El Googlito feo

De la serie: Correo ordinario

Tenemos a Google otra vez en el candelero y en esta ocasión no creo que a la empresa le haga ninguna gracia. Dos juzgados españoles -uno en el País Vasco y otro en Madrid- están realizando diligencias a raíz de diversas denuncias contra la empresa, que hace un par de meses ya se vio investigada por la Agencia Española de Protección de Datos, también por el mismo caso.

El mismo caso es que, según parece, el equipamiento de los vehículos que realizan las fotografías para Street View -la aplicación de Google Maps que permite la visualización de cualquier rincón de una ciudad integrada en este sistema- incluye -o incluía- una especie de husmeador de redes wi-fi abiertas que captaba tanto el SSID (el identificador público de la red) como el MAC (el identificador, ya no tan público, del router, su número de serie virtual, como si dijésemos). Pero es que, además, parece ser que por error, el chisme en cuestión recogía también contenidos, los de las comunicaciones que se producían en el momento en que el vehículo de Google pasaba por allí, lo que podría suponer una importante cosecha (ilegal, por supuesto) de datos privados. Google se justifica con el pretexto -la verdad, poco creíble- de que por despiste entró en el programa un paquete de código que no debió entrar y que hacía precisamente eso. Digo que no es creíble porque, a pocas pruebas que se le hicieran a esa aplicación, la trapazada de ese código polizón tuvo forzosamente que salir a la luz.

La cosa puede tener una cierta tendencia a agravarse procesalmente: dado que cerca del 80 por 100 de las capitales españolas más importantes ha sido integrado en la aplicación Street View, y que, por tanto, son varias las provincias potencialmente afectadas por la práctica (que si no se demuestra errónea podría constituir incluso delito), la competencia sobre este asunto podría alcanzar a la Audiencia Nacional.

Además, sabemos que este mismo problema se dio también en Alemania, con lo que si no se consigue acallar el escándalo que se está produciendo en España (yo mismo acudo mañana al programa matinal más importante de la televisión catalana para hablar de este tema), podrían llegar a intervenir los organismos judiciales o ejecutivos europeos. Mala cosa para Google.

Es interesante -por no decir curiosa– la trayectoria de Google en lo que respecta a su imagen pública. Cabalgando sobre un primer servicio eficientísimo -su muy acreditado buscador, aún hoy líder- Google se presentó como una empresa amable y bondadosa hacia el usuario y supo establecer con éste una relación de complicidad que funcionó muy bien. Funcionó muy bien sobre todo en contraste con la altanería y el talante feudal de señor de horca y cuchillo de Micro$oft, la macroempresa de referencia para el usuario común. Esta sensación aumentó con Gmail, el primer correo web gratuito que fue verdaderamente generoso con la capacidad de almacenamiento que otorgaba a sus usuarios y que los demás -Yahoo, Hotmail, etc.- se vieron obligados a seguir para sostenerle siquiera la cara al osado recién llegado.

Pero, a medida que Google fue ampliando servicios utilísimos, magníficos y casi siempre gratuitos, a medida que los usuarios fuimos amontonando archivos y más archivos, datos y más datos y empezamos a tomar en consideración la cantidad de información -es decir, de poder- que Google acumulaba en sus data center, nos fuimos escamando. No sé si casualmente, a medida que los usuarios más concienciados nos íbamos asustando, Google iba transformando su imagen para ir pasando a algo más tajantemente empresarial: los alegres chicos del futbolín en la oficina fueron convirtiéndose en un ceñudo consejo de administración que oficiaba bajo la consigna «La pela es la pela». Probablemente siempre había sido así y la imagen no fue nunca más que eso, pura imagen; pero la imagen es mucho, sobre todo a falta de otro dato, y aquí ocurre como con el médico, que nos produce mucha más confianza el carismático que el antipático y eso aún conscientes de que, a lo mejor, el antipático es mucho mejor profesional; pero, a falta de curriculum en mano, tenemos que movernos utilizando solamente el instinto o la empatía.

La imagen de Google se fue devaluando y, además, empezaron a aparecer manchas en su historial. La bajada de pantalones ante la censura del gobierno chino, el sometimiento -a nivel mundial- a la Patriot Act, acusaciones de monopolio desde las instituciones europeas, acusaciones de desvirtuar las búsquedas, falta de transparencia en los criterios de asignación de preferencias en los resultados de éstas y un etcétera que cada vez lo ha ido acercando más al mismo Averno en el que habita Micro$oft han supuesto un claro deterioro de su fama.

Me sorprende que nos sorprenda: aunque la mona se vista de seda, mona se queda y todos sabemos -o deberíamos saber, si no somos unas almas cándidas- que todas las grandes corporaciones son iguales, que los sentimientos de simpatía o de antipatía son eso, sentimientos y, como tales, nacen de nosotros mismos y son manipulables desde el exterior. No hay empresas simpáticas, sólo hay empresas que quieren ganar dinero y que, cuanto más grandes son, menos escrúpulos tienen en sus prácticas para acumular beneficios. Y no hay excepción alguna. Tampoco Google. Por eso mismo me hacen gracia -unas veces con simpatía, otras con simple desdén- los que van de puritanos celosos de sus datos que, aún reconociendo que los servicios de Google son de excelente calidad, prescinden de ellos para proteger su valiosa información guardándola… ¿dónde? Porque esto es como tantas otras cosas: o saltas de la sartén al cazo o te exilias a una isla desierta. Tus datos sólo están verdaderamente seguros -en términos digitales, que tampoco en los otros- en un cajón de casa o en un ordenador materialmente desconectado de toda red que jamás salga de tu domicilio. En cuanto los metes en una red, por protegidos y custodiados que los tengas, por más seguridad que le eches al asunto, los tienes en estado de riesgo permanente. Con Google o sin Google. Y ni con Google ni sin Google, ni con Window$ ni sin Window$, los tienes a salvo del fisgoneo estatal si éste se empeña en conocerlos y puede que ni siquiera a salvo del fisgoneo empresarial, según cuál sea la empresa interesada en ellos.

Últimamente -volviendo de nuevo al tema central de esta entrada- Google ha suscrito un acuerdo con Verizon extensamente y fuertemente protestado por internautas de todo el mundo bajo la sospecha de constribuir a la ruptura de la neutralidad de la red. Otro nuevo peldaño -y muy alto- que la empresa californiana desciende en su imagen amable, con las que ya pocos comulgan a estas alturas de la cuestión (en todo caso, apenas ningún usuario avanzado de Internet). Concretamente en España ha pinchado el sensibilísimo hueso de la privacidad; justamente un país que es muy celoso de ella pese a que la lacra de su ignorancia tecnológica general le impida ser eficiente en ese celo (que nadie dé un número de teléfono ni que lo maten y que simultáneamente se use masivamente Window$, da mucho que pensar) y pese a que su pereza (se protesta muy poco y se denuncia aún menos) o su cobardía innata (todo el mundo cede gustoso su privacidad para que las cámaras de seguridad le libren del chorizo de poca monta) prevalezcan sobre el celo dichoso.

En todo caso, parece claro que se acabó el buen rollito y que la imagen del futbolín en la oficina ya no es sino una mueca sarcástica. Ni Google es esencialmente distinta a Micro$oft o a Telefónica ni sus dueños son básicamente diferentes de Emilio Botín.

Más allá de eso, sólo está la candidez del analfabeto.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 18/08/2010 at .

    Google cruza el rubicón el día que salta a bolsa. A partir de ese momento la empresa pasa a tener por ley la obligación de maximizar beneficios a favor de sus accionistas. Lo contrario significa cárcel. Pues bien. Ese es el punto a partir del cual Google deja de ser una empresa basada en la innovación para pasar a ser una empresa capaz de lo que sea para ganar dinero.

    ¿Es un problema de Google? Seguramente sus fundadores vendieron su alma al diablo (no por cuatro duros, por muchichichichísimo dinero). Pero para mí, el defecto está en la existencia de esa cosa llamada bolsa de valores, que se traduce en una economía de expectativas en lugar de la tradicional economía de la producción. Eso explica que una constructora sea más rentable, no en función del número de obras que haga (y sus cualidades, obviamente), si no en función de cuántas subcontratas dependan de ella.

  • Jordi  On 18/08/2010 at .

    Cámbiese por “economía de expectativas” directamente a “especulación”, también conocida como “burbuja” en su versión más voraz.

A %d blogueros les gusta esto: