Desneutralizadores

De la serie: Correo ordinario

Decíamos ayer… literalmente, sí, porque en mi saludo de reincorporación, constataba ayer mismo la polémica que ocupa ríos de tinta y mares de bits sobre la cuestión de la neutralidad de la red.

Por «neutralidad de la red» entendemos la no discriminación de ningún contenido y el concepto se entiende mejor si definimos la amenaza. Como todos sabemos, hoy por hoy la información en Internet circula por líneas telefónicas y las compañías de telecomunicación son las dueñas de esas líneas. Las compañías cobran -y no poco- por ese tráfico a través de las facturas de sus usuarios y no hay más que ver las cifras anuales del sector para darse cuenta de que se trata de un negocio que rinde pingües beneficios. Pero las telecos -esas compañías- se han dado cuenta de que esas líneas son poder, de que en esas líneas circula valor, circula negocio y han pensado, simplemente, en apropiarse de parte de ese valor, de ese negocio al más puro estilo mafioso, sobre la base de hacer pagar un plus por el acceso a determinados contenidos. Esto determinaría una red estratificada en canales al modo televisivo, canales tanto más costosos cuanto más amplios. Es decir, una discriminación económica por contenidos. Telefónica -ahora Movistar- cobraría un plus para permitir el acceso a Google, por ejemplo. Por el morro. Es como si en una autopista de peaje, el concesionario pretendiera llevarse una comisión sobre lo que lleva el transportista o sobre el negocio que va a realizar el automovilista por el simple hecho de que para transportar su mercancía o para realizar ese negocio se desplazan por esa autopista. Aparte del peaje tradicional, claro.

La cosa es tan brutal que ha conseguido poner de acuerdo al presidente norteamericano -el tan cacareado y no sé por qué idolatrado Obama- con los sectores más conservadores del republicanismo, y a la comisión Federal de Telecomunicaciones -norteamericana- con las más progresistas entidades europeas. Entre otros muchísimos acuerdos en otros ámbitos inauditos.

Como en tantas otras cosas, los ciudadanos somos ahí platos de segunda mesa, nuestros intereses importan un ardite y la cuestión se resolverá a favor de quien tenga más poder, o bien las compañías de telecomunicaciones o bien las no menos potentes compañías de la red y de fuera de ella que no tendrían nada que ganar y algunas sí mucho que perder con el invento.

Me preocupan, en todo caso, cuestiones accesorias pero que en pulsos tan descomunales pueden adquirir una importancia relevante.

Me preocupa la actitud de ciertos sectores que se pasan de liberales (los ultraliberales o, prácticamente, anarcoliberales), y me preocupa, sobre todo, el aprovechamiento de la cuestión que puede hacerse desde la política achacosa que siempre ha visto Internet -y con razón- como su certificado de defunción y que haría cualquier cosa y pasaría por cualquier aro con tal de controlarla y la brecha que tiene ahí el lobby de la propiedad intelectual.

Los primeros, los acróbatas de la libertad ilimitada de los mercados, son los menos temibles por más que minoritarios y porque, con la que está cayendo, su discurso ha quedado un tanto desacreditado, pero no por ello son menos inquietantes y eventualmente menos peligrosos. Es la gente que, de buena o mala fe, propugna que toda regulación debe abandonarse a la presunta eficiencia de los mercados, que se diría suficientes por sí mismos para regular -a base de no regular- todo aspecto social. Según ello, todo aquello que no surge de los flujos del mercado es una intervención intolerable sobre la libertad de las personas y, por tanto, la intervención de los estados debe quedar reducida al mínimo. Los anarcoliberales, aun próximos frecuentemente a postulados de libertad plena en la red -menos mal-, son tóxicos en este aspecto puesto que propugnan que la neutralidad de la red no debe imponerse desde las normativas estatales -eso resulta que sería intolerable- ya que la propia dinámica del mercado corregirá los atentados contra la neutralidad. Es decir, si la mayoría de los usuarios no quiere una red canalizada, esa voluntad generará una demanda que dará lugar a una oferta. En otras palabras -siempre según ellos- si unas telecos ofrecen Internet con diferentes precios según contenidos a los que se acceda, otras vendrán a ofrecer una Internet libre, porque es un nicho de mercado que generará beneficios ya que existe una demanda.

Yo, la verdad, no sé si son tontos o se lo hacen. Vaya, conociendo a unos cuantos de ese gremio y constándome, como me consta, que de tontos no tienen un pelo, tengo que pensar que actúan de mala fe. O ya me dirán qué, si no… Porque no pueden ignorar que, en prácticamente todo el mundo, tanto a nivel nacional individual como a nivel global, las telecos constituyen un oligopolio y como tal oligopolio, cerrarán el paso a esa ideal competencia. La principal quiebra del anarcoliberalismo es que la idealizada eficiencia de los mercados es más falsa que un duro sevillano. En el mundo capitalista -y eso está más que comprobado desde hace muchísimos decenios- se tiende a la concentración de poder empresarial y al monopolio; y las prácticas contra esa libre competencia inherentemente imprescindible para ese paradisíaco mercado capaz de regularlo todo él solito, son constantes y son reales, paliadas, más que evitadas, solamente gracias a la acción reguladora de los estados. El día que falte (y vamos camino de que falte) la acción reguladora de los estados, las vamos a pasar canutas no por culpa del mercado libre -tan ilusorio como el paraíso proletario del marxismo-leninismo- sino, al contrario, por culpa de un mercado monopolizado u oligopolizado por unas pocas corporaciones privadas en un espantoso neofeudalismo que, en comparación, va a dejar al originario como un juego de niños. No tenemos más que ver el monte al que tira casi siempre la cabra de la patronal.

El anarcoliberalismo puede, por tanto, constituir la estructura ideológica que justifique la falta de regulación que permita el fin de la neutralidad de la red. No os preocupéis, hijos míos -dirá Alierta- que yo voy a cobraros lo que me dé la gana por lo que me dé la gana y, si no os gusta, os vais a otro, que el mercado es libre. ¡Ah! ¿Que no hay otro? Pues eso es que no hay demanda suficiente, porque si la hubiera habría otro que os daría lo que queréis. Y se le quedaría la cara con una sonrisita así, a lo Rouco Varela, como sabe poner él…

Sin desdeñar lo anterior, mucho más peligrosa me parece la actitud de los políticos. De los políticos… ¿qué vamos a decir? En los últimos años y, sobre todo, desde que los ciudadanos gozamos de una comunicación razonablemente fluida y sin mediatización gracias a la red -y ahí les duele-, sabemos que los políticos son una pandilla de estafadores y de sinvergüenzas al servicio de cualquier interés menos el del ciudadano. No sólo no podemos confiar en ellos, sino que podemos estar seguros, además, de que, en el concreto caso que nos ocupa, su única preocupación será atender y obedecer los mandatos de las telecos. Primero, por servilismo, evidentemente. Pero hay otra importante razón añadida que he insinuado unas pocas líneas más arriba: Internet les ha supuesto un verdadero divieso en el culo. Ya he desarrollado en varias ocasiones cómo la red ha supuesto la pérdida de su control sobre la información y la comunicación -hasta el punto de poner en peligro de quiebra misma a las empresas mediáticas- y todo lo que vaya en merma de esa libertad de información y de comunicación de que ahora gozamos será entusiásticamente apoyado por los políticos (sobre todo a los que están en el poder en un momento dado). De los políticos sólo podemos esperar intentos más o menos solapados de censura y la eliminación de la neutralidad de la red sería una verdadera obra maestra de la censura gracias a la división que provocaría entre los ciudadanos la compartimentación de Internet.

Finalmente, los de la propiedad intelectual. En primer lugar, su interés es plena e intrínsecamente coincidente con el de los políticos: la red es un enemigo a batir y todo lo que sea desactivarla, miel sobre hojuelas. Pero es que, además, una red canalizada les iría de perlas para recuperar el predominio del viejo modelo de negocio, ya que con una red donde el pago se asocia directamente al acceso a contenidos, el pago directo por éstos y la imposición brutal de cánones (por ejemplo, en los accesos a redes de pares) sería tremendamente fácil de imponer. Y, por cierto, si antes he calificado estas cuestiones de «accesorias», habré de rectificar y avisar de que la intervención del lobby de la propiedad intelectual en este asunto puede ser un factor de mucho peso en esa balanza a la que antes he hecho referencia cuando he comentado que esta batalla la decidirán intereses empresariales y corporativos, no ciudadanos.

Tengamos claro, por tanto, de que ante el problema de la neutralidad de la red, el enemigo no está tan solo en las compañías de telecomunicaciones y que hay otros vectores de peligro que conviene tener en cuenta porque, como hemos visto, algunos podrían ser mucho más importantes de lo que a primera vista parecen.

Ojo avizor.

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