Patadas, garrotes y pensiones

De la serie: Los jueves, paella

La prensa, los foros, la calle, las tertulias, en fin, todo tipo de ríos, riachuelos y arroyos sociales, presenciales o virtuales, bajan llenos con la baladronada: somos grandes, somos cojonudos, hemos entrado en la gloria. Nada menos. Millones de grandes, de cojonudos y de gloriosos cuando, según tengo entendido, sólo once (y dos o tres más alternativos) daban puntapiés a la pelota. Ayer, el equipo español de multimillonarios hizo su -escaso- trabajo clasificándose para la final de la cosa. En fin, después de lo que estoy oyendo hoy, como también ganen la final esa no sé qué tendré que oir. Y dicen los que entienden -que parecen ser todos- que las posibilidades de que se gane lo del domingo no son ilusorias, que son reales.

Parece que nadie es consciente de lo que esto tiene de catástrofe nacional, por la anestesia que conlleva y más con la que está cayendo. Lo de anoche es portada en todos los medios, ocultando o dejando en segundo plano cosas tan importantes como lo de la Diputación de Alicante, el rifirrafe externo y el grave significado interno de la manifestación convocada para este sábado 10 en Barcelona en reivindicación del estatut irredento, o el siniestro propósito de Bruselas de alargar la edad de jubilación hasta los 70 años. Nada menos y por sólo hablar de las noticias del día, sin mirar la situación global.

Con este panorama, sumado a lo que ya había, no me extraña que en la Moncloa tengan el compresor a toda potencia hinchando el globo. En próximos días se celebrará en el Congreso el debate sobre el estado de la Nación -notoriamente hecha unos zorros- y el de las cejas sabe que los zorros, con campeonato del mundo, son menos, de modo que si el domingo toca la lotería, la oposición ya puede desgañitarse, que el personal estará feliz y, lo que es más importante, indiferente.

Desde todas partes llegan voces alarmadas de que lo que está pasando ahora no es nada, que espera a que llegue septiembre y verás la tromba que nos cae encima. Yo no sé si hay razón para tanta alarma pero lo que sí está claro es que, salvo ciencia propia mejor fundada -de la que yo carezco-, y visto lo que hay, esa alarma no puede ignorarse.

Aquí puede liarse una muy gorda en lo económico. Porque, además, nuestra estructura productiva está muy atrasada: nuestros trabajadores son tecnológicamente muy deficitarios, nuestros empresarios son una chusma compuesta por aficionados aprendices de JR de mercadillo de saldos; nuestras infraestructuras son muy deficientes y muy mal planificadas; además, tenemos desequilibrios territoriales de caballo. Un país de peones de albañil y de camareros, con empresas dirigidas por el sector de esos mismos venidos a más gracias al pelotazo. Y los planes de estudio amontonan un desastre tras otro a medida que van modificándose, lo que pronostica un negro futuro en lo que respecta al nivel formativo del país. Todo ello, coordinado por la clase política más analfabeta, más sinvergüenza, más ineficiente y más cutre que se ha visto en los últimos decenios.

No tenemos esperanza en lo político: lo dicho en el párrafo anterior no se dirige a ningún partido concreto sino a todos ellos, o sea que, votemos a quien votemos, no hay salida. Tenemos poca esperanza en lo económico: hemos visto lo que pasa cuando se hunde el ladrillo; ¿qué pasará si se hunde el turismo? Somos un país integrado en la zona euro, lo que implica que nuestra moneda es una divisa fuerte o, en otras palabras, que somos un destino caro, por más que lo alivien vuelos low cost y ofertas de barra libre en la costa. Además, hemos destrozado nuestras playas y somos uno de los primeros países responsables de que el Mediterráneo sea una palangana llena de mierda. Agazapados, países turísticamente emergentes, con monedas -ergo servicios- baratitas esperan su ocasión para poner la mano en el cesto de huevos de oro turísticos. Nos salvamos por la campana: su propia corrupción -en los casos europeos- o el desorden islamista en el Mediterráneo sur. Como se acabara el peligro moro, en el sentido terrorista de la expresión, lo íbamos a tener nosotros, pero en el sentido turístico de la misma. Y eso, tarde o temprano, llegará. Si para entonces nosotros no hemos salvado todos estos hándicaps, iremos de cabeza al más negro subdesarrollo.

Y con todo esto encima, la población -prácticamente en masa, a lo que es de ver- creyéndose cojonuda, creyéndose más grande que nadie, creyéndose el rey del mambo, sólo porque once petardos han metido más pelotas en una portería que los once petardos de enfrente. Y todavía hay quien no se cree que la mierda esta del patadón, cuando no me es indiferente, me indigna hasta el colapso hepático. Os lo juro: anoche aún me decían por correo electrónico lo de venga, hombre, no disimules y no te hagas el chincheta, que en el fondo estás tan eufórico como cualquiera de nosotros. Y eso no me lo decían desconocidos de estos que tanto abundan que hablan por hablar, sino gente que me conoce bien, algunos desde hace años, unos cuantos de ellos buenos amigos, mucho más que simples conocidos. Y en no pocos de esos casos alucino ante su euforia, porque me consta que no son los habituales gilipollas, los habituales pedazos de tocino a los que se les toma el pelo con un chupachups y una trompetita.

Vamos mal, vamos muy mal y lo vamos a pagar muy caro. Y lo que más me jode es que yo también tendré que pagar a escote la factura.

A ver si hay suerte y el domingo se cierra de mala manera ese repugnante bar en el que se sirve tanta inconsciencia.

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Ayer me quedé de piedra (por lo menos en un primer momento). Resulta que los jóvenes españoles van siendo partidarios, en número creciente, de la pena de muerte. Si leéis el artículo enlazado, veréis que el redactor se dedica a poner paños calientes en el sentido de que se trata del sector ciudadano más pringado, de menos formación, de tendencia más acusada a liberar instintos primarios…Tonterías. Se empieza, sí, por ese sector, pero la idea, como por capilaridad, va ascendiendo hacia ámbitos socioculturales más elevados. Esto puede constatarse en la Historia: cualquier barbaridad asumida masivamente por un pueblo entero, empezó siendo propugnada por su sector más cenutrio.

Y me jode mucho, qué queréis que os diga. En primer lugar, porque no me lo esperaba: precisamente los jóvenes, quién lo iba a decir, cuando lo que yo hubiera dicho es que ese sentimiento es propio de gente ya muy adulta y aburguesada. Al aburguesarse, uno incorpora como esenciales valores superfluos, y por ello -orden y disciplina- tiende a darle leña al mono, que es de goma. He visto muchos reportajes y documentales sobre la pena de muerte en los Estados Unidos (uno de los pocos países que la practica, si no el único, en el que puede hablarse de ella libremente) y siempre han aparecido sus partidarios como gente de edad entre mediana y avanzada -la mía, como joven- y casi siempre, más que ricos, pequeñoburgueses. A lo mejor he sido víctima de una manipulación, pero me extrañaría: al ser un tema que siempre me ha interesado, he visto y leído bastante sobre el mismo y nunca como hasta ahora se había señalado a los jóvenes como sector partidario y/o promotor de esa barbaridad. Al contrario, más bien.

En segundo lugar porque yo creo que esa es una manifestación de la abulia y el acriticismo juvenil. Cortar por lo sano, casi siempre, pero más en cierto tipo de temas, denota falta de análisis, falta de estudio de una situación. Los jóvenes están desmovilizados, son totalmente conformistas, carecen de todo sentido crítico (y la poca apariencia del mismo que se les puede ver ocasionalmente no es más, realmente, que puro y simple pasotismo). A esta generación la han lobotomizado y, como tan bien lo ilustraba Ignacio Escolar, les han cambiado el contrato indefinido por una playesteichon. Acríticos, conservadores, ultraliberales en no pocos casos, hablar hoy de «rebeldía juvenil» es un sarcasmo. Bien al contrario, la juventud constituye hoy, blanca y radiante, como la novia de la vieja canción, la perfecta imagen del pensamiento políticamente correcto.

En tercer lugar, porque venimos de uno de los países de Europa occidental más tardíos en quitarnos de encima esa lacra juridica. Que fue más que teórica: el mismo año 1975 terminaba su verano con la ejecución de cinco tíos en una misma madrugada. Que no eran unos angelitos, por supuesto, pero esta no es la cuestión. Sólo un año y medio antes, otros dos -uno en condiciones más absurdas que otro, si es que en el absurdo puede haber graduaciones- pagaban el pato del asesinato de Carrero Blanco, acontecido justo antes de las Navidades de 1973 (obviamente, sin haber tenido nada que ver en tal asesinato). Pura vendetta institucionalizada, al más clásico estilo mafioso.

La lucha contra la pena de muerte fue muy dura en España porque, además, la pena de muerte estaba íntegramente ligada a los postulados de una dictadura de origen cuartelero y no es un cuartel el mejor lugar para explicar que las cosas van mucho mejor cuando a la gente se la convence e incentiva que cuando se la obliga bajo amenazas. No, por lo menos, un cuartel de los de entonces (posiblemente ahora las cosas vayan de otra manera). Por lo tanto, luchar contra la pena de muerte, llevaba asociado, aunque no se quisiera (y, curiosamente, había quien no quería, hay gente pa tó), luchar contra el Régimen mismo.

Se consiguió, en una primera instancia y, por supuesto, muerto el viejo, abolirla de la vida civil, aun manteniéndose, sólo para tiempo de guerra, en la normativa militar. Hoy ya ni eso, aunque se tardó también en lograr esa erradicación total y absoluta, no vino una semana después de la otra.

La pena de muerte, el espanto de unas ejecuciones no carentes de esperpento y de cutrez extrema, es algo que ya creía superado, aunque de vez en cuando la memoria histórica -la de verdad, no la otra cretinada- nos acongoja con una efeméride o un hecho determinado nos lleva a la memoria esa lacra.

Y ahora resulta que la quieren los jóvenes.

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He hecho más arriba una referencia de pasada al hecho de que Bruselas pretende alargar la edad de jubilación a los 70 años. Una pretensión traumática: lo será en España, donde la jubilación es ahora a los 65 años, así que imaginarse lo que puede ser en Francia, que es a los 62 o en Alemania que me parece que es antes aún.

Es un paso más -y no será el último- en el constante retroceso de derechos de los trabajadores que viene ya durando más de treinta años. Sí, porque es necesario decir las cosas tal como son: salvo en el terreno de las libertades sindicales (y para la mierda de sindicatos -y de sistema sindical- que tenemos, ya ves qué chollo) y cuatro chorradas a todas luces insuficientes en materia de conciliación familia-trabajo (bajas maternales, bajas paternales y para de contar) desde que cascó el viejo en olor de melenas, los derechos sociales no han hecho más que retroceder.

Si en los países occidentales, europeos, hubiera ido a su vez hacia atrás en riqueza económica, esto podría comprenderse, pero es que ha sido todo lo contrario: el PIB de los países que componen la Unión Europea (y, sobre todo, la zona euro) no ha parado de crecer, en moneda corriente y en moneda constante (que es lo que vale a la hora de comparar riqueza en términos históricos).

En otras palabras: estamos ante una enorme tomadura de pelo, ante una estafa de dimensiones históricas. Nos están timando en el reparto de la riqueza. Como decía hoy un chiste de «El Roto» en «El País», que pone en boca de un poderoso: «Vuestro nivel de vida es incompatible con nuestro nivel de codicia». Y es exactamente eso.

Cuando se hundió el comunismo soviético, el ultraliberalismo se subió a la moto y la puso a toda leche. Fue entonces cuando descubrimos que el paraíso soviético no había constituido jamás una referencia para los trabajadores, que nunca vimos en él una meta atractiva (al contrario, vaya asco), sino para los prebostes del capitalismo, que veían en el sistema leninista el espejo de lo que podría ocurrir si se pasaban de la raya. Roto el espejo se acabó la imagen y el temor.

Es posible que, con datos demográficos en la mano, el sistema de financiación de lo que se ha dado en llamar estado del bienestar no sea viable tal como se concibe ahora. Bueno, pues se cambia (asumiendo, naturalmente, los costes de ese cambio y con ello estoy mirando a los que están levantando inmensas cantidades de pasta a costa nuestra, a costa de la pleitesía de los políticos) y ya está. Si el sistema de Seguridad Social no aguanta el gasto, lo asume el Presupuesto y listos. Todo es una cuestión de impuestos: se sube Sociedades, se sube el IRPF, se atornilla a los cabrones de las SICAV y andando que es gerundio. Y aunque muchos vestirán un desmentido con doscientos kilos de tratados financieros, lo cierto es que es así de sencillo y no pasa nada. También puede pensarse en una reordenación de prioridades que ayude a base de ahorro: menos alegrías a la hora de mandar costosísimas unidades militares al culo del mundo, menos subvenciones para cosas superfluas y/o raras, menos viajes del IMSERSO -con la jubilación vas que te estrellas, chaval-, racionalización de algunos servicios públicos (la sanidad nos está costando un dineral entre otras cosas porque hay colectivos enteros que la consumen compulsivamente y no señalo para no armar follón hoy, pero otro día me levanto broncas y señalo hasta con un puntero láser), racionalización de las administraciones locales (reducción en un 30 por 100 del número de ayuntamientos porque muchos son realmente inviables y hay que ir apencándolos con incesantes dinerales), adelgazamiento de la administración central y autonómica (y también de la de Justicia) a base no solo de su tecnificación sino de la simplificación de sus procedimientos liquidando elementos tradicionales ya obsoletos (¿qué es eso de que un juez tenga que dejar su guardia, con una cola de denunciantes y de detenidos así de larga, para ir a levantar el fiambre de un tío que se ha tirado al metro?).

El sistema democrático es una especie de pacto social mediante el cual se perpetúa el feudalismo capitalista a cambio de las llamadas tres patas del estado del bienestar (sanidad, educación y jubilación) y de razonables posibilidades de mejora económica para la clase media (la proletaria dejó de existir después de las guerras europeas) en base a su trabajo y a la iniciativa personal en concurrencia. Si ellos no cumplen su parte, se acabó la democracia y procede entonces empuñar el Kalashnikov.

Que no caigan en el error de pensar que lo tienen todo controlado y que no caigan en ese otro error de llevar demasiado el cántaro a la fuente.

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Damas, caballeros y militares sin graduación, la paella de esta semana está felizmente servida en tiempo y forma. Tienen ustedes tiempo sobrado para echarle un buen vistazo antes de cenar.

La próxima será el día 15, penúltima antes de mis vacaciones. Este año, mis vacaciones paelleras (incordiantes, en general) estarán marcadas por el 29 de julio y el 5 de agosto, con total seguridad; y grandes -aunque no totales- posibilidades de que se sume el 12 de agosto, también. Ese 12 de agosto ya habré regresado, pero estaré en pleno período de reacondicionamiento, así que, salvo que los acontecimientos o los hados me propicien un ataque de inspiración grafomaníaca, vislumbro crudo el arroz.

Pero, bueno, hasta llegar ahí quedan dos semanas largas y tendidas. Todo llegará y todo se verá.

Carpe diem

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Comentarios

  • JP Clemente  On 08/07/2010 at .

    saludos de otro lector; más o menos comento de la parte de Europa y la jubilación hay que tener en cuenta que se ríen con lo que ha pasadoo en Grecia, en España y puede que en Portugal si los enganchan los de la deuda; en Bélgica es peor: 3 territorios (impar), 2 lenguas pues las 2 indoeuropeas del N son la misma, familia real corrupta, los Chimay, denunciada por la SEC porque en Estados Unidos sólo permiten timbas propias, Almunia y alguno más por ahí julandroneando y además se reían de España hace unos días, al fin y al cabo belgas, algo así como el Lepe de Europa, pero después de Grecia, España, Portugal, Bélgica… qué más pueden jorobar?

  • Ryouga  On 09/07/2010 at .

    Impresionante paella, voy a comprarme un sombrero solo para quitarmelo ante ella, incontestable el dato del aumento del pib y la reduccion de bienestar y derechos, solo podria añadir la idea de nacionalizar o crear empresas nacionales en sectores estrategicos, lo mismo que noruega basa su bienestar en el petroleo y el gas en vez de dar concesiones a manos privadas no podríamos aqui disfrutar de los beneficios de petroleras, telecomunicaciones, bancas nacionales y grandes recaudaciones por recalificaciones de terrenos y construccion en vez de darlos a manos privadas que los desvian a cuentas en Suiza o Sicav?

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