El pelo de la dehesa

De la serie: Pequeños bocaditos

Ayer, en un curso sobre gestión de proyectos TI al que estoy asistiendo, el profe puso un ejemplo real que él -así lo contaba- vivió en primera persona porque formaba parte del equipo de desarrollo. Lo explico -coloreándolo, eso sí- tal y como lo oí y no añadiré comentarios, porque creo que esto se comenta solo.

Escenario: una empresa que está desarrollando un proyecto TI por fases. Concretamente, en cuatro fases sucesivas.

Protagonistas: un product manager y un consultor. El product manager es el habitual imbécil -con o sin MBA- de los que se encuentran a puñados en el mundo de la empresa; el consultor, en cambio, es un profesional como la copa de un pino, un tío sapientísimo con una sólida reputación.

Acción.

Terminada la primera fase del proyecto, se procede a su evaluación, que arroja un resultado positivo. El consultor decide entonces realizar la documentación de los desarrollos de esa primera fase y la preparación del plan de formación de usuario correspondiente a la misma. Pero interviene el product manager para rechazar la idea. No, no, de eso nada, el cliente tiene muchísima prisa y el proyecto ha de seguir adelante a toda pastilla. El consultor objeta: pero, hombre, la documentación y el plan de formación son necesarios. Que no, que no, insiste el PM, todo eso ya lo haremos al final. Hay que ir deprisa.

Como donde hay patrón no manda marinero, se emprende la segunda fase y la historia se repite casi punto por punto. El product manager impone su criterio: la documentación y el plan de formación se harán al final de todo. Deprisa, deprisa. Se emprende, por tanto, la tercera fase.

Más he aquí que, a mitad de la tercera fase, el consultor recibe una propuesta para incorporarse a otro proyecto. Una muy buena propuesta, excelente. Y el consultor la considera meticulosamente. Y mientras la está considerando, le llega otra propuesta de otra tercera empresa aún mejor que la anterior, una propuesta ya no buena, ya no excelente, sino realmente suculenta. El consultor también se la piensa, pero poco. Al cabo, anuncia al product manager que va a dejar el proyecto. El PM da un brinco. ¿Cómo? ¿Cómo que te vas? ¡No te puedes ir! ¡No puedes dejarme ahora colgado el proyecto así! ¡Que no hay plan de formación! ¡Que no está documentado! ¡Que se hunde todo y habría que empezar prácticamente de cero!

El otro le responde que la vida es así de dura y el PM corre a dirección donde le montan una pelotera de aquí te espero. Cuando regresa, le hace al consultor una contraoferta, una contraoferta bestial, inaudita, ubérrima; de hecho, impúdica. Tiene que serlo: el consultor sabe que, si la acepta, perderá las otras ofertas y, además, tiene la sartén por el mango que el PM le ha regalado tan graciosamente. Pero es algo tan sustancioso que, bueno, sí, acepta, claro.

El proyecto, pues, culmina con pleno éxito, incluida documentación y plan de formación.

El consultor, terminado el trabajo, se fue y, como resulta que tuvo la potra de que la oferta más sustanciosa de aquellas dos siguiera en pie, pues fue feliz como una perdiz y su plan de pensiones aumentó considerablemente.

Y yo, olfateando sangre, levanto el dedito y le pregunto al profe:

– Oye: ¿y qué le pasó al product manager?

Y el profe me responde:

– Nada. La empresa era del sector público.

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Comentarios

  • Jordi  On 03/09/2010 at .

    La empresa era una sociedad mercantil de capital público o una de estas magníficas agencias públicas sometidas a derecho privado que los políticos han creado para “externalizar” servicios públicos y poder enchufar a todos los amigos, parientes y conocidos a los que les da palo estudiar una oposición. Y así le va al sector público.

  • Giorgio Grappa  On 05/09/2010 at .

    ¡Es buenísimo! Yo también trabajo en la administración pública y veo, sufro, product managers como este año sí, año también.

  • what does my name mean  On 05/09/2010 at .

    hi wats your myspace page

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