El cuélebre digital

De la serie: Correo ordinario

Ayer participé en el programa matinal de TV3, en un espacio dedicado a la seguridad de los datos y de la privacidad en la red, suscitado por las peripecias judiciales que está sufriendo Google en Alemania y en España a cuenta de las actividades de sus famosos coches de Street View. Y, la verdad, no me acabó de gustar cómo quedó la cosa porque me parece que, entre unos y otros, suscitamos más alarma de la debida. Es bueno y necesario recomendar precaución y alertar de los peligros, ciertos, que corremos mientras navegamos (en la AI la prevención es una de nuestras prioridades), pero hay que ubicar las cosas y dimensionarlas en su punto exacto porque estamos en un país tecnológicamente ignorante, intrínsecamente cobarde y excesivamente neoludita como para andar dándole tres cuartos al pregonero. Cuando ayer nos levantamos de las incómodas butacas que dispone la cadena televisiva en el set del programa, me dio la impresión de que debió haber una desconexión general de Internet en Catalunya de puro pánico. No creo exagerar mucho: en la pequeña encuesta televisiva que se venía haciendo por la mañana para responder a la pregunta «¿Cree que sus datos corren peligro en Internet?» la respuesta fue «SÍ» en un 90 por 100 en el momento de terminar el espacio.

Precisamente mis intervenciones en los medios -y ayer también, en la medida que pude- siempre tienden a recomendar prudencia pero sin causar pánico. De la misma forma que me parecen estúpidos esos anuncios truculentos de Tráfico tratando de concienciar a la gente a base de mostrarle sangre y pus, confundiendo «concienciar» con «alarmar», también veo contraproducente (cuando se hace de buena fe: de mala fe es, sencillamente, hijoputesco) llenar la red de pederastas, atracadores, estafadores, nazis, fabricantes de bombas atómicas, terroristas y demás lacras. Porque siendo cierta la existencia de las mismas, no es menos cierto que la mayoría de los usuarios que realizan un uso normal de Internet no se las encuentran habitualmente.

Lo digo muchas veces: la vida en Internet es prácticamente igual que la vida en la calle, que la vida presencial y hay que tomar las mismas precauciones. Pero, al igual que en el mundo presencial, hay que dimensionar correctamente los riesgos y adecuar la prevención a esa dimensión. Todos -o casi todos- tenemos puerta blindada en casa (a mí no me gusta nada, otro día explicaré por qué, pero la tengo), pero nadie o casi nadie se encierra en una caja fuerte. ¿Por qué no se extrema más la seguridad habitualmente? Pues porque entendemos que no vale la pena. El valor de nuestro patrimonio domiciliario sólo nos hace temer la agresión de cacos de poca monta que, en su mayor parte (no en su totalidad, pero sí en su mayor parte), son incapaces de abrir una puerta blindada discretamente y, por tanto, entendemos que ésta constituye un nivel de disuasión suficiente. Un abogado, en cambio, incrementará el blindaje y la complejidad de las cerraduras de la puerta de acceso a sus oficinas, instalará una caja fuerte y protegerá el recinto con alarmas conectadas a una empresa de seguridad. ¿Por qué? Porque, eventual o habitualmente, puede ser depositario de documentación muy delicada que justificaría el temor a una agresión por parte de delincuentes más especializados, que sí son capaces de penetrar en un domicilio protegido únicamente por una puerta blindada común. En cambio, pese a la evidencia de que puede caernos en la cabeza una teja o una maceta, no salimos a la calle con casco ¿Por qué? Porque, pese a que el riesgo es cierto, pese a que existe, es de tan infrecuente materialización que entendemos que no justifica una medida de protección que sería estéticamente chocante por inhabitual. En todo caso, nadie -nadie patológicamente normal- vive, en circunstancias normales, presa del pánico ni en permanente temor a ser agredido: simplemente, tomamos las medidas adecuadas y proporcionales a nuestra valoración del riesgo y vamos adelante con nuestras vidas sin mayores aspavientos.

El comportamiento en la red habría de ser el mismo: regular nuestros miedos y nuestras medidas de precaución en función de una valoración racional del riesgo. Pero ahí está, precisamente el problema: en la valoración racional.

Pese a que interactuamos en red con gran facilidad y con habitual naturalidad, gracias a que las aplicaciones mediante las cuales accedemos a ella han sido diseñadas para ser utilizadas por personas con escasos conocimientos técnicos, las redes digitales son estructuras muy complejas que se apoyan en máquinas muy complicadas. Como vivimos en un país de sobrados que se permite el lujo de tener técnicos y científicos mileuristas, tendemos a creer que los informáticos son unos mindundis y que la informática es, más o menos, como la fontanería doméstica. Bueno, pues no. Los informáticos, tanto a nivel de módulos profesionales como en estratos universitarios, son profesionales altamente cualificados; y esa muy alta cualificación responde precisamente al hecho de que las estructuras tecnológicas que manejan son complejísimas. Primer problema, pues, para una correcta evaluación de riesgos: no sabemos qué hay detrás de lo que hacemos y, muy hispánicamente (recordemos: desprecia cuanto ignora), no le prestamos la menor consideración y no nos preocupamos de adquirir siquiera unos rudimentarios y básicos conocimientos sobre las características generales de la tecnología que estamos manejando.

Por otra parte, el ordenador -o el teléfono móvil, o la consola- no muerden. No hay riesgo físico. Nuestros hijos pueden ejecutar mil trapazadas o ser víctimas de ellas, pero están en casa, sentados cómodamente, seguros y calentitos; nadie los va a apuñalar, atracar, violar, drogar o secuestrar. Y nosotros, igual. Segundo problema para una correcta evaluación de riesgos: la absoluta invulnerabilidad física, material, de que gozamos en el uso de las redes digitales, nos induce una sensación de seguridad de amplio espectro que, precisamente en su amplitud, es falsa. Es la inconsistencia del botarate que, por ejemplo, predica que las cárceles son hoteles de cinco estrellas porque se está alojado, alimentado y, encima, hay tele. La leche, qué bien se debe estar en la Modelo…

En otro orden de cosas, los medios de comunicación, en una época en que por encima de toda ética profesional predominan las cifras de audiencia, tienden a exponer cualquier fenómeno desde su ángulo más morboso. Consecuentemente, cada vez que se habla de la red -salvo tan loables como contadas excepciones de programas rigurosos generalmente relegados a las segundas cadenas– se despliega una especie de película de terror en la que desfilan todo tipo de espantos: virus, hackers (cuando se quiere decir crackers), nazis, pederastas, atracadores de bancos, piratas y un largo etcétera de monstruos. Y a ello hay que añadir manipulaciones exageradas perpetradas desde la política o desde ámbitos económicos interesados en controlar la red o en establecer en ella un cerco de censura en su beneficio. Tercer problema para una correcta evaluación de riesgos: se intoxica a los ciudadanos con tecnosupersticiones según las cuales los riesgos son sistemáticamente letales, constantes e inminentes.

Así las cosas, el ciudadano se mueve en un paroxismo delirante que le lleva de la ciberparanoia a la tecnoesquizofrenia o, más claramente, lo vuelven loco. Por una parte, le ponen a Internet como antesala de todos los futuros augurándole, en cambio, el más negro subdesarrollo personal, social y hasta espiritual si está ausente de la red; pero, por otro lado, le pintan la red como una odisea sin Ulises al que agarrarse.

Lo malo es que, tal como lo veo yo, esta situación tiene mal remedio en esta generación. Se dijo ayer en el programa -y ahí sí que estoy de acuerdo- que cuando Internet y la informática entren de verdad en el cole y se usen en la escuela como un instrumento cotidiano, con la misma naturalidad que el bolígrafo (yo aún recuerdo de mis años infantiles cuando el paso del lápiz a la tinta era todo un hito en el escalafón escolar) la evaluación de riesgos por parte del usuario medio será tan natural, habitual y correcta -dentro de márgenes de error aceptables- como lo es en la vida presencial. Pero, hoy por hoy, Internet y la informática todavía son vistos con recelo en la comunidad escolar, se les tiene todavía más como un riesgo que como una oportunidad y es que, en definitiva, el sector adulto de la comunidad escolar -profesores y padres- pertenecemos a esta generación, que es la intrínsecamente viciada.

La reciente introducción de los miniordenadores como consecuencia de la zapatillada que ya analizamos en su día, habría de ser intrínsecamente positiva, pero cuesta verla así por lo mal que se ha hecho: a la trágala, sin una evolución previa de la formación del profesorado y de los métodos pedagógicos y con un volumen de gasto puesto al servicio de intereses particulares de industriales, de editores y, como no, de los sempiternos cafres de la propiedad intelectual.

Queda aún, pues, mucho por sufrir.

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