Un futuro nauseabundo

De la serie: Rugidos

La huelga general ha fracasado.

Ha fracasado porque sólo había dos opciones: o un seguimiento masivo y un país completamente paralizado o el fracaso, el fracaso total y absoluto, el fracaso sin paliativos. Y no ha habido un seguimiento masivo, como era de temer.

Ese seguimiento masivo se ha producido únicamente en la industria. No podía ser menos. Si los trabajadores de la industria no seguían masivamente una huelga con las causas de esta y con lo que les está cayendo precisamente a ellos, entonces sí que ya hubiera sido el apaga y vámonos (hasta donde no quepa decir que lo es ahora ya). En el resto, el seguimiento ha sido más bien tibio y aún debido, en parte, seguramente a la falta de transporte público (por las buenas en Barcelona y a las malas en Madrid) que ha dificultado o imposibilitado que muchos trabajadores acudieran a sus puestos, siendo así que, de haber podido, hubieran acudido. El pequeño comercio ha abierto en masa, con muy pocas excepciones, al menos en Barcelona, que es mi ámbito geográfico. Y los oficinistas automovilizados han acudido al trabajo como si tal cosa.

Ahora, que no nos pase nada.

Nuestra generación -la del desarrollismo y aledaños, que yo estoy más bien en los aledaños- ha dilapidado como un verdadero hatajo de niñatos, de pijos, un patrimonio que nuestros abuelos conquistaron con sangre (literalmente) y nuestros padres con sudores, con esfuerzos y, en no pocos casos, con muchísimo sufrimiento. Nos hemos autocastrado en la grasuza infecta y cochambrosa de nuestro hedonismo, de nuestra molicie, que no hemos sabido limitar ni mantener dentro de unos esquemas racionales. Más de cincuenta años de avances sociales, de humanización del trabajo y de las relaciones económicas -aún con todo lo que había por hacer-, se han ido a la puta mierda, simplemente porque, como no nos lo habíamos ganado, como nos había sido regalado sin mérito alguno por nuestra parte, no hemos considerado… rentable (o más bien cómodo, satisfactorio o divertido)… realizar el menor sacrificio, el menor esfuerzo, la menor lucha por conservarlo. Y no me vengáis con excepciones -falsas y falsarias en muchos casos, no nos engañemos- de yo he trabajado mucho, de todo lo que tengo me lo he ganado yo y no me lo ha regalado nadie… Mentira. Nuestros padres nos dejaron un entorno de oportunidades, de derechos, de -digamos- poder como trabajadores, y nosotros lo hemos desperdiciado a cambio de playesteichons, vuelos low cost al culo del mundo y falsa cultura del espectáculo abotargante de pronto pago, en vivir al día y en mañana salga el sol por Antequera.

Lo lamento -lo lamento muy amargamente- por mis hijas. Por mis hijas, como encarnación de su generación en mi ámbito personal, generación a la que hemos dejado con el culo al aire, a la más vil intemperie. No sólo les hemos robado el patrimonio que nos legaron nuestros padres y que teníamos la obligación de conservar, ampliar y mejorar para ellos, sino que, además, les hemos privado de la cultura del esfuerzo -no del esfuerzo en el sentido neoliberal, sino en el sentido combatiente-, del espíritu de lucha, de fuerza reivindicativa, de empuje cívico, y los hemos abocado a la ruina y a la náusea.

Desde mañana, la iniquidad financiera va a darle un primer bocado a nuestro sistema de pensiones. El primero, porque, naturalmente, no será el último. Ya saben que nada deben temer de nosotros, que estamos desactivados, que somos como las putas ratas del establo. El siguiente asalto será el sistema sanitario. Después, otros sucesivos mordiscos a los contratos de trabajo, a la negociación colectiva, al sistema de pensiones y otra vez a la sanidad. Hasta acabar con todo. Hasta la total «liberalización».

Este es el destino que nos aguarda y que nos hemos buscado y ganado a pulso.

Muchas gracias, de todo corazón, a los compañeros que han seguido, conmigo, esta huelga. Mirando a los demás, a los que no la han hecho, bien podemos decir aquello que un día dijo un antiguo compañero mío -que seguro que hoy habrá seguido la huelga también- y que repito tantas veces con triste sarcasmo: «Tenemos lo que se merecen».

Y en lo que a mí personalmente se refiere, en mi fuero íntimo, sólo me queda acogerme, como un triste y avariento premio de consolación, a aquella cita de Ramiro Ledesma (sí, ya sé que Ledesma no es políticamente nada correcto, pero me importa tres cojones y a quien no le guste, que se joda anchamente): La categoría de vencido sólo se adquiere después de haber luchado, y esto es lo que le distingue del desertor y del cobarde.

Vae victis!


Nota: Es cierto, dije que hoy no iba a haber entrada en «El Incordio», pero, mira, me da igual. A la mierda con todo.
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Comentarios

  • arati  On 29/09/2010 at .

    Ánimos, compañero. Nunca sé muy bien qué decir en los velatorios… Permítame, pues, rugir a su lado hoy:

    …grrrgGGRRROARRGHHH!

    Qué buena la cita de Ledesma, me la quedo.

  • Malcarat  On 30/09/2010 at .

    Yo me quedo con el artículo al completo.

  • Teodoro  On 30/09/2010 at .

    Me niego a vivir en un país así,
    y no pienso irme.

    Michael Moore.

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