Dichosos políticos, coño

De la serie: Los jueves, paella

Es absolutamente inevitable hablar de la muerte de José Antonio Labordeta, por más que, apenas transcurridos cuatro días de la misma -poco más cien horas- ya sea un tópico y ya parezca que no queda nada por decir. Pero sí, quedan por decir todavía algunas cosas o, más propiamente, queda darle vueltas a algunas cosas que han pasado alrededor de esa desaparición.

En primer lugar, la constatación de que la puta clase política ha sido, nuevamente, rebasada por la izquierda (y por la derecha y por el centro: en definitiva, arrollada) por la gente, por la gente corriente, por el ciudadano común. Concentraciones masivas y homenajes absolutamente espontáneos -otra vez los SMS echando humo- mientras los politicastros -muchos de ellos, de los denostados por el finado- escupían estúpidamente los lugares comunes de rigor. Ninguno de ellos, absolutamente ninguno, suscitaría el sentimiento popular generalizado que ha deparado la muerte de Labordeta. Constatar, adicionalmente, que el monarca, haciendo una excepción a su práctica desaparición pública por lo que muchos sospechamos como terminalidad de su enfermedad, se fue de cuchipanda a las carreras de motos que aquel mismo día se celebraban en Alcañiz, pero eludió comparecer en la capilla ardiente de la Aljafería. El hecho se califica por sí mismo.

En segundo lugar, lo que podríamos llamar la imagen de impacto del propio Labordeta. El domingo -y el lunes, y el martes, y el miércoles- se hacía presente en la memoria colectiva y al mismo nivel tanto su Canto a la Libertad, masivamente reclamado como himno oficial de Aragón (cosa que, según parece, el propio Labordeta rechazó, pero que ahora habrá que reconsiderar) como aquel famosísimo ¡¡A la mierda!!; más en segundo término, pero también de manera relevante, se recordó aquella amable dedicatoria a un diputado del PP que todos nos sabemos de mmemoria (yo la cito de memoria): «Yo sí que llevo el puño en alto con dignidad. No me levantes el puño. ¡Gilipollas!».

Visto superficialmente, resulta curioso que pueda ponerse al mismo nivel un canto profundo, un poema estructurado, una música tan estudiada, con un exabrupto soltado -con toda la razón, por supuesto- en un momento de cabreo. Sin embargo, todo nace de lo mismo: por una parte, la aspiración de una identidad -que Labordeta supo proyectar como nadie, hasta el punto de llegar a encarnarla, por lo menos en estos momentos- pero que los políticos no han sabido catalizar en su cutrez humana e intelectual y, por otra, el odio y el desprecio popular hacia esos mismos políticos.

El odio hacia los políticos es algo que, a la larga o a la corta, acabará mal, y esos imbéciles no se dan cuenta… o no quieren dársela. Cuando ese odio se hace tan patente que ni siquiera ellos -tan hábiles en la trampa y en la ocultación- pueden evitar acusar recibo, entonan lamentaciones y derraman lágrimas de cocodrilo por la incomprensión de la que son objeto, pobrecillos ellos, tan entregados abnegadamente a su benéfica tarea… Y ahí se quedan. Son incapaces de la menor autocrítica. Cada vez que en unos comicios constatan una abstención creciente, se descuelgan con el latiguillo de que la cosa es muy preocupante y que tendrán que estudiarla con atención. Dos o tres días después, no se vuelve a hablar del tema; total, mientras haya los votos suficientes para repartirse el pastel (el cagallón, más bien), la cosa ya va como debe. Artur Mas lo dijo sin disimulo alguno: el que se abstiene, se aguanta con lo que haya y no hay más que hablar. De modo que ellos van tirando… Pero algún día, todo esto se romperá por alguna costura y entonces todo serán lamentaciones, como si fueran víctimas de una especie de metafísica, del capricho impredecible de un espíritu burlón. Y no: los avisos son cada vez más insistentes y se están acercando a lo constante. Ellos lo llaman desafección (son los reyes del eufemismo), pero los ciudadanos lo llamamos de muy otra forma.

Labordeta fue un político -entre otras cosas- pero no un político profesional, como esa chusma. No es que él supiera diferenciarse de ellos, es que era diferente de ellos. Por eso el domingo y el lunes hubo la que hubo frente a la Aljafería, en la plaza de San Felipe y, muy posiblemente, en muchos otros rincones de Aragón donde las cifras no habrán generado primeras páginas, pero donde el espíritu, el sentimiento, sería idéntico. Labordeta fue un político que se metió ahí para bregar, no para medrar; que creía en determinadas cosas -no importa ahora cuáles- y luchó para conseguirlas. Por eso la escoria parlamentaria se reía de él: era un aficionado.

Nos hacen mucha falta -muchísima- políticos como Labordeta. Y los hay. Quizá no tan carismáticos, o quizá sí, pero que permanecen ocultos porque ese sistema -que conviene recordar que de democrático tiene muy poco o nada- los asfixia en el anonimato, los bloquea y los hunde. Ese sistema que muchos bobalicones están ahí a la espera de que se reforme solo, desde dentro, que esperan que los sinvergüenzas maten a su gallina de los huevos de oro, olvidando que son sinvergüenzas -y muchas más cosas- pero no tontos.

Si queremos que esos políticos como Labordeta -que los hay, insisto- afloren y nos guíen, que nos lleven -a través del esfuerzo colectivo, desde luego, que nada sale gratis- por el camino del progreso y de las verdaderas libertades cívicas, tenemos que cambiar el sistema y sus reglas. Y tenemos que hacerlo nosotros, porque nadie va a hacerlo por nosotros.

Esta es la verdadera lección que nos dio José Antonio Labordeta.

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En el Parlamento sueco -con un número total de diputados parecido al nuestro, sólo ligeramente inferior- han irrumpido veinte diputados ultraderechistas con un discurso basado en el rechazo de la inmigración que, además, se constituye en bisagra ante el empate técnico de las otras dos coaliciones concurrentes. Cae, con ello, el último bastión nórdico de lo políticamente correcto: antes ya habían pinchado Noruega, Finlandia y Dinamarca.

Era de temer, como es de temer que el día menos pensado pase aquí también. Yo lo he comentado muchas veces. la estúpida política buenrollista que se está siguiendo aquí llevará al éxito de partidos que, entre otros inconvenientes, tienen el de ser univectoriales. Y obsérvese que digo éxito y no aparición porque estos partidos, aún pequeños, aún marginales, ya existen, ya han dado que hablar y ya han dado sorpresas en comicios locales. Y lo que te rondaré, morena.

Estos días que se ha hablado tanto de las expulsiones de gitanos por parte de monsieur Bruni, he estado siguiendo los comentarios de los lectores en las páginas digitales de la prensa convencional; y me he quedado anonadado: la xenofobia -en sus aspectos más carrincleros, más pasionales, más cutres y más cochambrosos- aflora ya sin disimulo alguno. Si, antes, cierto tipo de comentarios y de expresiones eran cosa de trolls aislados, ahora son generalizados y numerosos, lo que hace suponer que ya no se trata de aficionados a la provocación sino de ciudadanos francamente cabreados. Y mucho. Y, además, el número de estos comentaristas es creciente de mes en mes. Esto hace prever un incremento cierto del voto a esos partidos; no sé a qué extremos llegará ese incremento -como es un voto que se oculta en las encuestas, resulta de todo punto imprevisible- pero cabe dar ese incremento por seguro, sobre todo si lo sumamos al odio y al hartazgo que he descrito en el epígrafe anterior. Que todo suma.

Lo cierto es que la gente está harta. Estamos hartos. Pero no de la inmigración, sino de que se trate a los inmigrantes como huevos crudos y gocen de una impunidad inaudita para muchas cosas por la que a nosotros nos sentarían la mano bien sentada. Porque ojo con las estupideces maximalistas: aquí, la mayoría no quiere expulsar a los inmigrantes ni les niega el derecho a trabajar; lo que sí queremos es que sean efectivamente iguales ante la ley y que se les aplique ésta igual que se nos aplica a los demás. Porque con todas las cagarelas sosracisticas y demás estupideces, hay colectivos que están haciendo materialmente lo que les da la gana y, en las excepcionales ocasiones en que se les sanciona por ello, aparece indefectiblemente un batallón de gilipollas clamando porque, a su decir, se están siguiendo políticas racistas. Y una mierda. Aquí, los únicos discriminados somos los ciudadanos que cumplimos la ley por las buenas o a las malas (incluidos también, que todo hay que decirlo, no pocos inmigrantes).

Sabemos que hay colectivos enteros que en determinadas profesiones asistenciales se apuntan con entusiasmo a la economía sumergida (con gran alegría incluso de un conseller de la Generalitat, que lo encuentra maravilloso y paliativo de males mayores) y que, encima, aprovechando su pobreza oficial, se lanzan con toda su jeta a devorar los presupuestos sociales; sabemos que hay colectivos enteros que se ríen y se carcajean de los horarios comerciales y/o que, aprovechando una licencia, ejercen actividades comerciales no amparadas por esa licencia; sabemos que los locales religiosos y/o culturales de determinados colectivos no cumplen normas de seguridad y burlan sistemáticamente los máximos de los aforos; sabemos que hay colectivos enteros dedicados exclusivamente al pequeño delito, que practican en la impunidad más absoluta; sabemos que están proliferando las bandas (llamadas latinas, como si aquí fuéramos bantúes) que desarrollan unas prácticas en todo comparables al terrorismo; sabemos, ya en ello, que hay líderes religiosos incitando pública y descaradamente a la violencia y al terrorismo a sus feligreses; sabemos que determinados colectivos, pretextando razones ideológicas e incluso religiosas, cometen prácticas degradantes -y a veces es poco decir- con las mujeres, que van desde el sometimiento doméstico (a veces con encierro incluido) hasta la ablación clitoridiana; sabemos que más del 50 por 100 de las agresiones domésticas -una lacra cierta, pero no mayor que otras, con cuya culpabilidad colectiva se nos abruma un día tras otro- proceden de inmigrantes (y no se dice o se dice en voz bajita y como quien no quiere la cosa); sabemos, en fin, que hay colectivos numéricamente significativos que hacen lo que les sale de los cojones ante la cómplice complacencia de las autoridades obligadas a poner coto a esos desmanes.

También sabemos que algunas de estas cosas no pasan por casualidad: mantenemos una masa ingente -se cuenta por centenares de miles- de inmigrantes ilegales a los que se les prohíbe el trabajo por vía de hecho, castigando a quien se lo dé con sanciones administrativas verdaderamente importantes. Obviamente, algo ha de hacer esa gente para sobrevivir y, en todo caso, eso genera bolsas de marginalidad enormes. Aunque también es obvio (y eso no hace muchos días que lo dije) que a esa gente hay que legalizarla o hay que expulsarla, pero que hay que hacer algo, porque esto no puede seguir así. El problema es que expulsar a unos cuantos centenares de miles ni es barato, ni es rápido ni, probablemente; sea posible: sólo hay que ver la que le están liando a monsieur Bruni y eso que él está expulsando a apenas unas decenas de miles. Pero esa mierda de UE que no nos deja expulsarlos, resulta que tampoco nos permite regularizarlos, cosa que en parte es culpa también de ese triste y lamentable Zap, cuando se puso a regularizar a saco, simplemente porque quedaba política y electoralmente bonito, sin previamente impermeabilizar fronteras. Los que avisaron de esa barbaridad y aludieron al efecto llamada de esa estupidez, fueron inmediatamente tachados de xenófobos y de fachas por la imbecilidad sosracística.

Esta situación se ve complicada por otros problemas adicionales que tampoco se combaten y que, encima, en muchos ámbitos se contemplan casi como una gracia. Vimos, por ejemplo, cuando, con ocasión de la tolerancia hacia el top manta que practicaron algunos municipios de la costa tarraconense, los beneficiarios tardaron apenas horas en organizar mafias, en controlar espacios y en prohibir a los lugareños prácticas perfectamente legales (tomar fotografías, pro ejemplo). O vemos, por más ejemplo y constantemente, la irritante arrogancia de algunos colectivos islámicos -nada minoritarios dentro del colectivo musulmán general, esto también hay que decirlo- que pretenden llevar a la sociedad entera a sus postulados y que amenazan a quienes les cuadra (o les descuadra), como ha sido el caso de la discoteca murciana denominada «La Meca» -parece que hace muchos años- seriamente amenazada si no cambiaba ese nombre, a lo que ha tenido que ceder ante la negativa de la autoridad a proporcionarle la seguridad debida. Personalmente, prefiero la camorra napolitana.

Evidentemente eso favorece actitudes viscerales que, cuando no justificadas, son, por lo menos, comprensibles. Y esto es, por lo demás, lo que hay, lo que se palpa, lo que puede constatarse sin más que salir a la puta calle, no hacen falta laboratorios ni complicados experimentos.

Aunque algunos percebes se empeñen en disfrazar la realidad de «Viva la gente».

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No sé si os habréis enterado -porque, a ratos, cuesta enterarse- de que el próximo miércoles 29 está convocada una huelga general. Sí, sí, de verdad: los sindicatos, a regañadientes, decidieron cumplir el expediente convocando una huelga general que se llevará a cabo no antes de que nos hayan metido unos cuantos garrotazos -hay que preservar las subvenciones del Gobierno- y quizá a tiempo para salvar nuestras pensiones… que ya veremos si lo logramos.

A menos de una semana del asunto, se habla algo, pero no se nota un gran ambientazo y lo poco que voy leyendo -por ejemplo en redes sociales- viene mayoritariamente del entusiasmo de gente independiente que tiene claro lo que nos jugamos. Los sindicatos hablan, sí, pero con la boquita pequeña.

En realidad se debaten -como los mierdas de los políticos- entre el miedo al fracaso y el miedo a que el cabreo ciudadano les sobrepase por la izquierda. Ayer aseguraron los servicios mínimos en esa medida justa para el no-fracaso, es decir, en la coacción indirecta: habrá gente que hará huelga forzosa sencillamente porque no tendrá medio de ir al trabajo. Yo estoy dudando si mandar a mis hijas al colegio: con un convoy cada quince minutos en el metro, a ver quién será el guapo que se jugará el pellejo en un andén atestado, sobre todo mi hija pequeña, con trece años y de complexión más bien menudita.

El lunes, más cerca del día de autos, hablaré más largo y tendido de esta huelga y daré mi opinión sobre ella. Explicaré punto por punto por qué la seguiré y por qué debiéramos seguirla todos.

Ahora sólo me interesa dejar aquí constancia de la mierdez de los aparatos sindicales, sólo pendientes de su propio condumio y muy poco de los intereses de los trabajadores… a quienes nos esperan palos muy, muy gordos si no nos espabilamos.

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Misión cumplida, aquí tenéis la cuarta paella, cuarta, del mes de septiembre, y aún queda otra antes de cerrarlo, que será la del jueves próximo, 30. De momento, hoy hemos entrado en el otoño y el clima acompaña: el cielo está nuboso y las temperaturas han refrescado algo, no mucho, pero sí, cuando menos, las nocturnas. El aire acondicionado descansa ya hasta que le toque un pequeño paréntesis en esa quincena de enero o febrero algo rigurosa que constituye lo único parecido a lo que en Barcelona llamamos, ampulosamente, invierno y haya que encender la bomba de calor.

Pero de aquí a entonces habrá llovido mucho -y probablemente mal- lo que pronostica muchas y largas paellas llenas de sapos, culebras, tacos y cagamentos.

En eso estamos.

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