Mojando el papel

De la serie: Correo ordinario

Tengo que agradecer a Pepe Cervera, y mucho, la encendida recomendación que me ha llevado a esta entrevista con David Simon en los blogs de ABC. He aprendido de ella -tal y como Pepe viene a vaticinar- mucho más que en muchas conferencias e incluso que en algunas jornadas pomposas y ampulosas con mucho pogüerpoin y mucho cuento.

Debo confesar que, en un principio, he afilado las uñas: je, ya tenemos al típico cabrón clamando por la abominación del todo gratis. Y sí, pero no. Además de que Pepe Cervera así lo afirma (y dicho por él tiene un valor), parece claro, aunque no se sea periodista, que este tío conoce perfectamente lo que es la prensa y lo que es el periodismo. En general, lo que es la comunicación, porque también domina bastante bien los procesos televisivos; y está claro que también sabe de qué va Internet. Quizá no sea un gran gurú -o no ha sentado fama de ello- pero conoce la red lo suficiente como para hablar de ella sin decir burradas. No como otros.

Y me ha hecho cambiar algunas ideas que yo tenía y, en algún caso, sostenía.

Sigo pensando -eso sí lo mantengo- que los ingresos de las empresas periodísticas ante la nueva etapa que Internet ha abierto es un problema de modelos y que el modelo antiguo no se sostiene. Es absolutamente inútil su pretensión de que el público pague por contenidos, por más alta que sea la calidad de éstos. En todo caso, las altísimas calidades en modo premium quizá puedan sobrevivir, sí, pero siempre serán cosa de una minoría, podrán producir algunos ingresos, pero nunca esos volúmenes a que tan acostumbradas están las grandes empresas mediáticas. Eso no quiere decir que la prensa, aun vehiculizada a través de Internet, no pueda subsistir y ser rentable: se trata, simplemente, de buscar una fórmula alternativa a las actuales -y decadentes- de convertir en dinero el valor. Claro que -y ahí empieza mi acuerdo con Simon- lo primero que tiene que haber es valor. Trasponiendo su propia idea, hay grandes cabeceras que creen que, sólo por ellas mismas, pueden mantener la exigencia de percibir un euro diario por contenidos no mucho mejores -de hecho, cada vez más cercanos- que los que ofrece la prensa gratuita. Las noticias, no son -en todos los casos- sino la pura y simple transcripción de los despachos de agencias y demasiadas veces -incluso en medios de relumbrón- vienen escritas por redactores que son una perfecta chusma que desconoce no ya su oficio de presunto periodista -eso por descontado- sino la simple corrección estilística y gramatical al alcance de cualquier bachiller superior -y si me apuran, elemental- del plan de 1958. Y los artículos de fondo no suelen ser -salvo rarísimas excepciones- sino divagaciones de pisacharcos y colipoterras del teclado al servicio de una línea política -ergo de partido- determinada. Ni hablar de pagar por eso.

Pero convengo con Simon en varias cosas importantes. Por ejemplo, que la blogosfera no puede sustituir a la prensa, que se trata de dos manifestaciones distintas que sólo se parecen en que son escritas, aunque también discrepo cuando dice que la blogosfera no puede causar problemas a un alcalde o a un jefe de policía: puede, ya lo creo que puede, y en España eso ya ha quedado demostrado más de una vez.

Convengo también en que es necesario el periodista profesional y el consejo de redacción; me ha gustado, por cierto, su razonamiento sobre lo necesario de dicho consejo. Me ha calado el ejemplo de la Junta -bueno, aquí comisión– de urbanismo y el ejemplo del club de striptease al lado de un colegio, sin duda caricaturesco en los Estados Unidos, pero conociendo a los habituales sinvergüenzas que pueblan los puestos políticos de este país, no sería nada absurdo en España. Su teoría sobre los temas espesos que no serían tratados por nadie si no hubiera prensa profesional es tan alarmante como, en parte, discutible: yo creo que -en el orden temático- la blogosfera da para todo y para más; no hay más que navegar un poco y ver la enorme cantidad de contenidos, no pocos de ellos incluso peregrinos -peregrinos para muchos, no para sus interesados, claro- para quedar perfectamente convencido de que es prácticamente imposible que haya un ámbito de la actividad o del conocimiento humano que la blogosfera no cubra. Por otra parte, tampoco el periodismo profesional lo hace. Digamos, por ejemplo, que hay bitácoras que se ocupan del urbanismo en general o de grandes entornos urbanísticos -grandes ciudades- pero poquísimas que se ocupen de un microentorno, como un barrio o una aldea, que también tienen sus necesidades y su corazoncito. ¿Y la prensa común? Pues lo mismo: los microentornos quedan excluidos, con tantas excepciones y de la misma importancia como puedan darse respecto de la blogosfera. Es posible que en Estados Unidos haya una tradición mucho más importante de periodismo local que la de aquí -que raras veces baja de lo regional- y, además, se haya sostenido conviviendo con los grandes medios y con la televisión. Desde luego, yo creo que, sobre todo gracias a los bajos costes de distribución que permite internet, en grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao o Valencia, habría de ser posible y hasta rentable la prensa de barrio. Prensa, efectivamente, profesional, más allá de boletines asociativos o de bitácoras.

También veo que, aunque sobrevolando la cuestión, acusa recibo de un problema que aqueja a las suscripciones en red: cuestan lo mismo -o poco menos- que las de papel, siendo así que no existen en red los gastos de imprenta y de distribución, que no son pequeños. Esto es lo que matará, por cierto, a los necios de los editores de libros: están preparando sus ediciones electrónicas a precios que apenas son un pelín más baratos que las ediciones tradicionales; las diferencias se miden casi en calderilla. Cuando todos sabemos que el material físico y su edición y distribución se comen una parte muy grande del pastel del precio. Muy grande.

En definitiva, me ha gustado. Es la primera vez que veo una defensa de la prensa tradicional pero desvinculándola del papel, basada en una correcta utilización de Internet -lejos, por tanto, de la criminalización de la red- y en la calidad y profesionalización de sus contenidos. Si pudiera haceme oir por él, sugeriría a Simon que reflexionara sobre la blogosfera como un elemento paralelo y eventualmente interconectable con el periodismo (no tanto pensando en periodistas bloggers sino en bloggers constituidos -ocasionalmente- en periodistas) y, desde luego, imprescindiblemente, sobre los posibles modelos de negocio para esa prensa convencional y profesional en red, intentando dejar de lado las suscripciones. Por ahí va cuando piensa en la financiación por instituciones sin ánimo de lucro, pero incluso en este caso la independencia del medio quedaría en entredicho: la independencia financiera es absolutamente imprescindible para que pueda pensarse en la otra. Hay que seguir buscando.

Desde luego, no dejéis de leer esta entrevista.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 14/07/2010 at .

    Y después de leer la entrevista con David Simons (y ojo, después de haber visto enteritas las 5 temporadas de The Wire, en original subtitulado, la mejor serie de televisión de la historia), debo decir que, al final, coincide con Assange en que el problema principal es la calidad. Sin calidad no pago. Punto pelota.

  • enhiro  On 15/07/2010 at .

    El artículo es muy interesante e instructivo porque, para variar Simon se preocupa por no demonizar y por ser didáctico en sus explicaciones. Te cuenta sus argumentos y la base de estos, así podemos aprender y buscar debilidades en los mismos.
    Es interesante su idea de generar buenos contenidos de pago, yo creo que es importante no demonizar el pago por contenidos, entre otras cosas porque eso nos deja a merced de la publicidad, y por tanto con manos atadas para criticar organismos y empresas de gran poder económico.

  • JP Clemente  On 15/07/2010 at .

    Incordio, eres malo pero requetemalo, ¿a qué viene citar la comisión censora de Internet pa luego hablar de otro? le haces muy flaco favor a Simón en prólogo, pero ya lo dice el nombre, Incordio

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