docena, es tradicional en España. Todo quisque cruza las vías del ferrocarril como si fuera una calle cualquiera, ignorando -o no ignorando, pero despreciando- el hecho de que un tren no tiene el mismo comportamiento que un automóvil y que, además, la perspectiva de una calle o de una carretera en relación a los automóviles no es la misma que la de una vía férrea respecto de un tren. Las referencias juegan de modo distinto y, por tanto, la apreciación de las distancias y los cálculos proporcionales de velocidad y tiempo son distintos. Encima era de noche.

Ahora, que vengan gilipollas a decir que el tren no llevaba luz (rotundamente falso) o que el maquinista no hizo sonar el claxon o que lo hizo tarde (podría ser, si el hombre dio prioridad a la maniobra de frenado). En todo caso, la concentración de gente sobre la vía impidió que, por pura aglomeración, esta pudiera ponerse a salvo aún cuando hubiera podido disponer de dos o tres segundos para ello.

Las víctimas iban con ganas de jarana (bien legítimas, por supuesto), posiblemente impacientes por llegar a ella, ya a pocos metros de su celebración, y no es descartable -lo digo a título de simple observación, no de reproche ni de maledicencia- que alguno ya hubiera empezado la fiesta durante el trayecto, con la correspondiente alegría adicional. Es una observación puramente especulativa, por supuesto, pero se convendrá que no del todo improbable. En estas condiciones -en las que, por otra parte, todos nos hemos visto alguna vez- el instinto de supervivencia cede terreno ante lo incompatible de la alegría de la ocación con la luctuosidad del riesgo. Es como si un pasajero de avión intuyera que el tortazo es imposible solamente porque está escuchando a través de los cascos la alegre tonada de una zarzuela castiza.

San Juan es la única fiesta de calendario que me gusta celebrar por ese único motivo. Será porque, pese a que odio el calor, la profusión de horas de luz natural que propicia el solsticio -y que me encanta siempre que no esté frente a un ordenador- parece que me potencia la alegría de vivir. Este año se me ha chafado un poco. No tengo ninguna relación con las víctimas ni con sus familias, pero es un episodio demasiado grave, demasiado bestia como para que no afecte. Está uno de fiesta tan tranquilo -lo que decía del avión y la zarzuela- y parece que sea imposible que e vaya a caer la casa encima, pongamos por caso. Como si, por otra parte, no hubiera ocurrido nunca.

La vida juega putadas así y hay que joderse. No puede decirse ni hacerse otra cosa.

Corolario: el año pasado, la asamblea anual de la Asociación de Internautas se celebró en un hotel próximo al apeadero de autos. De hecho, varios de los participantes acudieron en tren y llegaron a estos mismos andenes que un año después han visto ese horror. Y mañana, sábado 26, precisamente mañana, tenemos en Madrid la asamblea general de la AI de este año. Lo que son las cosas.

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La que está cayendo ha ralentizado o detenido algunas leyes en marcha parlamentaria, o más o menos. Todos estamos al caso de lo que está ocurriendo con la ya famosa Ley Sinde (que en realidad no es de Sinde salvo un ominoso detalle… adicional), cuya putativa autora morirá políticamente -es muy probable- antes de su promulgación… si es que ésta llega algún día, cuando menos en los términos en que ha sido proyectada y en el detalle… adicional… que nos trae de cráneo.

Hay otra que quizá nos haya pasado más desapercibida, sobre todo a los que andamos oteando, aprensivos, la ofensiva apropiacionista, y es el proyecto de Ley de libertad religiosa. La verdad es que no me lo he mirsado y hago mal porque es una ley importante toda vez que -se supone- habría de regular los derechos de aquellos cuyo planteamiento vital rehúye el hecho religioso, porque el senso contrario, los creyentes, ya se toman ellos solos sus derechos (y frecuentemente con la indisimulada voluntad de imponerlos a los demás).

Y en eso de la imposición anda la opusdeística Conferencia Episcopal católica española que ha puesto el grito en el cielo (claro) porque parece que el proyecto de Ley incluiría la retirada de los crucifijos y semejantes manifestaciones externas religiosas (católicas, porque no hay otras) de los edificios públicos incluyendo, obviamente, las escuelas (las escuelas públicas, imagino: con las privadas sería constitucionalmente imposible y cívicamente indeseable).

Desde la comprensión estrictamente estratégica de la queja -es un espacio de proselitismo importante, y quizá crucial, que perdería la Iglesia católica- me hacen gracia los argumentos que arguye la clerigalla y que, grosso modo, pueden leerse aquí.

Al loro con las expresiones: «persecución religiosa», «suicidio cultural»… Hay más: se ha pasado, dicen, de la laicidad sana a la promoción del ateísmo o incluso del agnosticismo. Y al loro con la traca final: «Ponerse en contra de los símbolos de los valores que modelan la cultura de un pueblo es dejarle indefenso ante otras ofertas culturales, no siempre benéficas, y cegar las fuentes básicas de la ética».

¿Por dónde empezamos?

Persecución religiosa. ¿A qué persecución se refieren? ¿A quién se le prohíbe el ejercicio de qué religión? Según esta idea… ¿persigue la Iglesia al Consejo General de Colegios de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria, pongamos por caso, por el hecho de que la insignia de tan honorable corporación no presida la práctica totalidad de los locales eclesiásticos? Porque siguiendo estrictamente el tenor argumentativo de la CE, así habría que verlo. Y hasta me atrevo a preguntar: ¿se avendría la Iglesia a que se mantuvieran los crucifijos, pero a condición de que, junto a ellos, se colgaran estrellas de David o medias lunas islámicas (o distintivos de cualesquiera otras religiones?)?

Suicidio cultural. No veo por qué. Hace un par de días, sin ir más lejos, en las dos entradas inmediatamente anteriores a esta, defendía la cultura occidental -sin escamotear su origen cristiano, en absoluto, como es notorio- sin necesidad de hacer la menor referencia a ningún hecho propiamente religioso. Contra lo que predican esos impresentables con pantógrafo en la azotea, la cultura y la civilización occidentales pueden defenderse perfectamente -y sin ocultar en absoluto sus orígenes- sin necesidad alguna de acudir a la religión más allá de la constatación histórica y política de su indudable existencia e implantación tradicional. Creo que lo he demostrado sobradamente en cuatro trazos, pero podría hacerse igualmente en cuatrocientos mil.

Ahora viene cuando vamos a reir un rato. ¡Laicidad sana! Bueno, vamos a ver… Sin olvidar que estos tíos han echado sapos y culebras sistemáticos contra todo lo que oliera mínimamente a laicidad, constatando que por fin se les ha escapado el subconsciente hablando de laicidad donde nunca hubieran debido dejar de decir (para su propio gusto, no para el mío) aconfesionalidad (mucho ojo a ese dato subconsciente, extraído del tenor literal citado por «El Periódico», según puede verse en el enlace), teniendo bien presente que, desde que se promulgó la Constitución, nunca han dejado de dar la vara -a veces muy cruda y seriamente- cada vez que las normas del Estado les han hecho perder un milímetro de influencia, un milígramo de prerrogativas, y teniendo clarísimo -sobre todo- que todavía hoy, pese a tanta laicidad (de la sana y de la enferma) el Estado sigue dándole a la Iglesia católica una cantidad verdaderamente insultante y vergonzosa de dinero por una cantidad inacabable de conceptos, los cuales, además, nunca llegan a ser controlados (decimos de la $GAE, pero anda que estos…), sería deseable -para quien tenga el humor como para seguir escuchándoles- que explicaran qué cojones entienden estos tíos por sana laicidad. ¿Que ir a misa los días laborables siga siendo voluntario? ¿Es sana laicidad la presencia de curas católicos en las Fuerzas Armadas -y, además, como clero único-, en los hospitales públicos -a veces incluso en sus consejos de dirección-, en la enseñanza pública (donde, encima, a los profesores de la absurda asignatura de religión, los eligen y despiden ellos omnímodamente pero los paga íntegramente el Estado, es decir, nosotros todos)? ¿Es sana laicidad la celebración constante de funerales de Estado con el rito católico como confesión única posible? ¿Es sana laicidad la constante celebración -a nivel estatal, autonómico, municipal e institucional y corporativo- de misas oficiales? ¿Es todo esto -y mucho más que me dejo- la sana laicidad que pretenden estos tíos? ¿Pues sabes lo que les digo? ¡Que se vaya a la puta mierda su sana laicidad!

Lo de dejar al pueblo indefenso ante otras ofertas culturales («no siempre benéficas» añaden, a beneficio de posibles incautos, al loro) y lo de cegar las fuentes básicas de la ética, casi se comenta solo. En otras palabras: para cerra el paso al burka, todos a misa como un sólo hombre; y las fuentes de la ética deben venir dadas por el magisterio eclesiástico de no sé cuántos curas y obispos pillados en flagrante metedura de mano a braguetas infantiles y a toda otra legión de ellos echando tierra por encima del asunto. ¿Son estas las fuentes básicas de la ética de las que hablan?

Lo dicho: a la mierda. A la puta mierda.

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Nuevamente hay que hacer referencia a la que está cayendo para ubicar la cuestión.

Cuando viene una crisis y empieza a crecer la cifra del desempleo y empieza a crecer la cifra de la temporalidad laboral y empiezan a crecer los contratos y/o salarios basura (si alguna vez decrecieron), la ira de la gente se vuelve contra todo aquello que, más o menos, resiste el embate. Lo sabemos bien los funcionarios que, nuevamente, resultamos ser unos privilegiados (aparte de vagos, maleantes y no sé cuántas cosas más) donde no hace ni tres años éramos unos pringados y el hazmerreir de cualquier analfabeto que levantaba tres mil euros al mes (dos mil de ellos, por cierto, en negro), poniendo tochos.

Otro target recurrente es el de los políticos y sus sueldos. Que si un diputado gana tanto, que si un diputado cuanto, que si tienen tales prebendas y tales otras… Y, a partir de ahí, se salta a los asesores, a los enchufados, al despilfarro de dinero público, a los cuñados, a los tresporcientos y, en fin, todo el folklore inherente (que, como todos sabemos, tiene su no poca parte de verdad).

Quizá lo más injusto sea lo del salario de los políticos.

Los sueldos de los políticos son, en España, una verdadera miseria, muy por debajo de lo que ganan sus homónimos en cualquier otro país europeo digno de tal gentilicio. Yo he conocido a un profesor universitario de una determinada autonomía que rechazó una propuesta -seria y firme, por supuesto- de ocupar una dirección general… solamente por la fruslería de que el sueldo no le compensaba. El gasto adicional de vivir en Madrid -manteniendo a la familia en su lugar de origen, claro- más los viajes, desplazamientos y demás, hacía que no sólo perdiera dinero sino que la cosa se le hiciera económicamente insostenible. Y hablo de un profesor universitario, no de un director de área del Banco de Santander. Si un profesor titular universitario (colectivo que tampoco destaca por unas retribuciones a nivel europeo, precisamente) rechaza un cargo así por no poderlo asumir económicamente, con lo que tiene de desafío profesional, mas la erótica del poder, que le dicen, no parece que el sueldo de un director general (y un director general está en el tercer o cuarto escalón -según ministerio- de la cadena administrativa que tiene al presidente del Gobierno como primer peldaño), no parece que los sueldos de los políticos sean fastuosos. Así, no sorprende el perfil de muchos directores generales y cabe apostar porque los pocos presentables sean residentes en Madrid con anterioridad a la posesión del cargo.

Muchas veces, asqueados -y con razón-, decimos que, para lo que hacen, aún cobran demasiado. Y con esto, me viene a la cabeza un comentario de Miguel Boyer de estos días: si los sueldos de los políticos siguen bajando, pronto no querrán ocupar cargos públicos ni los analfabetos. Se equivoca Boyer: se equivoca porque habla de futuro cuando el tiempo correcto es el de presente. Los analfabetos ya están aquí con mando en casi todas las plazas. Lo que habría que mirar ahora es si las magras retribuciones de los políticos son la causa o el efecto.

Es evidente que la pretensión de sueldos de nivel europeo para los políticos es inostenible con esa chusma que tenemos ahora en el machito. Pero también habrá quizá que convenir que entre la parquedad de esos sueldos y el desprestigio de la política, los sillones de alto cargo no resultan nada atractivos para la gente de relumbrón, para la gente verdaderamente válida. El ejemplo -real, insisto: puedo ponerle (aunque no se lo pondré) nombre y apellidos- puede haberse repetido -seguramente se habrá repetido- en muchísimos escalones de muchísimas administraciones públicas.

¿Por dónde empezamos a cortar el círculo vicioso? Si se pusiesen los sueldos de los políticos a un nivel digno y acorde… ¿cuánto tiempo estaríamos pagando opíparamente a un montón de pringados hasta que empezase a acudir la gente verdaderamente valiosa a ocupar los puestos de responsabilidad para los que está preparada, atraídos por el desafío profesional y político del puesto, al que podrían responder desde una retribución suficiente? Porque no se trata de que el salario enriquezca al político, pero a mí me da la impresión de que el hecho de que un profesor universitario con sueldo de universidad pública española rechace una dirección general porque aceptándola rebajaría la calidad de vida de su familia, me parece, simplemente, alucinante.

El círculo hay que cortarlo por algún lado, porque a mí me parece evidente que con estos sueldos no podemos aspirar más que a la chusma que tenemos (incluyendo, claro está, desgraciadamente, a los cuñados y a los tresporcientos anexos). ¿Podemos estar yendo en camino de institucionalizar la mordida, de mexicanizar el país? Suena truculento -y seguramente lo es, ahora mismo- pero quizá no lo sea tanto dentro de veinte años si esto sigue así.

Reflexionemos.

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Pues, hala, os dejo.

El próximo jueves será 1 de julio y nuevamente, por razones que no son del caso, puede ser un poco complicado. A ver si me estiro el miércoles y dejo listo siquiera el sofrito. En principio, pues, habrá paella, pero veremos que pasa.

Hasta entonces. Pero recordad que «El Incordio» sigue erre que erre cualquier día de la semana.

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Comentarios

  • PROTESTAVECINO  On 25/06/2010 at .

    Triste noche de San Juan.
    Dejemos a la C E con sus comunicados y convivamos como personas.
    Miedo me dan los tres.

  • Ryouga  On 26/06/2010 at .

    Por mucho que pagáramos a los politicos solo serian candidatos los que eligieran el propio partido, los mismos corruptos que la maquinaria elige sin posibilidad de que gente preparada y honrada acceda.

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