Botellón y botellazos

De la serie: Los jueves, paella

Vengo notando, desde hace un tiempo, la guerra que algunos ayuntamientos -entre ellos, no faltaba más, el de Barcelona- le han declarado al botellón, es decir, congregaciones, habitualmente ingentes, de jóvenes entregados al consumo etílico. No se han regateado medios contra esa práctica: en el caso de Barcelona, se ha llegado incluso a prohibir vía ordenanza municipal el consumo de bebidas alcóholicas en la vía pública salvo en lugares autorizados (que son, obviamente, las terrazas de los bares).

El pretexto -real en muchos casos- son las quejas vecinales por el escándalo que esa práctica reporta y que les impide el descanso reparador al que todo ciudadano tiene derecho. ¿Por qué califico, pues, de pretexto un motivo tan justificado? Pues porque resulta que cuando el ruido, el follón, procede de un lugar autorizado, esto es, de un bar (un bar que paga las tasas municipales y averigua qué más paga), el descanso de los vecinos es una causa muchísimo menos operativa a la hora de terminar con el transtorno. Si no te deja dormir el botellón es fácil que no necesites muchas denuncias para que la férrea disciplina urbana se imponga manu militari; si, en cambio, la molestia viene del bar de abajo, eliminarla te va a costar un quintal de papeles y otro quintal de billetes en abogados, más los correspondientes mareos de juicios -que no siempre se ganan o no se ganan en condiciones satisfactorias- y otras gaitas jurídico-burocráticas igualmente irritantes, más algunos años de lucha y estrés.

Leo ahora que se está produciendo otro fenómeno de ocio urbano: los jóvenes compran comida de diversos tipos (kebabs, woks y manifestaciones diversas de alimentación basura en versión multicultural, transversal, de mestizaje y no sé qué más) y se dedican a cenar, en principio pacíficamente, en la vía pública, preferiblemente en alguna placita agradable. Por supuesto, el achuntamén ya se dispone a cepillarse la actividad a beneficio de la santa causa del descanso vecinal (oponible solamente, recordemos, frente al ocio gratuito o low cost, no frente al otro) a base de limitar los horarios de los establecimientos expendedores de ese tipo de comida. De ese tipo, digo bien, y no de otros, constitutivos de marcas pertenecientes a empresas gratas al establishment municipal, de esas que organizan trotes calzoncilleros masivos tan del gusto de la carraca propagandística del achuntamén. El artículo enlazado menciona alguna.

No se nos oculta, por supuesto, la presión del lobby hostelero: el ocio juvenil supone demasiada pasta como para que se escape por las costuras de los establecimientos de pakis y de los lateros. Hasta ahí podríamos llegar: no pisan un cine porque lo ven todo en casa (y además ¡abominación! descargado del P2P) y encima van a desertar de bares, pubs, discos y similares. ¡Ni hablar! Al tinglado hostelero hay que contribuir de forma necesaria y reglamentariamente obligatoria: o bebes en casa o al bar, a retratar la semanada.

La verdad es que el tema del botellón no me acaba de hacer gracia. Ya lo he dicho alguna vez: más que la cantidad de alcohol (que la mayoría de las veces no es que acabe siendo excesiva, es que empieza siéndolo), lo que me preocupa es esa morbosa ceremonia de culto, esa especie de misa que montan alrededor del mismo. Sin duda es la reacción a tantos años de antialcoholismo llevado a los gilipollescos extremos de lo políticamente correcto (dentro de quince años habrá «fumadas» masivas de tabaco: al tiempo) pero, bueno, eso no hace menos indeseable el efecto, sólo provoca las irrefrenables ganas de machacar a puntapiés unos cuantos traseros y unos cuantos pares de gónadas cuidadosamente seleccionadas entre los verracos que llevan ya lustros obligándonos a cogérnosla con papel de fumar.

Mucho menos severamente veo el… ¿cómo se llamaría eso otro? ¿Merendón? ¿Meriending? La verdad es que mientras dejen impecablemente limpio el lugar donde han cenado y moderen razonablemente el tema del ruido y de las voces -en otras palabras, que respeten al vecindario- yo no lo veo mal. Al contrario, si me apuran, hasta parece agradable esto de pasear y ver jóvenes de picnic, hablando, riendo, relacionándose, conviviendo, haciendo, en definitiva, cultura mediterránea, porque esto no es más que una manifestación, versión urbana siglo XXI, de la cultura mediterránea, de vivir la noche al aire libre, algo que no harán jamás en su casa -por falta de clima y por falta de ganas- los pichaflojas de los escandinavos y similares hierbas.

¿Que todo esto jode a los amiguetes del alcalde? Me da igual: que se jodan ambos, los amiguetes y el alcalde. Porque también me jode a mí este asunto del tributo empresarial que, en mi visión de las cosas, consiste en que a las empresas les hemos de pagar por cojones, porque hay que pagarles sin más, y ellas nos dan a cambio productos y servicios -que muchas veces ni queremos ni necesitamos- de mala calidad, en poca cantidad o en formatos que nos importan un pimiento. Vivimos una verdadera dictadura empresarial. AGBAR, ENDESA… todas estas, tienen derecho a que nosotros les entreguemos dinero, al exacto mismo nivel que el Estado nos exige el pago de tributos. Tenemos que ahorrar para ser más ecológicos, pero, ¡ah, eso sí! pagando lo mismo. En casa (y supongo que en la de muchos de vosotros) hemos reducido considerablemente el consumo de agua, cosa que no puede decirse, en absoluto, del importe del recibo. Con la electricidad igual, y espera a que todos funcionemos con bombillas de bajo consumo…

El achuntamén obviamente -y para variar- no está velando por el interés público, sino haciendo de mamporrero de intereses particulares ajenos al bien común que sólo benefician a los interesados y a la beautiful municipal instalada en el machito.

Lo cierto es que con un 40 por 100 de jóvenes en paro (la tasa más alta de Europa), con padres cuyo sueldo ha sido rebajado y/o son víctimas de salarios o contratos basura, con abuelos -si me apuras- que han visto congeladas sus pensiones, los chavales no van sobrados de pasta y menos aún si tenemos en cuenta los precios de absoluto latrocinio sierramorenesco que se estila en los bares de copas. Nuestro ínclito Hereu se ha propuesto meterlos de nuevo en los pubs por las buenas o por las malas. Con clientela forzada, también hago yo negocios.

Hasta el día en que los chicos exploten. Hasta el día en que, desesperados por no poder desarrollar unas actividades de ocio razonablemente satisfactorias y asequibles, desesperación sumada a la que resulta de contemplar su previsible futuro personal, profesional y familiar, descubran una nueva diversión: el tiro al farol a pedrada limpia, el cóctel molotov y el coche ardiendo. Todo ello, por supuesto, como el botellón: masivo. Entonces, sí, entonces todo será clamar por los antidisturbios, llamarlos incívicos y terroristas, mesarse las barbas, rasgarse las vestiduras y berrear y rechinar de dientes.

Nos merecemos lo peor, palabra.

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En una de estas tan propias del cutre gobierno que venimos padeciendo, a Pepiño se le ha ocurrido la enésima: preparar controladores aéreos militares para poner coto a la huelga encubierta que llevan a cabo los controladores aéreos civiles.

Bueno, aparte de que esto es una estupidez notoria cuyo experimento en Francia costó más de medio centenar de vidas en un accidente aéreo -entre aviones de bandera española por cierto- causado por la negligencia del control aéreo militarizado, y aparte de que resulta éticamente nefasto utilizar a funcionarios de obediencia debida como esquiroles, salta a la vista que, en todo caso, nunca podría ser una solución estructural. No hace falta ser un gran conocedor de la aeronáutica para darse cuenta de que la diferencia entre el controlador militar y el civil va muchísimo más allá que la densidad de tráfico que controlan unos y otros (por si esto, ya que estamos, fuera poco) y que las funciones son claramente distintas: el controlador militar no sólo se ocupa del tráfico propiamente dicho, sino que su especialidad es la del control de misiones de combate, en las cuales los parámetros de vuelo, de seguridad y de un montón de variables más, son radicalmente distintos -cuando no diametralmente opuestos- a los del tráfico civil.

Decía ayer Ignacio Escolar que, admitiendo que los controladores aéreos fueran un cáncer, hay quimioterapias que le dan mucho más miedo aún. En lo cual lleva muchísima razón, razón que empaña, no obstante, cuando, en su post describe la estúpida intención de Pepiño como motivo de gran contento para los militares. Sabemos que no es cierto, que adelantándose incluso al rechazo del Colegio Oficial de Pilotos Aéreos (creo que se llama así y ya era hora de que en un caso de estos interviniera una corporación pública y no el dichoso SEPLA), los propios militares -a través, como siempre, de una asociación paralela, ya que no tienen órganos propios de expresión- han manifestado su rechazo por la medida en base a las diferencias técnicas entre ambos colectivos la similitud de cuyas funciones es poco más que aparente.

Estamos ante un problema de difícil solución: el de colectivos numéricamente pequeños pero de los que dependen sectores enteros y tienen, por consiguiente, capacidad para causar grandes molestias y n menguados perjuicios. Los controladores aéreos son un ejemplo, pero también tenemos a los maquinistas ferroviarios, a los motoristas del metro -a extinguir en Barcelona, donde una línea ya funciona sin ellos y todas las demás, menos una, están preparadas para funcionar así también- y un etcétera que, si lo miramos bien, nos lleva a la conclusión de que no más de cien mil personas, a todo estirar, pueden paralizar, materialmente, el país entero.

Justamente esa característica de ser minoritarios, de poseer capacitaciones técnicas avanzadas y de asumir responsabilidades muy graves, acaso enormes, es lo que los hace, en la mayoría de los casos, profesionales pródigamente retribuidos. Claro, entre su capacidad de paralización total o parcial de un servicio -que tanto nos fastidia a todos y cada uno de nosotros- y su excelente remuneración -que nos lleva a la fácil y habitual conclusión de que se trata de privilegiados– sus movilizaciones, por justas y razonables que sean -cuando lo son- nos producen una profunda irritación (no exenta de cierta envidia: ojalá, pensamos, tuviéramos nosotros esa capacidad de paralizar servicios o, incluso, el país entero).

Los controladores aéreos han optado por el subterfugio de las bajas para defenderse de un recorte salarial importante (si era excesivo ¿quién se lo otorgó previamente?). En principio es censurable, pero debemos recordar lo que les ocurrió a los motoristas del metro de Madrid, a los que se impusieron unos servicios mínimos brutales y a todas luces abusivos que les llevó a asumir el riesgo cierto de no cumplirlos. El sistema de las bajas elude este problema porque, en estos días, a los controladores aéreos les meterían unos servicios mínimos que no bajarían del 70 por 100 si intentaran una huelga formal.

Precisamente ya se puso de manifiesto, cuando la huelga del metro madrileño, que está pendiente de elaborarse aún la ley de huelga, la ley -orgánica, obviamente- que debiera regular el derecho de huelga y los deberes de empresario y trabajador mientras ésta se produce. Esta ley es una exigencia constitucional y cabe recordar nuevamente que la Constitución va a cumplir 31 años a finales del corriente y uno empieza a preguntarse -según van yendo las cosas en otro orden de ídem- si esta Constitución, ya hecha unos zorros, llegará a morir sin haberse desarrollado completamente.

Una de las virtudes que podría tener esa ley -si se redactara bien- sería la de acabar, entre otras lacras, con las huelgas encubiertas; el problema -el problema para unos cuantos, no para todo el mundo- es que para ello tendría que poner coto a muchos abusos que se practican contra los trabajadores cuando sus huelgas son perfectamente legítimas en fondo y forma. Y, claro, es mucho más fácil criminalizar a un colectivo, denigrarlo ante una ciudadanía encolerizada por las carencias en un servicio cuando sus prestadores se ven obligados a poner en marcha una huelga encubierta, que regular la huelga y tener que prescindir de la cómoda arbitrariedad de la que vienen gozando las administraciones (en pro de los intereses de las empresas) a la hora de imponer servicios mínimos o de proveer el servicio utilizando esquiroles forzosos. Entre otras cosas.

Así que a otro perro con ese hueso, Pepiño.

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No seré yo quien vaya a defender el calzoncillismo futbolero, faltaría más. Ni creo que a estas alturas vaya a ser yo sospechoso de ello. Pero me acabo de enterar de una buena: resulta que ERC prohibió taxativamente que, en el curso de todas las actividades juveniles dependientes de la Generalitat (directamente o por licitación), se permitiera a los chavales ver la final entre España y Holanda. La prohibición se formuló con ferocidad verdaderamente nacionalista -esa inquina retorcida tan propia del gremio- sin escatimar amenazas de despido hacia quienes la vulneraran e ignorando numerosas peticiones de padres para que se permitiera a sus hijos acceder a la retransmisión de la final en cuestión.

El pretexto alegado por los tíos estos fue que los contenidos pedagógicos no podían ceder espacio a algo como una final futbolera, argumento que sería perfectamente plausible si no fuera porque:

Primero: a las ocho y media de la tarde (hora en que empezó la final en cuestión), todas los participantes de cualesquiera actividades juveniles o están cenando o están preparándose para la cena. Que no me cuenten batallas, que me he tirado unos cuantos años realizando actividades juveniles. Y una actividad nocturna -que, quiérase o no, siempre queda en cierto modo desgajada del común de las actividades del día- puede suprimirse sin graves inconvenientes para el plan formativo de la actividad. Por lo demás, quién dijo que, vectorizada en un sentido u otro, a una final futbolera no pueda extraérsele, aun planteándolo como reflexión o como debate, un contenido formativo (por ejemplo, sobre los valores o los desvalores de los deportes de pelota, de espectáculo y/o profesionalizados).

Segundo: si la final importante llega a serlo para un equipo de primera división (uno concreto, no el otro) de la barcelonesa capital catalana, presenciar la final en cuestión hubiera sido casi obligatorio (desde luego, lo hubiera sido de facto al no haberse previsto actividad alternativa, que seguro que no se hubiera previsto). Vamos, patriotismo de necesaria uniformidad reglamentaria, para entendernos.

No se nos oculta la realidad de las cosas: lo que no soportaba ERC era la perspectiva de una efusión españolista en actividades promovidas por la Generalitat (ergo públicas, por cierto) a que hubiera llevado -como de hecho llevó- la victoria de los calzoncilleros españoles. Es decir, que ERC no estaba dispuesta a que en las actividades juveniles públicas se produjeran manifestaciones de júbilo contrarias a sus designios. Pensamiento único a la trágala del ordeno y mando.

En definitiva, lo que hizo ERC con premeditación, alevosía y mala leche (sobre todo, una inconmensurable mala sangre), fue un acto de censura. Dicho en otras palabras: una perfecta canallada.

Que es lo que cabe esperar de algunos, claro está. Sorpresas, pocas.

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Bueno, queridos, pues hasta aquí hemos llegado hoy y hasta aquí hemos llegado en este año que, lo confieso, no ha sido de los más productivos y ha visto mucha incidentalidad paellera. En parte, la muchísima dedicación a que me obligó la organización del IIº Encuentro Nacional de Internautas de Langreo -dedicación y esfuerzo que valieron enteramente la pena, todo hay que decirlo, porque el acontecimiento resultó un éxito- y en parte a una especie de crisis bloguera que me hizo replantearme esta bitácora y cuya resolución final (dejarla como estaba) aún veo provisional, me limitaron mucho la actividad bitacoril, quizá no tanto por falta de tiempo como de ánimos: en el desafío de la hoja en blanco (ahora monitor en blanco), demasiadas veces ha ganado la hoja derrotando a una imaginación a bastantes ratos agotada en una sopa de contenidos, previsiones, preparativos, desplazamientos y demás.

Confío en que el próximo curso será más normal, pero vete a saber qué derroteros tomarán los acontecimientos -familiares, activistas y demás- que puedan tener repercusión en «El Incordio». De momento, a la vuelta de vacaciones esta bitácora se muda de servidor -aún pendiente de decidir a cuál- y probablemente cambiará su estética no mucho más adelante. No, en cambio -y de momento-, la estructura, orientación y temática de sus contenidos.

La paella cierra por vacaciones y «El Incordio» no todavía, a reserva de que quizá mañana pueda -ya más casual que premeditadamente- entrar algún último post.

«El Incordio» se volverá a poner en marcha el 16 de agosto y, por tanto, la próxima paella hay que fijarla para el jueves 19. Pero no hay que descartar que la semana anterior pueda entrar alguna cosilla; incluso es posible -no probable- que si los ánimos están tensos y la actualidad -y mi puesta a punto sobre ella- es propicia, pueda haber paella el propio jueves 12.

Hasta entonces, que tengáis un feliz descanso aquellos cuyas fechas coincidan con las del mío; y que tengáis un buen pasar aquellos a los que el trabajo os marque el descanso en otras épocas. Y los que habéis caído en el pozo del paro -que alguno hay y me consta- muchísimo ánimo, no os dejéis vencer y, sobre todo, que no os abandone la seguridad de que lo mejor está aún por llegar; descansad si podéis -el paro también cansa, y no poco- y reponed fuerzas para comeros el mundo en septiembre.

Y ya sabéis, como siempre: mucho ojo en la carretera.

Os quiero ver a todos aquí, a la vuelta, enteritos.

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