Desproporciones criminales

De la serie: Los jueves, paella

La ha liado gorda monsieur Bruni con su expulsión de gitanos. Bueno, que, de hecho, es una expulsión incentivada, porque les dan algo de pasta si se portan bien y salen por su propio pie en vez de a rastras entre dos gendarmes, pero expulsión a fin de cuentas. Y si el tema ya es de por sí delicado y digno de estudio cuidadoso, éramos pocos y parió la abuela, es decir, Viviane Reding, la comisaria europea de Justicia, al comparar el asunto de los gitanos con las deportaciones hitlerianas. Después hablaremos de este tipo de comparaciones estúpidas en otro orden de cosas -porque no es sólo por este lado por donde se hacen comparaciones estúpidas- pero vamos a quedarnos ahora en este.

Porque todo esto afecta al diez mil veces remaldito buen rollo de un montón de imbéciles.

Todos los países, todas las ciudades, todos los lugares, me atrevería a decir que del mundo, tienen problemas más o menos graves, más o menos cuantiosos, de marginados, de inadaptados y de desintegrados. El problema lo combate cada cual con distintas proporciones, según cada caso, de estopa penal y policial y de vaselina de acción social y así se va tirando. La cosa, sin embargo, se complica -y mucho- cuando un ámbito de inadaptación (social, cultural, económica, laboral…) cuelga de una particularidad étnica o cultural (y no digamos si a todo eso se añade una religión) que, de alguna manera, acerroja esa inadaptación y genera algo parecido a una sociedad paralela y marginal. No es un fenómeno deseable pero puede sufrirse. El acabóse acontece cuando esa sociedad paralela y marginal no se limita a vivir aparte sino que, además, vive en contra, bien por generar fenomenologías delictivas endémicas, bien por causar choques o enfrentamientos con la sociedad regular del país o ciudad, bien por agredir con sus actitudes, usos o, en definitiva, modus vivendi, el pacífico y común transcurso de la vida de los ciudadanos, llamémosles, regulares. Esto último es lo que sucede, por ejemplo, cuando una tribu de trotamundos de la rasta se desarrolla como un cáncer en un entorno urbano en el que impone su modo de vivir -ruidos, cochambre, contaminación, camelleo, fiestas rave, etc.- contra las específicas normas legales y consuetudinarias de convivencia cívica.

Hace años, teníamos este problema con los gitanos españoles. Con parte de ellos, mejor dicho. Pero da la impresión -no estoy muy metido en información a fondo sobre esa raza, por otra parte ancestral en España- de que los gitanos españoles viven perfectamente integrados en nuestros entornos urbanos, manteniendo, sí, sus peculiaridades socioculturales, pero sin causar problemas ni choques más allá de lo puramente anecdótico que apenas da para una crónica de sucesos provinciana causada, además, por una muy exigua minoría que se ha quedado descolgada en los viejos tiempos.

El problema que tuvimos con los gitanos (y los gitanos con nosotros) se reprodujo después con gitanos de importación. Empezaron a llegar gitanos portugueses, rumanos y búlgaros que reprodujeron -multiplicado cuantitativamente- el problema (hay zonas de España que están verdaderamente amargadas con ellos) a lo que, encima, añaden problemas de extranjería: falta de documentación, déficit lingüístico, etc.

Monsieur Bruni ha tirado por la calle de enmedio y los ha puesto de patitas en la frontera. Es una solución susceptible de crítica. En un platillo de la balanza está el hecho de que la ciudadanía francesa empieza a estar hasta el gorro de ciertas comunidades que, según parece, no sólo no se integran sino que han declarado una especie de guerra -de momento cultural: más adelante, ya veremos- al modo de vida occidental y, concretamente, francés; ese hartazgo provoca una exigencia ciudadana de mano dura y, por tanto, la satisfacción de esa exigencia ciudadana se vería retribuida con un plus de popularidad. En el otro platillo, estaría la poco honorable necesidad del presidente francés de rescatar su muy deteriorada popularidad a cualquier precio y la mano dura con la inmigración más recalcitrante sería un precio asequible aunque a él quizá le importe poco o nada el hartazgo ciudadano hacia ciertas comunidades extranjeras. Se han juntado, pues, el hambre y las ganas de comer. Si se establece todo eso como cierto, la actuación del presidente galo sería, pues, reprochable.

Pero reprocharlo es una cosa y compararlo con Hitler -como implícitamente hizo Reding anteayer- es un claro exceso. Sobre todo porque cuando esas comparaciones se efectúan más allá del chiste, cuando se hacen en serio, son absolutamente contraproducentes: en vez de denigrar a la víctima de la exageración, lo que se hace es rebajar la gravedad del fiel de la misma. Dicho de otra manera: lo que se logra con gilipolleces como la de doña Viviane no es poner a monsieur Bruni como un criminal sino disminuir, por relativización, la gravedad de lo que hizo Hitler. Es decir, que el proceso mental de muchísima gente no sería establecer qué bestia es ese Sarko, que hace lo mismo que Hitler sino Bueno, si Hitler hacía más o menos lo mismo que Sarko, quizá lo del alemán no fuera para tanto.

Es lo que pasa cuando la gilipollez se torna en pura y simple desproporción.

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Seguimos, seguimos en este asunto de las desproporciones…

Hace veinte años, los chetniks serbios resucitaron en Europa la pesadilla de los progroms y del exterminio sistemático de razas o etnias. Las barbaridades cometidas sobre la población bosnia, prolijamente documentadas -a veces casi en directo- por una nube de reporteros parapetados tras las inútiles fuerzas de interposición de un montón de naciones bajos los estúpidos auspicios de ese inutil invento de la ONU, aterrorizaron a todos los ciudadanos decentes y bienpensantes del mundo occidental (en el otro, matanza más, matanza menos, parece ser que no les impresiona demasiado).

Como consecuencia de ese espanto, se rescató la idea de los procesos de Nühremberg de después de la Segunda Guerra Mundial, pero a base de un tribunal permanente (el ahora radicado en la Haya) y se revivió la jurisprudencia ya preexistente en países víctimas de aquellos horrores de que los crímenes contra la Humanidad serían imprescriptibles e inamnistiables y se estableció la doctrina de la competencia universal para donde los tentáculos de La Haya fueran lejanos o débiles. Hasta aquí muy bien. El verdugo principal de Bosnia, Radko Mladic, continúa tan fresco y tan tranquilo, yéndose de putas por media Europa sin que nadie le moleste, pero supongo que habrá que acostumbrarse a esa impunidad -de la que son cómplices de cajón, y no solamente por omisión, los principales servicios secretos europeos más la CIA norteamericana- de la misma manera que hubo que acostumbrarse a la idea de que diversos criminales de guerra alemanes se habían dado el bote para siempre (Martin Bormann, Mengele y no pocos más). Pero muy bien, ya digo. Nadie ha pagado por los crímenes del stalinismo -más numerosos que los del nazismo, aunque sólo fuera porque Stalin tuvo mucho más tiempo- ni parece que haya ganas de perseguirlos, pero nada, bien, todo bien y muy bonito, no faltaba más.

El problema, impunidades no casuales aparte, es la extensión del concepto, es decir, equiparar la represalia política, aún sistemática, al entero exterminio étnico. No quiero decir con ello que el crimen político -masivo o no- no sea reprochable, en absoluto, pero no es equiparable, para nada, al crimen contra la Humanidad. Y cuando se equiparan ambos, lo que sucede es una devaluación del concepto de crimen contra la Humanidad. Si yo fuera judío, no estaría nada satisfecho de que se pasara a Franco o a Pinochet por el mismo rasero que a Hitler o a Stalin.

El problema aparece con varias fenomenologías superpuestas.

Por un lado, determinados grupos de interés politico, próximos, por demás, a determinados partidos y ajenos completamente a determinados otros, intentan ponerse en campaña contra los artífices y factótums de un régimen fenecido hace más de treinta años (y con la inmensa mayoría de esos artífices o factótums ya fenecidos o a cuatro días de serlo) pero topan -en España y también en Chile, pero por no únicos ejemplos, que después veremos más- con una ley de amnistía que les para los pies.

Por otro lado, la aparición en España del fenómeno de los jueces estrella, trepas con toga y puñetas que, sobre ser en algún caso de dudosa sabiduría en la instrucción de sus sumarios, buscan su promoción a través de la política y del brillo mediático, para lo que necesitan buscar una espectacularidad que esas normas de amnistía -e incluso la prescripción común- les impiden.

¿Cuál es la solución para unos y otros? Retorcer el Derecho en provecho propio, equiparar crímenes numerosos con crímenes genocidas y, apoyándose en la jurisprudencia de los crímenes contra la Humanidad -desvirtuándola por completo- saltarse las leyes de amnistía, de punto final o como quiera que se llamen y cualquier tipo de prescripción. Y, abierto el toril, adelante los picadores, a repartir puyas a diestro y siniestro.

Obsérvese que este es un fenómeno que sólo se ha dado en España, Chile y Argentina. Se dirá que en el mundo occidental, aparte de Hitler y Mussolini, sólo ha habido dictaduras en España, Chile y Argentina. Y es cierto, pero también lo es que otros países europeos vivieron postguerras que todos los historiadores coinciden en declarar como auténticas guerras civiles. En Italia, la resistencia antinazi y antifascista cometió verdaderas barbaridades -incluso bastante después de la liberación- y se asesinó a mansalva a enemigos políticos, ya no sólo antiguos fascistas -no pocos de los cuales no habían cometido más delito que el de ponerse una camisa negra- sino de otros partidos integrados en el juego democrático. Llegó a adquirir el asesinato político tal entidad, que para poner fin a esa tremenda situación hubo que dictar una ley de amnistía que, efectivamente y en general, logró su propósito. Si se lee la serie «Don Camilo» de Giovani Guareschi (esencialmente las recopilaciones de cuentos de la revista «Candido», que fueron los primeros y en el episodio póstumo «Don Camilo y los jóvenes de hoy») se puede pasar fácilmente de la anécdota a la categoría -en términos puramente intelectuales- y comprender la que hubo allí. Pues bien: a nadie en Italia -salvo, quizá, a algún chalado marginal- se le ocurre equiparar los sucesos de la postguerra con los crímenes contra la Humanidad y, por esa vía, impugnar la amnistía. A nadie. Y mira que aún viven víctimas y familiares… y verdugos.

En Francia fue peor. Primero, el gobierno colaboracionista de Vichy que llevó a cabo una represión bestial por cuenta e interés de los ocupantes alemanes; después, la resistencia triunfante que, como en Italia, hizo de las suyas sin control alguno y su represión sobre colaboracionistas, sospechosos de colaboracionismo y sobre no pocos que a lo mejor y según cómo igual pudieron haber sido colaboracionistas, fue sencillamente bestial. La propia ejecución de Pierre Laval -ésta a cargo del Gobierno, no de incontrolados- en burla a las condiciones de una extradición concedida por España y en burla también al Derecho internacional, que prohíbe en todo caso la ejecución de extraditados, constituye una buena muestra de lo que pudo ser aquello. Y aunque hay pequeños clamores aislados aquí y allí, a nadie se le ocurre en Francia volver a poner en marcha aquellos acontecimientos ante la Justicia. Cosa que no tendría la menor posibilidad: los jueces franceses tienen un acendrado sentido de Estado y no lo pondrían en peligro, ni siquiera en el más pequeño riesgo, por un simple levantamiento de alfombra.

España es diferente, ya se sabe, y también cuecen habas en Chile y Argentina (no en vano asumen la herencia genética de la raza) y en esos pagos -charco aquí y charco allá- el sectarismo político no vacila en accionar los más bajos instintos. Es verdad que el deseo de justicia de las víctimas es legítimo (el de las estrictas víctimas, no el de los sectarios que, en esta materia, aparecen como setas). Pero, como he dicho muchas veces, también es legítimo -y, obvia y naturalmente mayoritario- el deseo de dos generaciones -que jamás tuvimos ni quisimos tener nada que ver con aquel mal rollo- de poder llevar adelante nuestras vidas y nuestro trabajo, nuestro afán, en definitiva, por este país, sin tener que estar comiendo mierda a la trágala en materia de acontecimientos que, repito, nos son del todo ajenos. Ajenos, aunque a muchos que quizá no lo sean tanto, no les guste. La amnistía de 1977 cerró un episodio de la historia de España y abrió otro que quizá no ha resultado como muchos -muchísimos, por desgracia- hubiéramos querido pero que, en todo caso, constituyó más allá de toda duda, un punto de inflexión histórico. Si un artificio político inspirado por una chusma frustrada encaramada en el poder gracias a la mediocridad cívica de los españoles es capaz de revertir esos puntos de inflexión, entonces sí que España se va al hoyo, y quizá de una forma muy dramática. El pelo de la dehesa siempre está presto a salir al exterior, por domeñado que parezca, y el nuestro es muy feo y muy bestia.

Esto aparte, abrir las cajas de Pandora es peligroso. Si Franco cometió crímenes contra la Humanidad… ¿no puede acaso, y por idéntico concepto, acusarse de lo mismo a ETA? ¿Qué ocurriría si las víctimas del señor Mario Onaindía pretendieran la invalidez de la amnistía del 77 y exigieran, por tanto, su recarcelación? Por sólo poner un ejemplo de los centenares, acaso miles, que podrían ponerse. Además, la ley de amnistía no sería derogable para unos sí y para otros no: o se deroga (para todos, por tanto) o no se deroga. De locos ¿no?

Pues de locos, sí señor. De locos.

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Nuevamente nos quedamos sin tercer plato a causa de que los dos primeros son asaz copiosos. Pero creo que, así y todo, la paella queda bastante arregladita. Y polémica, supongo. Como conozco a mi parroquia, supongo que un sector nada marginal de mis habituales bravos discrepará frontalmente de uno de los dos artículos -y más de uno lo hará de los dos- pero, bueno, es lo que hay y es lo que tiene el pensamiento independiente: que unas veces contentas a unos, otras veces contentas a otros y en otras ocasiones cabreas a todo el mundo casi sin excepción. Lo que sé imposible es contentar absolutamente a todos. Esto creo que ya no lo pretendo desde… quizá desde los diez o los once años.

De cualquier modo, ahí queda eso en este tercer jueves de septiembre, emprendiendo el camino hacia el próximo, que será el 23, víspera de las fiestas barcelonesas de la Mercè y de las de mi -relativo- sector de barrio: las fiestas del Antic Barri dels Indians. Y con los motores… iba a decir calentitos, pero vete a saber… de cara a la huelga general de apenas una semana después.

Supongo que algo diremos de eso. Hasta entonces, pues.

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Comentarios

  • DaniFP  On 17/09/2010 at .

    ¡Impresionante paella!
    Es para quitarse el sombrero una y cien veces.

  • Monsignore  On 17/09/2010 at .

    Date por aplaudido, caro figlio.

  • Anónimo  On 20/09/2010 at .

    Que la policia vaya a los campamentos de los gitanos y detenga familias enteras y las expulse del país sin que hayan cometido ningún delito. para mi es una politica fascista. Si eso lo hicieran con judíos, negros, asiaticos etc. en ese caso lo tendríamos super claro. Pero parece que hay gente que duda cuando se trata de gitanos. Y salen los topicazos de es que los gitanos no se integran, de que son delincuentes por naturaleza y todos esos comentarios tantas veces escuchados. Nadie se para a pensar lo difícil que lo tiene un niño que nace en el seno de una familia gitana, si los gitanos viven al margen de la sociedad es también porque la sociedad los ha apartado, han sido perseguidos y se les ha intentado exterminar desde tiempos inmemoriales. Se les ha tratado como grupo no como individuos, si alguno ha cometido un delito se les ha atribuido al conjunto.

    Para mi SARKO se ha limpiado el culo con el papel donde dice que dice todos los hombres somos iguales independientemente de nuestra religion, etnia, color de piel , etc. y eso todos sabemos el nombre que tiene.
    Si tu expulsas a un delincuente, es una cosa pero si tu vas a los campamentos y expulsas a familias enteras sin aportar pruebas de delitos ni juicios, expulsas a niños, mujeres y hombres de manera aleatoria, eso es actuar como un fascista. Si además lo haces para tapar y que nos se hable de tus corruptelas pues ya es para flipar.

    No busquemos culpables en las minorías, los culpables de nuestra situación están claros.

  • Rafa  On 20/09/2010 at .

    Gracias, ahora entiendo bastante bien la diferencia. Nunca lo había leído expuesto así claramente.

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