Banana municipal

De la serie: Pequeños bocaditos

Leo en la prensa digital que los municipios están desesperados: el año próximo vence la deuda que los municipios tienen con el Estado por el desfase correspondiente al año 2008 entre las aportaciones del Estado y lo recaudado por los municipios: 1.400 millones de euros; y esto no es nada: para el año siguiente, la cosa ascenderá a 4.000 MEUR. Esto, en lo que se refiere a la deuda con el Estado. Luego está la otra deuda, la, digamos, normal, en la que muchos ayuntamientos están pringados hasta las cejas.

Y ahora, claro, se habla de moratorias, de que las asignaciones autonómicas y estatales aumenten (la asignación del Estado a los municipios es de un 15 por 100 cuando la media europea es de un 28 por 100, claman) y de otras modalidades de compasión pastífera.

Post festum, pestum, decían los romanos, unos señores que, además de tener unos legionarios la mar de profesionales, eran sapientísimos, y de ahí que media Europa hable -hablemos- aún su lengua con algunas modificaciones locales, aunque eso no lo sepan nuestros tristes y cutres esos y los cuatro que excepcionalmente lo saben no le otorguen valor alguno.

Eso es: después de la melopea, la resaca, y aquí se vivió una cogorza de ladrillos de aquellas de dejar el hígado listo para foiegras. Pero no tengo yo tan claro que ése sea el verdadero mal; ése, en todo caso, fue el decorado, el entorno. El verdadero mal es el exceso de autonomía municipal en relación directa con la falta de profesionalidad de los gestores locales. Algún día, debería celebrarse un congreso de secretarios-interventores de ayuntamientos de menos de 10.000 habitantes para que pusieran en común sus experiencias y nos las contaran en forma de memoria, informe, libro o lo que se quiera. Nos íbamos a morir; lo que no sé es si de risa o del susto.

Lo cierto es que no me sorprende que los municipios estén en la ruina si observamos el cutrerío alcáldico que asola la geografía municipal española. Cutrerío en forma intrínseca (veo a algunos alcaldes por la tele y me pregunto si esa fue la forma de encontrarle un puesto de trabajo al tonto del pueblo), cutrerío en forma de inexperiencia de gestión pública (y en no pocos casos también privada), cutrerío en la ignorancia del más básico concepto de liderazgo y, en fin, podríamos estar describiendo cutreríos ad nauseam.

Luego está la sinvergüencería: en algunos es innata, ya llegaron así al puesto (y seguramente fue su falta de vergüenza y de escrúpulos las que le permitieron acceder al poder local) y en otros sobrevenida. Lo imagino: un cutrillo de esos, pero de acrisolada honradez y no menos acrisolada buena fe e inocencia gorrionesca, se sienta en la poltrona y empiezan a desfilar delante de él los marranos que todos conocemos, encarnados principalmente -pero no únicamente- en promotores inmobiliarios. El discurso es siempre el mismo: empieza con el bien del pueblo, fíjate, este villorrio, tú y yo vamos a hacer de él una población dignísima, casi una pequeña ciudad, pero me tienes que recalificar los terrenos de la alberca porque, si no, no hacemos nada. Y el otro recalifica. Gratis. Para navidades llega el regalo y la protesta. Oye, tú, un detallito está bien, pero un Rolex (o un Audi, o vete a saber…) es una pasada. ¿Una pasada? ¿Cómo va a ser una pasada?¿Tú has visto lo que has hecho por el pueblo? ¡Cincuenta viviendas unifamiliares, una urbanización acojonante con todos los servicios y un grupo escolar y un ambulatorio y, de propina, treinta puestos de trabajo! ¡Y espera a que se abran tiendas y empiecen a llegar veraneantes y se instale aquí una empresa y empiece a llegar gente a incrementarte el censo! ¿Y te parece una exageración un relojito o un cochecito? Y el otro, hombre, vistas así las cosas… El siguiente peldaño es un pequeño tráfico de influencias. La niña no encuentra trabajo y, oye, tú que te mueves en el mundo de la empresa ¿no podrías recomendármela en algún sitio un poco bien? Y el otro recomienda y, oye, que tenemos que hablar un día de estos de la idea esa que me ronda por la cabeza para lo que fueron las eras del Pascasio… (eras que el grandísimo hijo de puta, casi no hay ni que decirlo, ya ha comprado por dos duros camuflado detrás de un testaferro). El resto evolutivo sinvergüencil lo dejo a la imaginación del lector.

La falta de profesionalización administrativa lleva, por otra parte, al dictadorzuelo, corrupto o no (a veces, es incluso íntegro en el asunto de la pasta) pero igualmente nefasto. Ese es el fulano que cree -cree de verdad- que el trono municipal representa un poder omnímodo que no tiene límites legales ni de otro tipo. Es el que hace sudar tinta china al secretario, al que incluso intenta despedir porque no para de ponerle trabas, como cuando quiso degradar por decreto al sargento de la policía local -que le había metido un multazo tres años antes- y el secretario dijo que nones, que el hombre es un funcionario de carrera, que el grado de sargento lo obtuvo mediante concurso-oposición y que sólo puede ser depuesto mediante un expediente disciplinario. «Bueno, pues redactas tú mismo el expediente, que para eso eres el secretario, y me lo pasas a firma antes de comer» (auténtico). O como aquel otro alcalde delegado (la alcaldesa en puridad, es decir, la alcaldesa oficial, era su mujer) que hacía y deshacía lo que le daba la gana so pretexto de que «en este pueblo se hace lo que le sale del coño a mi parienta y en el coño de mi parienta mando yo» (verídico también: que lo decía y que, según todos los indicios, en el coño de su parienta mandaba efectivamente él).

Ya lo había dicho alguna vez y lo repito ahora: la autonomía municipal debe ser puesta bajo severa tutela, tanto más severa cuanto más pequeño sea el ayuntamiento; y hay que dar al ciudadano que objeta políticamente o que recurre administrativa o judicialmente, protección suficiente frente a la venganza de ciertos microcéfalos con bastón de alcalde (la mayoría clasificables en las categorías explicadas).

A ver cómo salimos ahora del agujero (hay ayuntamientos que, aparte de haber despedido a todo o parte del personal laboral, no han podido afrontar la paga extra de verano de sus funcionarios y veremos qué pasa, andando el tiempo, con las mensualidades corrientes) porque el agujero es muy grave, muy amplio y muy profundo. Pero cuando se salga de él hay que recordar la lección y aplicar remedios implacablemente. Buena parte de los desastres que nos ha traído la especulación inmobiliaria (como fachada y chivo expiatorio de la bancaria, todo hay que decirlo) hubieran podido evitarse con administraciones municipales razonablemente limpias (unas ciertas y mínimas tasas de corrupción son inevitables por pura ley de probabilidades) y sólidamente profesionalizadas. Hay que dejar a los alcaldes el poder político, lo que supone una capacidad de planificación a grandes trazos, pero quitarles el planeamiento, que hay que dejar en manos de técnicos y, en pequeños ayuntamientos, de técnicos ajenos y alejados de la administración interesada. Ese podría ser, quizá, el papel de las diputaciones provinciales (ya lo hacen, pero no con carácter forzoso para los ayuntamientos) que no acaban de encontrar su sitio desde que la Constitución obligó a su supervivencia… pero despojándolas prácticamente de atribuciones en beneficio de los organismos autonómicos.

La repercusión directa de la deuda -a organismos públicos y a entidades privadas- de muchos municipios sobre sus habitantes, mataría de angustia a muchos padres de familia. Y algunos alcaldes no dejan de pasar horas barruntando cómo pueden montárselo para, efectivamente, repercutirla.

Sencillamente, sanguinario.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 23/08/2010 at .

    Coincido de pé a pá, y como ex concejal de un ayuntamiento de menos de 2.500 habitantes empadronados, debo decir y digo que se queda corto. A las diputaciones, ni agua. El planeamiento debe ser algo absolutamente supramunicipal, gestionado por la Comunidad Autónoma, a la que debe recaer también, la disciplina urbanística. Al ayuntamiento, voto para planificar, pero el día a día, bien lejos, por favor.

  • ifanlo  On 23/08/2010 at .

    Pero el problema aquí es el de los votantes.

    A ver, si precisamente en los pueblos hay mucha más cercanía y todos se conocen… y ahí votan al más cenutrio, pues que les den.

    Si tuviesen narices colgaban al alcalde del palo mayor, y se acaba la tontería.

    En cambio me dan más “yuyu” los organismos supramunicipales, con toda su cohorte de técnicos, chupatintas y politicuchos. “Eso” es mucho más difícil de controlar que una alcaldía de pueblo.

    “¿Autonomía, Independencia? Porqué quedarse ahí… vamos a por los Municipios Libres.” (oído recientemente en la grabación del mitin de la CNT de Montjuic, 1977)

  • Jordi  On 23/08/2010 at .

    Declaraciones del alcalde de un pueblo de l’Alt Empordà, acusado por la Generalitat de otorgar licencias urbanísticas en el Parque Natural del Cap de Creus: “qué me van a decir estos de Barcelona de lo que tengo que hacer en MI pueblo”. El tiparraco lleva desde la Trancisión en la Alcaldía.

    Por cierto, a las Diputaciones y Consells Comarcals carpetazo. Son completamente inútiles.

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