Zarpa el «Titanic» editorial

De la serie: Correo ordinario

Durante este fin de semana ha circulado mucho un artículo de Ricardo Galli sobre Libranda, la tienda virtual oficial del sector editorial español. Aparte de Galli, otros han escrito también sobre el asunto. Y los comentarios han resultado durísimos. La plataforma es una verdadera porquería, el fondo es raquítico, los precios son carísimos y, encima, hay que sufrir un DRM absolutamente irritante.

O sea, lo que se veía venir.

Tal como preveíamos muchos, el sector editorial no ha sabido escarmentar en la ajena cabeza del sector discográfico y cinematográfico y, entre el temor a la piratería y su absoluta incapacidad para adaptar el modelo de negocio en la estúpida pretensión de mantener en modo digital la estructura de negocio del modo papel, la va a cagar, pero bien cagada, y va a reproducir punto por punto los mismos errores en que han incurrido los vendedores de discos. No se entiende, la verdad. No me cabe en la cabeza que grupos mediáticos y editoriales potentes -como Planeta que, está, por cierto, en el ajo de Libranda- que se suponen dirigidos por profesionales de primera división -o así parecerían indicarlo sus sueldazos- sean capaces de comportarse con tal necedad, con tanta negligencia, con tan supina idiotez.

Precisamente una industria, la editorial, que sí corre un riesgo severísimo de desaparecer, en mucha mayor medida que la discográfica o la cinematográfica. Lo he dicho muchas veces: autoeditar en papel, por más Bubok y similares que haya, es algo costoso y poco competitivo, porque no existe prácticamente nada que pueda llamarse apropiadamente «distribución» y la distribución es absolutamente imprescindible en el formato papel. Pero en el ámbito digital, la cuestión se invierte: cualquier autor puede escribir su libro y, sin más, distribuirlo en red, según diversas fórmulas: gratuitamente tal cual, gratuitamente pero pidiendo una donación voluntaria o, simplemente, vendiéndolo, cosa que podría hacerse a muy bajo precios (2-3 euros el ejemplar) obteniendo de cada venta una remuneración muchísimo mayor que la que se obtiene de la editorial. De todos modos -y como pasa siempre- la mayoría de los autores literarios no puede vivir de los ingresos de sus obras; digámoslo claramente ahora que aún no hay lo que las empresas llaman piratería en cantidad significativa: salvo unos pocos consagrados -consagrados sobre todo por la industria editorial- que venden centenares de miles de ejemplares, nadie puede comer de escribir libros.

Y se siguen editando libros que no dan de comer a sus autores. ¿Por qué? Pues porque el libro es una plataforma para otras actividades que sí dan de comer al autor: conferencias, intervención en jornadas, cursos, artículos en prensa, clases en universidades, etc. En este sentido, la red puede cumplir con ese papel mucho más eficientemente y prácticamente desde el primer momento. Las editoriales tradicionales quedarán, con el tiempo, reducidas a constituir plataformas publicitarias para los aludidos consagrados, pero hasta eso dudo. El negocio se les va a ir de las manos y así como la industria discográfica y cinematográfica -sobre todo esta última- tienen razonables posibilidades de mantenerse ahí, quizá con volúmenes mucho menores, pero ahí, simplemente adaptándose a las nuevas circunstancias, la editorial, diga lo que diga, lo tiene muy crudo.

Generalmente, los dirigentes editoriales suelen decir que su negocio no decaerá porque, por más que el libro sea digital siempre se les necesitará para efectuar la criba entre lo bueno y lo malo. Tonterías. Esa criba puede perfectamente hacerse en red, donde habrá comentarios, habrá críticos solventes y donde, como siempre, funcionará el boca a oído: los amigos que me recomiendan libros -tanto personalmente como en red- tienen toda mi confianza, muchísima más que una editorial que va directamente a la pela. La criba que realmente efectúan las editoriales es la que, precisamente, debe acabarse: decidir qué podemos y qué no podemos leer. Hasta hoy, necesitábamos a las editoriales para que hubiera libros y dependíamos enteramente de sus criterios culturales o políticos. Desde hoy, esto va a empezar a no ser así. Sencillamente, van a perder el control, van a dejar de imponer lo que se lee y lo que no se va a leer. En la red todo tiene la misma oportunidad de partida y sólo los lectores, sin ninguna otra mediatización, con entera libertad, decidiremos qué autor va a subir como la espuma y cuál no.

La estupidez se eleva a la enésima potencia cuando vemos los precios de los libros electrónicos: entre un 70 y un 80 por 100 del coste de un libro en papel. Pero, bueno… ¿es que nos toman por imbéciles o qué? Los mayores costes de un libro están, precisamente, en lo que es impresión y encuadernación y, sobre todo en la distribución; además del beneficio del intermediario, del librero, que se empeñan en mantener. Esta es una de las víctimas colaterales lamentables pero irremediables: el librero. Que tampoco van a ser tantos, porque libreros-libreros, lo que se dice libreros, hay poquísimos; lo que abunda realmente son los simples vendedores de libros que no tienen ni pajolera idea de lo que se traen entre manos. Pero sí: tanto los unos como los otros van a caer y en el caso de los libreros auténticos -entre los cuales, además, tengo amigos- es especialmente lamentable, porque prestan un magnífico servicio al lector, su cliente, tanto más excelente cuanto más conocido es. Pero la digitalización del libro no les deja, prácticamente, lugar, más allá de los que se han especializado en material para bibliófilos -que son muy pocos- cuyo nicho probablemente se mantendrá, porque las ediciones raras, los incunables y demás, inversamente a todo el resto del sector, no tienen alternativa digital. Me alegraré por éstos y lamentaré -con verdadera tristeza- la defunción sectorial de los demás, pero todo adelanto tecnológico causa víctimas. También la imprenta terminó con los copistas.

En fin, la propia industria editorial está entregando su negocio a la piratería que tanto teme, y lo está haciendo por su propia estupidez.

Yo no tengo todavía lector electrónico. Voy a esperar a que venga con ciertos adelantos -el color, que ya es inminente, la posibilidad de escribir notas a mano sobre el propio libro o documento, etc.- y que ajuste un poco más los precios, que bajarán ostensiblemente tan pronto la gente se ponga a comprar el aparato masivamente. Hay que tener en cuenta que sus usos van mucho más allá del libro y que es un auxiliar valiosísimo para el manejo de documentos, mucho más práctico que el PC, tanto en su manejo intrínseco como en la comodidad de lectura (que en el PC y parece que también en inventos como el iPad, es una experiencia agobiante a partir de la décima página) o como en su mismo transporte. Pero así como no consumo música bajada de redes P2P, porque la música que se hace ahora no me gusta ni regalada, sí consumiré libros y no pocos (exactamente igual que ahora). Y preferiré pagarlos a un precio razonable que compense adecuadamente al autor, que compense a la editorial de sus gastos (maquetación, promoción, etc.) y que produzca al editor un beneficio igualmente razonable. Pero si los editores se empeñan en tomarme por imbécil, pueden irse a la misma mierda: nos veremos en el P2P.

La primera putada ya me la han jugado con los libros de texto escolares que va a llevar empotrados el PC -con Window$ obligatorio, por cierto, qué vergüenza- que voy a tener que comprarle forzosamente a mi hija pequeña (2º de ESO), lo cual me jode adicionalmente porque mi hija pequeña ya tiene ordenador: heredó un Lenovo 3000 que yo deseché porque la fórmula del portátil como base única de trabajo no me ha convencido y hace ocho meses me pasé al sobremesa más mini. Contando estos dos míos, en casa hay cuatro ordenadores y todos funcionan como una moto con Ubuntu. Ahora me obligan a meter a la trágala un chafarriñón con Micro$oft, y usando libros digitales falsos (sólo podrán ser leídos en red mediante un usuario y una contraseña y por tiempo limitado). Pues muy bien: la industria editorial me va a compensar en sangre de P2P esta cabronada.

Se vayan poniendo las pilas o encargando sus misas de réquiem.

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Comentarios

  • Jordi  On 20/07/2010 at .

    No hay más ciego que el que no quiere ver.

  • Anónimo  On 27/07/2010 at .

    Todo el mundo se permite opinar sobre un sector que no es el suyo y cuando ni siquiera es usuario (tú dices que no tienes lector electrónico). Esto es como en fútbol, todo el mundo sabe qué jugadores hay que seleccionar y dónde colocarlos y en qué momento del partido. Además de ser todos Aramís Fuster y saber lo que va a pasar en el futuro. En el sector editorial hay muchos profesionales y muy buenos que te puedo asegurar que no se comen los mocos, sino que están trabajando para seguir generando negocio en papel, en digital y en lo que haga falta, como si mañana resulta que la gente lee libros a través de la televisión, pues ahí estará el editor, el corrector, el traductor, el maquetador (se maquete en lo que se maquete) el diseñador, el comercial (porque todo hay que venderlo), etc. etc. Así que no os preocupéis que no va a dejar de haber libros. Y en cuanto a las comparaciones con el mundo musical, ¿crees que realmente no se está generando negocio con la música y se lo están llevando los mismos de siempre?

  • Javier Cuchí  On 28/07/2010 at .

    Me hace gracia cómo saltáis de los nervios los del gremio cuando se habla de una futura y más que probable desaparición del sistema editorial, cuando menos tal como se conoce ahora. Me recordáis a los promotores y constructores cuando en 2006 se desgañitaban diciendo que no había burbuja del ladrillo, que todo lo que se decía era falso y que los pisos iban a seguir subiendo imparablemente.

    Pero, bueno, eso el tiempo ya lo dirá, es discutir por discutir.

    Lo que me choca es esa estrambótica teoría respecto a lo de «ser usuario» de libro electrónico como condición necesaria para hablar del tema. Me pregunto si los críticos automovilísticos, por ejemplo, serán propietarios de todos los coches sobre los que hablan.

    No, es cierto y ya lo he dicho: no soy propietario de ningún lector electrónico. Pero eso no quiere decir que no haya tenido unos cuantos en mis manos y no haya jugado con ellos. De todos modos, ni siquiera es necesario: puede juzgarse cualquier disrupción sin necesidad de ser partícipe material de la misma. ¿Por el simple hecho de no tener un iPhone ignoro necesariamente lo que ha supuesto ese aparato en el mundo de los smartphones? ¿Por el simple hecho de no tener ninguno de ambos, no sé establecer las diferencias -y ventajas e inconvenientes, al menos básicos- de los iPod y de los Tablet PC?

    Sobre lo del negocio de la música, claro que se está generando. ¡Hombre, esto lo sabemos todos! Pero el modelo de venta de discos se está desplomando a cada año que pasa. Se genera negocio en el momento en que ese negocio se va adaptando a modelos que el usuario acepta. Pero: ni está compensando las caídas ni parece que hayan dado aún con el modelo definitivo. Pero, bueno, esa es una cuestión larga a la que dedico habitualmente no sólo unas líneas sino buena parte de la bitácora. Al menos desde cierta perspectiva.

    Sigue fiándote de la Virgen y no corras.

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