Toma la foto y corre (y II)

De la serie: Correo ordinario

Decíamos ayer… 🙂 Bien, hablaba de la paranoia que parece haberse apoderado de todo el mundo, particulares y autoridades, en cuanto hace su aparición una cámara fotográfica. Cualquier cámara fotográfica, aunque si ésta es una réflex, por básica y sencilla que sea, la reacción es idéntica a la que acontecería si se viera aparecer una ametralladora del 12,70. Tanto es así que en muchos casos -el mío, por ejemplo-, cuando tenemos que proveer de teléfono móvil a un menor -es el caso de mi hija, de 13 años- damos mil vueltas, porque ya hay que dar mil vueltas, para adquirir un terminal sin cámara fotográfica, con la consecuente decepción del niño no sólo por la carencia fotográfica sino porque esa carencia conlleva que el terminal sea frecuentemente un aparato sencillo y con muy pocos gadgets. Pero no tengo ganas de que un día, viajando en metro o en autobús, un gesto inocente sea malinterpretado por un imbécil de los que tanto abundan y la niña pase un mal rato. Muerto el perro de la cámara fotográfica se acabó la rabia del imbécil.

Quedaba por hacer una referencia, que habrá de ser amplia, al asunto de los agentes de la autoridad, porque eso también tiene su miga.

En primer lugar, debo rectificar una creencia que tenía muy empotrada: contra lo que yo pensaba hasta hace muy pocos días, los ahora denominados «vigilantes de seguridad», vulgo seguratas, no ostentan la condición de Agentes de la Autoridad ni aún en el ejercicio de sus funciones. Sí lo eran los llamados «guardias jurados» por la normativa anterior, pero desde la Ley de 1992 ya no lo son -porque dicha norma no los declara como tales- y, además, hay sentencias del Supremo que se reafirman en esta situación. Empecemos, por tanto, diciendo que para que un segurata ponga sus manos en nuestra cámara de fotos debe hacerlo en auxilio y/o bajo la dirección de un agente de la autoridad de verdad, esto es, un agente de policía local o autonómico, nacional o guardia civil. Entre otras consecuencias derivadas del hecho de que no sea un agente de la autoridad.

Pero los seguratas, incluso cuando eran agentes de la autoridad, eran poco o nada preocupantes en la vía pública, porque sólo tenían esta condición en el ejercicio de su función y en relación al bien protegido. O sea que, en la calle, nada (salvo cosas muy excepcionales, como el transporte de caudales). El asunto está en los policías. ¿Qué pasa cuando fotografiamos a un policía? En principio, la normativa de protección de datos prohíbe la obtención de imágenes de alguien que esté realizando actividades propias de su vida privada; se entiende imágenes específicas: si yo fotografío una playa claramente como fotografía paisajística y en esa foto aparece una señora, como una más entre tantas, que estaba allí en topless (y yo no divulgo una posterior ampliación y reencuadre sobre esa específica señora), pues en tal día cayó San Joderse; lo que decía ayer: si no quieres que te fotografíen el culo, no vayas por ahí llevándolo al aire. Sucede, sin embargo, que un agente de la autoridad en el ejercicio de sus funciones no es una persona realizando actos de su vida privada, al contrario, se trata de un funcionario público llevando a cabo actividades de carácter precisamente público y, por lo tanto, debiera ser perfectamente susceptible de ser fotografiado. Pero parece que no. Digo parece porque sólo he podido encontrar algunas sentencias de audiencias provinciales -no del Supremo- en las que se establece que si bien su función y cualidad son públicos, se opone a la fotografía la necesaria protección de la propia seguridad del agente; y en el par de sentencias que he visto se establece una curiosa excepción: si el fotógrafo es un informador -es decir, un profesional adscrito a un medio de comunicación o un free lance acreditado- entonces sí puede realizar esas fotografías sin que el agente pueda oponerse. Pese a lo cual, en no pocas ocasiones, a pesar de todo, el agente se opone y por las bravas.

Esto no sería un problema para el fotógrafo aficionado: la estampa policial en acción cotidiana difícilmente puede generar fotografías artísticas -salvo para fotógrafos muy consagrados que son capaces de crear belleza hasta de un horrendo cagallón- y, por tanto, cada cual para sí y Dios con todos, como suele decirse. Pero sí es un problema de ciudadanía. Veamos: los agentes de la autoridad tienen presunción de veracidad salvo prueba en contrario. Es decir, su palabra contra la mía, un juez siempre, siempre, le dará la razón al agente. Puedo derribar esa presunción presentando, por ejemplo, testigos que apoyen mi versión, pero aquí interviene un elemento absolutamente subjetivo, porque queda al exclusivo criterio del juez la apreciación de la prueba: puede considerar a los testigos fiables o no; puede valorar que sean numerosos, o no (si, por ejemplo, estima que por más que sean dos docenas, forman conmigo una comunidad de intereses, seguirá prevaleciendo la palabra del poli); puede, en definitiva, hacer lo que le dé la gana. Una fotografía, sin embargo, es una prueba objetiva; su autenticidad, si es puesta en duda, puede ser avalada por un perito. Pero… no puedo tomarla. Si yo pillo a un guardia urbano cometiendo una trapazada (por ejemplo -además, frecuente-, dejar de denunciar una clara infracción o de reprimir una conducta especialmente lesivas ambas para el ciudadano), él puede oponerse a la fotografía e incluso confiscarme la cámara, amparándose en la protección de su imagen por razones de seguridad. Por supuesto que el pretexto es fraudulento, pero a mí se me ha caído la prueba y ahora vete a contárselo al juez con el otro que, con presunción de veracidad por delante, explicará su propia versión de la película. Aún puedes salir escaldado. Es el estado de derecho, que le llaman.

¿Que sucede cuando se combinan todos estos factores públicos y privados? Pues lo que me pasó a mí en la Rambla del Raval el día que pretendí fotografiarla: salieron unas cuantas tías con trapo en la azotea oponiéndose -además, de malos modos- a que yo hiciera la foto. Queda claro que yo pretendía fotografiar la Rambla del Raval como paisaje urbano, de la misma manera que puedo fotografiar el Port Vell o el World Trade Center (esto último ya son ganas, pero en fin…) haya gente o no, pero se daba la circunstancia -habitual, por otra parte- de que la Rambla en cuestión tenía sus bancos materialmente abarrotados de tías como las descritas, lo que convertía mi intento fotográfico en una clara actividad de riesgo (esa gente no es partidaria del buen rollito cuando les toca a ellos ponerlo en práctica; pero eso es algo que ya sabemos todos menos unos cuantos cagamandurrias). Pedí ayuda a un par de urbanos que había por allí, vestidos de rambo, por cierto, pero me dijeron que las tías en cuestión tenían todo el derecho a oponerse a la foto. Lo cual es falso, por supuesto, y ellos lo sabían, por supuesto también: lo que querían era, simplemente, quitarse el marrón de encima. Entonces se me ocurrió una idea: obtener la fotografía que yo quería de todos modos, aprovechando la presencia de los polis (que, claro, hubieran salido en la foto): si se desencadenaba el follón, ellos tendrían que protegerme por narices (lo contrario hubiera sido absolutamente inaudito, aunque vete a saber…). No pude: fueron precisamente los polis los que me taparon el objetivo con la mano. Arguyeron lo de la privacidad de las susodichas y yo objeté que esa privacidad no era oponible porque eran objetos accidentales en la foto (aparte de que, con tanto trapo, no sé cómo hubieran podido ser identificadas) y entonces acerrojaron la cuestión arguyendo su propia aparición y su propia seguridad subsiguientemente amenazada (¡aguanta!). Total obvio: no hay foto de la Rambla del Raval y aún tengo que dar las gracias por no haber ido a parar a comisaría. Luego hablan de xenofobia y de otras cuestiones, pero aquí tienes un perfecto ejemplo de cómo en mi propia ciudad no puedo llevar a cabo una actividad legítima porque se oponen a ella –ilegítimamente– unas extranjeras apoyadas por la Guàrdia Urbana que utiliza un subterfugio para no cumplir con su obligación y para impedir activamente el ejercicio de mis derechos. Lo dicho: estado de derecho, le llaman… No sé de qué derecho será, pero del mío, desde luego, no. (Adenda: con tías o sin tías, con urbanos o sin urbanos, tarde o temprano fotografiaré la Rambla del Raval; para algo se han inventado los teleobjetivos, nos ha jodido mayo con sus flores; pero lo que cabrea es que tienes que ir así en tu propia ciudad, en plan guerrillero y asumiendo riesgos).

Estamos otra vez en lo de siempre: el terror a Internet, el terror a la red como causa y como efecto de vete a saber qué males espantosos y siempre, siempre, sin valorar la inmensidad de sus beneficios. Este ámbito de la fotografía es otro buen ejemplo: jamás había sido el mundo, el entero orbe, tan fotografiado y jamás toda esa producción había estado tan disponible. Pensar en el ingente fondo de imágenes que queda colgado para la posteridad en picasas, panoramios, flickrs y demás casi da vértigo, pero un vértigo de satisfacción. Porque esto es cultura en su más pura y limpia acepción (no en la mercantilista y usurpadora visión de los habituales).

Hace poco -por poner un útil ejemplo-, «El Periódico» recabó de sus lectores fotografías inéditas de la cotidianidad de la guerra civil; con el material recolectado ha abierto una exposición de unas trescientas fotografías; no todas buenas, por supuesto, ni siquiera la mayoría; pero todas, de la primera a la última enseñan algo, dicen cosas, emiten un mensaje. Todas, desde la más refinada y estilista, hasta la más cutre y tosca, son útiles y valiosas: documentan fehacientemente lugares, momentos y hechos. Es un material impagable. Sobre todo, por escaso: en aquella época -justo al contrario que ahora- poca gente tenía cámara fotográfica y casi nadie la tenía disponible -o la tenía cargada y con carrete- en el lugar preciso y en el momento exacto. ¿Podemos imaginar el material del que dispondríamos si en aquella época hubieran existido tan fácilmente disponibles los recursos fotográficos de obtención y divulgación que tenemos ahora?

Hoy es casi imposible que algo suceda, incluso la propia cotidianidad, sin que tenga decenas, centenares, a veces miles, de cronistas gráficos; con diversos grados de conocimiento, desde patatas infectos hasta profesionales de altísimo nivel, pero todos, del primero al último, con una visión, con un enfoque, con una posición particular del acontecimiento. Hemos visto muchísimas veces -y nuevamente por simple ejemplo- la fotografía -prácticamente única- del autogiro La Cierva cuando en 1924 hizo una demostración en pleno centro de Barcelona. Una ocasión histórica de la que sólo conocemos una fotografía, aunque es fácil que haya por ahí una o dos docenitas, a todo estirar, averigua en qué cajones olvidadas, o en qué paciente especulación apropiacionista celosamente ocultas. Pues bien, el pasado sábado, el Airbus A380, el avión de pasajeros más grande del mundo, aterrizó por primera vez en España, primero en Palma de Mallorca, después en Barcelona (donde, además, dio una pasada por delante del frente marítimo en el que se celebraba la Festa al Cel, de la que formó parte) y finalmente en Madrid, de donde regresó a Palma de Mallorca para finalizar su viaje en Frankfurt, de donde procedía. Pues bien: sumados los cuatro puntos (Palma LEPA, Barcelona LEBL, Barcelona Festa al Cel y Madrid LEMD), las fotografías de la ocasión se cuentas por miles. Pero lo grande es que no solamente son miles las fotografías obtenidas sino además las fotografías disponibles, fotografías que van desde las verdaderas virguerías de spotters de altísimo nivel con equipazos costosísimos, hasta sencillos padres de familia que han hecho su chapucilla -pero la suya, la de propia mano- con su humilde compacta, pasando por la chavalada que ha llenado la memoria de su móvil.

La fotografía digital ha constituido -sigue constituyendo y seguirá desarrollando- un volumen de material gráfico que forma -y no son términos exagerados- un verdadero patrimonio de la Humanidad, un patrimonio cultural e histórico de primerísimo orden, como jamás se había visto en la historia universal, que las generaciones posteriores agradecerán. Es por ello que hay que reconducir la privacidad a sus razonables proporciones y restringir al máximo los conceptos de seguridad, tanto de funcionarios públicos como de instalaciones; en realidad, el peligro al que se les somete no es tan grave y, en la mayoría de los casos, sólo sirve para dar cobertura a la impunidad de despropósitos, corruptelas e injusticias. Y no olvidemos que, además, la fotografía es un medio de expresión y como tal, sometido a sus normas de libertad, que tiene -y así debe ser y procurarse- las excepciones muy restringidas.

Ir más allá, en cualquier caso, es un delito de lesa cultura.

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Comentarios

  • Persépolis  On 05/10/2010 at .

    Curioso es que todo el celo con que la gente protege su intimidad y sus “derechos de imagen” tienen que ver con cámaras ajenas, y, en cambio, cuando se trate de mostrar al mundo todo sus propias fotografías a base de facebooks, no tienen empacho en colgar hasta las mas comprometidas…

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