Toma la foto y corre (I)

De la serie: Correo ordinario

Magnífico, el fin de semana aeronáutico que hemos vivido en Barcelona, en el que la cámara fotográfica ha tenido un protagonismo cierto, no sólo entre spotters sino entre ciudadanos comunes que, pese a ir armados con camaritas sencillas, compactas de no ir mucho más allá, en su mayor parte, no han querido privarse del extraño pero cierto placer de disponer de fotografías propias de un evento interesante, por más que tanto del evento como de los aviones que en él han participado puedan encontrarse fácilmente centenares o miles de fotografías realizadas con potentes equipos manejados por fotógrafos con amplios conocimientos en ambas materias (la fotografía y la aeronáutica). Sabemos que es cierto: cuando visitamos un monumento, todos preferimos nuestras propias fotografías -poco profesionales, frecuentemente incorrectas y en demasiadas ocasiones deleznables- a las dispositivas o publicaciones -incluso soportes digitales- que se distribuyen en el propio lugar y realizadas por profesionales muy acabados. Y no es por el dinero que cuesta el trabajo profesional, es porque nuestras fotografías son… otra cosa (aunque sea repelentemente mala, en términos objetivos). Es algo parecido a la sensación de comernos una pieza cazada por nosotros: por mal cocinada que esté, por deleznable que sea su sabor (si el animal era viejo o estaba enfermo, por ejemplo) siempre nos parece un manjar exquisito, una delicia muy por encima de la que puede darnos el restaurante más acreditado… pese a que en nuestro fuero interno sabemos que no es cierto.

La fotografía digital, además, ha expandido la afición de manera exponencial al abaratar el ciclo fotográfico de manera radical: se acabaron los revelados -y su coste-, se acabaron las esperas para ver las fotos, se acabó la brasa de tener que llevar otra vez el carrete a revelado porque mamá, la suegra o el cuñado quieren una copia de esa foto. En paralelo a esta expansión, también han proliferado los espacios en Internet donde, de forma gratuita, generalmente, o con cuotas premium bastante asequibles en general, donde cualquiera puede almacenar y exponer su producción.

Y, para acabarlo de redondear, las cámaras, incluso las más sencillas, tienen una relación precio-calidad inaudita. Basta ver qué se obtenía hace veinte años por 16.000 pesetas (cuando 16.000 pesetas eran 16.000 pesetas) y lo que puede adquirir uno ahora por más o menos 100 euros.

¿No hay bastante? Los telefonos móviles, que ahora ya llevan en todos los modelos, incluso en los más sencillos y casi sin excepción, cámara fotográfica, últimamente ya más que potable y sin que hoy día asombre ya a nadie uno de estos dispositivos equipados con flash. Al contrario: el trabajo es encontrar un aparato que no tenga capacidad fotográfica, cuando se desea equipar a un niño demasiado pequeño como para comprender los líos en los que se puede meter haciendo fotos a saco o en un adulto prácticamente anciano que tampoco quiere líos y solamente desea hablar por teléfono.

Líos, líos líos… Sí, porque el otrora inofensivo arte fotográfico conllevaba muy pocos problemas que, además, eran perfectamente inventariables: ojo con las instalaciones militares, por ejemplo, y poco más (en mi época castrense, una de las consignas de la guardia era echarle el guante al que fotografiara o incluso dibujara -y no digamos si medía- el cuartel). Algunos países tenían alguna paranoia estratégica adicional (se decía que en Alemania podías pasar un mal rato por fotografiar un puente así por las buenas) y, bueno, también ha habido siempre culturas primitivas que a eso de la foto le han visto poca gracia por aquello de que roba el alma o en las que el indígena tolera la foto de buen grado… siempre y cuando se le subvencione la imagen con algunos dolarcillos; pero la información sobre estas limitaciones se encontraba pronto -constaba en la práctica totalidad de las guías- y, en general, no eran muchas. Hoy, sin embargo, la realidad es muy distinta y la desconfianza ante una cámara parece generalizada y endémica. Cuando sale una cámara los ceños se fruncen y los ánimos de bronca desenfundan el tono desafiante.

A mí me llama mucho la atención el celo estricto que la gente tiene ahora -prácticamente de golpe y porrazo- por su intimidad. Me llama mucho la atención por lo que tiene de contradictorio y de ignorante desconfianza hacia lo que no se conoce. El ejemplo es rápido: no hace ni diez años, era fácil que una persona te entregara su tarjeta de visita; no la de la empresa: la personal. Hoy, en cambio, hay quien no te da su número de móvil ni aunque le arranques las uñas (ya te llamaré yo, no te preocupes… y, naturalmente, en modo «número oculto»). De pronto todo el mundo tiene su privacidad como la virginidad en la cultura rural. Ello no obsta para que todo el mundo comprenda la necesidad de abarrotar nuestras calles de cámaras de vídeo, muchísimas de ellas de gestión privada, o para que todo el mundo encuentre muy razonables las vejaciones y cabronadas a que te someten en el aeropuerto (el terrorismo, ya se sabe, lo hacen por nuestro bien, pero nadie parece tener en cuenta que en el AVE no se toman tantas precauciones… porque el AVE no puede ser lanzado sobre la Moncloa o la Zarzuela y el avión sí, con lo que ya sabemos por el bien de quién nos putean brutalmente y se cagan y se mean en nuestra preciosa y consagrada intimidad). La mayor parte de esa gente tan celosa de su privacidad, utiliza en su ordenador un sistema operativo Window$, ya de por sí con más agujeros que el queso emmental, pero que, encima, utiliza sin un cortafuegos eficiente o con un antivirus sin actualizar. Otra parte de esa gente abre una página de Facebook, mete diez mil cosas en su perfil y deja la configuración de seguridad como viene por omisión, lo que equivale a decir muy poca o ninguna seguridad; o da su número de tarjeta de crédito al primero que le vende unos calcetines baratos; y no digamos los que le dan el número de su cuenta corriente a un moldavo para que por allí circule una pasta gansa, parte de la cual se va a quedar él de comisión, trabajo fácil y bien pagado, chaval, verás qué risa cuando se lo expliques a los de la Agencia Tributaria.

Hay peligros ciertos y de difícil prevención, es verdad. Cualquiera puede subir una foto tuya al Facebook o a cualquier otro lugar de Internet sin que tú lo sepas o, sabiéndolo, puedas remediarlo fácilmente. No hace mucha gracia si la foto es normal, pero cuando tiene algún tipo de valor añadido… Y esto lleva a otro tipo de problemáticas. Por ejemplo: ponte a hacer spotting aéreo o náutico junto a una playa nudista -en la propia ciudad de Barcelona hay un tramo de la playa de la Mar Bella dedicado a esto- y verás la que te pueden formar sin comerlo ni beberlo; igualmente, una señora (porque chavalas, ya pocas) que esté tomando el sol en topless en una playa común y corriente, como crea que le has puesto encima el eje de tiro de tu telezoom, te puede montar una escenita la mar de agradable. Y, anda, ve y explícales que no las estabas fotografiando a ellas sino a ese avión o a ese barquito que pasaba. Como, encima, vengan escoltadas por el casi reglamentario manso descerebrado que tenga que mostrarle a la señora lo muy duro que es el tío (y ojo, que mansos descerebrados los hay incluso espontáneos, no hace falta que la tía se lo traiga puesto), toda la pasta que ha costado tu equipo corre el riesgo de ir a parar poco menos que al guano. A menos que tú seas tan bestia y tan muscularmente dotado como el elemento en cuestión o seas ducho en algún arte marcial tipo Chuck Norris y se forme una ensalada de hostias de aquellas que acaban terminando o bien en urgencias, o bien en comisaría o bien -más frecuentemente- en ambos sitios. Con lo fácil que sería seguir la siguiente e infalible máxima de protección de la privacidad: si no quieres que te fotografíen el culo, no vayas por el mundo llevándolo al aire.

Por si todo esto fuera poco, tenemos, además, la paranoia privada, pero no de naturaleza patológica sino con causa en la poca vergüenza del paranoico, el que se apoya en la Ley de Propiedad Intelectual y se cree que todo es suyo, así por la cara. Montones de monumentos y obras de arte, cuyos derechos económicos de autor, aún en normativa actual, han caducado hace siglos y, por tanto, se supone que están en el dominio público, se hallan protegidos por el cartelito que, imitando la clásica señal de prohibición automovilística, cruzan con una barra el ideograma de una cámara fotográfica. Hay veces que tienes que joderte porque el lugar es indiscutiblemente privado y, por tanto, lo que impera no es la Ley de Propiedad Intelectual sino el simple Código civil que dice que un señor puede hacer lo que le dé la gana en su casa, entre lo que cabe incluir la prohibición de fotografiar. Pero otras veces, la atribución de la prohibición es mucho más dudosa: en monumentos del patrimonio público y en edificios religiosos mantenidos y restaurados con [abundantísimo] dinero público (por no hablar de la financiación de su propia construcción: desde el alba de las religiones, el clero ha pagado muy poco de lo que disfruta, corriendo la factura a cargo del tesoro público, llámese real, llámese Ministerio de Hacienda).

En lo claramente público en España impera, en general, la cordura y predomina la prohibición del flash, pero nada más. Es una medida que apruebo: no hay manera de mirar tranquilamente un cuadro en el Museo del Prado o un artesonado de la Aljafería si tienes a dos docenas de tíos disparando compactas como locos a flashazo limpio (los de las réflex solemos preferir la luz propia del lugar -por poca que haya- que las cámaras digitales de una cierta calidad aprovechan muy bien: flash, caca). Supongo que estos monumentos -y, afortunadamente muchos más- tienen un gestor inteligente que sabe que, por capaz que sea tu máquina de fotos, una fotografía de calidad profesional, como para un libro o una revista, necesita de unas técnicas de iluminación, un tipo de cámaras, unos adminículos y unos preparativos que los simples visitantes no solemos llevar encima. Pero no deja de haber lugares -generalmente eclesiásticos- donde la fotografía se prohíbe radicalmente sin justificación alguna. Arguyen el recogimiento y la oración de los fieles pero mi cámara fotográfica -que siempre utilizo, repito, sin flash- no perturba más que por el crujidito del mecanismo en el momento del disparo; y así y todo procuro -procuramos muchos- no disparar cuando hay alguien rezando… cosa que, además, sucede muy pocas veces y menos aún en horario habitual de turistas. Además, estoy harto de explicar la anécdota de Santa María del Mar donde un tío con guardapolvos me llamó la atención al verme sacar una cámara réflex… mientras decenas de japos cosían la basílica a disparon con flash. Con la Iglesia -y su desmedida ansia de pasta, que parece la $GAE, coño- hemos topado.

Pero… ¿Y cuando intervienen los agentes de la ley y el orden?

Esto ya merece capítulo aparte y quizá, todo junto, obligue a un tercero a modo de conclusiones. Hoy os dejo así, a medias hasta mañana…

Con el alma en vilo
😉

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Comentarios

  • noexisto  On 04/10/2010 at .

    Me ha gustado especialmente el sexto párrafo, lo del queso emmental, la privacidad de windows y las tarjetas de visitas personales. Esperando a ver como acaba esto 🙂

  • lamastelle-ansioso  On 05/10/2010 at .

    Malvado. me dejas con la intriga y el suspense. Para evitar comerme las uñas me dedicare a revisar la web de la sgae. Que sepas que eres tu el que me echa en sus brazos…

    enfermeraaaaaaa, esa medicaciooooon 😉

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