Monthly Archives: septiembre 2010

Estropicios

De la serie: Los jueves, paella

Parece -digo parece porque con los periódicos y el achuntamén como fuente de información nunca se sabe- que en Barcelona ha surgido un problema que, a este nivel, era inédito pero que pronto podría extenderse, en la propia ciudad e incluso en otras: el Parc Güell, con una presión guiri de cuatro millones de visitantes anuales, que se dice pronto, está sufriendo un importante deterioro. Sorprender, lo que se dice sorprender, no me sorprende, porque este fin de semana leía en algún medio que monumentos como el Coliseo romano están en las mismas. Aparte de esto, cualquier barcelonés que visite periódicamente sus monumentos -por una cosa o por otra, al Parc Güell voy dos o tres veces al año- constatará fácilmente este deterioro. Lo que es difícil de evaluar, no siendo experto, es su alcance, pero haber, haylo: destrozos claramente gamberriles -al pobre dragón lo tienen frito-, erosiones causadas no por gamberrismo sino por acumulación de uso o por uso descuidado y un sinfín de patologías asociadas a causas diversas.

El achuntamén se ha tirado varios meses barruntando alguna solución, solución que en cualquier caso no es fácil y siempre lesiva. Por una parte, no puede cerrar sin más el Parc, porque los vecinos de sus inmediaciones lo utilizan, entre otras cosas, como camino a/desde su casa, para no verse obligados a rodearlo, lo que sería un huerto de consideración, porque el Parc no es precisamente pequeño (su origen fue lo que hoy llamaríamos una urbanización concebida por Gaudí para uso de clases acomodadas, coleguitas de su mecenas, vamos…). Por otra parte, cerrar a la ciudadanía un espacio de uso muy tradicional y ancestral generaría muchísimas protestas, igual que hacer pagar entrada (lo que tampoco disuadiría a los turistas, aunque sí a los ciudadanos barceloneses, con lo que el problema no se solucionaría, por un lado, y encima se agravaría, por otro).

La solución parecería fácil: se cierra el Parc a los guiris y aquí sólo se puede entrar con el DNI y, a todo estirar, con la tarjeta de residencia. No es posible. En tiempos de Felipe González, el Gobierno quiso abrir a la gratuidad todos los museos y monumentos de gestión estatal, pero sólo, obviamente, para los ciudadanos españoles. La Unión Europea le dijo que nones, que los acuerdos constitutivos, el tratado de Maastrich y la puta madre del potito le obligaban a dar el mismo trato, en materia cultural, a los ciudadanos españoles y a los demás ciudadanos de la UE. Claro, eso era una pasta importante que se perdía; por otra parte, la mala imagen que generaría que montones de guiris entraran en los museos -piénsese en El Prado- como perico por su casa mientras los japos -y casi nadie más, que es lo más grave- harían largas colas en las taquillas, con las subsiguientes invocaciones a los crímenes nucleares de Truman, al racismo y, lo que es peor, a los dibujos animados, como castigo divino a la iniquidad europea, imposibilitó la cuestión y, todos moros, ya que no todos cristianos, los españoles tuvimos que seguir pagando. Con el Parc Güell pasaría exactamente lo mismo: me imagino el escandalazo que se liaría en Japón si se hiciera tal cosa, con lo encoñados que están los tíos esos con Gaudí y con el modernismo, pero sobre todo con Gaudí. Impracticable.

De modo que el achuntamén ha cortado por lo sano: para el tiempo que me queda en el convento, me cago dentro, de modo que, como en nueve meses tenemos elecciones y no tenemos las previsiones nada boyantes, ¿sabes qué? el que venga detrás, que arree. De modo que en un magnífico y solemne ejemplo de liderato cívico, nuestro poncio y el resto de la banda han aparcado la cuestión sine die. Que la arreglen los otros o, si nos toca a nosotros (que ya es difícil), con cuatro años por delante, el desgaste será menos, que la memoria es flaca y, a la hora de votar, nadie recuerda las putadas con más de un año de antigüedad (y ya es estirar). Y, en todo caso, siempre se les puede cargar el muerto a los tontos del haba de ERC (porque si estos vuelven a gobernar en Barcelona, que ya será difícil, será con tripartito, eso está claro).

Así que ya tenemos un marrón bien hermoso para la próxima administración municipal. No será el único, claro, quizá ni el más importante, pero sí uno de los que tendrán mayor visibilidad. Parecería que no hay más solución que cerrar el parque durante -calculo yo- entre dos y cuatro años, rehabilitarlo completamente, instaurar todas las medidas preventivas razonables -restringir el paso a lugares fácilmente visibles aún sin acceso, por ejemplo-, utilizar -donde sea técnica y artísticamente posible- materiales menos susceptibles de deterioro y… volverlo a abrir hasta cuando haya que volver a empezar otra vez. No hay más tu tía: la solución Altamira, indefinidamente, es imposible. Aún así, esos dos o cuatro años serían para el gobierno municipal un tormento chino entre vecinos, ciudadanos encabronados y sector hotelero contando, cartera en mano, el detrimento de negocio japo. Que cuando hablamos de Gaudí, el japo es mucho japo. Y mucha pasta, obviamente.

Así que, hala, otro tema a la bandeja de los imposibles.

——————–

Soy funcionario público y ficho cada día, como un pepe, a las ocho de la mañana. Todas las mañanas laborables. Soy delegado sindical (ahora de los llamados «LOLS»; en un período anterior lo fui electo) y mi liberación es de quince horas mensuales, el equivalente de dos jornadas. En veinte años de función pública acumulo tres únicas bajas: dos breves, de una semana (una por por una otitis y otra por una gripe, una gripe-gripe, no un resfriado fuerte) y una larga, de casi cuatro semanas, causada por una conjuntivitis vírica que me jodió concienzudamente. Pertenezco a la asociación de vecinos de mi barrio, en la que no soy muy activo porque no parece que haya agujero para serlo (no tengo aptitudes para dar clases de danza del vientre o de country, que parecen ser las principales actividades sociales). Soy, es sabido, miembro muy activo -ahí sí- de la Asociación de Internautas, en la que coordino el área de software libre de la Asociación (Linux-GUAI) y gestiono su página. Pertenecí al Consejo Asesor de Hispalinux, entidad de la que sigo siendo socio, aunque de modo latente, como la propia vida de la entidad; de todos modos, sigo siendo activista pro software libre, aunque, valga la redundancia, por libre y/o en compañía de otros que andan en las mismas. Colaboro con el boletín de la APA del cole de las niñas, y fui miembro de la junta durante el año en que fui padre delegado de clase de una de ellas y del área básica de Primaria; en un colegio anterior pertenecí a la junta de la APA durante, creo recordar, cuatro años. Estoy inscrito -y participo activamente- en varios foros de debate en Red, dedicados a temas sociales, políticos, tecnológicos y/o de amistad (de amistad personal, de círculos de amigos que, de cuando en cuando, nos reunimos a cenar o que nos une una vieja relación escolar o académica; no de cosas raras). Fui, hace muchos años, educador de tiempo libre infantil y juvenil; después fui formador de educadores y todavía hoy, dos o tres veces al año, soy profesor de materias tecnológicas en diversos cursos de monitor de actividades de tiempo libre infantil y juvenil. Cuando me requieren para ello, doy charlas, conferencias y algún que otro taller sobre seguridad infantil y juvenil en la red a APAs y entidades juveniles, algunas veces cobrando y otras gratuitamente, depende. También participo habitualmente en coloquios radiofónicos -muy frecuentemente en Ràdio 4 (canal catalán de RNE) en COM Ràdio (red local de emisoras de radio barcelonesas)- y mis cuartitos de hora de gloria mediática suman ya unas cuantas horas con intervenciones para diferentes canales de RTVE, TV3 (en programas líderes como La nit al dia o Els matins), Barcelona TV y otras cadenas locales y hasta cortes para telediarios de La Sexta. Y dos o tres veces al año participo como ponente, panelista o cosas parecidas en certámenes, jornadas, congresos y similares, casi siempre, obviamente, en materias relacionadas con la red y las tecnologías desde el punto de vista social. Incluso soy voluntario lingüístico, una figura que se inventaron para que voluntarios catalanohablantes, fuéramos, a modo de lectores aficionados, soltando en el idioma a gente no nativa con interés en hablarlo cuanto más correctamente mejor, a base de «parejas lingüísticas», y lo hago porque me pareció -y me sigue pareciendo, pese a alguna reticencia que me ha ido surgiendo- que esta era la manera adecuada de ir introduciendo a la gente en un idioma, tendiéndole una mano amable, ofreciéndole un gesto de acogida, en vez de escupirle lo de hable usted el idioma del imperio, como vuelve a estar de moda, pero dicho ahora, precisamente, en catalán, a base de multa, leñazo, obligaciones y restricciones. Soy, mucho más obviamente aún, blogger y mantengo dos bitácoras: esta, que es la principal, y otra, en catalán, más, digamos, pequeñita -ni que «El Incordio» fuera un portaaviones blogosférico- dedicada a las cosas de mi barrio, tal como las voy viendo cotidianamente. Participo -aunque no muy activamente, en los últimos tiempos- en los consejos de barrio y, en general, cualquier iniciativa cívica obtiene de mí, cuando no participación, sí, cuando menos, una pormenorizada atención.

No tengo antecedentes penales ni policiales y todas las razones que he dado a la justicia fueron con ocasión de un accidente automóvilístico del que fui causante hace treinta y siete años (el único accidente automovilístico que he tenido), afortunadamente sin lesionados, aunque con mucha chatarra, de lo que se derivó una condena en faltas por imprudencia leve sin infracción de reglamentos, imponiéndoseme una sanción de mil pesetas (6 euros), más las correspondientes indemnizaciones que fueron, obviamente, a cargo del seguro cuya póliza mi padre llevaba escrupulosamente al día. Toda esa chatarra aparte, sólo recuerdo haber roto una copa en un restaurante, un vaso de sidra en un chigre y dos platos y una bandeja de loza en casa; todo ello, por supuesto, involuntariamente. Tengo toda mi documentación en regla y estoy al corriente de mis obligaciones fiscales a plena satisfacción de la Agencia Tributaria. Estoy casado (con una señora, esto ahora hay que especificarlo), tengo dos hijas y los cuatro formamos una familia razonablemente estructurada, socialmente integrada y convivencialmente satisfactoria.

Soy suscriptor de dos revistas mensuales de historia y de las revistas, también mensuales, del Ejército de Tierra, de la Armada y de la Fuerza Aérea -toma castaña-, así como de varios medios -casi todos ellos de contenido tecnológico- en red. Compro aproximadamente unos veinte o veinticinco libros anuales -que leo, obviamente- casi todos ellos de ensayo, de historia y de filosofía, y leo en red otros quince o veinte sobre temáticas tecnológicas, también al año (aunque en estos últimos hay que contar incluidos documentos, estudios y similares). Y estoy terminando ahora un postgrado en redes bajo SO Linux, que dice que me convertirá en técnico de la cosa. Y una mierda. Pero sí que me da más culturilla específica al respecto.

Y soy antisistema.

Lo digo porque, ayer, todos los medios de comunicación decían que gente como yo se dedicó a devastar el centro de Barcelona a base de montar el gran pollo, destrozar lunas de establecimientos, cargarse mobiliario urbano, incendiar contenedores de basuras, lanzar piedras, objetos contundentes y alguna cosa incendiaria sobre policías, informadores y transeúntes que pasaban por allí y no sé cuántas luctuosidades más, llegando a causar más de medio centenar de heridos, la mitad de los cuales agentes de policía.

Fíjate tú: gente como yo, ya ves.

Insisto, digo «gente como yo» porque todos los medios de comunicación, como un sólo hombre, con absoluta e inexcepcional unanimidad, decían que todas estas barbaridades las habían cometido integrantes de grupos antisistema. O sea, al decir de estos medios de comunicación, gente más o menos con mi perfil, digo yo, padres de familia de mediana edad, familia y empleo estable, calvorotas y tripudos, quien más quien menos, poniendo en jaque -o haciéndoles el gambito de dama- a los feroces muchachotes de Saura. Hombre, en términos, digamos, físicos, es hasta halagador: anda que no me gustaría a mí estar para estos trotes… aunque no para trotar. Temporibus illis ya troté con los colegas de los de Saura, cuando vestían de gris, y aunque ahora expliquemos muchas batallitas cerveceras entre grandes risotadas, ya te digo yo que gracia, aquello que se dice gracia, no hace; porque en aquella época, pese a que tenía el lomo mucho más recio que ahora, doler, dolía.

No lo entiendo.

Quizá yo -y tantos otros ciudadanos comunes y corrientes como yo– lo hubiéramos entendido si hubieran llamado a las cosas por su nombre y, en vez de dedicarse a intoxicar al personal, hubieran utilizado los términos apropiados y exactos, como hace hoy Pilar Rahola en «La Vanguardia» (siento no enlazarlo, pero es de pago), que los llama, muy apropiadamente, hijos de papá, pijos, desocupados (en el mal sentido), no recuerdo si también gamberros y algunas cosas más que ya describen con mucha más precisión al ganado en cuestión.

Después vendrán legiones de plumíferos quejosos de que la prensa se hunde y de que hasta la tele pasa horas bajas, que la gente se va a Internet a informarse. Nos ha jodido… Ya podía venir -como hizo el otro día el director de «El Periódico»- a reclamar contenidos de calidad para que la gente siguiera gastándose dinero en papeles. ¿Contenidos de calidad son esto? ¿Son mentir, manipular, denigrar a un colectivo sólo porque el sistema lo teme más que a una granizada, sólo porque este colectivo se engrosa a cada día que pasa con gente normal y corriente, con ciudadanía que ya está harta, hasta los cojones de timos y engaños de políticos, de medios, de bancos y cajas, de patronales y demás calaña? ¿Es eso? ¿Hacerle de corifeo al sistema? ¿Estar al servicio de los anunciantes y de los organismos subvencionadores y no del lector?

Todos los ciudadanos sabemos que hay un colectivo de gamberros -parece que unos 2 o 300- con base permanente en Barcelona; gamberros cuya diversión -o quizá ocupación que, de algún modo, se les retribuye- consiste en montar follón de alto nivel con cualquier pretexto más o menos conveniente: unas fiestas de barrio (y sus subsiguientes fiestas alternativas), una huelga más o menos general, una manifestación contra esto o aquello… Y que habitualmente se refuerzan de un personal eventual que acude llamado por la ocasión… y por los oportunos SMS o foros en red. Todos lo sabemos, incluso Hereu, que lo ha dicho más de una vez. Y todos sabemos que alguien sabe quienes son, que los conoce uno por uno: estará en la Guràrdia Urbana, estará en los servicios de información de los Mossos d’Esquadra, de la Poli Nacional o de la Guardia Civil o, más probablemte, de todos ellos. ¿Por qué no se les pone a la sombra y, a la salida de patitas en la puta frontera -muchos de ellos son extranjeros- para que comprueben lo muy benéfico y buenrollítico que son monsieur Bruni y sus CRS con tan simpática muchachada? ¿A quién coño conviene tener de reserva aquí a esa chusma? ¿Es que incidentes como los de ayer le resultan útiles a alguien… del sistema, del establishment… acaso a alguien con cargo pagado por nosotros? Esos cabrones funcionan como una auténtica guerrilla urbana, perfectamente organizada; utilizan tácticas claramente estudiadas y perfectamente adaptadas al terreno, en el que disponen (terrazas, bares, puntos estratégicos) de verdaderos FDC (centros de dirección de tiro) que avisa a los líderes a pie de calle -seguramente a través de telefonía móvil- para que ejecuten movimientos previamente planificados. Una densidad organizativa que no despliega ni la propia ETA; sin embargo, los etarras caen como moscas y estos animales no. ¿Por qué?

Ándate con ojo, que no te tomen el pelo estos hijos de puta. Antisistema soy yo, antisistema lo somos muchísimos miles de ciudadanos perfecta y corrientemente cívicos que, en número diariamente creciente, nos vamos dando cuenta del inmenso engaño en el que estamos inmersos, en la inmensa estafa que nos está esquilmando, en el cruento terrorismo (tanto como el etarra) financiero y empresarial que nos está reventando, y que no tragamos. Que aguantamos, eso sí, que no nos echamos a la calle -en cuyo caso no sería para quemar contenedores sino para algo mucho más gordo- pero que estamos ahí, con una ira contenida, larvada y aceleradamente progresiva. Hasta el día que explote, y ya veremos qué pasará ese día. Los norteamericanos comprobaron en Vietnam (revisa Apocalypse now: habla precisamente de eso) hasta dónde pueden -podemos- llegar padres de familia tranquilos, corrientes, molientes, civiles e integrados, cuando la tuerca da tantas vueltas que el esternocleidomastoideo no da ya para más. Ese día, muchos podrán reirse -si les queda humor- de los gamberros, de los pijos, de los hijos de papá (pero no antisistema) que se dedican a jugar a un cutre y salchichero cheguevarismo quemando basuritas.

Al tiempo y al loro.

——————–

Iracunda paella ha salido esta, bien calentita…

Iba a borrar lo del Parc Güell y dejarla monotemática, pero después he pensado que una patadita a Hereu iría bien para darle color al arroz, de modo que la he dejado.

Bueno, pues ya está, misión cumplida: todo septiembre, con sus cinco jueves uno sobre otro, ha sido debidamente pasado por el arroz, sin excepción. El próximo será octubrino, en su día séptimo, pocos, muy pocos días antes del puente del Pilar, de la fiesta de la Hispanidad, de la fiesta nacional de España. Seguramente habrá que decir algo sobre eso, el jueves antes o el jueves después. Pero bueno, todo se andará si debe andarse.

Hasta entonces, aqui seguimos.

Un futuro nauseabundo

De la serie: Rugidos

La huelga general ha fracasado.

Ha fracasado porque sólo había dos opciones: o un seguimiento masivo y un país completamente paralizado o el fracaso, el fracaso total y absoluto, el fracaso sin paliativos. Y no ha habido un seguimiento masivo, como era de temer.

Ese seguimiento masivo se ha producido únicamente en la industria. No podía ser menos. Si los trabajadores de la industria no seguían masivamente una huelga con las causas de esta y con lo que les está cayendo precisamente a ellos, entonces sí que ya hubiera sido el apaga y vámonos (hasta donde no quepa decir que lo es ahora ya). En el resto, el seguimiento ha sido más bien tibio y aún debido, en parte, seguramente a la falta de transporte público (por las buenas en Barcelona y a las malas en Madrid) que ha dificultado o imposibilitado que muchos trabajadores acudieran a sus puestos, siendo así que, de haber podido, hubieran acudido. El pequeño comercio ha abierto en masa, con muy pocas excepciones, al menos en Barcelona, que es mi ámbito geográfico. Y los oficinistas automovilizados han acudido al trabajo como si tal cosa.

Ahora, que no nos pase nada.

Nuestra generación -la del desarrollismo y aledaños, que yo estoy más bien en los aledaños- ha dilapidado como un verdadero hatajo de niñatos, de pijos, un patrimonio que nuestros abuelos conquistaron con sangre (literalmente) y nuestros padres con sudores, con esfuerzos y, en no pocos casos, con muchísimo sufrimiento. Nos hemos autocastrado en la grasuza infecta y cochambrosa de nuestro hedonismo, de nuestra molicie, que no hemos sabido limitar ni mantener dentro de unos esquemas racionales. Más de cincuenta años de avances sociales, de humanización del trabajo y de las relaciones económicas -aún con todo lo que había por hacer-, se han ido a la puta mierda, simplemente porque, como no nos lo habíamos ganado, como nos había sido regalado sin mérito alguno por nuestra parte, no hemos considerado… rentable (o más bien cómodo, satisfactorio o divertido)… realizar el menor sacrificio, el menor esfuerzo, la menor lucha por conservarlo. Y no me vengáis con excepciones -falsas y falsarias en muchos casos, no nos engañemos- de yo he trabajado mucho, de todo lo que tengo me lo he ganado yo y no me lo ha regalado nadie… Mentira. Nuestros padres nos dejaron un entorno de oportunidades, de derechos, de -digamos- poder como trabajadores, y nosotros lo hemos desperdiciado a cambio de playesteichons, vuelos low cost al culo del mundo y falsa cultura del espectáculo abotargante de pronto pago, en vivir al día y en mañana salga el sol por Antequera.

Lo lamento -lo lamento muy amargamente- por mis hijas. Por mis hijas, como encarnación de su generación en mi ámbito personal, generación a la que hemos dejado con el culo al aire, a la más vil intemperie. No sólo les hemos robado el patrimonio que nos legaron nuestros padres y que teníamos la obligación de conservar, ampliar y mejorar para ellos, sino que, además, les hemos privado de la cultura del esfuerzo -no del esfuerzo en el sentido neoliberal, sino en el sentido combatiente-, del espíritu de lucha, de fuerza reivindicativa, de empuje cívico, y los hemos abocado a la ruina y a la náusea.

Desde mañana, la iniquidad financiera va a darle un primer bocado a nuestro sistema de pensiones. El primero, porque, naturalmente, no será el último. Ya saben que nada deben temer de nosotros, que estamos desactivados, que somos como las putas ratas del establo. El siguiente asalto será el sistema sanitario. Después, otros sucesivos mordiscos a los contratos de trabajo, a la negociación colectiva, al sistema de pensiones y otra vez a la sanidad. Hasta acabar con todo. Hasta la total «liberalización».

Este es el destino que nos aguarda y que nos hemos buscado y ganado a pulso.

Muchas gracias, de todo corazón, a los compañeros que han seguido, conmigo, esta huelga. Mirando a los demás, a los que no la han hecho, bien podemos decir aquello que un día dijo un antiguo compañero mío -que seguro que hoy habrá seguido la huelga también- y que repito tantas veces con triste sarcasmo: «Tenemos lo que se merecen».

Y en lo que a mí personalmente se refiere, en mi fuero íntimo, sólo me queda acogerme, como un triste y avariento premio de consolación, a aquella cita de Ramiro Ledesma (sí, ya sé que Ledesma no es políticamente nada correcto, pero me importa tres cojones y a quien no le guste, que se joda anchamente): La categoría de vencido sólo se adquiere después de haber luchado, y esto es lo que le distingue del desertor y del cobarde.

Vae victis!


Nota: Es cierto, dije que hoy no iba a haber entrada en «El Incordio», pero, mira, me da igual. A la mierda con todo.

Matar al mensajero

De la serie: Correo ordinario

Hoy he vivido una experiencia extraña.

Esta mañana, de los diversos agregadores que me sirven de fuente para nutrir Linux-GUAI, el rinconcito aún incipiente de la comunidad de usuarios de software libre de la Asociación de Internautas que tengo el placer de gestionar, me ha llamado la atención un artículo publicado ayer en el periódico «Hoy», de Extremadura. Un artículo que habla de LinEx, la distribución de la Junta de Extremadura, y dibuja un panorama bastante desolador, aunque con una pintita de esperanza aquí y allí.

Me ha parecido que recogía una serie de percepciones -que, con su razón y/o sin ella- son ciertas, ciertas en el sentido de que están ahí, de que afloran cuando a la mayoría de la gente se le habla de Linux y de software libre y, bueno, he decidido subirlo a Linux-GUAI, porque de vez en cuando hay que sacudir los espíritus adormecidos y, para ello, nada como la crítica. Porque en la comunidad Linux solemos estar bastante pagaditos de nosotros mismos y al final nos hemos acabado creyendo que vivimos en una especie de Olimpo desde el que contemplamos la miserable vida de los mortales windowseros desde la disciplencia y la superioridad de nuestro magnífico, potente, eficiente e infalible software libre. Y sí, pero no.

Imaginaba que habría algún rebote aquí o allí, que en algún foro habría algo de polémica, quizá. Sólo deseaba que la cosa no fuera a parar a «Menéame», porque los tribunales populares que se montan allí son para echarse a temblar: ríete tú de la ira de los ayatollahs.

Lo que no imaginaba es que desde la propia lista interna de la Asociación de Internautas, un socio protestara enérgicamente por la inclusión de ese artículo en Linux-GUAI, entre otras cosas porque se corría el peligro de que por ahí se dijera que la Asociación de Internautas se adhería al contenido de ese artículo. Le he respondido, también entre otras cosas, que el hecho de agregar un artículo de terceros, citando su fuente y enlazándola, sin mayor ni ulterior comentario por parte nuestra, jamás podría interpretarse como una opinión oficial de la AI, como no fuera desde una alevosa mala fe.

Hace unos minutos, acabo de subir a Linux-GUAI un artículo de Ángel Vázquez bastante furibundo contra «Hoy»; y en ese artículo se cita a otro que déjalo correr también. Y en Facebook, una nota de Carlos Castro -el padre político de LinEx, precisamente- que enlaza, a su vez a un tercer artículo que vierte sapos y culebras contra el tan denostado «Hoy». Un interviniente en el apunte de Carlos, hace escasos segundos, me advierte de que a Micro$oft se le hace el culo caramelo con el gupo Vocento, en velada alusión al hecho cierto de que «Hoy» pertenece al grupo Vocento y de que el artículo podría no ser ni bienintencionado ni inocente.

Bueno, pues igual sí, igual es que Vocento está pagado por el oro de Micro$oft (que no me extrañaría nada, ojo), pero como mi mísera información y mi ínfima sabiduría no alcanzan a comprender los movimientos que se producen a tan altos niveles yo tengo que juzgar a la vista de lo que tengo en la mano. Y lo que tengo en la mano, siento decirlo, no es para tanto. No lo es. Ni es la primera vez que se dice. Ni desde ciertas ópticas deja de ser, cuando menos parcialmente, cierto. Igual seré fusilado al amanecer y de espaldas al pelotón con una raya amarilla pintada, por traidor y por hereje. Aunque luego pueda resultar que el setenta por ciento de los miembros del pelotón de ejecución sólo hayan visto Linux en capturas de pantalla, que esa es otra que me hace muchísima gracia: si todos los que defienden el software libre con animosidad numantina y belicosidad binladenística usaran software libre siquiera esporádicamente, Bill Gates estaría en la cola de Cáritas. Y ojo, que no pienso en nadie en particular, pero sí en muchos en general.

¿Qué dice el ominoso artículo de «Hoy»?

Empieza citando a un empresario de artes gráficas que dice que esto de Linux estará muy bien, pero que en su campo lo que se menea -Galli aparte- es Window$ y Apple y Photoshop a toda máquina. ¡Joder qué falsario es «Hoy»! ¡Mira que repetir lo que yo llevo no menos de seis años -dieciocho, si lo llevamos a la estricta lucha Apple/PC- oyendo en un sector con el que tengo contacto diré, para no exagerar, que semanal sin salir de mi trabajo (que aparte de mi trabajo también lo toco con ocasión de otras historias que no son del caso)! Linux siempre ha constituido un cero a la izquierda en el sector de las artes agráficas. Siempre. ¿Constatarlo es una falsedad, una mentira? Pues bueno…

Sigue diciendo que Miro$oft y Apple ganan por goleada al software libre. Aquí hay que hacer una puntualización. La contestación de Ángel hace referencia a Android y a Apache, donde el panorama es muy distinto. También es verdad. Como igualmente lo sería si afirmara que la mayoría de los grandes gigantes de la computación utilizan asimismo Linux, como el famoso Mare Nostrum que tenemos en Barcelona. Pero -aunque no lo dice expresamente, y ese sí es un error del redactor, si bien con un poco de buena fe puede sobreentenderse- «Hoy» se está refiriendo al mundo de la microinformática, del ordenador personal; y admitido ese ámbito, su aseveración no puede ser más cierta. Por desgracia.

Sigue con otras experiencias, como el del programa de facturación, donde uno dice que es estupendo y maravilloso y otro dice que sí, pero que no se actualiza con la frecuencia que requieren los cambios en la normativa de la Agencia Tributaria y que el camino más corto es, por tanto, el software apropiativo. ¿Mentira? No puedo aseverar si sí o si no con toda certeza, pero me huelo a que no, a que no es mentira. Un lerdo puede utilizar Micro$oft porque sí, porque bueno… Pero un empresario, sobre todo un pequeño empresario, que hace cuentas para ahorrar un euro hasta cuando duerme, no va a regalarle dinero a una empresa de software si tiene una alternativa igual de buena y gratuita. Si va a lo que se paga es por algo. No nos engañemos, que es así.

Sí que «Hoy» hace algunas especulaciones que puede que sí o puede que no, como cuando se mete en el jardín de que la pretensión del Plan extremeño de Alfabetización Tecnológica de intruir en el software libre como instrumento para la empresa, para jóvenes, para emprendedores y para desempleados, lo lleva bastante cutre. Pues, hombre, no sé por qué. Precisamente las crisis (y eso que se está demostrando ahora mismo) son oportunidades oṕtimas para el software libre. Pero como se trata de un vaticinio, tanto vale el no de «Hoy» como mi (y supongo que el de Ángel y de los otros). El tiempo pondrá a cada cual en su lugar. Lo único que yo recomendaría es que nadie, ni del si ni del no, pague por anticipado el precio de la entrada…

Otro ámbito problemático: el de las incompatibilidades entre Window$ y Linux.Hombre, «Hoy» la caga en el ejemplo concreto: conferenciantes que se encuentran con que su presentación es incompatible… ¿De qué con qué? Si el conferenciante lleva una presentación en ODF y en el centro destinatario usan W$, hay problema, pero problema que se puede llevando encima un PortableApps en una memoria USB o, más fácilmente aún, llevando la presentación en PDF. Si es al revés, no debería haber excesivo problema, a menos que haya hecho una presentación abarrotada de tonterías como transiciones, música y demás, pero lo que son las diapositivas puras y duras, aunque estén en formato PPS, OpenOffice.org las va a leer la mar de bien. No, el problema no está ahí o, en todo caso, el que pueda haber ahí ya no es tan grave. El problema está en que algunos programas altamente profesionales no existen en software libre. GIMP está muy bien para aficionados incluso avanzados, pero para unprofesional se queda corto: tiene que ir a morir a Photoshop; lo mismo cabe decir en el CAD a 3D; y, bueno, si nos vamos a los juegos… ¡buf! El problema está en que hay todavía bastante hierro -cada vez menos, pero aún hay bastante- incompatible con Linux. ¿Qué no es culpa de Linux, que es el fabricante, que es un gángster y un genocida? Bueno, sí, vale pero… ¿al usuario qué coño le cuentas?

No hay apenas innovación en LinEx, dice el empresario de artes gráficas (no «Hoy»: el empresario de artes gráficas al que cita «Hoy»). Ángel dice que desde 2002 -fecha de nacimiento de LinEx- ha habido más versiones de éste que de Window$. Y es verdad, claro, visto así. Pero el argumento ya flojea de remos si nos vamos a programas que corren bajo Window$ en comparación con los programas de la distro LinEx. Yo lo siento -tampoco es la primera vez que lo digo- porque le tengo un gran cariño a LinEx (fue la primera distro que me permitió el tan ansiado Linux only, imposible hasta aquel momento, al menos para mis máquina) pero me pasé de LinEx a Ubuntu precisamente por lo misma razón: LinEx tardaba mucho en actualizarse (y, además, como es normal, servía y sirve a los intereses de la comunidad educativa pública extremeña, no a los míos: dejé LinEx sin acritud, sin ira).

Sigamos: alumnos educados en LinEx only que luego topan con Window$ en el mercado de trabajo. ¿Es falso, esto? No debiera ser -y no creo que sea- un problema real para ellos pero… ¿lo deja de ser para el empresario? (ah, vaya, así que usted no ha manejado apenas nada sobre Windows$…). Que el empresario es un ominoso capitalista, un explotador, un sátrapa, y, además, un ignorante y un tío camuñas… Bueno, vale, sí. Pero es lo que hay y eso es real.

Etcétera, etcétera. Ahí tenéis el artículo que ha originado la controversia y tenéis -directa o indirectamente- los enlaces para llegar a tres post de respuesta de doscientos megatones.

Juzgad vosotros mismos de acuerdo a la estricta realidad o, en fin, de acuerdo a lo que os dé la gana.

Yo sólo sé una cosa: no es atizándole al mensajero como vamos a llevar adelante el uso de Linux. Debe ser el mundo Linux el que comprenda las necesidades del usuario y adaptarse a ellas, no pretender lo contrario. Cuando un señor nos dice que con Linux no se puede jugar, no se le puede mirar con una mueca de asco como a un gilipollas que usa cosas tan recosagradas como un santo ordenador para algo tan vano como jugar, no se le puede decir que se deje de juegos y que haga cosas serias con los ordenadores y, entonces sí, Linux a tope. Porque, señores míos, ese tío nos va a mandar a la mierda, pero solamente si se cansa haciéndolo: lo más probable es que, simplemente, no nos haga ni puto caso. Hacen más por Linux cosas como Gallium3D, que, con el tiempo, permitirá ejecutar DirectX en juegos Windows$ instalados sobre Wine, que tropecientas mil virguerías haciendo la vertical en el kernel.

A ver si nos bajamos de la puta nube de perfección sublime y de infalibilidad absoluta (que, además, no es enteramente real) y miramos un poco el mundo que vive cada día el común de la gente que no ha sido consagrada como diosa del MegaByte puro y limpio tal cual himen de vestal. A menos que lo que queramos sea permanecer in saecula saeculorum en la nube contemplando como por debajo de nuestros mohosos oropeles la vida sigue…

…Pasando absolutamente de nosotros y de nuestro precioso Linux.

Las razones de mi huelga

De la serie: Pequeños bocaditos

No tengo ni idea de cómo saldrá la huelga general convocada para pasado mañana. Soy pesimista, muy pesimista. No veo ambiente y sí veo claro que la gente, particular y ¿sorprendentemente? las nuevas generaciones, ha perdido cultura reivindicativa y así nos las han venido dando en los últimos años. El gran logro de esta falsa democracia con la que nos están timando hábil e impunemente ha sido precisamente este: desactivar la conciencia cívica, dejándola prácticamente a cero.

Yo sí, yo seguiré la huelga.

Razones suficientes y sobrantes para ir a la huelga

· El abaratamiento del despido – Que, además de ser un daño de por sí es una perfecta tomadura de pelo. ¿Cómo puede pretenderse que el abaratamiento del despido favorece la estabilidad laboral? Lo que se conseguirá -si no es precisamente lo que se pretende, que lo es- es sofocar los últimos rescoldos de resistencia por parte de los trabajadores y lograr plenamente una clase de esclavos lobotomizados a la fuerza, a base de incrementar el terrorismo empresarial al máximo de revoluciones.

· El abaratamiento de las pensiones y el endurecimiento de su régimen – Esa es, de largo, la canallada más gorda, porque afecta al trabajador en su momento de máxima indefensión y porque se mea sobre los derechos adquiridos de millones de trabajadores que llevan muchos años de cotización. En el caso de España, además, hay motivos adicionales para oponernos: somos el país más cutre en importes y más restrictivo en condiciones de devengo de todos los países de la zona euro (junto con Irlanda y Portugal, posiblemente) e incluso de algunos que no lo son. Los franceses se han puesto como locos porque les han aumentado la edad de jubilación… ¡a los 62 años! Nosotros la tenemos a los 65 y nos la quieren extender a los 67.

Nos dicen que el sistema no aguanta, pero es que esto hace un cuarto de siglo que lo vienen diciendo y el caso es que ahora mismo, con la que está cayendo, el sistema es excedentario. Pero, aunque fuera verdad, si el sistema no aguanta, se carga la Seguridad Social a los Presupuestos generales y punto pelota (no es una fórmula tan estrambótica: se sigue en muchos países). Lo que hay, en realidad, tras de esto y lo que impediría su solución es que la patronal quiere quitarse de encima sus cuotas a la seguridad social y no quiere quitárselas para que, acto seguido, les cobren lo mismo vía impuestos. En definitiva, más de lo mismo: enriquecerse aún más unos pocos y empobrecimiento de todos los demás.

· Ponerle un coste elevado a la iniquidad – ¿Y si la huelga no consigue nada? Después de todo, la reforma del sistema de pensiones aún está por delante pero el garrotazo a los sueldos y a los contratos ya está dado y es de difícil reversibilidad, seamos realistas. Aunque fuera así, aunque no consiguiéramos evitar el garrotazo a las pensiones, sería un buen objetivo secundario que este garrotazo les costara -a Gobierno y a patronal- quedar tan maltrechos y quebrantados que en futuras ocasiones no tuvieran la mano tan ligera. Si antes lo hubiéramos hecho, probablemente, muy probablemente, no nos viéramos en estas, obligados a defender -con posibilidades muy inciertas, las cosas como son- las pensiones. Estaríamos luchando, quizá por los sueldos, por los convenios, por los contratos, pero jamás se hubieran atrevido a llegar tan lejos. Incluso una huelga general de un día es una medida ciertamente suave; por ello no podemos permitirnos el lujo de que fracase o de que triunfe sólo a medias (que es lo que encantaría a Gobierno y a sindicatos). Una huelga que arrase, aunque no consiga sus objetivos inmediatos, es siempre una ganancia para el futuro, para nuestro futuro y para el de nuestros hijos.

· Putas pagando la cama – La desvergüenza, el latrocinio, y la burla que de nosotros ha hecho el sistema merece mucho más que huelgas. Si los europeos (y los españoles más que nadie) no tuviéramos la sangre de horchata, ahora no estaríamos hablando de huelgas sino de guillotinas. Un montón de sinvergüenzas y de hijos de la gran puta hinchó una burbuja especulativa cuya primera consecuencia fue la de cerrarnos radicalmente el acceso a la vivienda; los pocos que pudieron saltar esa barrera, lo están pagando ahora muy caro. Pero no sólo lo han pagado quienes tuvieron la audacia -más que la valentía, porque en no pocos casos hubo irresponsabilidad y estupidez- de hipotecar su vida entera y parte incluso de la de sus propios hijos (no pocos de los cuales habrán de vender su herencia para pagar la deuda de ésta), sino que lo hemos pagado todos. Cuando el enorme bluff del sistema financiero quedó al descubierto, salvaron a los cabrones de los culpables con dinero público, con nuestro dinero. Ahora -y ese es un robo sobre un atraco- en vez de obligarles a reintegrar ese dinero con sustanciosos intereses a las arcas públicas, pretenden que lo pongamos nosotros de nuestros lacerados bolsillos. Es una estafa de proporciones tan inmensas que asombraría al propio Enrique Rubio, si viviera.

Se dice -no sé si será verdad o es una leyenda urbana- que cuando en China ejecutan a un fulano de un tiro en la nuca, a su familia le hacen pagar el coste del cartucho. Lo que están haciendo con nosotros es exactamente lo mismo: obligarnos a pagar el cartucho con el que nos asesinan.

· El sistema – Sabemos -y el que no lo sepa a estas alturas es que es tonto, patológicamente tonto- que este sistema es un timo, un engaño. Llamarle -como osan llamarle- democrático es un sarcasmo. Tenemos que reformarlo. ¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Votando? ¿De verdad creemos que van a reformar el sistema -más allá de su simple maquillaje y, mientras les sea posible, ni eso- los que están viviendo tan ricamente a costa de él? ¿Van a reformar el sistema los partidos políticos? ¿Van a perder poder, van a perder el control para dárnoslo a nosotros? La única forma de que aflojen es pervirtiendo la sensación de que lo tienen todo bajo control, de que teman que esto se les puede ir de las manos. La huelga -esta y toda una cadena que habría que seguir convocando- es parte -no todo- del método para lograrlo. Si una huelga general como esta arrasa, habremos dado un serio pelotazo; pero si, a no mucho tardar -un año, a lo sumo-, se convoca otra y arrasa también, empezarán a pensar en que van a tener que aflojar y hacerlo muy en serio y hacerlo deprisa. No tenemos otra salida. El simple voto, no lo es.

Razones insuficientes para no ir a la huelga

· Los principales sindicatos son un hatajo de canallas – Es cierto. Salvada -por supuestísimo- la buena fe de sus bases y de algunos -muy escasos- dirigentes, estamos ante una peña de pesebreros, en todo similar a los partidos políticos, a los que los intereses de los trabajadores, a los que todo lo que no sea medrar en sus pesebres, les trae al completo fresco. Esta es una percepción generalizada entre los trabajadores, y lo es por muy buenas razones.

Pero no hago -no hacemos- esta huelga a la mayor gloria de los sindicatos, por más que ellos la hayan convocado y por más que ellos vayan a capitalizar un eventual éxito. Por más que se pongan medallas, nosotros seguimos conociendo al dedillo su cutre realidad. Pero es que incluso sucede al contrario: la peor putada que podríamos hacerles es que esta huelga tuviera un éxito arrollador, masivo, aplastante; porque, si así fuera, no podrían conformarse -como planean- con unas migajas, con unos flecos, tras una negociación vergonzosa y carroñera, se les vería demasiado el plumero y lo sabrían (ahora también se les ve pero, ausentes y alejados de toda realidad, no lo saben): habrán de exigir y obtener concesiones importantes (que no serán tan imposibles con un gobierno y una patronal acojonados como lo estarían sin duda tras una huelga general de las buenas).

· No puedo permitirme perder un día de sueldo – Esta es la excusa más recurrente y más mala de todas. Todos, y cuando digo todos es todos, por poco que ganemos, tenemos algún pequeño lujo, algún pequeño extra, algún pequeño qué superfluo. Sólo se salvan de esta generalización aquellos -que, desgraciadamente no son pocos- que viven por debajo del linde la pobreza, pero de la pobreza más abyecta. Y, salvo estos casos, en los demás, ese extra suele costar más que el equivalente de un día de trabajo. Renunciar, pues, al sueldo de un día, no significa, en la inmensa mayoría de los casos, prescindir de un plato de comida sino, quizá, convertir una salida de fin de semana en una salida de ida y vuelta en el día. O de no comer un día en el restaurante un poquito subido de menú. O de no ir un día al cine y de merienda con los niños (ellos han de asumir también su parte de sacrificio y, a partir de ciertas edades, deben también saberlo y asumirlo: así se crea y da continuidad a la cultura cívica).

Lo que sí ocurre, conectado con lo que decía al principio, es que, perdida la cultura de la reivindicación cívica, hemos perdido también la cultura del sacrificio finalista, pero la hemos perdido hasta extremos que, vistos con distanciamiento, resultan incluso ridículos. Lo he dicho aquí mismo muchas veces: es bochornoso ver cómo tragamos con barbaridades que podríamos evitar fácilmente con simples, pequeños e incluso ocasionales cambios en los hábitos de consumo. La famosa cultura del todo gratis que tanto predican los apropiacionistas, ha llegado -y ahí sí, realmente- a esos extremos. Queremos mejoras, queremos avances, queremos ganar más, trabajar menos, vivir mejor, pero queremos que nos caiga como el maná, como por milagro. Y no existen ni los milagros ni el maná. Nadie nos va a dar nada que nosotros no tomemos. Y tomar cosas, tiene un coste.

Eso aparte, y como digo más arriba, ahorrarnos ese día de sueldo puede salirnos muy caro, no en términos simbólicos sino en euros contantes y sonantes, a la hora de cobrar nuestra jubilación (que, junto con el pisito y algo de calderilla, es el único patrimonio que nos quedará a la mayoría el día que nos den el puntapié.

· Tengo miedo de represalias – De todas las excusas, esta es la más real y la menos tonta. Efectivamente, el terrorismo empresarial no es una práctica aislada; al contrario, está extendidísimo. Hay empresas que son verdaderas galeras y dirigentes que se constituyen en auténticos cómitres. En esos ambientes, no se vacila: la menor reivindicación -y no digamos, el seguimiento de una huelga- son una factura que se hace pagar muy cara. El precio es la inclusión en las primeras filas de candidatos al próximo ERE, el mobbing (que sigue siendo mayoritariamente -yo diría masivamente– impune), la no renovación del contrato (cuando éste es basura, el fraude más habitual y extendido a los derechos laborales), etc.

Me resulta difícil hablar de esto desde la seguridad de mi plaza de funcionario público, pero lo cierto es que el miedo sólo genera miedo y hay que vencerlo. Porque la fidelidad perruna a que da lugar -no hago huelgas, no pido, no reclamo, trabajo más horas sin cobrarlas, hago trabajos que no me corresponden- al final tampoco se ven ni pagadas ni agradecidas. El ERE acaba llegando, el contrato acaba no siendo renovado y, si éste es indefinido y caro de rescindir, el mobbing aparecerá con toda seguridad y en toda su crudeza. Todo esto es inexorable. Piénsalo: a la larga (y quizá no tan a la larga), ¿realmente te ha salvado algún trabajo esa fidelidad mal entendida? Y si es así… ¿durante cuánto tiempo?

Hay otros pretextos más o menos expresos que ya no entro a discutir porque eso, a mis propios ojos, sería rebajarme demasiado. Por ejemplo, la de los cada vez más numerosos gilipollas, tan pringados como el que más, que creen que porque ganan cien eurillos más que el vecino ya pertenecen a otra clase más selecta en la que eso de las huelgas, tan cutre, tan de pico y pala, tan olorosa a sobaquina, ya no tiene cabida, ya no es algo propio de su alcurnia y rancio abolengo.

Queda una última cuestión derivada de mi pública adscripción sindical. Como todo el mundo sabe, soy delegado de CSI-F y CSI-F no se ha adherido a la convocatoria de huelga. La razón, me parece absolutamente ridícula: su cúpula se siente engañada por la manipulación que CCOO y UGT hicieron de la huelga de funcionarios [mal] llevada a cabo en junio pasado. Digo que la razón es ridícula porque esa manipulación estaba cantada antes de llevarse a cabo esa huelga de empleados públicos. ¿Se chupan el dedo los dirigentes de CSI-F? No lo sé, no deberían.

Sabiendo esto, seguí la huelga de junio por pura disciplina. Me pareció una estupidez porque la que procedía entonces es esta huelga general que se convoca ahora, tardíamente. Pero la hice, como digo, por disciplina. Por disciplina y porque tengo este atavismo: me cuesta mucho ir al trabajo como si tal cosa mientras hay compañeros que arrostran riesgos y perjuicios, por mínimos que sean. No es un problema ni siquiera de solidaridad, es de simple y pura vergüenza: ¿voy a obtener el mucho o poco provecho -inmediato o a largo plazo- que se obtenga de una huelga sin haber corrido riesgos, dejando que mis compañeros los corrieran a su suerte? Puedo admitir -como simple hipótesis de trabajo- que yo sea un gilipollas, pero lo que no soy -desde ningún punto de vista ni hipótesis posible- es un mierda.

Habiendo tanto en juego como he dicho, no voy a dejar en la estacada a mis compañeros tampoco en esta ocasión, sólo porque unos señores que mandan mucho en el sindicato al que estoy afiliado sufrieran el pasado verano un ataque de cuernos. Y menos si no explican con mucha claridad y prolijidad qué esperaban conseguir con la huelga de junio que CCOO y UGT les timaron.

Finalmente, un aviso ocioso: obviamente, no habrá post en «El Incordio» el miércoles.

¿Himno? Sí, pero…

De la serie: Pequeños bocaditos

Aunque no vivo en Aragón y no puedo constatarlo personalmente, si hacemos caso de los medios de comunicación -cosa que, de cualquier forma, hay que tomar con muchas reservas- y de lo que se oye por la red, parece ser que toda la región es un clamor para que el «Canto a la Libertad» de Labordeta pase a ser el himno oficial de la comunidad autónoma.

Me parece muy bien, que conste (en la medida en que mi opinión le importe a alguien).

Pero hace unos pocos días, Jorge Fuertes, actual presidente -creo- de Hispalinux, ponía un discreto dedo en la llaga en una breve intervención en Twitter que parece que pasó bastante despercibida: decía que antes de que el «Canto a la Libertad» fuera Himno oficial de Aragón -si llegaba a serlo- su música y su letra deberían estar en el dominio público.

Y tiene toda la razón.

Porque podría sufrirse que no fuera así si los derechos los tuviera íntegramente su familia, pero me da la impresión -y seguro que no me equivoco- de que no, de que más allá de los exiguos centimillos que cobran los autores y sus herederos, la parte del león de la propiedad la tendrá una discográfica cuyos accionistas ya se estarán refregando las manos. Con lo cual, estaríamos en lo de siempre: que cada vez que sonara el himno en cuestión, la discográfica a poner la mano y los aragoneses a soltar la gran pastizara. A la discográfica y, cómo no, por cierto, a la $GAE. Y eso sí que sería intolerable.

Mi sugerencia es, pues, que mediten los aragoneses sobre esta cuestión y piensen si vale la pena. El «Canto a la Libertad» siempre estará ahí, es un legado de Labordeta que no se difuminará, no hace falta que sea himno de ninguna parte para que se mantenga en la memoria y en el espíritu de todos. Pero sería absolutamente contrario al espíritu de Labordeta que su canción, convertida en himno, sirviera únicamente como decorado para los políticos a los que él siempre odió -como todos nosotros- y un modo de enriquecer a secuestradores de la cultura a los que él no debió odiar menos.

Creo que vale la pena pensarlo muy detenidamente.

A %d blogueros les gusta esto: