Monthly Archives: julio 2010

Botellón y botellazos

De la serie: Los jueves, paella

Vengo notando, desde hace un tiempo, la guerra que algunos ayuntamientos -entre ellos, no faltaba más, el de Barcelona- le han declarado al botellón, es decir, congregaciones, habitualmente ingentes, de jóvenes entregados al consumo etílico. No se han regateado medios contra esa práctica: en el caso de Barcelona, se ha llegado incluso a prohibir vía ordenanza municipal el consumo de bebidas alcóholicas en la vía pública salvo en lugares autorizados (que son, obviamente, las terrazas de los bares).

El pretexto -real en muchos casos- son las quejas vecinales por el escándalo que esa práctica reporta y que les impide el descanso reparador al que todo ciudadano tiene derecho. ¿Por qué califico, pues, de pretexto un motivo tan justificado? Pues porque resulta que cuando el ruido, el follón, procede de un lugar autorizado, esto es, de un bar (un bar que paga las tasas municipales y averigua qué más paga), el descanso de los vecinos es una causa muchísimo menos operativa a la hora de terminar con el transtorno. Si no te deja dormir el botellón es fácil que no necesites muchas denuncias para que la férrea disciplina urbana se imponga manu militari; si, en cambio, la molestia viene del bar de abajo, eliminarla te va a costar un quintal de papeles y otro quintal de billetes en abogados, más los correspondientes mareos de juicios -que no siempre se ganan o no se ganan en condiciones satisfactorias- y otras gaitas jurídico-burocráticas igualmente irritantes, más algunos años de lucha y estrés.

Leo ahora que se está produciendo otro fenómeno de ocio urbano: los jóvenes compran comida de diversos tipos (kebabs, woks y manifestaciones diversas de alimentación basura en versión multicultural, transversal, de mestizaje y no sé qué más) y se dedican a cenar, en principio pacíficamente, en la vía pública, preferiblemente en alguna placita agradable. Por supuesto, el achuntamén ya se dispone a cepillarse la actividad a beneficio de la santa causa del descanso vecinal (oponible solamente, recordemos, frente al ocio gratuito o low cost, no frente al otro) a base de limitar los horarios de los establecimientos expendedores de ese tipo de comida. De ese tipo, digo bien, y no de otros, constitutivos de marcas pertenecientes a empresas gratas al establishment municipal, de esas que organizan trotes calzoncilleros masivos tan del gusto de la carraca propagandística del achuntamén. El artículo enlazado menciona alguna.

No se nos oculta, por supuesto, la presión del lobby hostelero: el ocio juvenil supone demasiada pasta como para que se escape por las costuras de los establecimientos de pakis y de los lateros. Hasta ahí podríamos llegar: no pisan un cine porque lo ven todo en casa (y además ¡abominación! descargado del P2P) y encima van a desertar de bares, pubs, discos y similares. ¡Ni hablar! Al tinglado hostelero hay que contribuir de forma necesaria y reglamentariamente obligatoria: o bebes en casa o al bar, a retratar la semanada.

La verdad es que el tema del botellón no me acaba de hacer gracia. Ya lo he dicho alguna vez: más que la cantidad de alcohol (que la mayoría de las veces no es que acabe siendo excesiva, es que empieza siéndolo), lo que me preocupa es esa morbosa ceremonia de culto, esa especie de misa que montan alrededor del mismo. Sin duda es la reacción a tantos años de antialcoholismo llevado a los gilipollescos extremos de lo políticamente correcto (dentro de quince años habrá «fumadas» masivas de tabaco: al tiempo) pero, bueno, eso no hace menos indeseable el efecto, sólo provoca las irrefrenables ganas de machacar a puntapiés unos cuantos traseros y unos cuantos pares de gónadas cuidadosamente seleccionadas entre los verracos que llevan ya lustros obligándonos a cogérnosla con papel de fumar.

Mucho menos severamente veo el… ¿cómo se llamaría eso otro? ¿Merendón? ¿Meriending? La verdad es que mientras dejen impecablemente limpio el lugar donde han cenado y moderen razonablemente el tema del ruido y de las voces -en otras palabras, que respeten al vecindario- yo no lo veo mal. Al contrario, si me apuran, hasta parece agradable esto de pasear y ver jóvenes de picnic, hablando, riendo, relacionándose, conviviendo, haciendo, en definitiva, cultura mediterránea, porque esto no es más que una manifestación, versión urbana siglo XXI, de la cultura mediterránea, de vivir la noche al aire libre, algo que no harán jamás en su casa -por falta de clima y por falta de ganas- los pichaflojas de los escandinavos y similares hierbas.

¿Que todo esto jode a los amiguetes del alcalde? Me da igual: que se jodan ambos, los amiguetes y el alcalde. Porque también me jode a mí este asunto del tributo empresarial que, en mi visión de las cosas, consiste en que a las empresas les hemos de pagar por cojones, porque hay que pagarles sin más, y ellas nos dan a cambio productos y servicios -que muchas veces ni queremos ni necesitamos- de mala calidad, en poca cantidad o en formatos que nos importan un pimiento. Vivimos una verdadera dictadura empresarial. AGBAR, ENDESA… todas estas, tienen derecho a que nosotros les entreguemos dinero, al exacto mismo nivel que el Estado nos exige el pago de tributos. Tenemos que ahorrar para ser más ecológicos, pero, ¡ah, eso sí! pagando lo mismo. En casa (y supongo que en la de muchos de vosotros) hemos reducido considerablemente el consumo de agua, cosa que no puede decirse, en absoluto, del importe del recibo. Con la electricidad igual, y espera a que todos funcionemos con bombillas de bajo consumo…

El achuntamén obviamente -y para variar- no está velando por el interés público, sino haciendo de mamporrero de intereses particulares ajenos al bien común que sólo benefician a los interesados y a la beautiful municipal instalada en el machito.

Lo cierto es que con un 40 por 100 de jóvenes en paro (la tasa más alta de Europa), con padres cuyo sueldo ha sido rebajado y/o son víctimas de salarios o contratos basura, con abuelos -si me apuras- que han visto congeladas sus pensiones, los chavales no van sobrados de pasta y menos aún si tenemos en cuenta los precios de absoluto latrocinio sierramorenesco que se estila en los bares de copas. Nuestro ínclito Hereu se ha propuesto meterlos de nuevo en los pubs por las buenas o por las malas. Con clientela forzada, también hago yo negocios.

Hasta el día en que los chicos exploten. Hasta el día en que, desesperados por no poder desarrollar unas actividades de ocio razonablemente satisfactorias y asequibles, desesperación sumada a la que resulta de contemplar su previsible futuro personal, profesional y familiar, descubran una nueva diversión: el tiro al farol a pedrada limpia, el cóctel molotov y el coche ardiendo. Todo ello, por supuesto, como el botellón: masivo. Entonces, sí, entonces todo será clamar por los antidisturbios, llamarlos incívicos y terroristas, mesarse las barbas, rasgarse las vestiduras y berrear y rechinar de dientes.

Nos merecemos lo peor, palabra.

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En una de estas tan propias del cutre gobierno que venimos padeciendo, a Pepiño se le ha ocurrido la enésima: preparar controladores aéreos militares para poner coto a la huelga encubierta que llevan a cabo los controladores aéreos civiles.

Bueno, aparte de que esto es una estupidez notoria cuyo experimento en Francia costó más de medio centenar de vidas en un accidente aéreo -entre aviones de bandera española por cierto- causado por la negligencia del control aéreo militarizado, y aparte de que resulta éticamente nefasto utilizar a funcionarios de obediencia debida como esquiroles, salta a la vista que, en todo caso, nunca podría ser una solución estructural. No hace falta ser un gran conocedor de la aeronáutica para darse cuenta de que la diferencia entre el controlador militar y el civil va muchísimo más allá que la densidad de tráfico que controlan unos y otros (por si esto, ya que estamos, fuera poco) y que las funciones son claramente distintas: el controlador militar no sólo se ocupa del tráfico propiamente dicho, sino que su especialidad es la del control de misiones de combate, en las cuales los parámetros de vuelo, de seguridad y de un montón de variables más, son radicalmente distintos -cuando no diametralmente opuestos- a los del tráfico civil.

Decía ayer Ignacio Escolar que, admitiendo que los controladores aéreos fueran un cáncer, hay quimioterapias que le dan mucho más miedo aún. En lo cual lleva muchísima razón, razón que empaña, no obstante, cuando, en su post describe la estúpida intención de Pepiño como motivo de gran contento para los militares. Sabemos que no es cierto, que adelantándose incluso al rechazo del Colegio Oficial de Pilotos Aéreos (creo que se llama así y ya era hora de que en un caso de estos interviniera una corporación pública y no el dichoso SEPLA), los propios militares -a través, como siempre, de una asociación paralela, ya que no tienen órganos propios de expresión- han manifestado su rechazo por la medida en base a las diferencias técnicas entre ambos colectivos la similitud de cuyas funciones es poco más que aparente.

Estamos ante un problema de difícil solución: el de colectivos numéricamente pequeños pero de los que dependen sectores enteros y tienen, por consiguiente, capacidad para causar grandes molestias y n menguados perjuicios. Los controladores aéreos son un ejemplo, pero también tenemos a los maquinistas ferroviarios, a los motoristas del metro -a extinguir en Barcelona, donde una línea ya funciona sin ellos y todas las demás, menos una, están preparadas para funcionar así también- y un etcétera que, si lo miramos bien, nos lleva a la conclusión de que no más de cien mil personas, a todo estirar, pueden paralizar, materialmente, el país entero.

Justamente esa característica de ser minoritarios, de poseer capacitaciones técnicas avanzadas y de asumir responsabilidades muy graves, acaso enormes, es lo que los hace, en la mayoría de los casos, profesionales pródigamente retribuidos. Claro, entre su capacidad de paralización total o parcial de un servicio -que tanto nos fastidia a todos y cada uno de nosotros- y su excelente remuneración -que nos lleva a la fácil y habitual conclusión de que se trata de privilegiados– sus movilizaciones, por justas y razonables que sean -cuando lo son- nos producen una profunda irritación (no exenta de cierta envidia: ojalá, pensamos, tuviéramos nosotros esa capacidad de paralizar servicios o, incluso, el país entero).

Los controladores aéreos han optado por el subterfugio de las bajas para defenderse de un recorte salarial importante (si era excesivo ¿quién se lo otorgó previamente?). En principio es censurable, pero debemos recordar lo que les ocurrió a los motoristas del metro de Madrid, a los que se impusieron unos servicios mínimos brutales y a todas luces abusivos que les llevó a asumir el riesgo cierto de no cumplirlos. El sistema de las bajas elude este problema porque, en estos días, a los controladores aéreos les meterían unos servicios mínimos que no bajarían del 70 por 100 si intentaran una huelga formal.

Precisamente ya se puso de manifiesto, cuando la huelga del metro madrileño, que está pendiente de elaborarse aún la ley de huelga, la ley -orgánica, obviamente- que debiera regular el derecho de huelga y los deberes de empresario y trabajador mientras ésta se produce. Esta ley es una exigencia constitucional y cabe recordar nuevamente que la Constitución va a cumplir 31 años a finales del corriente y uno empieza a preguntarse -según van yendo las cosas en otro orden de ídem- si esta Constitución, ya hecha unos zorros, llegará a morir sin haberse desarrollado completamente.

Una de las virtudes que podría tener esa ley -si se redactara bien- sería la de acabar, entre otras lacras, con las huelgas encubiertas; el problema -el problema para unos cuantos, no para todo el mundo- es que para ello tendría que poner coto a muchos abusos que se practican contra los trabajadores cuando sus huelgas son perfectamente legítimas en fondo y forma. Y, claro, es mucho más fácil criminalizar a un colectivo, denigrarlo ante una ciudadanía encolerizada por las carencias en un servicio cuando sus prestadores se ven obligados a poner en marcha una huelga encubierta, que regular la huelga y tener que prescindir de la cómoda arbitrariedad de la que vienen gozando las administraciones (en pro de los intereses de las empresas) a la hora de imponer servicios mínimos o de proveer el servicio utilizando esquiroles forzosos. Entre otras cosas.

Así que a otro perro con ese hueso, Pepiño.

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No seré yo quien vaya a defender el calzoncillismo futbolero, faltaría más. Ni creo que a estas alturas vaya a ser yo sospechoso de ello. Pero me acabo de enterar de una buena: resulta que ERC prohibió taxativamente que, en el curso de todas las actividades juveniles dependientes de la Generalitat (directamente o por licitación), se permitiera a los chavales ver la final entre España y Holanda. La prohibición se formuló con ferocidad verdaderamente nacionalista -esa inquina retorcida tan propia del gremio- sin escatimar amenazas de despido hacia quienes la vulneraran e ignorando numerosas peticiones de padres para que se permitiera a sus hijos acceder a la retransmisión de la final en cuestión.

El pretexto alegado por los tíos estos fue que los contenidos pedagógicos no podían ceder espacio a algo como una final futbolera, argumento que sería perfectamente plausible si no fuera porque:

Primero: a las ocho y media de la tarde (hora en que empezó la final en cuestión), todas los participantes de cualesquiera actividades juveniles o están cenando o están preparándose para la cena. Que no me cuenten batallas, que me he tirado unos cuantos años realizando actividades juveniles. Y una actividad nocturna -que, quiérase o no, siempre queda en cierto modo desgajada del común de las actividades del día- puede suprimirse sin graves inconvenientes para el plan formativo de la actividad. Por lo demás, quién dijo que, vectorizada en un sentido u otro, a una final futbolera no pueda extraérsele, aun planteándolo como reflexión o como debate, un contenido formativo (por ejemplo, sobre los valores o los desvalores de los deportes de pelota, de espectáculo y/o profesionalizados).

Segundo: si la final importante llega a serlo para un equipo de primera división (uno concreto, no el otro) de la barcelonesa capital catalana, presenciar la final en cuestión hubiera sido casi obligatorio (desde luego, lo hubiera sido de facto al no haberse previsto actividad alternativa, que seguro que no se hubiera previsto). Vamos, patriotismo de necesaria uniformidad reglamentaria, para entendernos.

No se nos oculta la realidad de las cosas: lo que no soportaba ERC era la perspectiva de una efusión españolista en actividades promovidas por la Generalitat (ergo públicas, por cierto) a que hubiera llevado -como de hecho llevó- la victoria de los calzoncilleros españoles. Es decir, que ERC no estaba dispuesta a que en las actividades juveniles públicas se produjeran manifestaciones de júbilo contrarias a sus designios. Pensamiento único a la trágala del ordeno y mando.

En definitiva, lo que hizo ERC con premeditación, alevosía y mala leche (sobre todo, una inconmensurable mala sangre), fue un acto de censura. Dicho en otras palabras: una perfecta canallada.

Que es lo que cabe esperar de algunos, claro está. Sorpresas, pocas.

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Bueno, queridos, pues hasta aquí hemos llegado hoy y hasta aquí hemos llegado en este año que, lo confieso, no ha sido de los más productivos y ha visto mucha incidentalidad paellera. En parte, la muchísima dedicación a que me obligó la organización del IIº Encuentro Nacional de Internautas de Langreo -dedicación y esfuerzo que valieron enteramente la pena, todo hay que decirlo, porque el acontecimiento resultó un éxito- y en parte a una especie de crisis bloguera que me hizo replantearme esta bitácora y cuya resolución final (dejarla como estaba) aún veo provisional, me limitaron mucho la actividad bitacoril, quizá no tanto por falta de tiempo como de ánimos: en el desafío de la hoja en blanco (ahora monitor en blanco), demasiadas veces ha ganado la hoja derrotando a una imaginación a bastantes ratos agotada en una sopa de contenidos, previsiones, preparativos, desplazamientos y demás.

Confío en que el próximo curso será más normal, pero vete a saber qué derroteros tomarán los acontecimientos -familiares, activistas y demás- que puedan tener repercusión en «El Incordio». De momento, a la vuelta de vacaciones esta bitácora se muda de servidor -aún pendiente de decidir a cuál- y probablemente cambiará su estética no mucho más adelante. No, en cambio -y de momento-, la estructura, orientación y temática de sus contenidos.

La paella cierra por vacaciones y «El Incordio» no todavía, a reserva de que quizá mañana pueda -ya más casual que premeditadamente- entrar algún último post.

«El Incordio» se volverá a poner en marcha el 16 de agosto y, por tanto, la próxima paella hay que fijarla para el jueves 19. Pero no hay que descartar que la semana anterior pueda entrar alguna cosilla; incluso es posible -no probable- que si los ánimos están tensos y la actualidad -y mi puesta a punto sobre ella- es propicia, pueda haber paella el propio jueves 12.

Hasta entonces, que tengáis un feliz descanso aquellos cuyas fechas coincidan con las del mío; y que tengáis un buen pasar aquellos a los que el trabajo os marque el descanso en otras épocas. Y los que habéis caído en el pozo del paro -que alguno hay y me consta- muchísimo ánimo, no os dejéis vencer y, sobre todo, que no os abandone la seguridad de que lo mejor está aún por llegar; descansad si podéis -el paro también cansa, y no poco- y reponed fuerzas para comeros el mundo en septiembre.

Y ya sabéis, como siempre: mucho ojo en la carretera.

Os quiero ver a todos aquí, a la vuelta, enteritos.

Zarpa el «Titanic» editorial

De la serie: Correo ordinario

Durante este fin de semana ha circulado mucho un artículo de Ricardo Galli sobre Libranda, la tienda virtual oficial del sector editorial español. Aparte de Galli, otros han escrito también sobre el asunto. Y los comentarios han resultado durísimos. La plataforma es una verdadera porquería, el fondo es raquítico, los precios son carísimos y, encima, hay que sufrir un DRM absolutamente irritante.

O sea, lo que se veía venir.

Tal como preveíamos muchos, el sector editorial no ha sabido escarmentar en la ajena cabeza del sector discográfico y cinematográfico y, entre el temor a la piratería y su absoluta incapacidad para adaptar el modelo de negocio en la estúpida pretensión de mantener en modo digital la estructura de negocio del modo papel, la va a cagar, pero bien cagada, y va a reproducir punto por punto los mismos errores en que han incurrido los vendedores de discos. No se entiende, la verdad. No me cabe en la cabeza que grupos mediáticos y editoriales potentes -como Planeta que, está, por cierto, en el ajo de Libranda- que se suponen dirigidos por profesionales de primera división -o así parecerían indicarlo sus sueldazos- sean capaces de comportarse con tal necedad, con tanta negligencia, con tan supina idiotez.

Precisamente una industria, la editorial, que sí corre un riesgo severísimo de desaparecer, en mucha mayor medida que la discográfica o la cinematográfica. Lo he dicho muchas veces: autoeditar en papel, por más Bubok y similares que haya, es algo costoso y poco competitivo, porque no existe prácticamente nada que pueda llamarse apropiadamente «distribución» y la distribución es absolutamente imprescindible en el formato papel. Pero en el ámbito digital, la cuestión se invierte: cualquier autor puede escribir su libro y, sin más, distribuirlo en red, según diversas fórmulas: gratuitamente tal cual, gratuitamente pero pidiendo una donación voluntaria o, simplemente, vendiéndolo, cosa que podría hacerse a muy bajo precios (2-3 euros el ejemplar) obteniendo de cada venta una remuneración muchísimo mayor que la que se obtiene de la editorial. De todos modos -y como pasa siempre- la mayoría de los autores literarios no puede vivir de los ingresos de sus obras; digámoslo claramente ahora que aún no hay lo que las empresas llaman piratería en cantidad significativa: salvo unos pocos consagrados -consagrados sobre todo por la industria editorial- que venden centenares de miles de ejemplares, nadie puede comer de escribir libros.

Y se siguen editando libros que no dan de comer a sus autores. ¿Por qué? Pues porque el libro es una plataforma para otras actividades que sí dan de comer al autor: conferencias, intervención en jornadas, cursos, artículos en prensa, clases en universidades, etc. En este sentido, la red puede cumplir con ese papel mucho más eficientemente y prácticamente desde el primer momento. Las editoriales tradicionales quedarán, con el tiempo, reducidas a constituir plataformas publicitarias para los aludidos consagrados, pero hasta eso dudo. El negocio se les va a ir de las manos y así como la industria discográfica y cinematográfica -sobre todo esta última- tienen razonables posibilidades de mantenerse ahí, quizá con volúmenes mucho menores, pero ahí, simplemente adaptándose a las nuevas circunstancias, la editorial, diga lo que diga, lo tiene muy crudo.

Generalmente, los dirigentes editoriales suelen decir que su negocio no decaerá porque, por más que el libro sea digital siempre se les necesitará para efectuar la criba entre lo bueno y lo malo. Tonterías. Esa criba puede perfectamente hacerse en red, donde habrá comentarios, habrá críticos solventes y donde, como siempre, funcionará el boca a oído: los amigos que me recomiendan libros -tanto personalmente como en red- tienen toda mi confianza, muchísima más que una editorial que va directamente a la pela. La criba que realmente efectúan las editoriales es la que, precisamente, debe acabarse: decidir qué podemos y qué no podemos leer. Hasta hoy, necesitábamos a las editoriales para que hubiera libros y dependíamos enteramente de sus criterios culturales o políticos. Desde hoy, esto va a empezar a no ser así. Sencillamente, van a perder el control, van a dejar de imponer lo que se lee y lo que no se va a leer. En la red todo tiene la misma oportunidad de partida y sólo los lectores, sin ninguna otra mediatización, con entera libertad, decidiremos qué autor va a subir como la espuma y cuál no.

La estupidez se eleva a la enésima potencia cuando vemos los precios de los libros electrónicos: entre un 70 y un 80 por 100 del coste de un libro en papel. Pero, bueno… ¿es que nos toman por imbéciles o qué? Los mayores costes de un libro están, precisamente, en lo que es impresión y encuadernación y, sobre todo en la distribución; además del beneficio del intermediario, del librero, que se empeñan en mantener. Esta es una de las víctimas colaterales lamentables pero irremediables: el librero. Que tampoco van a ser tantos, porque libreros-libreros, lo que se dice libreros, hay poquísimos; lo que abunda realmente son los simples vendedores de libros que no tienen ni pajolera idea de lo que se traen entre manos. Pero sí: tanto los unos como los otros van a caer y en el caso de los libreros auténticos -entre los cuales, además, tengo amigos- es especialmente lamentable, porque prestan un magnífico servicio al lector, su cliente, tanto más excelente cuanto más conocido es. Pero la digitalización del libro no les deja, prácticamente, lugar, más allá de los que se han especializado en material para bibliófilos -que son muy pocos- cuyo nicho probablemente se mantendrá, porque las ediciones raras, los incunables y demás, inversamente a todo el resto del sector, no tienen alternativa digital. Me alegraré por éstos y lamentaré -con verdadera tristeza- la defunción sectorial de los demás, pero todo adelanto tecnológico causa víctimas. También la imprenta terminó con los copistas.

En fin, la propia industria editorial está entregando su negocio a la piratería que tanto teme, y lo está haciendo por su propia estupidez.

Yo no tengo todavía lector electrónico. Voy a esperar a que venga con ciertos adelantos -el color, que ya es inminente, la posibilidad de escribir notas a mano sobre el propio libro o documento, etc.- y que ajuste un poco más los precios, que bajarán ostensiblemente tan pronto la gente se ponga a comprar el aparato masivamente. Hay que tener en cuenta que sus usos van mucho más allá del libro y que es un auxiliar valiosísimo para el manejo de documentos, mucho más práctico que el PC, tanto en su manejo intrínseco como en la comodidad de lectura (que en el PC y parece que también en inventos como el iPad, es una experiencia agobiante a partir de la décima página) o como en su mismo transporte. Pero así como no consumo música bajada de redes P2P, porque la música que se hace ahora no me gusta ni regalada, sí consumiré libros y no pocos (exactamente igual que ahora). Y preferiré pagarlos a un precio razonable que compense adecuadamente al autor, que compense a la editorial de sus gastos (maquetación, promoción, etc.) y que produzca al editor un beneficio igualmente razonable. Pero si los editores se empeñan en tomarme por imbécil, pueden irse a la misma mierda: nos veremos en el P2P.

La primera putada ya me la han jugado con los libros de texto escolares que va a llevar empotrados el PC -con Window$ obligatorio, por cierto, qué vergüenza- que voy a tener que comprarle forzosamente a mi hija pequeña (2º de ESO), lo cual me jode adicionalmente porque mi hija pequeña ya tiene ordenador: heredó un Lenovo 3000 que yo deseché porque la fórmula del portátil como base única de trabajo no me ha convencido y hace ocho meses me pasé al sobremesa más mini. Contando estos dos míos, en casa hay cuatro ordenadores y todos funcionan como una moto con Ubuntu. Ahora me obligan a meter a la trágala un chafarriñón con Micro$oft, y usando libros digitales falsos (sólo podrán ser leídos en red mediante un usuario y una contraseña y por tiempo limitado). Pues muy bien: la industria editorial me va a compensar en sangre de P2P esta cabronada.

Se vayan poniendo las pilas o encargando sus misas de réquiem.

El desastre de la Nación

De la serie: Los jueves, paella

Realmente descorazonador ayer el debate sobre el estado de la Nación, sobre todo en lo referente a los dos principales partidos y los dos principales líderes (y me duelen las yemas de los dedos al teclear la palabra «líderes» referida a esos dos impresentables).

El cutre espectáculo de un presidente de Gobierno volviendo con pretendida rotundidad sobre lo dicho -con rotundidad aún mayor- hace un año, intentando explicar –¿explicar?– como propias unas medidas que le han sido impuestas (y además, todos, absolutamente todos los ciudadanos lo sabemos más allá de toda duda) desde las hegemónicas Francia y Alemania, impulsadas a su vez por los no menos hegemónicos Estados Unidos y China (China le amenazó con poner en el mercado, a la venta y de golpe, toda la deuda española en poder del país asiático), sólo se ha visto superado por la aún más choricera representación del triste y lamentable Mariano Rajoy, que por más que se disfrace con pretendida retranca gallega, logra -raro récord- ser aún más anodino que el propio Zap. Que ya es ser anodino. Rajoy, como parece ser norma en la derecha (Aznar hizo lo mismo), no suelta prenda sobre sus alternativas, no quiso decirnos qué pensaba hacer él si lograra tomar el poder, cosa que sólo puede explicarse de una de las dos maneras: o bien carece, efectivamente, de alternativas, o bien teme la espantá de votos que se produciría si éstas fueran conocidas. Y me temo mucho lo segundo. Quizá por eso recurrió al ya manido oportunismo de arrimar el ascua a su putrefacta sardina utilizando a modo de tabla de surf el ya conocido de otros tiempos váyase señor Zapatero.

En cuanto a los corifeos, qué vamos a decir… Si la bancada azul es desoladora en su lamentable nivel político y hasta intelectual -a falta únicamente de Leire Pajín para redondear a ese deprimente colectivo- los escaños populares son la viva imagen de la bronca tabernaria y de un comportamiento que, en comparación, hace caballeros de club británico a los más brutales forofos futboleros. El comportamiento de auténtica canalla de los diputados populares cada vez que habla un adversario, el despliegue de gritos, abucheos y, en fin, rebuznos, produce vergüenza ajena a cualquier ciudadano al que aún queden tripas para aguantar la retransmisión. A mí me costó un esfuerzo no arrojarle un zapato al televisor; solamente el recuerdo de lo que me costó el aparato y la evidencia de que el zapatazo no impactaría contra los dientes de ninguno de los hotentotes en cuestión me procuraron la contención necesaria.

Lo peor, lo verdaderamente peor de todo es que este espectáculo, el de unos y otros, constituye un fiel reflejo del estado de la nación. Este aspecto no cabe discutirlo, desde mi punto de vista. Una nación entregada enteramente al embrutecimiento futbolero, a un ciego hedonismo devenido en sucia ludomanía, a un individualismo egoista y absurdo, a un comportamiento -a todos los niveles socioeconómicos- del más pringoso nuevorriquismo que todavía pervive en la absoluta y generalizada inconsciencia de la gravedad de la crisis, la cual no pasa de ser un retintín más de conversación carajillesca, no puede tener otra representación que ese parlamento caricaturesco y tabernario, que esa atmósfera pestilente, que ese imperio de la mediocridad y de la corrupción política, económica y social.

En medio de todo este puré de mierda, una única luz: Duran i Lleida. Desde la queja por el agravio estatutario, una intervención comedida, racional, no propiamente conciliadora -de hecho, compareció para expresar un fuerte dolor y una enérgica protesta- pero sí conteniendo la propuesta de una reflexión, de una reflexión grave, sobre el encaje de Cataluña en el proyecto español.

Duran i Lleida es un caso aparte en la poítica española y catalana. Incardinado en una coalición -nunca ha acabado de cuajar como partido unitario- en la que predomina el tono nacionalista -con picos y valles, pero predomina-, a veces me pregunto qué hace ahí Duran. Porque Duran es un regeneracionista del siglo XXI o, desde otra perspectiva, un verdadero noucentista, quizá el último noucentista. Duran i Lleida encarna a mi modo de ver (no digo que represente, sino que encarna, que es otra cosa) a ese catalán arquetípico, que yo siempre he creído y sigo creyendo mayoritario por más que silencioso, que enarbola un catalanismo o, mejor, una catalanidad, incardinada en un proyecto español y, además, liderándolo. Muchas veces he pensado que si Unió funcionase autónomamente, independiente de la tropa esa de Convergència, contaría frecuentemente con mi voto y con mi adhesión intelectual, porque este regeneracionismo catalán proyectado sobre la propia España constituye una idea muy saludable -que, por otra parte, no es nueva, al contrario, quizá es más antigua que el nacionalismo mismo- me hace olvidar el planteamiento derechista de su visión económica… que, también es cierto, se distancia, a su vez, de la vesanía ultraliberal.

La verdad es que escuchándolo ayer tuve la impresión -desgraciadamente fugaz- de que aún podría haber esperanza. Si se escuchase a Duran, si se escuchase a todos los que propugnamos que se entienda a Catalunya desde un ángulo distinto del fundamentalismo castellano de frontera, España sería no sólo viable, sino, además, atractiva. Pero eso requiere una refundación, una reescultura de la idea misma, del concepto mismo de España. Cosa que, por otra parte, es su única posibilidad de viabilidad. La impugnación de España que se está llevando ahora mismo en Catalunya, extensa y profunda como jamás antes lo había sido, trasciende de los juegos malabares con las cifras de una manifestación. En la manifestación, como pasa siempre con estas cosas, ni eran todos los que fueron -hay muchísimo payaso por ahí- ni fueron todos los que eran. Yo creo que el sector quizá más radical pero también más serio del independentismo y del nacionalismo pasó olímpicamente de asistir a la manifestación asqueado por el mejunje liado en su convocatoria. Es una opinión personal, claro, toda vez que no formo parte de ese colectivo -aunque a algunos conozco que sí y que, efectivamente, no acudieron- pero no se me va esa impresión.

Desgraciadamente, ni Duran ni tantos otros seremos escuchados. Siempre que trato estos temas me vienen a la memoria los versos de Machado:

Castilla miserable,
ayer dominadora,
envuelta en sus harapos
desprecia cuanto ignora

Desde la fiera e irreflexiva bronca mesetaria, el problema catalán, que como muy bien dijo ayer Duran -y ojo, que esto es muy importante- no es tal problema catalán sino un problema español, no tiene solución porque, entre otras cosas, empieza por un profundo, ancestral y arraigado desprecio por la catalanidad misma. Mis vacaciones van a transcurrir este año por Aragón, Castilla-León y Asturias, y me estoy atizando verdaderas sobredosis de protectores de estómago solamente por la bilis que voy a tener que tragar intentando no discutir (¿para qué?) las mil barbaridades, imbecilidades y gilipolleces que voy a tener que escuchar. Y entiéndaseme bien: cuando hablo de castellanos no aludo a un gentilicio -de hecho, me encanta Castilla- sino propiamente a una mentalidad; mentalidad que, además, no es exclusiva de los castellanos (la he visto con mucha frecuencia en andaluces, aragoneses y en naturales de diversas otras regiones) y que no aqueja tampoco a todos los castellanos.

Quizá me posea al escribir estas líneas un acceso de pesimismo, pero nunca había visto la situación tan deteriorada, quizá porque nunca había visto en Cataluña una animadversión tan tremenda y tan extendida -esta vez, sí, real y palpable, sin fantasías eróticas de tebeo nacionalista- a la idea de España. Lo dijo ayer Duran i Lleida: el independentismo se ha extendido de forma inusitada gracias al numerito del Tribunal Constitucional y el estatut. No mintió. Doy fe de que ni miente ni exagera.

Yo voy llegando a la conclusión, por todo lo dicho y mucho más que no he dicho hoy pero sí tantas otras veces, de que el sistema está agotado, colapsado. Cada vez tengo más claro que es necesario -y, hasta donde conviene considerarlo así, urgente- un cambio constitucional. Atención: no una reforma de la actual Constitución -que veo totalmente liquidada- sino una nueva constitución, que establezca nuevos canales de representación y de participación, una nueva estructura económica, una nueva construcción territorial, una nueva organización judicial y administrativa, etc. Dicho de otra manera: una auténtica refundación de España. Porque el pueblo español permanece ahora como un dragón dormido, sumido en un marasmo, anestesiado por la cabronada política y económica que lo paraliza y lo tiene frito a placebos; pero si ese pueblo se despierta y lo hace de mala leche -como no podrá ser de otra manera- y se rompen los diques de la ira, lo que puede suceder aquí tendría dimensiones históricas -y trágicas- de las que hay no pocos antecedentes y que, en nuestra ceguera, queremos creer superadas. Y no lo están.

Pero, atención: una refundación de España sólo tendría éxito si se hiciese desde el acuerdo, desde el diseño común. Ya sé que es muy difícil, pero no ha de ser imposible. Es la única forma de edificar un país en el que todos sus pueblos, todas sus culturas, todas sus sensibilidades, se encontraran a gusto participando en la tarea común, creyendo en ella y en el proyecto que se edifica. Si se quiere hacer, nuevamente, por enésima vez, desde el imperio de una única mentalidad, de una única idea, de una única sensibilidad a la cual habrían de someterse todas las demás, no estaríamos ganando, realmente, nada y continúaríamos dirigiéndonos a toda velocidad hacia el vertedero histórico.

Que, según me temo, es el camino que ahora mismo llevamos.

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La paella ha sido hoy monotemática, ha constituido mi propia visión sobre el estado de la Nación que, como podréis comprobar, veo hecha unos zorros. Mal asunto, porque el establishment es muy potente y no está la gente en plan de ponerse las pilas y darle la vuelta a todo el sistema con lo que ello conllevaría, en muchos casos, de darle la vuelta a la propia vida, a la propia cotidianidad. El peor conservadurismo es el que llevamos todos dentro: por mal que estemos, siempre nos atenaza el miedo de que nos acontezca algo peor. Desgraciadamente, la historia nos ha dado en demasiadas ocasiones buenas razones para pasar este miedo, pero creo que debemos superarlo y tener un poco de fe en nosotros mismos, como la tuvimos en la época de la transición, cuando todos los españoles, del primero al último -y con la única excepción de los cuatro hijos de la gran puta de siempre- decidimos que, pasara lo que pasara, no íbamos a llegar a las manos.

La única diferencia es que, en aquellos tiempos, prevalecía la ilusión sobre la desazón, y me temo que hoy sucede justamente lo contrario. No vivimos el mejor ambiente emprendedor, pero es que no nos va a quedar otro remedio que diseñar nuestro futuro antes de que nos quedemos sin él.

La próxima paella será el jueves 22 de julio y, atención, como ya dije en la despedida de la del jueves pasado, será, con casi toda seguridad, la última del presente curso. A falta, pues, de esta postrera paella, el curso, por tanto, no ha terminado y aún habrá cosas que contar. Cosa que haré en «El Incordio» durante los demás días de la semana.

Seguimos, por tanto, viéndonos aquí.

Mojando el papel

De la serie: Correo ordinario

Tengo que agradecer a Pepe Cervera, y mucho, la encendida recomendación que me ha llevado a esta entrevista con David Simon en los blogs de ABC. He aprendido de ella -tal y como Pepe viene a vaticinar- mucho más que en muchas conferencias e incluso que en algunas jornadas pomposas y ampulosas con mucho pogüerpoin y mucho cuento.

Debo confesar que, en un principio, he afilado las uñas: je, ya tenemos al típico cabrón clamando por la abominación del todo gratis. Y sí, pero no. Además de que Pepe Cervera así lo afirma (y dicho por él tiene un valor), parece claro, aunque no se sea periodista, que este tío conoce perfectamente lo que es la prensa y lo que es el periodismo. En general, lo que es la comunicación, porque también domina bastante bien los procesos televisivos; y está claro que también sabe de qué va Internet. Quizá no sea un gran gurú -o no ha sentado fama de ello- pero conoce la red lo suficiente como para hablar de ella sin decir burradas. No como otros.

Y me ha hecho cambiar algunas ideas que yo tenía y, en algún caso, sostenía.

Sigo pensando -eso sí lo mantengo- que los ingresos de las empresas periodísticas ante la nueva etapa que Internet ha abierto es un problema de modelos y que el modelo antiguo no se sostiene. Es absolutamente inútil su pretensión de que el público pague por contenidos, por más alta que sea la calidad de éstos. En todo caso, las altísimas calidades en modo premium quizá puedan sobrevivir, sí, pero siempre serán cosa de una minoría, podrán producir algunos ingresos, pero nunca esos volúmenes a que tan acostumbradas están las grandes empresas mediáticas. Eso no quiere decir que la prensa, aun vehiculizada a través de Internet, no pueda subsistir y ser rentable: se trata, simplemente, de buscar una fórmula alternativa a las actuales -y decadentes- de convertir en dinero el valor. Claro que -y ahí empieza mi acuerdo con Simon- lo primero que tiene que haber es valor. Trasponiendo su propia idea, hay grandes cabeceras que creen que, sólo por ellas mismas, pueden mantener la exigencia de percibir un euro diario por contenidos no mucho mejores -de hecho, cada vez más cercanos- que los que ofrece la prensa gratuita. Las noticias, no son -en todos los casos- sino la pura y simple transcripción de los despachos de agencias y demasiadas veces -incluso en medios de relumbrón- vienen escritas por redactores que son una perfecta chusma que desconoce no ya su oficio de presunto periodista -eso por descontado- sino la simple corrección estilística y gramatical al alcance de cualquier bachiller superior -y si me apuran, elemental- del plan de 1958. Y los artículos de fondo no suelen ser -salvo rarísimas excepciones- sino divagaciones de pisacharcos y colipoterras del teclado al servicio de una línea política -ergo de partido- determinada. Ni hablar de pagar por eso.

Pero convengo con Simon en varias cosas importantes. Por ejemplo, que la blogosfera no puede sustituir a la prensa, que se trata de dos manifestaciones distintas que sólo se parecen en que son escritas, aunque también discrepo cuando dice que la blogosfera no puede causar problemas a un alcalde o a un jefe de policía: puede, ya lo creo que puede, y en España eso ya ha quedado demostrado más de una vez.

Convengo también en que es necesario el periodista profesional y el consejo de redacción; me ha gustado, por cierto, su razonamiento sobre lo necesario de dicho consejo. Me ha calado el ejemplo de la Junta -bueno, aquí comisión– de urbanismo y el ejemplo del club de striptease al lado de un colegio, sin duda caricaturesco en los Estados Unidos, pero conociendo a los habituales sinvergüenzas que pueblan los puestos políticos de este país, no sería nada absurdo en España. Su teoría sobre los temas espesos que no serían tratados por nadie si no hubiera prensa profesional es tan alarmante como, en parte, discutible: yo creo que -en el orden temático- la blogosfera da para todo y para más; no hay más que navegar un poco y ver la enorme cantidad de contenidos, no pocos de ellos incluso peregrinos -peregrinos para muchos, no para sus interesados, claro- para quedar perfectamente convencido de que es prácticamente imposible que haya un ámbito de la actividad o del conocimiento humano que la blogosfera no cubra. Por otra parte, tampoco el periodismo profesional lo hace. Digamos, por ejemplo, que hay bitácoras que se ocupan del urbanismo en general o de grandes entornos urbanísticos -grandes ciudades- pero poquísimas que se ocupen de un microentorno, como un barrio o una aldea, que también tienen sus necesidades y su corazoncito. ¿Y la prensa común? Pues lo mismo: los microentornos quedan excluidos, con tantas excepciones y de la misma importancia como puedan darse respecto de la blogosfera. Es posible que en Estados Unidos haya una tradición mucho más importante de periodismo local que la de aquí -que raras veces baja de lo regional- y, además, se haya sostenido conviviendo con los grandes medios y con la televisión. Desde luego, yo creo que, sobre todo gracias a los bajos costes de distribución que permite internet, en grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao o Valencia, habría de ser posible y hasta rentable la prensa de barrio. Prensa, efectivamente, profesional, más allá de boletines asociativos o de bitácoras.

También veo que, aunque sobrevolando la cuestión, acusa recibo de un problema que aqueja a las suscripciones en red: cuestan lo mismo -o poco menos- que las de papel, siendo así que no existen en red los gastos de imprenta y de distribución, que no son pequeños. Esto es lo que matará, por cierto, a los necios de los editores de libros: están preparando sus ediciones electrónicas a precios que apenas son un pelín más baratos que las ediciones tradicionales; las diferencias se miden casi en calderilla. Cuando todos sabemos que el material físico y su edición y distribución se comen una parte muy grande del pastel del precio. Muy grande.

En definitiva, me ha gustado. Es la primera vez que veo una defensa de la prensa tradicional pero desvinculándola del papel, basada en una correcta utilización de Internet -lejos, por tanto, de la criminalización de la red- y en la calidad y profesionalización de sus contenidos. Si pudiera haceme oir por él, sugeriría a Simon que reflexionara sobre la blogosfera como un elemento paralelo y eventualmente interconectable con el periodismo (no tanto pensando en periodistas bloggers sino en bloggers constituidos -ocasionalmente- en periodistas) y, desde luego, imprescindiblemente, sobre los posibles modelos de negocio para esa prensa convencional y profesional en red, intentando dejar de lado las suscripciones. Por ahí va cuando piensa en la financiación por instituciones sin ánimo de lucro, pero incluso en este caso la independencia del medio quedaría en entredicho: la independencia financiera es absolutamente imprescindible para que pueda pensarse en la otra. Hay que seguir buscando.

Desde luego, no dejéis de leer esta entrevista.

Los números del pulpo

De la serie: Pequeños bocaditos

No, si ya lo dije ayer:

«El Periódico» acude raudo a hinchar el globo

Ahora, vamos allá con la metodología Manifestómetro

El paseo de Gràcia tiene, entre la Diagonal y la Gran Via un kilómetro de largo y 60 metros de ancho, de donde, si no recuerdo mal cómo se multiplica (ni siquiera uso la calculadora, para hacer el salto sin red) nos arroja una superficie total de 60.000 metros cuadrados. Estos metros cuadrados incluyen alcorques de árboles, postes y otros obstáculos viarios, pero como soy así de sobrado, vamos a despreciarlos.

Sobre esta superficie, veamos las siguientes concentraciones de personal:

· 1 persona por metro cuadrado = 60.000 personas
· 2 personas por metro cuadrado = 120.000 personas
· 3 personas por metro cuadrado = 180.000 personas
· 4 personas por metro cuadrado = 240.000 personas

Y cuatro personas por metro cuadrado ya es una concentración de transporte público en hora punta. Aún admitiéndolo, estamos ante un máximo de 240.000 personas. Google canta:

Medición del paseo de Gràcia a lo ancho
Medición del paseo de Gràcia a lo largo

Para llegar al millón cien mil personas que da la pintoresca Guàrdia Urbana barcelonesa, harían falta cuatro paseos de Gràcia y aún habría que mirar dónde metemos a otras 140.000 personas.

¡Ah! ¿Qué también hay que incluir la Gran Via entre paseo de Gràcia y plaza Tetuan? Ah, entonces igual sí cuadran los números. Veamos…

La Gran Via tiene, entre paseo de Gràcia y plaza Tetuan 810 metros, siendo su ancho de 50. Esto totaliza 40.000 metros cuadrados, incluyendo, como antes, los alcorques, los postes y demás.

A ver las concentraciones:

· 1 persona por metro cuadrado = 40.000 personas
· 2 personas por metro cuadrado = 80.000 personas
· 3 personas por metro cuadrado = 120.000 personas
· 4 personas por metro cuadrado = 160.000 personas

Pues no, los números siguen sin cuadrar. Suponiendo que estuvieran abarrotados simultáneamente -y con la gente bien apretadita- el paseo de Gràcia y la Gran Via, estamos hablando de un máximo total de 400.000 personas. Veámoslo nuevamente gracias a Google:

Medición de la Gran Via a lo ancho
Medición de la Gran Via a lo largo

Es decir, que para que los números de la Guàrdia Urbana recogidos por «El Periódico» sean algo más que una simple gilipollez, se hubieran necesitado, en los tramos indicados, tres veces el paseo de Gràcia, dos veces la Gran Vía y aún habría que ubicar a 60.000 personas que no hubieran cabido. Lo curioso es que el propio medio, incluye un gráfico muy coincidente con estos cálculos míos (PDF) pero intenta salvar la evidencia de la exageración con historias de calles adyacentes y de flujos de gente que va y viene. Nada. Irrelevante en estas proporciones, que no le busquen tres pies al gato.

Veamos, como digo siempre, los números tienen una importancia relativa. Sobre estos cálculos y con las densidades que aparecen por la tele (ojo, que no ha habido -o yo no he llegado a ver- imágenes cenitales) pueden haber acudido entre doscientas y trescientas cincuenta mil personas (siempre que se hayan llegado a ocupar simultáneamente, en los tramos indicados, el paseo de Gràcia y la Gran Via). Es, de cualquier manera, muchísima gente, muchísimas voluntades.

Ya se sacarán las consecuencias -que deben sacarse y será un gravísimo error si no se hace- de estas cifras, de las cifras reales. Que son importantes.

Pero que no me vendan motos a beneficio de la propaganda del régimen.

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