El desastre de la Nación

De la serie: Los jueves, paella

Realmente descorazonador ayer el debate sobre el estado de la Nación, sobre todo en lo referente a los dos principales partidos y los dos principales líderes (y me duelen las yemas de los dedos al teclear la palabra «líderes» referida a esos dos impresentables).

El cutre espectáculo de un presidente de Gobierno volviendo con pretendida rotundidad sobre lo dicho -con rotundidad aún mayor- hace un año, intentando explicar –¿explicar?– como propias unas medidas que le han sido impuestas (y además, todos, absolutamente todos los ciudadanos lo sabemos más allá de toda duda) desde las hegemónicas Francia y Alemania, impulsadas a su vez por los no menos hegemónicos Estados Unidos y China (China le amenazó con poner en el mercado, a la venta y de golpe, toda la deuda española en poder del país asiático), sólo se ha visto superado por la aún más choricera representación del triste y lamentable Mariano Rajoy, que por más que se disfrace con pretendida retranca gallega, logra -raro récord- ser aún más anodino que el propio Zap. Que ya es ser anodino. Rajoy, como parece ser norma en la derecha (Aznar hizo lo mismo), no suelta prenda sobre sus alternativas, no quiso decirnos qué pensaba hacer él si lograra tomar el poder, cosa que sólo puede explicarse de una de las dos maneras: o bien carece, efectivamente, de alternativas, o bien teme la espantá de votos que se produciría si éstas fueran conocidas. Y me temo mucho lo segundo. Quizá por eso recurrió al ya manido oportunismo de arrimar el ascua a su putrefacta sardina utilizando a modo de tabla de surf el ya conocido de otros tiempos váyase señor Zapatero.

En cuanto a los corifeos, qué vamos a decir… Si la bancada azul es desoladora en su lamentable nivel político y hasta intelectual -a falta únicamente de Leire Pajín para redondear a ese deprimente colectivo- los escaños populares son la viva imagen de la bronca tabernaria y de un comportamiento que, en comparación, hace caballeros de club británico a los más brutales forofos futboleros. El comportamiento de auténtica canalla de los diputados populares cada vez que habla un adversario, el despliegue de gritos, abucheos y, en fin, rebuznos, produce vergüenza ajena a cualquier ciudadano al que aún queden tripas para aguantar la retransmisión. A mí me costó un esfuerzo no arrojarle un zapato al televisor; solamente el recuerdo de lo que me costó el aparato y la evidencia de que el zapatazo no impactaría contra los dientes de ninguno de los hotentotes en cuestión me procuraron la contención necesaria.

Lo peor, lo verdaderamente peor de todo es que este espectáculo, el de unos y otros, constituye un fiel reflejo del estado de la nación. Este aspecto no cabe discutirlo, desde mi punto de vista. Una nación entregada enteramente al embrutecimiento futbolero, a un ciego hedonismo devenido en sucia ludomanía, a un individualismo egoista y absurdo, a un comportamiento -a todos los niveles socioeconómicos- del más pringoso nuevorriquismo que todavía pervive en la absoluta y generalizada inconsciencia de la gravedad de la crisis, la cual no pasa de ser un retintín más de conversación carajillesca, no puede tener otra representación que ese parlamento caricaturesco y tabernario, que esa atmósfera pestilente, que ese imperio de la mediocridad y de la corrupción política, económica y social.

En medio de todo este puré de mierda, una única luz: Duran i Lleida. Desde la queja por el agravio estatutario, una intervención comedida, racional, no propiamente conciliadora -de hecho, compareció para expresar un fuerte dolor y una enérgica protesta- pero sí conteniendo la propuesta de una reflexión, de una reflexión grave, sobre el encaje de Cataluña en el proyecto español.

Duran i Lleida es un caso aparte en la poítica española y catalana. Incardinado en una coalición -nunca ha acabado de cuajar como partido unitario- en la que predomina el tono nacionalista -con picos y valles, pero predomina-, a veces me pregunto qué hace ahí Duran. Porque Duran es un regeneracionista del siglo XXI o, desde otra perspectiva, un verdadero noucentista, quizá el último noucentista. Duran i Lleida encarna a mi modo de ver (no digo que represente, sino que encarna, que es otra cosa) a ese catalán arquetípico, que yo siempre he creído y sigo creyendo mayoritario por más que silencioso, que enarbola un catalanismo o, mejor, una catalanidad, incardinada en un proyecto español y, además, liderándolo. Muchas veces he pensado que si Unió funcionase autónomamente, independiente de la tropa esa de Convergència, contaría frecuentemente con mi voto y con mi adhesión intelectual, porque este regeneracionismo catalán proyectado sobre la propia España constituye una idea muy saludable -que, por otra parte, no es nueva, al contrario, quizá es más antigua que el nacionalismo mismo- me hace olvidar el planteamiento derechista de su visión económica… que, también es cierto, se distancia, a su vez, de la vesanía ultraliberal.

La verdad es que escuchándolo ayer tuve la impresión -desgraciadamente fugaz- de que aún podría haber esperanza. Si se escuchase a Duran, si se escuchase a todos los que propugnamos que se entienda a Catalunya desde un ángulo distinto del fundamentalismo castellano de frontera, España sería no sólo viable, sino, además, atractiva. Pero eso requiere una refundación, una reescultura de la idea misma, del concepto mismo de España. Cosa que, por otra parte, es su única posibilidad de viabilidad. La impugnación de España que se está llevando ahora mismo en Catalunya, extensa y profunda como jamás antes lo había sido, trasciende de los juegos malabares con las cifras de una manifestación. En la manifestación, como pasa siempre con estas cosas, ni eran todos los que fueron -hay muchísimo payaso por ahí- ni fueron todos los que eran. Yo creo que el sector quizá más radical pero también más serio del independentismo y del nacionalismo pasó olímpicamente de asistir a la manifestación asqueado por el mejunje liado en su convocatoria. Es una opinión personal, claro, toda vez que no formo parte de ese colectivo -aunque a algunos conozco que sí y que, efectivamente, no acudieron- pero no se me va esa impresión.

Desgraciadamente, ni Duran ni tantos otros seremos escuchados. Siempre que trato estos temas me vienen a la memoria los versos de Machado:

Castilla miserable,
ayer dominadora,
envuelta en sus harapos
desprecia cuanto ignora

Desde la fiera e irreflexiva bronca mesetaria, el problema catalán, que como muy bien dijo ayer Duran -y ojo, que esto es muy importante- no es tal problema catalán sino un problema español, no tiene solución porque, entre otras cosas, empieza por un profundo, ancestral y arraigado desprecio por la catalanidad misma. Mis vacaciones van a transcurrir este año por Aragón, Castilla-León y Asturias, y me estoy atizando verdaderas sobredosis de protectores de estómago solamente por la bilis que voy a tener que tragar intentando no discutir (¿para qué?) las mil barbaridades, imbecilidades y gilipolleces que voy a tener que escuchar. Y entiéndaseme bien: cuando hablo de castellanos no aludo a un gentilicio -de hecho, me encanta Castilla- sino propiamente a una mentalidad; mentalidad que, además, no es exclusiva de los castellanos (la he visto con mucha frecuencia en andaluces, aragoneses y en naturales de diversas otras regiones) y que no aqueja tampoco a todos los castellanos.

Quizá me posea al escribir estas líneas un acceso de pesimismo, pero nunca había visto la situación tan deteriorada, quizá porque nunca había visto en Cataluña una animadversión tan tremenda y tan extendida -esta vez, sí, real y palpable, sin fantasías eróticas de tebeo nacionalista- a la idea de España. Lo dijo ayer Duran i Lleida: el independentismo se ha extendido de forma inusitada gracias al numerito del Tribunal Constitucional y el estatut. No mintió. Doy fe de que ni miente ni exagera.

Yo voy llegando a la conclusión, por todo lo dicho y mucho más que no he dicho hoy pero sí tantas otras veces, de que el sistema está agotado, colapsado. Cada vez tengo más claro que es necesario -y, hasta donde conviene considerarlo así, urgente- un cambio constitucional. Atención: no una reforma de la actual Constitución -que veo totalmente liquidada- sino una nueva constitución, que establezca nuevos canales de representación y de participación, una nueva estructura económica, una nueva construcción territorial, una nueva organización judicial y administrativa, etc. Dicho de otra manera: una auténtica refundación de España. Porque el pueblo español permanece ahora como un dragón dormido, sumido en un marasmo, anestesiado por la cabronada política y económica que lo paraliza y lo tiene frito a placebos; pero si ese pueblo se despierta y lo hace de mala leche -como no podrá ser de otra manera- y se rompen los diques de la ira, lo que puede suceder aquí tendría dimensiones históricas -y trágicas- de las que hay no pocos antecedentes y que, en nuestra ceguera, queremos creer superadas. Y no lo están.

Pero, atención: una refundación de España sólo tendría éxito si se hiciese desde el acuerdo, desde el diseño común. Ya sé que es muy difícil, pero no ha de ser imposible. Es la única forma de edificar un país en el que todos sus pueblos, todas sus culturas, todas sus sensibilidades, se encontraran a gusto participando en la tarea común, creyendo en ella y en el proyecto que se edifica. Si se quiere hacer, nuevamente, por enésima vez, desde el imperio de una única mentalidad, de una única idea, de una única sensibilidad a la cual habrían de someterse todas las demás, no estaríamos ganando, realmente, nada y continúaríamos dirigiéndonos a toda velocidad hacia el vertedero histórico.

Que, según me temo, es el camino que ahora mismo llevamos.

——————–

La paella ha sido hoy monotemática, ha constituido mi propia visión sobre el estado de la Nación que, como podréis comprobar, veo hecha unos zorros. Mal asunto, porque el establishment es muy potente y no está la gente en plan de ponerse las pilas y darle la vuelta a todo el sistema con lo que ello conllevaría, en muchos casos, de darle la vuelta a la propia vida, a la propia cotidianidad. El peor conservadurismo es el que llevamos todos dentro: por mal que estemos, siempre nos atenaza el miedo de que nos acontezca algo peor. Desgraciadamente, la historia nos ha dado en demasiadas ocasiones buenas razones para pasar este miedo, pero creo que debemos superarlo y tener un poco de fe en nosotros mismos, como la tuvimos en la época de la transición, cuando todos los españoles, del primero al último -y con la única excepción de los cuatro hijos de la gran puta de siempre- decidimos que, pasara lo que pasara, no íbamos a llegar a las manos.

La única diferencia es que, en aquellos tiempos, prevalecía la ilusión sobre la desazón, y me temo que hoy sucede justamente lo contrario. No vivimos el mejor ambiente emprendedor, pero es que no nos va a quedar otro remedio que diseñar nuestro futuro antes de que nos quedemos sin él.

La próxima paella será el jueves 22 de julio y, atención, como ya dije en la despedida de la del jueves pasado, será, con casi toda seguridad, la última del presente curso. A falta, pues, de esta postrera paella, el curso, por tanto, no ha terminado y aún habrá cosas que contar. Cosa que haré en «El Incordio» durante los demás días de la semana.

Seguimos, por tanto, viéndonos aquí.

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Comentarios

  • PROTESTAVECINO  On 15/07/2010 at .

    Con la única excepción de los cuatro hijos de la gran puta de siempre- decidimos que, pasara lo que pasara, no íbamos a llegar a las manos.
    Lo bordas como siempre, no tomes “caralladas” tu estomago agradecerá los caldos y fumeiros de estas tierras, lo de los catalanes tienen la culpa los hipócritas de los que se dicen nuestros representantes.
    Disfruta de tus días.
    Como los catalanes, pensamos el resto de la península, lo corrobore en el 74 al llegar a Gracia, su mercado y fiestas, 10 años antes los de Seat nos lo contaban en las residencias de Educación y Descanso. Existían otras formas de ser y ver una Nación, los catalanes se expresaban en su lengua y a nosotros nos fostiaban por hablar en gallego, en estas tierras no cambio mucho, nos siguen fostiando, pero con otros argumentos.
    Lo dicho, disfruta de leoneses, asturies y mañicos. Buen tiempo.
    Te recomiendo, un vínico de Valdeorras, Viña Floral de Villamartin, una pasada.
    Pimientos y choricillos de Ponferrada.
    Fumeiros y sobremesas en Bragança, Portugal.
    Buen descanso.

  • Mercedes HVdP  On 17/07/2010 at .

    100% de acuerdo en todo y esto lo dice una castellana de Valladolid q rechaza el nacionalismo castellano que entre pp y psoe han potenciado y nos han traido hasta aquí.

    Una pena que olvidemos nuestros orígenes, todos multiculturales.

    Espero que disfrutes de las vacaciones por mi tierra y q te encuentres con lo mejor de nosotros.

  • VTR1000 lady  On 23/07/2010 at .

    Why god allows this sort of thing to continue is a mystery.

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